Sobre el origen evolutivo de la cultura humana

Lunes, 20 de Mayo de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios

libro

“El deterioro del clima en el Pleistoceno está correlacionado con incrementos en el tamaño encefálico en muchos linajes de mamíferos, además del nuestro. El grado de encefalización promedio (tamaño encefálico corregido de manera adecuada con el tamaño corporal) de los mamíferos ha aumentado ya desde antes de la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Sin embargo, muchos mamíferos de tamaño encefálico relativamente pequeño han persistido hasta hoy incluso en órdenes en los que algunas especies han desarrollado grandes encéfalos. Los mayores incrementos en el grado de encefalización por unidad de tiempo han ocurrido en los últimos 2,5 millones de años; el incremento promedio durante este periodo ha sido mayor que durante los 20 millones de años anteriores. El aumento del tamaño encefálico en el linaje humano empezó a divergir de la tendencia de otros simios al comienzo del Pleistoceno, hace aproximadamente 2 millones de años, más o menos en la época en que se produjo un incremento en la amplitud de las fluctuaciones glaciales, y luevo volvió a elevarse rápidamente de nuevo hace entre ochocientos mil y quinientos mil años, tras otro aumento de la amplitud de las fluctuaciones glaciales.

A igualdad del resto de condiciones, la selección debería favorecer claramente encéfalos pequeños, porque los grandes son costosos. No obstante, en mamíferos hay gran diversidad de tamaños encefálicos. Los encéfalos humanos dan cuenta de un 16% de nuestro metabolismo basal[1]. Un mamífero promedio solo debe dedicar el 3% del metabolismo basal a sus cerebros y muchos marsupiales se las apañan con un 1%. Estas diferencias son lo suficientemente amplias como para generar fuertes  trade-offs evolutivos. Además de los requerimientos metabólicos, los encéfalos de gran tamaño incurren en otros costes también significativos, tales como mayores dificultades al nacer, mayor vulnerabilidad al trauma encefálico, mayor potencial para sufrir problemas de desarrollo, y el tiempo y trabajo necesarios para llenarlos de información utilizable. En efecto, todos los animales se encuentran sometidos a una estricta presión selectiva para ser tan estúpidos como puedan soportar. El frecuentemente mencionado “hecho” de que solo utilizamos una pequeña parte de nuestro cerebro es un mito. Si nuestros cerebros son más grandes, han de ser buenos para algo, realmente buenos.

Un estudio reciente de los psicólogos comparativos Simon Reader y Kevin Laland sugiere que algo para lo que son buenos es para aprender, tanto para el aprendizaje individual como el aprendizaje social. Reader y Laland examinaron la literatura sobre primates y registraron el número de veces que las diferentes especies de primates han sido observadas haciendo tres cosas diferentes: utilizando herramientas, realizando un comportamiento nuevo o innovador, e implicándose en aprendizaje social. Observaron que los tres rasgos están correlacionados con una medida indicadora del tamaño encefálico. En otras palabras, los primates con encéfalos más grandes hacen uso de aprendizaje social, se implican en comportamientos novedosos y utilizan herramientas con mayor frecuencia que los de encéfalos más pequeños. Las observaciones de comportamientos nuevos y de aprendizaje social están correlacionadas entre sí incluso tras descontar el efecto del tamaño encefálico, lo que sugiere que el aprendizaje social permite respuestas más flexibles a ambientes nuevos.

Un estudio relacionado de Hillard Kalan y el economista Arthur Robson apoya la idea de que encéfalos más grandes conducen a una mayor flexibilidad en el comportamiento. Esos autores mostraron que en las especies de primates, mayores encéfalos (corregido el efecto del tamaño coproral) están asociados con un periodo juvenil más prolongado y una mayor duración de la vida. Sostienen también que el tamaño encefálico y la longevidad están vinculados en un complejo adaptativo. Como sabemos, aprender lleva su tiempo. No se puede aprender a jugar al ajedrez o a esquiar en un día; dominar esas habilidades mentales y físicas requiere años de aprendizaje y práctica. Lo mismo vale para las habilidades alimenticias. Esto quiere decir que entornos como los variables del Pleistoceno, que han favorecido la flexibilidad comportamental, también favorecen periodos juveniles largos para disponer de suficiente tiempo para aprender. El aprendizaje y enseñanza cultural son inversiones costosas, y por esa razón, elevados tamaños encefálicos y periodos juveniles más prolongados favorecen una mayor longevidad. Así pues, la selección favorece vidas de larga duración porque eso permite a los individuos obtener mayor beneficio de lo que han aprendido durante el necesario pero costoso largo periodo juvenil.

De acuerdo con este argumento, los seres humanos estamos en la cola de la distribución. Somos los que tenemos el encéfalo más grande y los que nos desarrollamos más lentamente del orden (Primates) cuyas especies tienen los encéfalos más grandes y que se desarrollan más lentamente. Sin embargo, esta no puede ser toda la historia. El hecho de que los aumentos en el tamaño encefálico y los descensos en las tasas de desarrollo estén correlacionadas con la variación climática, apoya la idea de que los entornos fluctuantes verdaderamente favorecen la flexibilidad comportamental y el aprendizaje social. Sin embargo, como hemos argumentado antes, somos únicos en nuestra capacidad para construir complejos sistemas de subsistencia a lo largo de muchas generaciones gracias a las modificaciones de carácter incremental que han ido realizando muchos innovadores. Esa habilidad, -creemos-, es la responsable de nuestra capacidad para desarrollar un enorme rango de adaptaciones culturales complejas que son las que dan cuenta de nuestro éxito como especie.”

Fuente: Traducción libre de unos párrafos (locations:1874-1906) del apartado How the capacities for culture possibly evolved (en el Cap 4: Culture is an adaptation) del libro de de Peter J Richerson & Robert Boyd (2006) “Not by genes alone: How culture transformed human evolution” (The University of Chicago Press).


[1] Yo diría que esa cifra puede ser, incluso, superior al 20%.

Moral y mercados, o… ¿cuánto vale la vida de un ratón?

Lunes, 13 de Mayo de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 2 comentarios

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En apariencia, este artículo trata de ratones, pero en realidad no es así. Sus protagonistas, como en el resto de artículos de esta bitácora, somos los seres humanos. Hoy el tema es el mercado, y cómo, al parecer, erosiona valores morales.

La producción y el comercio de bienes genera a menudo lo que se denominan “externalidades” negativas, o sea, consecuencias negativas para terceras personas. Entre esas consecuencias, se suelen citar las condiciones laborales peligrosas o insanas, el trabajo infantil, el sufrimiento de animales, o el daño ambiental. Y según algunas interpretaciones eso ocurre porque, al participar en los mercados, estamos dispuestos a rebajar nuestros estándares morales, dando por buenas situaciones que no aceptaríamos en otros contextos. El trabajo que traigo hoy aquí ha tratado, precisamente, de abordar esta cuestión desde un punto de vista experimental, porque otro tipo de estudios, -basados en el análisis de condiciones sociales reales, ya sean longitudinales o transversales-, no permite obtener conclusiones claras.

Cuando se crían ratones de laboratorio con alguna característica especial (transgénicos, mutantes en algún gen, o cualquier otra) y si, por las razones que fuere, no son después utilizados, se sacrifican. Salvo por el rasgo que los distingue y que es el motivo por el que fueron criados, son ratones normales y sanos. Se sacrifican porque no hay razón que justifique el gasto que supondría el mantenerlos con vida. Pues bien, esos ratones fueron utilizados en una serie de experimentos que son los que glosaremos aquí brevemente. En total fueron nueve experimentos. Resumo a continuación los resultados de los cinco más significativos; los cuatro restantes se realizaron principalmente para dilucidar cuestiones colaterales o de índole metodológica que no afectan al núcleo de las conclusiones. No los he incluido por no alargar en exceso esta anotación.

En un primer experimento a los participantes se les dio a elegir: o permitir que uno de esos ratones sobrantes de los estudios científicos viviese el resto de su vida (unos dos años más) en condiciones cómodas y saludables, o recibir 10€ si estaban dispuestos a que el ratón fuese sacrificado. El 46% de los participantes optaron por los 10€.

En un segundo experimento, en vez de realizar ofertas individuales, se organizaron mercados bilaterales, formados por parejas en las que a una de las personas (el vendedor) se le encomendaba la vida del ratón y, tras una serie de regateos o negociaciones (se estableció un máximo de diez rondas de oferta y contraoferta), podía acordar con la otra (el comprador) la forma de repartirse 20€ a cambio de la vida del ratón. Una vez alcanzado un acuerdo, el vendedor recibiría el precio estipulado y el comprador el resto del dinero hasta los 20€. Si alguno de los dos no aceptaba participar, ninguno recibía nada. En este experimento, el 72% de los vendedores estuvieron dispuestos a que se sacrificase el ratón a cambio de una cantidad igual o inferior a 10€.

El tercer experimento era igual que el anterior, pero los mercados eran multilaterales, formados por nueve vendedores y siete compradores. También a lo largo de diez rondas podían hacer ofertas unos a los otros; los precios ofertados eran visibles para todos los participantes pues se proyectaban en una pantalla de manera continua. En este experimento el 76% de los vendedores estuvieron dispuestos a que se sacrificase el ratón a cambio de una cantidad igual o inferior a 10€.

En el cuarto experimento se ofrecieron a los participantes cantidades crecientes de dinero (con incrementos sucesivos de 2,5€) a cambio de la vida del ratón. Un 43% de los participantes estuvieron dispuestos a aceptar cantidades iguales o inferiores a 10€ a cambio de permitir su sacrificio. Adicionalmente, en este experimento se comprobó que para que un 72% de los participantes aceptasen que el ratón fuese sacrificado (porcentaje que aceptó en el experimento nº 2 cantidades de 10€ o inferiores), la oferta tuvo que llegar a los 47,5€. Y para que ese porcentaje fuese del 76% (porcentaje que aceptó en el experimento nº 3 cantidades de 10€ o inferiores), la oferta debía llegar a 50€.

En el quinto experimento se reprodujo el nº 3, solo que en éste no era la vida del ratón la que estaba en juego, sino un cupón para adquirir bienes en la tienda de la universidad. Esto es, lo que estaba en juego no era un valor moral, sino un valor material. Este experimento permitió comprobar que mientras la vida del ratón iba perdiendo valor de una ronda a la siguiente (de las 10 en las que se regateaba), el valor del cupón se mantuvo constante. La vida del ratón empezó valiendo 6’4€ y acabó en 4,5€.

Llegados a este punto habrá quien objete que el comportamiento de las personas dependería mucho de su situación económica particular. Y seguramente así es, pero en estos experimentos, las personas que participan se encuentran en situaciones similares, por lo que ese posible efecto está descartado a priori. Otros objetarán que la vida de un ratón no tiene ningún valor en términos morales. Pero de nuevo la cuestión es otra, ya que lo que se hace en estos experimentos es comparar. En principio cabe suponer que la consideración moral de la muerte o el mantenimiento con vida de un ratón es algo que no varía en promedio entre unas condiciones experimentales y otras. O sea, si la vida de un ratón es o no un bien moral a preservar, no depende de que la persona concernida actúe en privado o lo haga en un mercado.

En conjunto, estos resultados confirman que, al menos bajo las condiciones utilizadas en este trabajo y por comparación con las decisiones que se toman en la esfera individual, el mercado tiende a erosionar valores morales. Los autores del trabajo proponen que hay tres tipos de razones para que esa erosión ocurra. En primer lugar, para cerrar un trato, en los mercados se requiere el concurso de, al menos, dos personas, por lo que la responsabilidad y los posibles sentimientos de culpa se pueden compartir y, por lo tanto, pueden perder intensidad. En segundo lugar, la interacción en el mercado proporciona información acerca de las normas que prevalecen en la sociedad. Al fin y al cabo, el observar a otros comerciar e ignorar los estándares morales puede hacer que la búsqueda en exclusiva del interés propio se considere éticamente permisible. Y en tercer lugar, los mercados hacen que se ponga el foco en aspectos materialistas tales como el regateo, la negociación y la competencia, lo que puede distraer la atención de las posibles consecuencias adversas y de las implicaciones morales del comercio.

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Así pues, si estas conclusiones son extrapolables al mundo real, al de la producción e intercambios  de bienes y servicios en la vida real, sería cierto que el mercado, por comparación con las acciones individuales, rebaja los estándares morales. Y la verdad es que ya hay indicaciones de que así ocurre. En el mundo real nos quejamos a menudo de que haya países en los que se permite el trabajo infantil en condiciones de extrema dureza; también rechazamos la explotación de los trabajadores en los países pobres; hay personas a las que repugna que los animales que se crían en granjas para alimentarnos sufran y se encuentren en condiciones “penosas”; y lamentamos el deterioro ambiental que ocurre a causa del consumo de energía y materias primas que se necesitan para mantener nuestro nivel de consumo y bienestar. Hace tan solo unas semanas, más de 1.000 personas han muerto como consecuencia del derrumbamiento de un edificio en Bangladesh en el que se fabricaban prendas de ropa que compramos en establecimientos comerciales de los países occidentales. La tragedia ha puesto de relieve un hecho por lo demás bien conocido. Los consumidores occidentales tenemos acceso a bienes baratos en parte porque su producción se realiza en condiciones que no respetan los mínimos de seguridad, higiene y dignidad que exigimos en nuestros propios países.

Y sin embargo, a la hora de la verdad se ignoran esos mismos estándares morales cuando actuamos como consumidores, cuando buscamos las camisas más baratas o cuando pagamos por un teléfono móvil un precio con el que entre nosotros solo se podría, en el mejor de los casos, fabricar la funda de plástico.

Los experimentos mostrados aquí ponen de manifiesto que incluso en situaciones tan sencillas y tan palmarias (por próximas e inmediatas) como las ensayadas, se verifica esa tendencia a rebajar el nivel de exigencia. Así pues, con más razón y en mayor medida ocurrirá eso mismo cuando la actuación en el mercado no tiene consecuencias ni inmediatas ni próximas. Y por lo tanto, no parece que apelaciones a la moral de la gente resulten de alguna eficacia si lo que se pretende con ellas es reducir o aliviar las externalidades negativas del funcionamiento de los mercados.

Por prudencia, creo que lo mejor será dejar aquí la reflexión, porque no es propósito de esta anotación ni de esta bitácora abordar asuntos que son más propios del debate ideológico o doctrinal en materia de modelos socioeconómicos. Para eso ya hay otras bitácoras. Y es que a las anteriores habría que añadir otras consideraciones para que, de seguir con la reflexión, ésta resultase equilibrada.

Fuente: Armin Falk y Nora Szech (2013): “Moral and Markets” Science 340: 707-711

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Clanes y camarillas

Martes, 7 de Mayo de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 3 comentarios

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Cuando tenemos la oportunidad de relacionarnos con muchas personas, tendemos a formar grupos con quienes nos son más afines, con aquellos de quienes nos sentimos más cercanos. Por esa razón, en las sociedades multirraciales la gente tiende a entablar amistad con personas de su mismo grupo racial, si en el entorno en que se establecen las relaciones hay un número alto de individuos. Si hay pocos, sin embargo, al haber menos posibilidad de elegir, es más probable que se formen grupos interraciales.

A esa conclusión general han llegado en un estudio cuyos resultados se acaban de publicar en la revista PNAS. El estudio parte del desarrollo de un modelo teórico y el posterior contraste de las predicciones del modelo con el análisis de datos obtenidos de más de mil institutos de bachillerato en Norteamérica. La conclusión, como se ha indicado, es que allí donde hay muchas personas con las que se puede entablar relación, la gente tiende a hacerlo con personas de su mismo grupo étnico o racial. Los blancos tienden a relacionarse con blancos; los negros con negros, latinoamericanos con latinoamericanos, y asiáticos con asiáticos.

Se supone que preferimos relacionarnos con personas con las que tenemos ciertas afinidades; eso es básico. Y como es lógico, donde hay pocas personas, es más difícil encontrar esas afinidades; por eso en esas circunstancias es más fácil superar la “barrera” que supone tener un rasgo distintivo tan marcado como el aspecto “racial” o “étnico”. Sin embargo, en contextos en los que hay muchas personas entre las que elegir, es más fácil hallar afinidades en personas que físicamente son más parecidas a nosotros, porque lo cierto es que tendemos a sentirnos más próximos a las personas con las que compartimos rasgos raciales y otras similitudes.

Los autores del trabajo sugieren que el mecanismo vale para cualquier otra forma de “diferenciador” social. Así, cuando se permite a los individuos que ejerciten totalmente sus preferencias preexistentes, ello conduce a que se organicen grupos de gran homogeneidad, sea cual sea el criterio diferenciador de que se trate. Por eso, -sostienen-, al ampliar enormemente el campo de relaciones posibles, internet actuaría en el sentido de aumentar el aislamiento social, configurando grupos muy homogéneos y con muy poca relación con otros grupos. Puede resultar paradójico, sí, pero tiene mucho sentido.

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Hace unas semanas publiqué un artículo en Naukas en el que mostraba que en las ciudades de mayor tamaño la probabilidad de interactuar con otras personas es mayor que en las de menor tamaño. Y esa mayor probabilidad de interacción parece tener curiosas implicaciones. Por ejemplo, la probabilidad de contagiarse enfermedades infecciosas es proporcionalmente mayor en las grandes ciudades, pero también lo es la de innovar, la de generar nuevas ideas, la de inventar, porque todo eso depende de manera crítica de las redes de relaciones. Cuanto más amplias son esas redes, cuantas más son las personas con las que nos comunicamos, más intercambio de ideas se producen y más combinaciones de ideas se generan. Así aumenta la probabilidad de que se produzcan invenciones, innovaciones, etc. Y en relación con todo eso, las grandes ciudades concentran más instituciones y más personas dedicadas a actividades de I+D. Son más dinámicas. Se hacen más negocios. Se genera más riqueza y la gente gana más dinero. En todo esto influyen muchos otros factores, tanto institucionales, como geográficos o económicos, por supuesto, pero estoy haciendo generalizaciones, y las afirmaciones anteriores se basan en análisis en los que se analizan las variables consideradas en relación con el número de habitantes de las ciudades; y ese análisis se hace para diferentes países y continentes, con lo que la fiabilidad de las conclusiones parece garantizada.

Este fenómeno puede resultar, quizás, algo contradictorio con lo señalado en relación con la mayor heterogeneidad de los grupos en contextos caracterizados por bajos números de personas, pero en realidad no lo es. Porque la configuración de grupos sociales por afinidades e intereses, que serían muy homogéneos en contextos muy numerosos (grandes ciudades o internet), no impide que se produzca una alta frecuencia de interacciones, porque el aislamiento entre unos grupos homogéneos y otros, y la interacción entre personas diferentes se pueden producir, de manera simultánea, en planos muy distintos. Así, en los ámbitos laborales o profesionales se producen interacciones entre personas con diversos intereses y preferencias, y por otro lado, las relaciones de amistad se basan en mayor medida en afinidades o aficiones comunes. Son, como digo, planos diferentes.

Para cerrar la anotación de hoy voy a transcribir un párrafo con el que, por pura casualidad, me he encontrado estos días. Se refiere, lógicamente, a estas mismas cuestiones. Es el siguiente:

En una comunidad grande podemos elegir nuestra compañía. En una comunidad pequeña, ésta ya está elegida para nosotros. Así es que, en todas las sociedades grandes y altamente civilizadas, surgen grupos basados en lo que se llaman afinidades, que se cierran al mundo exterior con más eficiencia que los portones de un convento. No hay nada realmente estrecho en un clan: lo que es realmente estrecho es una camarilla. Los hombres del clan viven juntos porque todos van en el mismo tartán o todos descienden de la misma vaca sagrada; pero en sus almas, por el divino acomodo de las cosas, siempre habrá más colores que en cualquier tartán. Los miembros de una camarilla, en cambio, viven juntos porque tienen el mismo tipo de alma, y su estrechez es una estrechez hecha de coherencia y de satisfacción espiritual, como la que existe en el infierno. Una sociedad grande existe con el objeto de formar camarillas. Una sociedad grande está destinada a la promoción de la estrechez.

Me lo he encontrado en “Herejes” de G. K. Chesterton (1905).

Fuente: Siwei Cheng y Yu Xie (2013): “Structural effect of size on interracial friendship” PNAS 110 (18): 7165-7169

Imitar al triunfador

Martes, 30 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios

Madonna

“La gente a menudo imita al triunfador. Los aspirantes a estrellas del pop imitan el estilo vocal y vestimenta de Madonna y los aspirantes a estrellas de la NBA imitan los mates de Michael Jordan, su solución a la calvicie y, si la Sara Lee Corporation ha gastado su dinero de manera inteligente, sus gustos en ropa interior. Ante hechos tales, resulta verdaderamente extraño que los publicistas obtengan cuantiosas recompensas por penetrar en nuestros cerebros.

Porque, famosos mediáticos al margen, lo cierto es que nuestra atracción por los triunfadores tiene sentido desde un punto de vista adaptativo. Determinar quién triunfa es mucho más fácil que determinar cómo triunfar. Imitando al triunfador tienes la oportunidad de adquirir los comportamientos que causan el éxito, incluso si no sabes nada acerca de qué características del triunfador son las responsables de su éxito. Si puedes imitar fielmente todo lo que hace, debieras ser tú también un triunfador, al menos en la medida en que el éxito se base en características que se transmiten culturalmente. Incluso cuando los precisos comportamientos que más contribuyen al éxito son muy difíciles de evaluar, hay rasgos fácilmente observables que están correlacionados con el éxito, tales como riqueza, fama y buena salud. En tal caso, puedes tratar de imitar todo lo que hacen los ricos en un esfuerzo por adquirir los rasgos que los hacen ricos, pero sin determinar con precisión como se produce la riqueza. Nosotros denominamos a este fenómeno “sesgo de modelo”, porque el sesgo depende, no de las características de una variante cultural en sí misma, sino de alguna otra característica de los individuos que son modelos fieles de esa variante, tales como, en este caso, los indicadores de prestigio.

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El antropólogo Joe Heinrich y el psicólogo Francisco Gil-White sostienen que atribuimos prestigio, así como los favores que lo acompañan, a la gente de la que percibimos que posee variantes culturales superiores como forma de compensarles por el privilegio de su compañía y la oportunidad de imitarlos. Diferencian, por otra parte, el prestigio personal del fenómeno más extendido del dominio, que se ejerce cuando individuos más fuertes o astutos usurpan los recursos de los más débiles.”

Fuente: Traducción libre de unos párrafos (locations:1725-1736) del apartado Two more adaptive cultural mechanisms (en el Cap 4: Culture is an adaptation) del libro del libro de Peter J Richerson & Robert Boyd (2006) “Not by genes alone: How culture transformed human evolution” (The University of Chicago Press).

Ganaderos

Miércoles, 24 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 1 comentario
Reconstrucción de un uro

Reconstrucción de un uro

Los seres humanos somos ganaderos desde hace aproximadamente diez mil años. El ganado vacuno se domesticó, de manera independiente, en dos zonas distintas del planeta, dando así lugar a dos linajes. Una de las áreas primarias de domesticación fue el Oriente medio y Sudeste de Europa, y de forma más precisa, una zona correspondiente a la actual Turquía, y la otra fue el Subcontinente Índico, y más concretamente, un territorio que corresponde al actual Pakistán.

Al linaje del sudeste de Europa se le denomina “ganado taurino” (taurine cattle) y al del subcontinente índico, ganado “cebú” (indicine cattle). Los dos linajes derivan del uro (Bos primigenius), una especie bovina que habitó Eurasia y el norte de África hasta 1627, año en que se extinguió. Hay quien sostiene, no obstante, que los uros que experimentaron los dos episodios de domesticación y que dieron lugar a los dos grandes linajes actuales eran, en realidad, dos especies distintas.

Cebú

Cebú

El ganado africano tiene ancestros tanto en el linaje taurino como en el cebú, con una mayor contribución genética del cebú hacia el este y norte del continente, y una mayor del ganado taurino hacia el oeste y sur. Así pues, hay un doble gradiente geográfico de aportaciones genéticas diferenciales de uno y otro linaje al ganado africano. Los principales haplogrupos mitocondriales distinguen con claridad el ganado europeo del africano, pero muestran también flujo génico, desde África hacia Europa, a través de Gibraltar y de Túnez a Sicilia.

El ganado vacuno lo llevó Colón al Caribe, a la Española, en 1493 por primera vez, y después hubo más traslados hasta el año 1512. Ese ganado partió de las Islas Canarias, donde se introdujo unos años antes procedente de la Península Ibérica. En 1521, el ganado que se había introducido en las islas del Caribe se llevó a Méjico, y de allí, en pocas décadas se extendió hacia el sur de Norteamérica y el norte de Sudamérica, y se adaptó muy bien a las condiciones ambientales de esas zonas. Al contrario que en Eurasia, en zonas amplias y durante siglos, una parte importante del ganado americano vivió en libertad, de forma salvaje, por lo que ha estado sometido a selección natural. Quizás por esa razón, por comparación con las variedades europeas, los descendientes de aquel ganado se caracterizan por ser muy tolerantes al estrés alimenticio e hídrico. Por contraste, el ganado europeo ha estado sometido a una intensa selección artificial para aumentar la producción de leche y carne, así como para conseguir un ganado más manso y de más fácil manejo, aunque muy poco tolerante para con la escasez de alimento y de agua.

Aunque siempre se ha pensado que el ganado americano pertenecía al linaje taurino, el reciente análisis de 47.506 polimorfismos de nucleótido simple ha dibujado un panorama algo más complejo, ya que el ganado del Nuevo Mundo, así como muchas de las variedades de ganado del Sur de Europa, tienen ancestros tanto en el linaje taurino como en el índico o cebú. Muy probablemente ello se haya debido a las contribuciones genéticas de ganado cebú al ganado europeo por efecto del flujo génico hacia el norte a través del Mediterráneo antes citado. Después de las primeras introducciones de ganado en América, no se llevó nuevo ganado hasta 1860 (a través de Jamaica a Norteamérica), y fue ganado índico, y a mediados del siglo pasado también se llevó ganado cebú a Brasil. Por último, el ganado japonés actual (waygu), -y supongo que también el coreano, procede principlamente de reses europeas que fueron importadas a finales del siglo XIX, hace unos ciento veinte años, por lo que se trata de ganado taurino, muy similar al europeo.

Estas últimas introducciones han completado un panorama muy complejo de distribución de linajes y variedades de ganado vacuno a lo largo y ancho del planeta.

Ganado

En definitiva, la selección natural, en unos casos, y la artificial en otros, junto con el traslado de unas y otras variedades a las zonas en las que sus características podían resultar más ventajosas, ha permitido que haya ganado vacuno en amplísimas zonas del planeta, y que esta modalidad ganadera no haya dejado de expandirse desde que comenzara en los albores del Neolítico en las actuales Turquía y Pakistán.

Fuente: Emily Jane McTavish, Jared E. Decker, Robert D. Schnabel, Jeremy F. Taylor y David M. Hillis (2013): New World cattle show ancestry from multiple independent domestication events. PNAS.

Vivir rápida o lentamente

Martes, 16 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 6 comentarios

Durante los últimos años ha venido tomando cuerpo una teoría según la cual, la incidencia de enfermedades infecciosas tiene  un efecto profundo en los valores culturales y los rasgos de comportamiento de las personas. A esa teoría se la denomina “teoría del estrés por patógenos”, PST por sus siglas en inglés. La teoría sostiene que las enfermedades infecciosas fueron una fuerza selectiva importante en los ambientes ancestrales humanos, lo que condujo a la evolución de un “sistema inmune basado en el comportamiento” que complementa el sistema inmune de base celular. De acuerdo con esa teoría, ese “sistema inmune” protege a los individuos de contraer enfermedades que suponen un alto coste, pero a la vez, también dificulta el poder alcanzar determinados objetivos importantes en términos de adecuación (fitness), pues reduce la posibilidad de emparejamiento, conlleva un mayor gasto de energía, limita las relaciones sociales y dificulta la innovación. El balance entre costes y beneficios, así como la mayor o menor presencia de agentes contagiosos en el entorno de los individuos, daría lugar, según la teoría, a variaciones en ese comportamiento defensivo.

En dos trabajos recientes de cierta repercusión, se ha concluido que el estrés por patógenos es el responsable de las amplias diferencias observadas entre los distintos estados de Norteamérica en características tales como religiosidad de la gente, intensidad de los lazos familiares, incidencia de los homicidios y maltrato o abandono infantil. Según esos trabajos, cuanto mayor es la incidencia de esas enfermedades en un entorno determinado, menor es la religiosidad, de menor intensidad son los lazos familiares, mayor es la tasa de homicidios y más frecuente es el maltrato infantil, y todo ello sería consecuencia de que esos comportamientos constituyen la manifestación de un set de rasgos que reduce las relaciones sociales y familiares de los individuos, protegiéndoles de ese modo de los posibles contagios.

Sin embargo, una reevaluación de los datos a partir de los cuales se había llegado a esas conclusiones ha arrojado otras bastante diferentes. Los autores del nuevo análisis parten de la hipótesis alternativa de que las diferencias observadas en los rasgos estudiados por los anteriores, en vez de deberse al efecto de la incidencia de las enfermedades contagiosas, son la consecuencia de que entre unas zonas y otras haya diferencias en los ciclos de vida de la gente.

Según la “teoría de los ciclos de vida”, muy popular en el campo de la ecología y de la ecología evolutiva, los animales de ciclo “rápido” se caracterizan por reproducirse a edad temprana, dedicar una alta proporción de recursos a la reproducción, primar el número de descendientes en detrimiento del cuidado paterno y, como consecuencia de todo lo anterior, tener una vida corta; se pueden calificar como oportunistas y arriesgados. Los animales con ciclos de vida “lentos” se caracterizarían, según esa teoría, por presentar los rasgos opuestos, y se pueden calificar como conservadores y prudentes. Hay diferentes versiones de la teoría de los ciclos de vida. En la más sencilla se suele hablar de estrategas de la K y estrategas de la r; los estrategas de la K son de ciclo lento y los de la r, de ciclo rápido. Y en su versión más elaborada, se incorporan consideraciones demográficas adicionales, como por ejemplo, si la mortalidad estrínseca o de origen ambiental afecta más a los individuos jóvenes o a los adultos, y también tiene en consideración los denominados costes reproductivos. En todo caso, y a los efectos de esta anotación, vamos a dejar de un lado las precisiones y nos centraremos en los aspectos más generales.

Estrategia de la r

Entorno inestable, independiente de la densidad

Estrategia de la K

Entorno estable, interacciones dependientes de la densidad

Individuos de tamaño pequeño

Individuos de gran tamaño

Bajo coste energético de cada individuo

Alto coste energético de cada individuo

Prole numerosa

Pocos hijos

Reproducción temprana

Reproducción tardía

Corta esperanza de vida

Alta esperanza de vida

Bajo esfuerzo parental

Alto esfuerzo parental

Según la nueva hipótesis, las diferencias encontradas en los comportamientos antes atribuidas al efecto del estrés por patógenos serían los esperables en entornos que propician estrategias más arriesgadas, esto es, que conllevan un más alto riesgo de mortalidad extrínseca y que conducen a un ciclo de vida más rápido. Me permitiré la licencia de utilizar la terminología r-K para referirme a esas diferencias, pero quiero advertir de que en la especie humana resulta un tanto hiperbólico, dado que nuestra especie sería, en ese contexto conceptual, una estratega de la K; valga, no obstante, a efectos comparativos dentro de la misma especie.

Los autores de la reevaluación han analizado, mediante regresión lineal múltiple, el efecto de la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual (como aproximación al nivel de estrés por patógenos) y de la edad a que las mujeres tienen el primer hijo (como aproximación a la “rapidez” del ciclo de vida) sobre la tasa de homicidios, la religiosidad y la fortaleza de los lazos familiares, que son los rasgos culturales estudiados en los anteriores trabajos. Dejaré al margen la cuestión de la religiosidad y de los lazos familiares, pues no afectan al aspecto central de este asunto, y me voy a centrar en la tasa de homicidios.

En un primer análisis con todo el conjunto de datos se obtiene un modelo en el que la prevalencia de las enfermedades de transmisión sexual ejerce un efecto significativo sobre la tasa de asesinatos, en línea con las conclusiones obtenidas en los trabajos anteriores. Sin embargo, si los modelos se ajustan de manera separada para blancos no hispanos y para afroamericanos, el efecto de la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual sobre la tasa de homicidios se desvanece. Así pues, los resultados cosechados en los trabajos anteriores se deberían, según los autores de la última investigación, al efecto de ese factor social. ¡Ojo! No es que el hecho de ser negro o blanco determine per se la probabilidad de cometer asesinatos. Lo que ocurre es que los negros viven en condiciones socioeconómicas que propician ciclos de vida más rápidos; esto es, los negros, por efecto de la segregación racial, viven en entornos peligrosos, por lo que el riesgo de mortalidad es relativamente alto o, al menos, más alto que el de los blancos. Por esa razón, una vez se ha introducido esa categoría en el análisis, el hecho de que dentro de cada grupo racial no se detecte ningún efecto de la prevalencia de enfermedades infecciosas sobre la tasa de homicidios querría decir que no es ese factor, -las enfermedades infecciosas-, el verdadero causante de las diferencias, sino la perteencia a grupos sociales con mayor o menor riesgo de morir por causas ambientales. Además, la edad a que las mujeres tienen el primer hijo también afecta a la tasa de homicidios, lo que refuerza la idea de que esa tasa es dependiente de la “rapidez” del ciclo de vida, y lo que resulta sumamente significativo: ese efecto se manifiesta tanto en un grupo racial como en el otro.

Tasas de algunas variables consideradas en este trabajo

Blancos no latinos

Afroamericanos

Personas con gonorrea y clamidia (1998-2009)

1,63

1,95

Homicidios (2003-2009)

3,6

24,7

Fatalidades infantiles (2008)

1,37

4,14

Nivel de religiosidad

2,78

3,91

Porcentaje de hogares multigeneracionales (2008-2010)

2,73

5,65

Nota: las tres primeras variables son casos por 100.000 habitantes

En definitiva, en zonas peligrosas, donde la probabilidad de llegar a edades avanzadas es más baja, la gente tendería a adoptar comportamientos que se aproximan a los que serían característicos de una estrategia r, o lo que es lo mismo, ciclos de vida más rápidos. Si la probabilidad de reproducirse a edades más altas es baja, la estrategia óptima (la que ofrece una probabilidad más alta de tener descendencia) consistiría en adelantar la edad reproductora y en asumir mayores riesgos en la competencia por los recursos, la pareja, o el estatus, porque la prudencia, en esos entornos, no tiene recompensa. En entornos más estables, sin excesivo riesgo de mortalidad, la estrategia más favorable sería la contraria.

Fuente:

Joseph Hackman y Daniel Hruschka (2013): Fast life histories, not pathogens, account for state-level variation in homicide, child maltreatment, and family ties in the U.S. Evolution and Human Behavior 34: 118-124

Estudios anteriores:

Fincher, C. L., & Thornhill, R. (2012). Parasite-stress promotes in-group assortative sociality: The case of strong family ties and heightened religiosity. Behavioral and Brain Sciences 35 (2): 61.

Thornhill, R., & Fincher, C. L. (2011). Parasite stress promotes homicide and child maltreatment. Philosophical transactions of the Royal Society of London. Series B 366: 3466–3477.

The World Until Yesterday, de Jared Diamond

Miércoles, 10 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 3 comentarios

Aunque tiene elementos de interés, el último libro de Jared Diamond no me ha acabado de convencer. Supongo que pronto lo veremos en las librerías en castellano. Sirvan estas líneas de reseña del libro, en la confianza de que puedan ser útiles a quienes consideren la posibilidad de comprarlo cuando se ponga a la venta entre nosotros o de adquirirlo en inglés.

De entre los autores que han escrito sobre la especie humana Jared Diamond es uno de los que más admiro. Ha recibido varios premios y es uno de los que más éxito han tenido en el empeño por acercar a las ciencias sociales una perspectiva y elementos de análisis propios de las ciencias naturales. He leido Why Is Sex Fun? (¿Por qué es divertido el sexo?), The Third Chimpanzee (El tercer chimpancé),  y Guns, Germs, and Steel (Armas, gérmenes y acero). No he leído Collapse (Colapso), aunque todas las referencias que tengo de ese libro son buenas. Jared Diamond es un personaje muy especial; es fisiólogo de formación y también es un excelente ornitólogo, pero a sí mismo se define como geógrafo. Le interesa la especie humana, su evolución, su historia reciente, su distribución por el planeta y múltiples facetas de su biología y comportamiento. Por todas esas razones, empecé a leer con gran interés su último libro: The World Until Yesterday: What Can We Learn from Traditional Societies?. Pero lo cierto es que me ha dejado una sensación agridulce.

Diamond es un escritor excelente. El libro se lee muy bien; resulta fácil, fluido y ameno, como todo lo que escribe. Habla unos cuantos idiomas muy diferentes y se nota que es muy consciente del idioma. Y a lo largo del libro hay mucha información de interés. Pero a pesar de eso, no es un libro redondo; no lo es, al menos, como lo es, por ejemplo, Guns, Germs and Steel.

En este trabajo Jared Diamond repasa una serie de aspectos de la vida de los seres humanos cuyo modo de vida sigue siendo “preindustrial”. Su punto de partida es que durante la mayor parte de nuestra historia, los seres humanos hemos sido cazadores-recolectores, y hemos vivido en bandas o tribus. Los cacicazgos son de reciente aparición, y más aún los estados. Solo tras la revolución neolítica y la extensión de la agricultura y la ganadería, los individuos de nuestra especie empezaron a cultivar plantas y criar animales. Pero eso no ocurrió hasta hace algo más de unos 10.000 años como muy pronto, y los primeros estados son de hace unos 5.000 años. Por lo tanto, durante decenas de miles de años los individuos de nuestra especie vivieron de una forma muy diferente a como vive la mayor parte de la población mundial hoy. Solo unos pocos pueblos de cazadores-recolectores viven en cndiciones parecidas a las de la la mayor parte de nuestra historia.

A partir de ahí, Diamond hace un repaso de diferentes aspectos de la vida de la gente. La primera parte la dedica a describir y comparar cómo dividen el territorio los pueblos que permanecen en modos de vida preindustriales y preagrícolas. Tambien analiza los conflictos por el territorio, como se trata a los afines, a los enemigos y a los extraños, y la práctica del comercio o intercambios de bienes. En la segunda parte se refiere a las guerras y, en general, a los conflictos violentos. Constata, como también lo ha hecho recientemente Steven Pinker, que la mortalidad debida a la violencia y la incidencia de guerras y conflictos tribales fronterizos son, en términos relativos, mucho más importantes en los pueblos de cazadores-recolectores que en las sociedades industriales y que, de hecho, con el el tiempo se han reducido sensiblemente. Aborda el modo en que se hace justicia en los pueblos que no cuentan con sistemas judiciales modernos, con sus pros y sus contras. En la tercera parte se ocupa del modo en que se trata a los niños y adolescentes, y también a los mayores. En relación con los niños, analiza cuestiones de lo más diverso, desde la práctica del infanticidio hasta el modo en que se les educa, y cómo dependen estas cuestiones del tipo de sociedad de que se trate y de su forma de subsistencia. En este apartado cobra especial importancia las relaciones entre padres e hijos. En relación con los mayores, el trato que se les da y la posición que ocupan en las sociedades son los temas más importantes, sobre todo el contraste ente los pueblos en los que a los mayores se les respeta y trata con atención, y aquellos en los que, literalmente, se les deja morir. La diferencia, además, está relacionada con las particulares condiciones para la supervivencia en cada sociedad. En la cuarta parte, Diamond analiza la forma en que se preven los problemas que pueden surgir y como en sociedades primitivas hay un enorme celo por prevenir posibles accidentes y catástrofes.

A lo largo de esas cuatro primeras partes, Jared Diamond recurre con frecuencia a su propia experiencia en Papua Nueva Guinea, dado que ha pasado mucho tiempo en esa isla estudiando sus aves. Es más, en ocasiones da la impresión de que más que un estudio comparado de los aspectos que trata, el trabajo es una epecie de libo de memorias. Esta parte es, para mí al menos, la que tiene menos interés. Las descripciones me han parecido demasiado pormenorizadas y no he percibido un hilo argumental claro.

Sin embargo, el libro cambia al pasar a la quinta parte. A mí me resulta mucho más interesante, aunque en ésta, sin embargo, queda un tanto diluido el estudio de los pueblos del pasado.

Efectivamente; en la quinta parte, aunque no faltan las referencias a los pueblos preindustriales y constituyen una especie de telón de fondo, dejan de tener la relevancia que habían tenido en los capítulos anteriores. En esta quinta y última sección, la referencia a los pueblos cazadores-recolectores o similares, es infrecuente y en ocasiones anecdótica. Trata aquí de las religiones, de las lenguas y de la alimentación.

Un hombre Dani (Papua-Nueva Guinea) (foto de Carlo Ottaviano Casana)

Un hombre Dani (Papua-Nueva Guinea) (foto de Carlo Ottaviano Casana)

En relación con las religiones, el apartado es un análisis de las funciones que cumplen y de cómo esas funciones se han ido modificando a lo largo del tiempo, de forma similar a como ha ocurrido con determinados rasgos biológicos de las especies. El capítulo en el que analiza la diversidad lingüística y el multilingüismo, -habitual en los seres humanos que viven en bandas y tribus-, constituye un alegato a favor del plurilingüismo, tanto social como individual, en nuestras sociedades. Discute la función que cumplen las lenguas, así como los posibles inconvenientes de la existencia de muchas lenguas y de hablar más de una o de dos. Su conclusión es clara: según él, el conocimiento de varias lenguas debería ser impulsado por las autoridades y aconseja a los padres que eduquen a sus hijos en para que aprendan varias lenguas. Y en el tercer apartado de esta quinta parte, trata de los problemas nutricionales a que los ciudadanos actuales hemos de hacer frnete por culpa de nuestro pasado alimenticio como especie y de los rigores que hemos tenido que superar. Se centra en los problemas provocados por la sal (hipertensión), y en la diabetes, sobre todo en la de tipo II. Y al respecto, ofrece una explicación altamente especulativa, aunque muy interesante, de la razón por la que en Occidente es menor la prevalencia de esta enfermedad que en el resto de zonas del mundo.

Comerciantes tradicionales (foto de Peter Hallinan)

Comerciantes tradicionales (foto de Peter Hallinan)

Este libro no ha colmado las expectativas con las que empecé a leerlo, aunque es muy posible que ello sea debido a que mis expectativas fueran excesivas. Lo que escribe Diamond suele ser  interesante siempre, pero este libro no alcanza el nivel de los anteriores. A los cuatro primeros capítulos les falta carácter de análisis comparado y les sobra mucho de lo que cuenta en relación con su propia experiencia. Creo que habría sido mejor que hubiese escrito un libro de memorias en el que contase todas sus experiencias; hubiera sido muy interesante, como lo suelen ser los de muchos científicos, y con el interés añadido de sus periplos por muchos rincones del planeta. Pero tal y como lo ha redactado, las primeras cuatro partes no han acabado de engancharme, aunque a la última le he visto más enjundia.

Finalmente, lo que al final más he echado de menos ha sido una tesis general. Sus anteriores textos sí la habían desarrollado, y esa tesis era el armazón sobre la que discurría la narración. Éste, sin embargo, carece de esa tesis. Resulta, en ese sentido, más anecdótico, y el problema es que de ninguna de sus anteriores obras se podía decir nada parecido; a mí, al menos, me tenía mal acostumbrado.

Referencia: Jared Diamond (2012): “The World Until Yesterday. What Can We Learn From Traditional Societies?” Viking

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Geografía de la diversidad lingüística

Sábado, 6 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 5 comentarios
Familias lingüísticas; foto por M. Abuhelwa (Mabuhelwa at en.wikipedia)

Familias lingüísticas

Imagen tomada del blog “Origen del español y las lenguas del mundo” modificada de M. Abuhelwa

Las lenguas se distribuyen de manera irregular en el planeta: alrededor del 10% de la superficie del mundo contiene la mitad de sus idiomas. Por ejemplo, en el extremo inferior de la diversidad lingüística, los tres países más grandes –Rusia, Canadá y China, cada uno con una superficie de millones de kilómetros cuadrados-, solo tienen, respectivamente, 100, 80 y 300 lenguas nativas. Pero en el extremo superior de la diversidad lingüística, -Nueva Guinea y Vanuatu-, con superficies de sólo 300.000 y 4.700 millas cuadradas respectivamente, tienen alrededor de 1.000 y 110 lenguas nativas. Eso quiere decir que un idioma se habla en un area promedio de 66.000, 49.000 y 12.000 millas cuadradas en Rusia, Canadá y China respectivamente, pero en solo alrededor de 300 y 42 millas cuadradas, respectivamente, en Nueva Guinea y Vanuatu. ¿A qué obedece una variación geográfica tan enorme en diversidad lingüística?

Los lingüistas reconocen la influencia de factores ecológicos, socio-económicos e históricos. [….]. En lo que se refiere a las correlaciones de la diversidad lingüística, no hay acuerdo acerca de las causas subyacentes.

Las cuatro correlaciones más altas de la diversidad lingüística se producen con la latitud, la variabilidad climática, la productividad biológica y la diversidad ecológica local. En primer lugar, la diversidad de lenguas disminuye del ecuador a los polos: si el resto de factores se mantiene constante, las áreas tropicales mantienen más lenguas que las que mantienen áreas equivalentes en latitudes más altas. En segundo lugar, en una latitud dada, la diversidad de lenguas disminuye con la variabilidad climática, tanto si la variabilidad consiste en variaciones estacionales en un mismo año como si se trata de variaciones interanuales impredecibles. Por ejemplo, la diversidad de lenguas es mayor en las selvas tropicales que se mantienen húmedas toddo el año que en las sabanas tropicales adyacentes de carácter más estacional. […..]. En tercer lugar, la diversidad de lenguas tiende a ser mayor en los ambientes más productivos (por ejemplo, en las selvas que en los desiertos), aunque al menos parte de ese efecto podría producirse porque los desiertos y muchos otros ambientes improductivos son muy estacionales. Finalmente, la diversidad de lenguas es alta en áreas ecológicamente diversas y tiende a ser mucho más alta en áreas montañosas abruptas que en áreas llanas.

Lenguas de pueblos nativos de Alaska

Lenguas de pueblos nativos de Alaska

Esas cuatro correlaciones ecológicas son solo eso, correlaciones, no explicaciones. Las explicaciones subyacentes que se suelen proponer aluden al tamaño de las poblaciones, su movilidad y las estrategias económicas. En primer lugar, la viabilidad de una comunidad de hablantes aumenta con el número de estos: una lengua hablada por 50 personas es más probable que desaparezca que una hablada por 5.000. Por eso, las regiones con una productividad biológica baja tienden a sostener un número menor de lenguas, y a necesitar una mayor área para los hablantes de una lengua. Una población viable en el Ártico o en regiones desérticas necesita decenas de miles de millas cuadradas para mantenerse a sí misma, mientras que unos pocos cientos de millas cuadradas son más que suficientes en espacios productivos. En segundo lugar, cuanto más constante es el ambiente entre estaciones y entre años, más autosuficiente y sedentaria puede ser una comunidad en un área reducida, sin demasiada necesidad de moverse periódicamente o de hacer intercambios con otros pueblos. Finalmente, un área ecológicamente diversa puede sostener muchas comunidades lingüísticas diferentes, cada una con su propia economía de subsistencia adaptada a una ecología local diferente: por ejemplo, un área montañosa puede mantener ganaderos, agricultores de colinas, pescadores de río en las tierras bajas y pastores de sabana a diferentes alturas y en diferentes habitats.

[….]

Además de esos factores ecológicos, también hay factores socio-económicos e históricos que contribuyen a la existencia de diferencias en la diversidad lingüística a lo largo y ancho del mundo. Uno de esos factores es que las comunidades de hablantes de cazadores-recolectores están formadas por menos individuos pero pueden cubrir áreas más extensas que las comunidades de hablantes agricultores. [….].

Un segundo factor socioeconómico relacionado con la diversidad de lenguas es la organización política: la diversidad de lenguas disminuye y las comunidades lingüísticas aumentan en población y en área al elevarse la complejidad política al pasar de banda a estado. Por ejemplo, los Estados Unidos, un gran estado con una única lengua dominante de costa a costa, tienen hoy una poblción 30 veces mayor que la que tenía el mundo cuando estaba habitado en su totalidad por bandas de cazadores recolectores y por tribus con miles de lenguas. El inglés ha reemplazado a centenares de lenguas locales diferentes que se hablaban hace cinco siglos, cuando el territorio estaba dividido entre bandas, tribus y cacicazgos de pueblos nativos. Subyace a esa tendencia el hecho de que cuanto mayor es la población de una sociedad, más necesaria se hace la complejidad política, porque una sociedad de unas pocas docenas de personas puede tomar decisiones en una reunión del grupo sin necesidad de un líder, pero una sociedad de millones necesita líderes y burócratas para funcionar. Los estados expanden su lengua a expensas de las lenguas de los grupos conquistados e incorporados. Esa expansión lingüística obedece en parte a la política del estado, por razones administrativas y de unidad nacional, y en parte a que los ciuddanos adoptan la lengua nacional para obtener oportunidades sociales y económicas para ellos.

Machu Picchu

Machu Picchu

El factor que queda es el histórico, entre cuyas consecuencias se incluye la disminución ya mencionada de la diversidad lingüística con el incremento de la complejidad política. Las regiones del mundo han sido barridas ocasionalmente por “apisonadoras lingüísticas”, en las que un grupo que disfrutaba de alguna ventaja en términos de efectivos poblacionales, recursos alimenticios o tecnología, ha explotado esa ventaja para expandirse a expensas de los grupos vecinos, imponiendo su propia lengua en la región y reemplazando las lenguas locales anteriores, al expulsar o acabar con los hablantes, o al convertirlos en hablantes de la lengua del invasor. Las apisonadoras más conocidas son las vinculadas con expansiones de estados poderosos sobre pueblos sin estados. Ejemplos recientes han sido las expansiones europeas que han reemplazado a las lenguas de América, la conquista británica de Australia que reemplazó a las lenguas aborígenes australianas, y la expansión de Rusia más allá de la cordillera de los Urales hasta el Océano Pacífico, que reemplazó a las lenguas nativas siberianas. En el pasado ha habido, igualmente, apisonadoras conducidas por estados, bien documentadas históricamente. La expansión del Imperio Romano por la cuenca del Mediterráneo y la mayor parte de Europa Occidental extinguió el etrusco, las lenguas célticas continentales y muchas otras. Y la expansión del Imperio Inca y sus predecesores, extendió el quechua y el aymara por todos los Andes.

Expansión bantú

Expansión bantú

Menos familiares para los no lingüistas son las apisonadoras debidas a expansiones en la Prehistoria de pueblos agricultores por los terrenos de cazadores-recolectores; se trata de expansiones que se han inferido a partir de evidencias arqueológicas y lingüísticas. Se conocen muy bien las expansiones de agricultores bantús y austronesios, que reemplazaron en gran medida a las lenguas de los cazadores recolectores en África subecuatorial y las islas del sudeste asiático respectivamente. También ha habido apisonadoras en las que pueblos cazadores-recolectores desplazaron a otros cazadores-recolectores gracias a una tecnología superior: por ejemplo, la expansión hacia el este de los inuit, hace 1.000 años, a través del Ártico canadiense, basada en avances tecnológicos tales como los trineos tirados por perros y los kayaks.

Una consecuencia de esas expansiones históricas es que algunas regiones del mundo con pocas barreras geográficas  han sido invadidas de forma repetida por apisonadoras lingüísticas. El resutado inmediato es una muy baja diversidad, porque una lengua invasora elimina la diversidad lingüística preexistente. Con el tiempo, la lengua invasora se diferencia en dialectos locales y después se divide en varias lenguas, pero todas ellas relacionadas entre sí.

Fuente: Versión libre a modo de resumen del apartado “Geography of language diversity” (del capítulo 10: “Speaking in Many Tongues”) del último libro de Jared Diamond: “The World until Yesterday” (Viking, 2012).

Nota 1: En esta entrada del pasado verano traté el asunto de la geografía lingüística, pero valorando el efecto de otros factores. Es complementaria de la de hoy.

Nota 2: En Josu Sierraren Bloga he encontrado este mapamundi interactivo de la diversidad lingüística de los países.

Por tener demasiado poco

Martes, 26 de Marzo de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 2 comentarios

pobreza

El tener demasiado poco, sea de lo que sea, provoca que la atención se dirija, casi en exclusiva, a resolver el problema inmediato de la escasez. Por esa razón, la escasez hace que quien la sufre tienda a endeudarse, sin prestar la debida atención a si los beneficios de ese comportamiento superan a los costes o no.

Esa es la conclusión principal que se ha obtenido en un estudio basado en una serie de experimentos psicológicos[1] en los que los participantes van manejando, en diferentes rondas (“rounds”) el recurso con el que cuentan y tratando de obtener beneficios con sus decisiones. En palabras de los investigadores, los experimentos permiten “destilar” la esencia del problema relacionado con la escasez, pudiendo prescindir de las circunstancias particulares y otros factores ambientales que pueden incidir en las conclusiones de los estudios cuando estos se realizan en situaciones reales. Esta apreciación es particularmente relevante cuando lo que se pretende es estudiar cómo afectan las estrecheces económicas, -y no la pobreza con todas sus implicaciones sociales o educativas-, a las decisiones que toman quienes tienen poco.

Los experimentos de este estudio muestran que la escasez provoca que quien la sufre ponga el foco de atención en ella y lo haga de forma casi exclusiva; esto es, ponen el foco en la escasez y en ninguna cosa más. En el curso de los dos primeros experimentos, -de los cinco que se hicieron en total-, se observó que la escasez, al provocar una atención excesiva en resolver los problemas inmediatos que se derivan de ella, conduce a la gente a tomar prestado sin tener en cuenta que el préstamo se detrae de las rondas futuras. Y en los experimentos siguientes se comprobó que esos préstamos resultaban contraproducentes. La cantidad que tomaban prestada los jugadores dependía del tiempo que dedicaban a cada turno o “round” del juego, de manera que cuanto más tiempo, y por lo tanto atención, prestaban a la ronda en que se encontraban, en mayor medida descuidaban las siguientes.

En uno de los experimentos de la segunda serie, a los participantes no se les proporcionaban cheques, sino tiempo. El tiempo era lo que se ponía en juego; dependiendo del subgrupo a que hubiesen sido asignados, podían o no tomar tiempo prestado (del que les quedaba), y entre los que lo podían tomar prestado, unos debían pagar intereses y otros no. En los participantes “ricos” (con más tiempo) no había diferencias de comportamiento entre los que podían y los que no podían tomar tiempo prestado, ni tampoco entre los que debían pagar intereses y los que no debían. Los “pobres”, sin embargo, lo hacían mejor si no podían endeudarse; peor si podían endeudarse y no tenían que pagar intereses, y bastante peor si, además, debían pagar intereses.

Los resultados de estos estudios apoyan la noción de que la escasez provoca que se preste especial atención a la misma escasez y a los problemas que genera. Eso puede tener aspectos positivos, como ocurre con algunos comportamientos observados en la vida real. Por ejemplo, hay comerciantes que, en un contexto de descuentos globales, elevan el precio de algunos productos cuando se eleva la venta de los mismos; pues bien, la mayor parte de la gente no se percata de esas subidas ocasionales de precios, pero las personas con menos recursos tienden a darse cuenta más fácilmente. Los compradores con pocos recursos suelen darse cuenta más fácilmente también de la existencia de sobrecostes que a veces no figuran en el precio marcado.

Pero, por otro lado, el poner el foco en la escasez hace que, por ello, se descuiden otros problemas. Es así como incurren los que tienen poco en un exceso de endeudamiento. Los pobres soportan un mayor “carga” cognitiva por dedicarse en mucho mayor medida que los ricos a resolver los problemas que genera la escasez. Y por esa razón consumen capacidad de atención y les queda menos para otras cosas.

pobreza_usa

Cuando se estudia la pobreza se constata que los pobres incurren con frecuencia en comportamientos que tienen el efecto de reforzar esa condición. Es habitual que la gente más pobre gaste más en loterías, por ejemplo, o que ahorre demasiado poco, y se endeude demasiado. Hay quienes atribuyen esos comportamientos contraproducentes a las circunstancias propias de la pobreza, tales como la educación, la salud, las condiciones de vida, la representación política, así como factores demográficos y geográficos; esto es, piensan que los pobres, por las razones que fuese, viven en entornos que promueven esos comportamientos. Y otros los atribuyen a unos hipotéticos rasgos de personalidad de los pobres; esto es, descartan, o minusvaloran, los factores ambientales, e invocan rasgos más endógenos.

Pero lo que sugieren los resultados obtenidos en este estudio es que, quizás, el problema tiene un carácter aún más general o más básico, y consistiría en que la escasez de recursos crea una determinada mentalidad, y cambia la forma en que las personas afrontan los problemas y toman decisiones. Normalmente, cuando no se sufren estrecheces económicas, la gente no presta demasiada atención a los gastos normales. Pero cuando hay escasez, esos gastos dejan de ser algo normal o casi irrelevante, para convertirse en un problema que requiere una solución urgente; es la misma falta de recursos la que hace que cada gasto sea más agobiante. En resumen, el simple hecho de tener menos provoca una mayor atención, un foco más intenso en el hecho en sí y en sus consecuencias. Quiere eso decir que el comportamiento de los pobres no estaría ligado a las circunstancias específicas (educativas, sociales, etc.) de la pobreza, ni a posibles rasgos diferenciales de los pobres. Esa mentalidad surgiría de la característica básica y fundamental de la pobreza: el tener menos.

En realidad, ese mecanismo no sería de aplicación solo a la pobreza, sino a cualquier otro tipo de escasez. Quien tiene sed se fija, sobre todo, en señales o claves relacionadas con el agua; lo mismo les ocurre a los que tienen hambre, que dirigen su atención preferentemente a las señales relacionadas con la comida. Y con el tiempo ocurre igual: si se agota el tiempo del que se dispone para finalizar una tarea, todas las demás tareas dejan de recabar nuestra atención. En definitiva, la gente se concentra en los problemas en que la escasez es lo más relevante. Puesto que la escasez es el factor que recaba la atención de la gente y provoca que se dedique de modo intenso a su superación o la resolución de los problemas que acarrea, también conduce a que se descuiden otros. Por eso, los pobres contraen con frecuencia préstamos que les permiten salir del apuro del momento pero que les dificultan seriamente hacer frente a gastos futuros. Y de la misma forma, los plazos estrechos hacen que la gente se concentre en la tarea urgente, descuidando otras tareas muy importantes.

La pobreza es un fenómeno con muchos elementos y muchas implicaciones. Para su comprensión no basta con considerar un único factor, por básico e importante que sea. Pero si, efectivamente, una parte importante de sus consecuencias obedece al efecto que ejerce sobre el modo en que las personas pobres dirigen su atención, entonces merece la pena considerar actuaciones que ayuden a aliviar la carga cognitiva que conlleva el estado de privación, pues podría servir para facilitar que se tomen mejores decisiones, decisiones que no compliquen aún más las cosas a quienes se encuentran en la situación de pobreza.

Fuente: Anuj K. Shah, Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir (2012): “Some Consequences of Having Too Little” Science 338: 682-685


[1] Omito los detalles de los experimentos porque alargaría el texto en exceso pero, básicamente, consistían en que personas de dos tipos, “pobres” y “ricas” dependiendo de los cheques con los que contaban, utilizaban esos cheques para obtener beneficios, pudiéndose endeudar en algunos casos y en otros no. Los experimentos incluían otro tipo de actividades introducidas para modificar la situación (de fatiga, por ejemplo) de los participantes, y otras.

Ilusión de superioridad

Martes, 19 de Marzo de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 8 comentarios

Imagen tomada de http://www.toptenz.net/top-10-strange-examples-of-cognitive-phenomenon.php

La mayor parte de la gente tiene una buena opinión de sí misma. Mejor dicho, tiene mejor opinión de uno mismo que de los demás. A eso se llama “ilusión de superioridad”, tiene origen neurológico; las bases moleculares de esa ilusión están empezando a conocerse.

En un estudio cuyos resultados se acaban de publicar se ha analizado la relación que hay entre la ilusión de superioridad, el sentimiento subjetivo de desesperanza, la disponibilidad de un tipo de receptores de neurotransmisores y la conectividad funcional entre determinadas áreas encefálicas.

Para empezar, en el estudio se ha constatado algo que ya era conocido, y es que la ilusión de superioridad y el sentimiento de desesperanza subjetiva están negativamente correlacionados (p<0,002). Quiere eso decir que los sentimientos de desesperanza parecen ser propios de personas que no experimentan la ilusión de superioridad; o lo que es lo mismo, la gente que no tiene mejor opinión de sí misma que de los demás tiende a sentirse más desesperanzada.

Cortex del cíngulo anterior

Cortex del cíngulo anterior

Por otro lado, utilizando técnicas de imagen, tales como resonancia magnética funcional (fMRI) y tomografía por emisión de positrones (PET), el equipo investigador que ha realizado el estudio ha encontrado interesantes relaciones entre la ilusión de superioridad y ciertas características neurológicas del encéfalo. Han hallado que la ilusión de superioridad está correlacionada negativamente con la conectividad funcional entre dos áreas en concreto: la parte dorsal de la corteza del cíngulo anterior (dACC) y el núcleo estriado sensorimotor (SMST) izquierdo (p<0,005), pero no está correlacionada con la conectividad funcional en la que participa el SMST derecho o el núcleo estriado asociativo (AST). Y por otra parte, la conectividad funcional del núcleo estriado parece estar ligada, a su vez, a la disponibilidad de receptores D2 de dopamina en el mismo. Se da la circunstancia de que las personas con menor densidad de esos receptores tienen mayor propensión a considerarse a sí mismas más atractivas socialmente y, por esa razón, no suelen experimentar sentimientos de desesperanza subjetiva.

Estriado

Estriado

En resumen, existe, por un lado, un vínculo entre la valoración positiva del atractivo social que uno se atribuye a sí mismo y la ilusión de superioridad. Por otro lado, la ilusión de superioridad se da en mayor medida en las personas con baja conectividad funcional entre la parte dorsal del cortex del cíngulo anterior (dACC) y el núcleo estriado sensorimotor (SMST) izquierdo. Y por último, esa baja conectividad se corresponde con una baja disponibilidad de receptores D2 de dopamina en el núcleo estriado que, a su vez, muy probablemente obedece a una alta o nornal liberación presináptica de ese neurotransmisor.

Al objeto de establecer la secuencia correcta de relaciones causales, los investigadores realizaron un análisis de mediación. Tal análisis puso de manifiesto que, de los factores estudiados, el factor causal inicial es la disponibilidad del receptor D2 de dopamina; su efecto sobre la ilusión de superioridad es indirecto y se ejerce a través de la conectividad funcional entre el dACC y el SMST izquierdo. Si se asume, como se ha señalado antes, que hay una relación inversa entre la disponibilidad de receptores D2 de dopamina y la liberación presináptica de ese neurotransmisor, la interpretación más probable de estos resultados es que la dopamina se combina con los receptores D2 del núcleo estriado suprimiendo de esa forma la conectividad funcional entre el SMST y dACC.

Tanto el SMST como el dACC son áreas controladoras y se encuentran conectadas entre sí. Por ello, los resultados de este trabajo sugieren que ambas trabajan conjuntamente controlando la autoevaluación, por lo que es lógico que incidan en la ilusión de superioridad. Y el hecho de que estén sometidas a modulación dopaminérgica también es lógico, ya que ese tipo de modulación es crucial para el normal funcionamiento de los circuitos neuronales en los que se basan el pensamiento y al comportamiento. La ilusión de superioridad sería consecuencia de la pérdida de conectividad funcional entre las dos áreas citadas.

Influencia de la disponibilidad de receptores D2 de dopamina sobre la ilusión de superioridad a través de la conectividad funcional dACC-SMST. Si se asume una relación inversa entre la disponibilidad del receptor D2 y la liberación presináptica de la dopamina (1), lo más probable es que la dopamina se una a los receptores D2 del nucleo estriado suprimiendo así la conectividad funcional entre SMST y dACC.

Influencia de la disponibilidad de receptores D2 de dopamina sobre la ilusión de superioridad a través de la conectividad funcional dACC-SMST. Si se asume una relación inversa entre la disponibilidad del receptor D2 y la liberación presináptica de la dopamina (1), lo más probable es que la dopamina se una a los receptores D2 del nucleo estriado suprimiendo así la conectividad funcional entre SMST y dACC.

En lo relativo al valor adaptativo de la ilusión de superioridad, conviene recordar lo que escribió Lionel Tiger[1] al respecto: “El optimismo ha sido central en el proceso de la evolución humana”. Esa idea se basa en el hecho de que una visión positiva de las capacidades, la personalidad y el futuro de uno mismo es un aspecto esencial de la mente humana; motiva de cara a abordar los próximos objetivos y ayuda a preparar a la gente para afrontar los retos que vendrán. Es en ese contexto en el que debe entenderse la ilusión de superioridad, ilusión que es el resultado de una evaluación positiva de uno mismo, y que conlleva el tener mejor opinión de uno mismo que de los demás, en facetas tales como la inteligencia, las capacidades cognitivas y la posesión de rasgos deseables. Se trata, por tanto, de una ilusión positiva, una entre varias otras ilusiones positivas propias de los miembros de nuestra especie. Y las ilusiones positivas, si son moderadas, son importantes para la salud mental, mientras que los pensamientos negativos acerca de uno mismo son característicos de la depresión. De hecho, hay estudios según los cuales la severidad de los síntomas depresivos está negativamente correlacionada con el sesgo de optimismo. Por lo tanto, nadie debe alarmarse al leer que son mayoría quienes tienen de uno mismo una opinión mejor que la que tienen de los demás. Lo alarmante sería que ocurriese lo contrario.

Fuente: Makiko Yamada, Lucina Q. Uddin, Hidehiko Takahashi, Yasuyuki Kimura, Keisuke Takahata, Ririko Kousa,Yoko Ikoma, Yoko Eguchi, Harumasa Takano, Hiroshi Ito, Makoto Higuchi y Tetsuya Suhara (2013): “Superiority illusion arises from resting-state brain networks modulated by dopamine” PNAS 110 (11): 4363-4367.


[1] Optimism: The Biology of Hope (1979) (Simon & Schuster, New York)