La Naturaleza Humana

Sobre el origen evolutivo de la cultura humana

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“El deterioro del clima en el Pleistoceno está correlacionado con incrementos en el tamaño encefálico en muchos linajes de mamíferos, además del nuestro. El grado de encefalización promedio (tamaño encefálico corregido de manera adecuada con el tamaño corporal) de los mamíferos ha aumentado ya desde antes de la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. Sin embargo, muchos mamíferos de tamaño encefálico relativamente pequeño han persistido hasta hoy incluso en órdenes en los que algunas especies han desarrollado grandes encéfalos. Los mayores incrementos en el grado de encefalización por unidad de tiempo han ocurrido en los últimos 2,5 millones de años; el incremento promedio durante este periodo ha sido mayor que durante los 20 millones de años anteriores. El aumento del tamaño encefálico en el linaje humano empezó a divergir de la tendencia de otros simios al comienzo del Pleistoceno, hace aproximadamente 2 millones de años, más o menos en la época en que se produjo un incremento en la amplitud de las fluctuaciones glaciales, y luevo volvió a elevarse rápidamente de nuevo hace entre ochocientos mil y quinientos mil años, tras otro aumento de la amplitud de las fluctuaciones glaciales.

A igualdad del resto de condiciones, la selección debería favorecer claramente encéfalos pequeños, porque los grandes son costosos. No obstante, en mamíferos hay gran diversidad de tamaños encefálicos. Los encéfalos humanos dan cuenta de un 16% de nuestro metabolismo basal[1]. Un mamífero promedio solo debe dedicar el 3% del metabolismo basal a sus cerebros y muchos marsupiales se las apañan con un 1%. Estas diferencias son lo suficientemente amplias como para generar fuertes  trade-offs evolutivos. Además de los requerimientos metabólicos, los encéfalos de gran tamaño incurren en otros costes también significativos, tales como mayores dificultades al nacer, mayor vulnerabilidad al trauma encefálico, mayor potencial para sufrir problemas de desarrollo, y el tiempo y trabajo necesarios para llenarlos de información utilizable. En efecto, todos los animales se encuentran sometidos a una estricta presión selectiva para ser tan estúpidos como puedan soportar. El frecuentemente mencionado “hecho” de que solo utilizamos una pequeña parte de nuestro cerebro es un mito. Si nuestros cerebros son más grandes, han de ser buenos para algo, realmente buenos.

Un estudio reciente de los psicólogos comparativos Simon Reader y Kevin Laland sugiere que algo para lo que son buenos es para aprender, tanto para el aprendizaje individual como el aprendizaje social. Reader y Laland examinaron la literatura sobre primates y registraron el número de veces que las diferentes especies de primates han sido observadas haciendo tres cosas diferentes: utilizando herramientas, realizando un comportamiento nuevo o innovador, e implicándose en aprendizaje social. Observaron que los tres rasgos están correlacionados con una medida indicadora del tamaño encefálico. En otras palabras, los primates con encéfalos más grandes hacen uso de aprendizaje social, se implican en comportamientos novedosos y utilizan herramientas con mayor frecuencia que los de encéfalos más pequeños. Las observaciones de comportamientos nuevos y de aprendizaje social están correlacionadas entre sí incluso tras descontar el efecto del tamaño encefálico, lo que sugiere que el aprendizaje social permite respuestas más flexibles a ambientes nuevos.

Un estudio relacionado de Hillard Kalan y el economista Arthur Robson apoya la idea de que encéfalos más grandes conducen a una mayor flexibilidad en el comportamiento. Esos autores mostraron que en las especies de primates, mayores encéfalos (corregido el efecto del tamaño coproral) están asociados con un periodo juvenil más prolongado y una mayor duración de la vida. Sostienen también que el tamaño encefálico y la longevidad están vinculados en un complejo adaptativo. Como sabemos, aprender lleva su tiempo. No se puede aprender a jugar al ajedrez o a esquiar en un día; dominar esas habilidades mentales y físicas requiere años de aprendizaje y práctica. Lo mismo vale para las habilidades alimenticias. Esto quiere decir que entornos como los variables del Pleistoceno, que han favorecido la flexibilidad comportamental, también favorecen periodos juveniles largos para disponer de suficiente tiempo para aprender. El aprendizaje y enseñanza cultural son inversiones costosas, y por esa razón, elevados tamaños encefálicos y periodos juveniles más prolongados favorecen una mayor longevidad. Así pues, la selección favorece vidas de larga duración porque eso permite a los individuos obtener mayor beneficio de lo que han aprendido durante el necesario pero costoso largo periodo juvenil.

De acuerdo con este argumento, los seres humanos estamos en la cola de la distribución. Somos los que tenemos el encéfalo más grande y los que nos desarrollamos más lentamente del orden (Primates) cuyas especies tienen los encéfalos más grandes y que se desarrollan más lentamente. Sin embargo, esta no puede ser toda la historia. El hecho de que los aumentos en el tamaño encefálico y los descensos en las tasas de desarrollo estén correlacionadas con la variación climática, apoya la idea de que los entornos fluctuantes verdaderamente favorecen la flexibilidad comportamental y el aprendizaje social. Sin embargo, como hemos argumentado antes, somos únicos en nuestra capacidad para construir complejos sistemas de subsistencia a lo largo de muchas generaciones gracias a las modificaciones de carácter incremental que han ido realizando muchos innovadores. Esa habilidad, -creemos-, es la responsable de nuestra capacidad para desarrollar un enorme rango de adaptaciones culturales complejas que son las que dan cuenta de nuestro éxito como especie.”

Fuente: Traducción libre de unos párrafos (locations:1874-1906) del apartado How the capacities for culture possibly evolved (en el Cap 4: Culture is an adaptation) del libro de de Peter J Richerson & Robert Boyd (2006) “Not by genes alone: How culture transformed human evolution” (The University of Chicago Press).


[1] Yo diría que esa cifra puede ser, incluso, superior al 20%.

Un pensamiento en “Sobre el origen evolutivo de la cultura humana

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