Selección sexual masculina: ¿más atractivos o más agresivos?
Hace unas semanas tuve ocasión de atender a una conferencia de Ambrosio García Leal sobre evolución y sexualidad humana. No voy a reproducir aquí sus ideas sobre esta cuestión; necesitaría demasiado espacio y además, quien esté interesado lo mejor que puede hacer es leer su libro “La conjura de los machos” (muy interesante, por cierto). Pero he recordado estos días algunas de las ideas que manifestó en aquella conferencia. En concreto, señaló que en la especie humana, el mecanismo básico de selección sexual en la historia evolutiva de los machos ha sido la competencia espermática. Sólo así se explicaría, según su interpretación, la morfología y tamaño del pene humano, mucho mayor al de cualquier otro primate próximo a nosotros, como gorila, chimpancé u orangután. Aunque, según él, nuestro sistema de emparejamiento es esencialmente monógamo, no sólo no excluye emparejamientos ocasionales con terceros, sino que los contempla como frecuentes y probables, y esa es la razón por la que tiene importancia en nuestra especie la competencia espermática; en un sistema monógamo perfecto, esa competencia no tendría sentido, porque cada individuo reproductor no tendría más de una pareja.
Según García Leal, dado el poco dimorfismo sexual propio de nuestra especie, no era muy probable que la lucha entre machos para excluir a los otros machos del acceso a las hembras haya sido el principal mecanismo de selección sexual de los machos. Puso como ejemplo a los gorilas, especie en la que se produce la exclusión reproductiva del resto de los machos por parte del macho dominante, y en la que se da un marcado dimorfismo sexual.
El caso es que he recordado estas cosas porque se acaba de publicar una revisión (review article) de David A. Puts en la revista Evolution and Human Behavior (31: 157-175) que lleva por título “Beauty and the beast: mechanisms of sexual selection in humans”. Al comienzo de esta revisión señala el autor que la mayor parte de la literatura científica en el campo de la psicología evolutiva sugiere que el mecanismo primario de selección sexual en varones humanos ha sido la elección de pareja. De haber sido así, esto hubiera implicado que los caracteres masculinos que se hubiesen seleccionado habrían sido aquellos que resultasen más atractivos para las mujeres, seguramente por ser indicativos de mejores genes para la progenie, esto es, de rasgos con mayor valor adaptativo.
Sin embargo, Puts sostiene que existen razones poderosas para pensar que en la especie humana el mecanismo básico de selección sexual sí ha sido el enfrentamiento entre machos para excluir al resto de potenciales reproductores (competidores). Aduce para ello razones de diferente tipo. Por un lado, sostiene que nuestro medio, al ser bidimensional (al revés que el océano o que el aire, que son tridimensionales), así como el tipo de agrupamientos entre individuos que se producen en el espacio y en el tiempo, facilitan las posibilidades de controlar el acceso de los otros machos a las hembras. Por otro lado, también atribuye una cierta importancia a la filogenia, esto es, al hecho de que en el resto de grandes simios también sea ese el mecanismo básico de selección sexual. Y por último, quita importancia al supuestamente escaso dimorfismo sexual de nuestra especie, ya que sostiene que aunque tal dimorfismo no es muy acusado en términos de tamaño, sí lo es en lo relativo a la musculatura, la fuerza y el comportamiento (más agresivo en el caso de los machos).
Según David Puts, los caracteres masculinos están mejor “diseñados” para competir por la hembras luchando que para cualquier otra forma de selección sexual. El tamaño, el desarrollo muscular, la fuerza, la agresión, y la fabricación y uso de armas habrían permitido a nuestros antepasados varones vencer de forma directa en las contiendas por las hembras. Además, la voz grave y el pelo facial serían mejores señales de dominancia que rasgos atractivos para las hembras. Esto no excluye el que otros elementos jugasen a su vez un cierto papel en la selección sexual. Entre ellos, se encontrarían la elección del macho por parte de la hembra, la competencia espermática y la coacción a las hembras para el apareamiento; estos elementos jugarían un cierto papel porque, según esta hipótesis, la monopolización de las hembras fue imperfecta.
Por contraste, el mecanismo primario de selección sexual en las hembras fue, seguramente, la elección de pareja reproductora por parte de los machos. Las características neoténicas de las hembras (caras muy juveniles, voz infantil, etc) quieren indicar una expectativa de vida reproductiva prolongada (a este aspecto se refirió de forma explícita Ambrosio García Leal en su conferencia), y la acumulación de grasa en pechos, nalgas y caderas constituyen una muestra visible de los recursos reproductivos con los que cuentan las mujeres, además de indicar, en términos generales, un buen estado de salud general y de salud reproductiva en particular (ver entrada anterior para una discusión más extensa de esta cuestión).
El artículo de David Puts no cierra, en absoluto la cuestión, pero es un trabajo importante para promover la realización de más estudios orientados a dilucidar los mecanismos de selección sexual que han operado en el curso de la evolución de nuestra especie. La cuestión no solamente tiene interés académico. Tiene un interés más amplio, en la medida en que la comprensión de los rasgos básicos de la especie humana nos ayude, a su vez, a comprender mejor los fundamentos de nuestro comportamiento, con las implicaciones de orden social que de tal comportamiento se derivan.
