Vivir rápida o lentamente
Durante los últimos años ha venido tomando cuerpo una teoría según la cual, la incidencia de enfermedades infecciosas tiene un efecto profundo en los valores culturales y los rasgos de comportamiento de las personas. A esa teoría se la denomina “teoría del estrés por patógenos”, PST por sus siglas en inglés. La teoría sostiene que las enfermedades infecciosas fueron una fuerza selectiva importante en los ambientes ancestrales humanos, lo que condujo a la evolución de un “sistema inmune basado en el comportamiento” que complementa el sistema inmune de base celular. De acuerdo con esa teoría, ese “sistema inmune” protege a los individuos de contraer enfermedades que suponen un alto coste, pero a la vez, también dificulta el poder alcanzar determinados objetivos importantes en términos de adecuación (fitness), pues reduce la posibilidad de emparejamiento, conlleva un mayor gasto de energía, limita las relaciones sociales y dificulta la innovación. El balance entre costes y beneficios, así como la mayor o menor presencia de agentes contagiosos en el entorno de los individuos, daría lugar, según la teoría, a variaciones en ese comportamiento defensivo.
En dos trabajos recientes de cierta repercusión, se ha concluido que el estrés por patógenos es el responsable de las amplias diferencias observadas entre los distintos estados de Norteamérica en características tales como religiosidad de la gente, intensidad de los lazos familiares, incidencia de los homicidios y maltrato o abandono infantil. Según esos trabajos, cuanto mayor es la incidencia de esas enfermedades en un entorno determinado, menor es la religiosidad, de menor intensidad son los lazos familiares, mayor es la tasa de homicidios y más frecuente es el maltrato infantil, y todo ello sería consecuencia de que esos comportamientos constituyen la manifestación de un set de rasgos que reduce las relaciones sociales y familiares de los individuos, protegiéndoles de ese modo de los posibles contagios.
Sin embargo, una reevaluación de los datos a partir de los cuales se había llegado a esas conclusiones ha arrojado otras bastante diferentes. Los autores del nuevo análisis parten de la hipótesis alternativa de que las diferencias observadas en los rasgos estudiados por los anteriores, en vez de deberse al efecto de la incidencia de las enfermedades contagiosas, son la consecuencia de que entre unas zonas y otras haya diferencias en los ciclos de vida de la gente.
Según la “teoría de los ciclos de vida”, muy popular en el campo de la ecología y de la ecología evolutiva, los animales de ciclo “rápido” se caracterizan por reproducirse a edad temprana, dedicar una alta proporción de recursos a la reproducción, primar el número de descendientes en detrimiento del cuidado paterno y, como consecuencia de todo lo anterior, tener una vida corta; se pueden calificar como oportunistas y arriesgados. Los animales con ciclos de vida “lentos” se caracterizarían, según esa teoría, por presentar los rasgos opuestos, y se pueden calificar como conservadores y prudentes. Hay diferentes versiones de la teoría de los ciclos de vida. En la más sencilla se suele hablar de estrategas de la K y estrategas de la r; los estrategas de la K son de ciclo lento y los de la r, de ciclo rápido. Y en su versión más elaborada, se incorporan consideraciones demográficas adicionales, como por ejemplo, si la mortalidad estrínseca o de origen ambiental afecta más a los individuos jóvenes o a los adultos, y también tiene en consideración los denominados costes reproductivos. En todo caso, y a los efectos de esta anotación, vamos a dejar de un lado las precisiones y nos centraremos en los aspectos más generales.
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Estrategia de la r Entorno inestable, independiente de la densidad |
Estrategia de la K Entorno estable, interacciones dependientes de la densidad |
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Individuos de tamaño pequeño |
Individuos de gran tamaño |
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Bajo coste energético de cada individuo |
Alto coste energético de cada individuo |
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Prole numerosa |
Pocos hijos |
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Reproducción temprana |
Reproducción tardía |
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Corta esperanza de vida |
Alta esperanza de vida |
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Bajo esfuerzo parental |
Alto esfuerzo parental |
Según la nueva hipótesis, las diferencias encontradas en los comportamientos antes atribuidas al efecto del estrés por patógenos serían los esperables en entornos que propician estrategias más arriesgadas, esto es, que conllevan un más alto riesgo de mortalidad extrínseca y que conducen a un ciclo de vida más rápido. Me permitiré la licencia de utilizar la terminología r-K para referirme a esas diferencias, pero quiero advertir de que en la especie humana resulta un tanto hiperbólico, dado que nuestra especie sería, en ese contexto conceptual, una estratega de la K; valga, no obstante, a efectos comparativos dentro de la misma especie.
Los autores de la reevaluación han analizado, mediante regresión lineal múltiple, el efecto de la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual (como aproximación al nivel de estrés por patógenos) y de la edad a que las mujeres tienen el primer hijo (como aproximación a la “rapidez” del ciclo de vida) sobre la tasa de homicidios, la religiosidad y la fortaleza de los lazos familiares, que son los rasgos culturales estudiados en los anteriores trabajos. Dejaré al margen la cuestión de la religiosidad y de los lazos familiares, pues no afectan al aspecto central de este asunto, y me voy a centrar en la tasa de homicidios.
En un primer análisis con todo el conjunto de datos se obtiene un modelo en el que la prevalencia de las enfermedades de transmisión sexual ejerce un efecto significativo sobre la tasa de asesinatos, en línea con las conclusiones obtenidas en los trabajos anteriores. Sin embargo, si los modelos se ajustan de manera separada para blancos no hispanos y para afroamericanos, el efecto de la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual sobre la tasa de homicidios se desvanece. Así pues, los resultados cosechados en los trabajos anteriores se deberían, según los autores de la última investigación, al efecto de ese factor social. ¡Ojo! No es que el hecho de ser negro o blanco determine per se la probabilidad de cometer asesinatos. Lo que ocurre es que los negros viven en condiciones socioeconómicas que propician ciclos de vida más rápidos; esto es, los negros, por efecto de la segregación racial, viven en entornos peligrosos, por lo que el riesgo de mortalidad es relativamente alto o, al menos, más alto que el de los blancos. Por esa razón, una vez se ha introducido esa categoría en el análisis, el hecho de que dentro de cada grupo racial no se detecte ningún efecto de la prevalencia de enfermedades infecciosas sobre la tasa de homicidios querría decir que no es ese factor, -las enfermedades infecciosas-, el verdadero causante de las diferencias, sino la perteencia a grupos sociales con mayor o menor riesgo de morir por causas ambientales. Además, la edad a que las mujeres tienen el primer hijo también afecta a la tasa de homicidios, lo que refuerza la idea de que esa tasa es dependiente de la “rapidez” del ciclo de vida, y lo que resulta sumamente significativo: ese efecto se manifiesta tanto en un grupo racial como en el otro.
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Tasas de algunas variables consideradas en este trabajo |
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Blancos no latinos |
Afroamericanos |
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| Personas con gonorrea y clamidia (1998-2009) |
1,63 |
1,95 |
| Homicidios (2003-2009) |
3,6 |
24,7 |
| Fatalidades infantiles (2008) |
1,37 |
4,14 |
| Nivel de religiosidad |
2,78 |
3,91 |
| Porcentaje de hogares multigeneracionales (2008-2010) |
2,73 |
5,65 |
Nota: las tres primeras variables son casos por 100.000 habitantes
En definitiva, en zonas peligrosas, donde la probabilidad de llegar a edades avanzadas es más baja, la gente tendería a adoptar comportamientos que se aproximan a los que serían característicos de una estrategia r, o lo que es lo mismo, ciclos de vida más rápidos. Si la probabilidad de reproducirse a edades más altas es baja, la estrategia óptima (la que ofrece una probabilidad más alta de tener descendencia) consistiría en adelantar la edad reproductora y en asumir mayores riesgos en la competencia por los recursos, la pareja, o el estatus, porque la prudencia, en esos entornos, no tiene recompensa. En entornos más estables, sin excesivo riesgo de mortalidad, la estrategia más favorable sería la contraria.
Fuente:
Joseph Hackman y Daniel Hruschka (2013): Fast life histories, not pathogens, account for state-level variation in homicide, child maltreatment, and family ties in the U.S. Evolution and Human Behavior 34: 118-124
Estudios anteriores:
Fincher, C. L., & Thornhill, R. (2012). Parasite-stress promotes in-group assortative sociality: The case of strong family ties and heightened religiosity. Behavioral and Brain Sciences 35 (2): 61.
Thornhill, R., & Fincher, C. L. (2011). Parasite stress promotes homicide and child maltreatment. Philosophical transactions of the Royal Society of London. Series B 366: 3466–3477.




En efecto, vivimos más años. Hay países donde el aumento de la esperanza de vida ha sido espectacular. En las Maldivas, por ejemplo, se ha elevado en casi 30 años desde 1970. Otros dos países con un crecimiento enorme han sido Bangladesh (+24’1) e Irán (+21,3), y en todos estos casos, se ha debido, principalmente, a la implantación de programas de salud rural. La infancia es el segmento de población que más se ha beneficiado de las medidas adoptadas, que han resultado especialmente eficaces para neutralizar las complicaciones y problemas en los partos y para combatir infecciones y las causas y los efectos de las diarreas. La proliferación de los sistemas de saneamiento y la mejora en la disponibilidad de agua potable han sido de especial importancia. Como consecuencia, la tasa de mortalidad infantil en el intervalo de 0 a 5 años ha experimentado una caída de un 60%. El cambio ha sido espectacular, y ha ocurrido de forma muy rápida.
Hay sociedades que ejercen un control muy estricto sobre sus integrantes, mientras otras son mucho más permisivas. Seguramente eso no es algo fortuito, y menos aún consecuencia del carácter innato de las gentes. De hecho, lo lógico es pensar que es algo que hunde sus raíces en la historia, en las circunstancias por las que ha atravesado una sociedad en el pasado. Y así parece ser. Una historia de amenazas, ya sea de origen humano o ambiental, ha conducido a la configuración de sociedades más cerradas, con menor libertad y mayor grado de control social.
Al analizar la relación de esos rasgos con las circunstancias por las que ha atravesado cada sociedad, se observa que las naciones que han experimentado mayores amenazas, sean de naturaleza ambiental o de origen humano, tienen normas mucho más estrictas y menor tolerancia para con el incumplimiento de las mismas. Esas naciones han tenido en el pasado, -y tienen todavía hoy-, alta densidad de población, y se prevé para ellas altos crecimientos poblacionales en el futuro. Tienen también escasez de recursos naturales, pocas tierras de cultivo y, por comparación con las más libres y tolerantes, menor producción y suministro de alimento y, en consecuencia, mayores privaciones (menor ingestión de proteínas y grasas), menor acceso al agua potable, y menor calidad del aire. Las naciones en las que hay un mayor grado de constricción suelen sufrir más desastres naturales, como inundaciones, ciclones tropicales y sequías, y han experimentado más amenazas territoriales por parte de sus vecinos durante el siglo XX. También en esos países ha sido más alta la prevalencia de patógenos, así como el número de años de vida perdidos por culpa de enfermedades infecciosas, y las tasas de mortalidad infantiles y juveniles.
Esos condicionantes son los que conducen a la configuración de unas u otras instituciones y prácticas. Las instituciones en las sociedades con un mayor nivel de constricción restringen el rango de comportamientos permisibles. Como hemos visto, también suelen ser más religiosas, lo que refuerza la adhesión a convenciones morales y normas que facilitan la coordinación y el orden social. Y todo ello se refleja en una mayor restricción de lo permisible o considerado adecuado en los comportamientos propios de la vida cotidiana; en consonancia con ello, las personas adoptan comportamientos y actitudes que se reflejan en su grado de autorregulación, lo que, a su vez, refuerza el rigor de las normas sociales. Y eso ocurre porque las características psicológicas de la gente están en sintonía con el grado de control social, esto es, están ajustadas al mismo.



La riqueza de especies de mamíferos y de aves, el gasto sanitario y la población humana total son las tres variables que explican la mayor parte de la variación observada en la riqueza de patógenos entre regiones políticas. Es más, tan sólo el primero de esos tres factores, la riqueza de mamíferos y de aves, explica el 72% de la variación observada en riqueza de patógenos. La prevalencia de los patógenos, si embargo, está relacionada, sobre todo, con la riqueza de patógenos y con los esfuerzos que se realizan para controlar las enfermedades, y en menor medida con el clima y la población humana. Antes de seguir adelante, aclararé que la riqueza de especies se refiere a su diversidad, a si hay muchas o pocas, y la prevalencia se refiere al porcentaje de población que se ve afectada por un patógeno determinado o, si nos referimos al conjunto de enfermedades infecciosas, al porcentaje de población afectada por tales enfermedades.
