La herencia de Houdini

Para un gobernante que ha dominado la escena política de su país de una forma tan omnímoda como Hugo Chávez, su decisión de designar un sucesor al frente de la presidencia de Venezuela para operarse de un rebrote de “células malignas” tiene un inevitable aire de canto de cisne.
Es la primera vez que Chávez, en el poder desde hace 14 años, admite en público algo que hasta hace poco formaba parte de la frondosa rumorología caraqueña y que sus más fervientes partidarios se negaban a admitir: el comandante está gravemente enfermo y es posible que no pueda continuar al mando de la revolución bolivariana.
En el particular martirologio chavista – una cacharrería doctrinaria donde tiene cabida desde Jesucristo hasta Simón Bolívar pasando por el Ché y Nelson Mandela – solo falta ya la inmolación del propio Chávez.

Su locución, retransmitida en directo por todas las cadenas de radio y televisión del país como le gusta al gárrulo presidente, estuvo cargada de la solemnidad de las grandes ocasiones, algo así como Héctor despidiéndose de su pueblo antes de traspasar las puertas de la sitiada Troya camino a la batalla final.
¿Otra extravagancia teatral de Chávez o el principio de un largo adiós?
No me olvidaré nunca de la reaparición triunfal de Chávez en la terraza del Palacio de Miraflores de Caracas, blandiendo la espada bañada en oro y tachonada de diamantes de Bolívar dos días después de que sus enemigos (con el tácito apoyo de la embajada de EEUU) lo derrocaran en un golpe de Estado en 2002, un truco de escapista propio del mismo Houdini y que en los barrios pobres de la capital se interpretó como la resurrección de su mesías. “Yo ya no soy yo. Soy el pueblo”, dijo ante una enfervorizada multitud Chávez, en estado de trance.

En su mensaje sucesorio antes de subirse a un avión con destino a La Habana llamó la atención que Chávez pidiera el apoyo de “todas las corrientes, civiles, militares, en esta circunstancia”. ¿Sobrevivirá el chavismo a Chávez?
El chavismo es un heterogéneo universo que aglutina a partidos izquierdistas, liberales, de derecha, ex militares, académicos, anti-capitalistas, indigenistas, etcétera. El vicepresidente Nicolás Maduro, el sindicalista y sucesor oficial, ha jurado ser fiel a su mentor “en esta y en la otra vida”.
Pero no están tan claras las lealtades de Diosdado Cabello, un ex teniente del ejército con un pasado golpista y actual presidente del congreso. Y luego está el opositor Henrique Capriles y su Movimiento de Unidad Democrática (MUD), que aunque perdió en las elecciones presidenciales de octubre frente al monstruo Chávez cosechó un 46 por ciento del voto. Sin el aura de Chávez, Maduro sería un rival más accesible para Capriles en las urnas.
Chávez ha cambiado la faz de Venezuela como ningún otro mandatario de ese país, canalizando el sentir de unas clases populares que hasta hace poco eran invisibles para las oligarquías criollas.
Pero también ha dividido profundamente a los venezolanos, antaño indiferentes a las intrigas políticas y más preocupados en ir de un sitio a otro con su bullanga caribeña consumiendo gasolina casi gratis.
En Venezuela hoy se ama o se odia a muerte a Chávez. No hay término medio. Si Houdini no sale de esta última prueba y las cosas no quedan bien atadas, sus enemigos y aprendices podrían lanzarse a una lucha por su herencia. Hay muchos petrodólares por medio.



























Los diálogos del Caguán, que cubrí para la agencia Reuters, arrancaron con grandes esperanzas. Me acuerdo de una frase del entonces presidente Andrés Pastrana, pronunciada durante la apertura formal de las conversaciones: “Colombia no puede seguir siendo tres países en uno: un país que mata, otro país que muere y otro país que mira para el otro lado”. Luego vino un momento que pareció inspirado por el realismo mágico: El ya desaparecido Tirofijo, el huraño campesino que fundó las FARC como milicias de los sin tierra en los años 60, desgranó una larga lista de agravios que incluyeron las famosas gallinas y marranos que el gobierno de la época le arrebató, y que según él, le empujaron a empuñar el fusil y echarse al monte. La fiesta del Caguán terminó en lágrimas, sin ningún avance concreto, con el ejército retomando la zona desmilitarizada que sirvió de escenario de las conversaciones y las FARC huyendo en desbandada hacia la jungla. Un grupo de periodistas que viajamos a la zona para cubrir la ofensiva militar quedamos atrapados entre el fuego del ejército y los retenes de la guerrilla y tuvimos que ser evacuados en helicóptero. (Ingrid Betancourt fue secuestrada a menos de un kilómetro de donde estábamos nosotros y estuvo en manos de las FARC seis años hasta que fue liberada.)




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