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Vivir rápida o lentamente

Martes, 16 de Abril de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 6 comentarios

Durante los últimos años ha venido tomando cuerpo una teoría según la cual, la incidencia de enfermedades infecciosas tiene  un efecto profundo en los valores culturales y los rasgos de comportamiento de las personas. A esa teoría se la denomina “teoría del estrés por patógenos”, PST por sus siglas en inglés. La teoría sostiene que las enfermedades infecciosas fueron una fuerza selectiva importante en los ambientes ancestrales humanos, lo que condujo a la evolución de un “sistema inmune basado en el comportamiento” que complementa el sistema inmune de base celular. De acuerdo con esa teoría, ese “sistema inmune” protege a los individuos de contraer enfermedades que suponen un alto coste, pero a la vez, también dificulta el poder alcanzar determinados objetivos importantes en términos de adecuación (fitness), pues reduce la posibilidad de emparejamiento, conlleva un mayor gasto de energía, limita las relaciones sociales y dificulta la innovación. El balance entre costes y beneficios, así como la mayor o menor presencia de agentes contagiosos en el entorno de los individuos, daría lugar, según la teoría, a variaciones en ese comportamiento defensivo.

En dos trabajos recientes de cierta repercusión, se ha concluido que el estrés por patógenos es el responsable de las amplias diferencias observadas entre los distintos estados de Norteamérica en características tales como religiosidad de la gente, intensidad de los lazos familiares, incidencia de los homicidios y maltrato o abandono infantil. Según esos trabajos, cuanto mayor es la incidencia de esas enfermedades en un entorno determinado, menor es la religiosidad, de menor intensidad son los lazos familiares, mayor es la tasa de homicidios y más frecuente es el maltrato infantil, y todo ello sería consecuencia de que esos comportamientos constituyen la manifestación de un set de rasgos que reduce las relaciones sociales y familiares de los individuos, protegiéndoles de ese modo de los posibles contagios.

Sin embargo, una reevaluación de los datos a partir de los cuales se había llegado a esas conclusiones ha arrojado otras bastante diferentes. Los autores del nuevo análisis parten de la hipótesis alternativa de que las diferencias observadas en los rasgos estudiados por los anteriores, en vez de deberse al efecto de la incidencia de las enfermedades contagiosas, son la consecuencia de que entre unas zonas y otras haya diferencias en los ciclos de vida de la gente.

Según la “teoría de los ciclos de vida”, muy popular en el campo de la ecología y de la ecología evolutiva, los animales de ciclo “rápido” se caracterizan por reproducirse a edad temprana, dedicar una alta proporción de recursos a la reproducción, primar el número de descendientes en detrimiento del cuidado paterno y, como consecuencia de todo lo anterior, tener una vida corta; se pueden calificar como oportunistas y arriesgados. Los animales con ciclos de vida “lentos” se caracterizarían, según esa teoría, por presentar los rasgos opuestos, y se pueden calificar como conservadores y prudentes. Hay diferentes versiones de la teoría de los ciclos de vida. En la más sencilla se suele hablar de estrategas de la K y estrategas de la r; los estrategas de la K son de ciclo lento y los de la r, de ciclo rápido. Y en su versión más elaborada, se incorporan consideraciones demográficas adicionales, como por ejemplo, si la mortalidad estrínseca o de origen ambiental afecta más a los individuos jóvenes o a los adultos, y también tiene en consideración los denominados costes reproductivos. En todo caso, y a los efectos de esta anotación, vamos a dejar de un lado las precisiones y nos centraremos en los aspectos más generales.

Estrategia de la r

Entorno inestable, independiente de la densidad

Estrategia de la K

Entorno estable, interacciones dependientes de la densidad

Individuos de tamaño pequeño

Individuos de gran tamaño

Bajo coste energético de cada individuo

Alto coste energético de cada individuo

Prole numerosa

Pocos hijos

Reproducción temprana

Reproducción tardía

Corta esperanza de vida

Alta esperanza de vida

Bajo esfuerzo parental

Alto esfuerzo parental

Según la nueva hipótesis, las diferencias encontradas en los comportamientos antes atribuidas al efecto del estrés por patógenos serían los esperables en entornos que propician estrategias más arriesgadas, esto es, que conllevan un más alto riesgo de mortalidad extrínseca y que conducen a un ciclo de vida más rápido. Me permitiré la licencia de utilizar la terminología r-K para referirme a esas diferencias, pero quiero advertir de que en la especie humana resulta un tanto hiperbólico, dado que nuestra especie sería, en ese contexto conceptual, una estratega de la K; valga, no obstante, a efectos comparativos dentro de la misma especie.

Los autores de la reevaluación han analizado, mediante regresión lineal múltiple, el efecto de la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual (como aproximación al nivel de estrés por patógenos) y de la edad a que las mujeres tienen el primer hijo (como aproximación a la “rapidez” del ciclo de vida) sobre la tasa de homicidios, la religiosidad y la fortaleza de los lazos familiares, que son los rasgos culturales estudiados en los anteriores trabajos. Dejaré al margen la cuestión de la religiosidad y de los lazos familiares, pues no afectan al aspecto central de este asunto, y me voy a centrar en la tasa de homicidios.

En un primer análisis con todo el conjunto de datos se obtiene un modelo en el que la prevalencia de las enfermedades de transmisión sexual ejerce un efecto significativo sobre la tasa de asesinatos, en línea con las conclusiones obtenidas en los trabajos anteriores. Sin embargo, si los modelos se ajustan de manera separada para blancos no hispanos y para afroamericanos, el efecto de la incidencia de las enfermedades de transmisión sexual sobre la tasa de homicidios se desvanece. Así pues, los resultados cosechados en los trabajos anteriores se deberían, según los autores de la última investigación, al efecto de ese factor social. ¡Ojo! No es que el hecho de ser negro o blanco determine per se la probabilidad de cometer asesinatos. Lo que ocurre es que los negros viven en condiciones socioeconómicas que propician ciclos de vida más rápidos; esto es, los negros, por efecto de la segregación racial, viven en entornos peligrosos, por lo que el riesgo de mortalidad es relativamente alto o, al menos, más alto que el de los blancos. Por esa razón, una vez se ha introducido esa categoría en el análisis, el hecho de que dentro de cada grupo racial no se detecte ningún efecto de la prevalencia de enfermedades infecciosas sobre la tasa de homicidios querría decir que no es ese factor, -las enfermedades infecciosas-, el verdadero causante de las diferencias, sino la perteencia a grupos sociales con mayor o menor riesgo de morir por causas ambientales. Además, la edad a que las mujeres tienen el primer hijo también afecta a la tasa de homicidios, lo que refuerza la idea de que esa tasa es dependiente de la “rapidez” del ciclo de vida, y lo que resulta sumamente significativo: ese efecto se manifiesta tanto en un grupo racial como en el otro.

Tasas de algunas variables consideradas en este trabajo

Blancos no latinos

Afroamericanos

Personas con gonorrea y clamidia (1998-2009)

1,63

1,95

Homicidios (2003-2009)

3,6

24,7

Fatalidades infantiles (2008)

1,37

4,14

Nivel de religiosidad

2,78

3,91

Porcentaje de hogares multigeneracionales (2008-2010)

2,73

5,65

Nota: las tres primeras variables son casos por 100.000 habitantes

En definitiva, en zonas peligrosas, donde la probabilidad de llegar a edades avanzadas es más baja, la gente tendería a adoptar comportamientos que se aproximan a los que serían característicos de una estrategia r, o lo que es lo mismo, ciclos de vida más rápidos. Si la probabilidad de reproducirse a edades más altas es baja, la estrategia óptima (la que ofrece una probabilidad más alta de tener descendencia) consistiría en adelantar la edad reproductora y en asumir mayores riesgos en la competencia por los recursos, la pareja, o el estatus, porque la prudencia, en esos entornos, no tiene recompensa. En entornos más estables, sin excesivo riesgo de mortalidad, la estrategia más favorable sería la contraria.

Fuente:

Joseph Hackman y Daniel Hruschka (2013): Fast life histories, not pathogens, account for state-level variation in homicide, child maltreatment, and family ties in the U.S. Evolution and Human Behavior 34: 118-124

Estudios anteriores:

Fincher, C. L., & Thornhill, R. (2012). Parasite-stress promotes in-group assortative sociality: The case of strong family ties and heightened religiosity. Behavioral and Brain Sciences 35 (2): 61.

Thornhill, R., & Fincher, C. L. (2011). Parasite stress promotes homicide and child maltreatment. Philosophical transactions of the Royal Society of London. Series B 366: 3466–3477.

La gente ya no muere de lo que solía

Lunes, 7 de Enero de 2013 Juan Ignacio Pérez Iglesias 12 comentarios

La gente, ahora, se muere por causas diferentes de las de hace dos décadas. Las enfermedades infecciosas han dejado paso a otros males. Y además, las causas de muerte no son las mismas en unos y otros países. A estas y otras interesantes conclusiones ha llegado un estudio cuyos resultados ha publicado la revista científica The Lancet.

El informe en el que se presentan los resultados se titula “The Global Burden of Disease” (en castellano algo así como “La carga global de enfermedad”). Se trata del mayor esfuerzo realizado nunca para conocer el estado de salud de la población mundial. El proyecto ha sido de enormes dimensiones: 500 investigadores de 50 países han contribuido al estudio. En él analizan la prevalencia de las enfermedades y otras causas de muerte en el mundo en el año 2010 y comparan los datos con otros equivalentes de 1990. Su conclusión más relevante es que hay enfermedades infecciosas que están siendo combatidas con éxito, y gracias a ello, se están salvando las vidas de millones de niños en el mundo. Sin embargo, los seres humanos, en conjunto, vivimos más años enfermos o con alguna discapacidad que sanos.

Distribución mundial del índice de masa corporal

Distribución mundial del índice de masa corporal

La conclusión más llamativa del es que, por primera vez en la historia de la medicina, el sobrepeso provoca una mayor pérdida de años de vida saludable que los que se pierden por culpa de la falta de alimento. En el año 1990 la malnutrición era la principal causa de enfermedad en el mundo [medido su efecto como el número de años de vida saludable que una persona tipo puede esperar perder como consecuencia de una enfermedad o de muerte temprana]. En aquel año, un alto índice de masa corporal (IMC o BMI, en inglés) era el décimo factor en el ranking. En 2010, sin embargo, la malnutrición ha caído al octavo lugar, mientras que el IMC alto ha subido al sexto lugar como causa de enfermedad. El sobrepeso, por sus efectos sobre la tensión arterial y los accidentes cardiovasculares, es responsable de una cuarta parte de todas las muertes en el mundo. Y aunque muchos piensen que ese es un problema que se limita a los países occidentales, en realidad alcanza a muchos más países.

Personas que viven infectadas con VIH

Personas que viven infectadas con VIH

Las enfermedades infecciosas ya no son lo que eran. Es cierto que los países del África subsahariana todavía sufren altos niveles de mortalidad debido a esas enfermedades, como el sida o la malaria, pero en términos globales se han reducido de forma importante. De hecho, la reducción en la mortalidad ligada a las enfermedades infecciosas deja a la obesidad, tabaquismo y alcoholismo como las causas de mortalidad prematura que más prevalencia tendrán en el futuro.

El alcohol ejerce efectos devastadores sobre la salud pública. En Latinoamérica el alcoholismo se ha convertido durante las dos últimas décadas en el principal factor que reduce los años de vida saludable, y en Europa oriental es responsable de la cuarta parte de la “carga de enfermedad”. El efecto del alcoholismo es tan importante que la esperanza de vida masculina ha descendido en Ucrania y en Bielorrusia por esa causa. Al parecer, ese fenómeno es debido a que con la caída del régimen comunista de la antigua Unión Soviética se redujeron los esfuerzos públicos para limitar el consumo de alcohol. El tabaquismo, por su parte, también es fuente importante de pérdida de años de vida saludable, sobre todo en países en desarrollo como la India y Bangladesh, donde fuma entre el 50 y 60% de los hombres.

En conjunto, dos terceras partes de la población mundial morirá por causa de factores diferentes de las enfermedades infecciosas. Cáncer y enfermedades cardiovasculares serán las principales causas de muerte, pero también en estas cuestiones hay curiosas diferencias entre hombres y mujeres. El SIDA es hoy la principal causa de muerte de las mujeres en el mundo: un 14,4% de las muertes femeninas las provoca el VIH y un 10,7% mueren por enfermedades cardiovasculares. La mayoría de los hombres (el 12,8%), sin embargo, mueren por culpa del corazón o del sistema vascular; a continuación está el SIDA, con un 10,7% de todas las muertes masculinas. Y lo más curioso es que los accidentes de tráfico son también un factor causante de mortalidad muy importante en los hombres: otro 10,7% muere por esa causa (sólo el 0,5% de las mujeres mueren en accidentes de tráfico).

Además de los factores ya vistos, la falta de actividad física junto con dietas inadecuadas, -como por ejemplo, el excesivo contenido en sodio de las comidas y la falta de frutas-, son responsables del 10% de los años de vida saludables perdidos en todo el mundo. Reducir el contenido en sal de las comidas no tendría por qué ser muy difícil; hace falta formación e información. Pero comer más frutas y vegetales frescos es más complicado, porque por su condición, son alimentos estacionales en cada zona y traerlos de lejos resulta caro. El elemento económico, en este caso, es importante, ya que como vimos aquí, las subidas en el precio de las frutas pueden tener consecuencias negativas en la salud.

Los cambios en los factores causantes de mortalidad, no obstante, no pueden ocultar un hecho muy importante, como es que en las últimas décadas la esperanza de vida en el planeta y en casi todas sus regiones ha aumentado de forma espectacular. Son varias las razones por las que ocurre eso, pero quizás la más importante es que la mortalidad infantil, nunca ha sido tan baja.

Esperanza vida mundoEn efecto, vivimos más años. Hay países donde el aumento de la esperanza de vida ha sido espectacular. En las Maldivas, por ejemplo, se ha elevado en casi 30 años desde 1970. Otros dos países con un crecimiento enorme han sido Bangladesh (+24’1) e Irán (+21,3), y en todos estos casos, se ha debido, principalmente, a la implantación de programas de salud rural. La infancia es el segmento de población que más se ha beneficiado de las medidas adoptadas, que han resultado especialmente eficaces para neutralizar las complicaciones y problemas en los partos y para combatir infecciones y las causas y los efectos de las diarreas. La proliferación de los sistemas de saneamiento y la mejora en la disponibilidad de agua potable han sido de especial importancia. Como consecuencia, la tasa de mortalidad infantil en el intervalo de 0 a 5 años ha experimentado una caída de un 60%. El cambio ha sido espectacular, y ha ocurrido de forma muy rápida.

En todo tiempo y lugar han sido y son más los que afirman que la humanidad está cada vez peor. Cada vez más hambre, cada vez más guerras, cada vez mas muertos en las guerras, cada vez más gente enferma, más contaminación, menos recursos naturales, etc. Y sin embargo, esas afirmaciones o son falsas o necesitan ser matizadas. Porque sí, es cierto que cada vez hay más gente en el planeta y que eso está conduciendo a un uso intensivo de recursos naturales que puede, quizás, acabar con alguno de ellos. Pero a la vez que ocurre eso, ocurren también otras cosas que van en la dirección contraria: cada vez hay menos guerras y muere menos gente en las guerras; cada vez hay menos mortalidad debida a agentes infecciosos; cada vez se producen más alimentos y el porcentaje de personas que pasa hambre disminuye; cada vez más personas tiene acceso a agua potable y dispone de sistemas de saneamiento. Y gracias a todo ello, cada vez vive la gente más años y vive mejor. Nadie puede asegurar que en el futuro las cosas seguirán mejorando. Ni lo contrario.

Fuente: New Scientist 22/29 December 2012 Nº 2896/2897, basado en el informe: The Gobal Burden of Disease Study

Constricción vs. libertad: el peso de la historia en las sociedades humanas

Martes, 22 de Mayo de 2012 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios

the worldHay sociedades que ejercen un control muy estricto sobre sus integrantes, mientras otras son mucho más permisivas. Seguramente eso no es algo fortuito, y menos aún consecuencia del carácter innato de las gentes. De hecho, lo lógico es pensar que es algo que hunde sus raíces en la historia, en las circunstancias por las que ha atravesado una sociedad en el pasado. Y así parece ser. Una historia de amenazas, ya sea de origen humano o ambiental, ha conducido a la configuración de sociedades más cerradas, con menor libertad y mayor grado de control social.

Existe bastante información y análisis relativo a estas cuestiones en sociedades tradicionales, pero hasta hace poco tiempo no se había realizado ningún estudio acerca de sociedades modernas, y eso es lo que ha hecho un equipo numerosísimo de investigadores sociales (45 para ser exactos). Han analizado 33 sociedades de todo el mundo, mediante cuestionarios realizados a más de 6.800 personas. Cuantificaron de ese modo el grado de constricción o de libertad que experimentan los miembros de cada una de esas 33 sociedades; y para ello midieron el rigor de las normas sociales, así como la tolerancia para con los incumplimientos de esas normas. Además del rigor de las normas en sí, también midieron, por un lado, el grado de constricción (o de libertad) con que se comporta la gente en situaciones sociales cotidianas y, por el otro, evaluaron los procesos psicológicos potencialmente implicados en esos comportamientos.

El grado de libertad o su opuesto, el control social, se reflejan en un conjunto de instituciones y prácticas. Por regla general, y como es lógico, las sociedades más cerradas, con un mayor grado de control, tienden a ser más autocráticas y a reprimir en mayor medida la disidencia, suelen tener más leyes y regulaciones, ejercen una mayor presión política y control sobre los medios de comunicación, y permiten menos la utilización por parte de los ciudadanos de las tecnologías de la comunicación. En coherencia con lo anterior, también tienen menos derechos y libertades políticas. Tienen un mayor número de policías por habitante, infringen castigos más severos (suelen mantener la pena de muerte en su legislación), y experimentan menores tasas de robo y asesinato, y en general, de criminalidad. También son sociedades más religiosas, en las que un mayor número de personas asiste a actos religiosos y creen en mayor medida en la importancia de Dios en sus vidas. Por otro lado, el porcentaje de personas que participan en acciones colectivas (firman peticiones colectivas o asisten a manifestaciones) es menor en las sociedades donde existe un mayor control.

En las situaciones de la vida cotidiana (en el banco, el parque, la biblioteca, el restaurante, el autobús, el puesto de trabajo, la fiesta, el aula, o en cualquier otra) también se pone de manifiesto el mayor o menor control social a que se encuentra sometida la gente. En el terreno psicológico, un mayor nivel de constricción está relacionado con una disposición más preventiva y un mayor grado de autocontrol.

Inundacion_sur_AsiaAl analizar la relación de esos rasgos con las circunstancias por las que ha atravesado cada sociedad, se observa que las naciones que han experimentado mayores amenazas, sean de naturaleza ambiental o de origen humano, tienen normas mucho más estrictas y menor tolerancia para con el incumplimiento de las mismas. Esas naciones han tenido en el pasado, -y tienen todavía hoy-, alta densidad de población, y se prevé para ellas altos crecimientos poblacionales en el futuro. Tienen también escasez de recursos naturales, pocas tierras de cultivo y, por comparación con las más libres y tolerantes, menor producción y suministro de alimento y, en consecuencia, mayores privaciones (menor ingestión de proteínas y grasas), menor acceso al agua potable, y menor calidad del aire. Las naciones en las que hay un mayor grado de constricción suelen sufrir más desastres naturales, como inundaciones, ciclones tropicales y sequías, y han experimentado más amenazas territoriales por parte de sus vecinos durante el siglo XX. También en esos países ha sido más alta la prevalencia de patógenos, así como el número de años de vida perdidos por culpa de enfermedades infecciosas, y las tasas de mortalidad infantiles y juveniles.

El mecanismo o la secuencia de causas y efectos que explican esas conexiones remite, en última instancia, al valor o utilidad de unas u otras pautas de organización social para la supervivencia. El que una sociedad sufra amenazas para su supervivencia hace necesaria la adopción de normas estrictas y el castigo del incumplimiento de esas normas, pues esa es la forma mediante la que se trata de asegurar la necesaria coordinación social que la garantice. De ese modo se intenta reducir el caos en los países densamente poblados, de gestionar la escasez de recursos, de coordinar los esfuerzos para hacer frente a los desastres naturales, de defenderse frente a amenazas territoriales, o de contener la expansión de las enfermedades. Las sociedades menos expuestas a situaciones de amenaza a lo largo de su historia, por el contrario, tienen mucha menos necesidad de implantar el orden y la coordinación social, por lo que disponen de normas más laxas y hay en ellas una mayor tolerancia para con su incumplimiento.

policeEsos condicionantes son los que conducen a la configuración de unas u otras instituciones y prácticas. Las instituciones en las sociedades con un mayor nivel de constricción restringen el rango de comportamientos permisibles. Como hemos visto, también suelen ser más religiosas, lo que refuerza la adhesión a convenciones morales y normas que facilitan la coordinación y el orden social. Y todo ello se refleja en una mayor restricción de lo permisible o considerado adecuado en los comportamientos propios de la vida cotidiana; en consonancia con ello, las personas adoptan comportamientos y actitudes que se reflejan en su grado de autorregulación, lo que, a su vez, refuerza el rigor de las normas sociales. Y eso ocurre porque las características psicológicas de la gente están en sintonía con el grado de control social, esto es, están ajustadas al mismo.

Hace ya unos años Jared Diamond publicó “Guns, germs and steel”, un ensayo en el que defendió la idea de que los condicionantes geográficos y ambientales han ejercido una influencia decisiva en el devenir y en el grado de desarrollo de las naciones. Aquel trabajo fue muy importante porque, al margen de su corrección en los detalles, tuvo la virtud de poner de manifiesto que más o menos bienestar o riqueza no es debido a que los pueblos sean intrínsecamente mejores o peores, sino a que los determinantes de tipo ambiental ejercen efectos muy profundos sobre el devenir de las sociedades. El trabajo cuyas principales conclusiones hemos visto aquí apunta en una dirección similar, al tratar de relacionar un rasgo básico de las sociedades, como es su grado de constricción o de libertad, con determinantes de carácter ambiental que acaban ejerciendo efectos culturales, sociales y políticos muy importantes. Y también explora el modo en que las personas, mediante determinados mecanismos psicológicos, contribuyen a establecer o reforzar esos esquemas. La conclusión principal que cabe extraer es que la constricción o el grado de libertad de las sociedades no es el resultado de un hipotético “carácter” innato los pueblos, sino de las circunstancias por las que ha atravesado y que, por mucho que pueda pesar, han podido resultar funcionales para su supervivencia.

Fuente: Michele J. Gelfand et al (2011): “Differences Between Tight and Loose Cultures: A 33-Nation Study” Science 332: 1100-1104 (DOI: 10.1126/science.1197754)

Las enfermedades infecciosas deterioran la inteligencia

Miércoles, 27 de Abril de 2011 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios
El Trypanosoma cruzi, (en gris en la imagen) es el protozoo causante de la enfermedad de Chagas, una enfermedad infecciosa relativamente común en el sur de los Estados Unidos

El Trypanosoma cruzi, (en gris en la imagen) es el protozoo causante del mal de Chagas, una enfermedad infecciosa relativamente común en el sur de los Estados Unidos

En los países con mayor prevalencia de enfermedades parasitarias (o infecciosas) el cociente de inteligencia medio tiende a ser menor. Cuando se ha analizado la variabilidad de esos dos factores entre países se ha comprobado que existe una alta correlación (alrededor de 0’8) entre ambos y que esa correlación es muy significativa (ver este artículo).

La explicación que se ha dado a esa correlación se fundamenta en la idea de que los patógenos ejercen un efecto muy negativo sobre el balance energético de las personas infectadas. Ese efecto puede ser directo, -porque consumen recursos del huesped-, o indirecto, -porque obligan al sistema inmune a utilizar más recursos propios para combatir al patógeno-, pero en cualquiera de los casos es negativo, pues reducen la cantidad de recursos disposibles para el desarrollo propio, sobre todo en edades tempranas, en que la necesidad de esos recursos es máxima. Por otra parte, el desarrollo del encéfalo, máximo también durante la infancia, requiere volúmenes especialmente importantes de recursos energéticos. Por ello, las enfermedades infecciosas actuarían, según esa hipótesis, reduciendo el volumen de recursos disponibles para el desarrollo neurocognitivo de las personas infectadas, de donde se derivaría la existencia de la correlación negativa entre prevalencia de enfermedades infecciosas y cociente de inteligencia.

Variación del IQ entre estados en los EEUU

Variación del IQ entre estados en los EEUU

Según un estudio de reciente aparición, esa correlación, que ya había sido observada en la comparación entre diferentes países del mundo, también se produce entre diferentes zonas dentro de un mismo país, los Estados Unidos. El valor de la correlación (r = -0’67; n = 50) en la comparación entre estados, aunque alto y estadísticamente muy significativo (p < 0’001), es algo inferior al observado en la comparación entre países. Esa menor correlación es, no obstante, lógica, ya que la variabilidad en el IQ es muy inferior dentro de los Estados Unidos que entre el conjunto de los países del mundo.

El estudio circunscrito a los Estados Unidos, además de corroborar las principales conclusiones del anterior, ha aportado interesante información adicional. Haciendo uso de una técnica estadística de gran potencia (al menos en mi opinión) como es la regresión múltiple, ha incorporado en el análisis otros factores potenciales, esto es, factores que también pueden ejercer algún efecto en la inteligencia. Uno de ellos es el nivel de bienestar económico (tal y como viene definido por la combinación de tres indicadores estándar de renta) y los otros dos son indicadores de la calidad del sistema educativo (ratio profesores:estudiantes y proporción de profesores de alta cualificación).

Incidencia del mal de Chagas en los USA

Incidencia del mal de Chagas en los USA

Tras incorporar las cuatro variables al modelo, fue la incidencia de enfermedades infecciosas la que, con gran diferencia, ejerce un efecto mayor y con mayor significación estadística. El resto de variables, económicas por un lado y educativas por el otro, ejercen efectos menores y de similar magnitud. Un dato de interés es que la proporción de personas de raza negra en cada estado también fue considerada, tentativamente, como un predictor potencial del cociente de inteligencia medio. Sin embargo, esa variable resultó no ejercer efectos significativos.

Las conclusiones del estudio son interesantes porque, aparte de confirmar la relación ya conocida entre cociente de inteligencia e incidencia de enfermedades infecciosas, cuantifica los efectos de otros factores (educación y riqueza) relacionados con el cociente de inteligencia. Además, entre ese conjunto de variables existen relaciones cruzadas; el cociente de inteligencia incide en el nivel de desempeño profesional; éste, a su vez, determina la calidad del trabajo que se realiza y, por lo tanto, la riqueza que se crea; de la riqueza depende el esfuerzo que se dedica a la educación y la educación condiciona el desarrollo intelectual; además, la riqueza también facilita el tratamiento y curación temprana de las enfermedades infecciosas. Así pues, existen múltiples relaciones de interdependencia entre unas variables y otras, y en virtud de esas relaciones, la mejora en alguna de las variables da lugar a que mejoren las demás.

Porcentaje de pobreza en los Estados Unidos

Porcentaje de pobreza en los Estados Unidos

Es muy posible que, al menos en parte, el conocido como efecto Flynn, -consistente en un rápido incremento del IQ que ocurre durante cortos periodos de tiempo cuando se desarrolla una nación y mejoran rápidamente sus indicadores socioeconómicos-, se deba a relaciones como las documentadas en este trabajo. Esta es una razón más para el optimismo, sí, pero también para apoyar a los países que sufren los mayores índices de enfermedad infecciosa o parasitaria y apoyarlos para, precisamente, erradicar cuanto antes esas enfermedades.

Fuente: Christopher Eppig, Corey L. Fincher y Randy Thornhill (2011): “Parasite prevalence and the distribution of intelligence among the states of the USA” Intelligence 39: 155–160

Erradicar enfermedades es difícil, disminuir su prevalencia no tanto…

Miércoles, 3 de Noviembre de 2010 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios

…aunque depende, como veremos, de los esfuerzos que podamos -o queramos- hacer para conseguirlo. Pero vayamos por partes.

malariaLa riqueza de especies de mamíferos y de aves, el gasto sanitario y la población humana total son las tres variables que explican la mayor parte de la variación observada en la riqueza de patógenos entre regiones políticas. Es más, tan sólo el primero de esos tres factores, la riqueza de mamíferos y de aves, explica el 72% de la variación observada en riqueza de patógenos. La prevalencia de los patógenos, si embargo, está relacionada, sobre todo, con la riqueza de patógenos y con los esfuerzos que se realizan para controlar las enfermedades, y en menor medida con el clima y la población humana. Antes de seguir adelante, aclararé que la riqueza de especies se refiere a su diversidad, a si hay muchas o pocas, y la prevalencia se refiere al porcentaje de población que se ve afectada por un patógeno determinado o, si nos referimos al conjunto de enfermedades infecciosas, al porcentaje de población afectada por tales enfermedades.

La fuerte relación entre la riqueza de patógenos y la de mamíferos y aves puede obedecer a diferentes motivos. Es posible que sean los mismos factores los que inciden en la diversidad de unos y de otros. Se sabe que en las zonas cálidas y húmedas hay alta producción primaria y la diversidad de mamíferos y aves se eleva con la producción primaria.  Además, en los entornos de alta producción la tasa de extinción de especies, ya sean patógenas o huespedes, es baja. Y por otra parte, en las zonas cálidas y productivas las tasas de mutación son más altas, los tiempos de generación más cortos (menor espacio entre generaciones) y, como consecuencia de ello, las tasas de especiación resultantes, también son más altas. Muy probablemente, el efecto de la riqueza de aves y mamíferos refleja, en realidad, el efecto de un conjunto de variables difíciles de sistematizar y cuantificar.

Mapa de la malaria

Mapa de la malaria

Una segunda posibilidad es que la abundancia de especies de aves y mamíferos ofrezca más posibilidades para que se produzcan saltos de los patógenos desde esas especies a los seres humanos , con lo que si son muchas las especies de una zona desde las que se puede producir el salto, muchos son, a su vez, los patógenos que acaban parasitando a los seres humanos de esa zona. Igualmente, las especies de aves y de  mamíferos pueden ser reservorios alternativos para los patógenos que afectan a las personas. Sin embargo, no parece que ese tipo de relaciones sea la causa del vínculo observado: si lo fuese, cabría esperar que existiese una relación clara entre la riqueza de aves y la de patógenos procedentes de aves, o entre la riqueza de mamíferos y la de patógenos procedentes de mamíferos, y esas relaciones no existen. De hecho, la abundancia de especies de mamíferos es el factor que mejor explica la riqueza de patógenos originarios tanto de mamíferos como de aves.

Y una tercera posibilidad es que la relación causal se produzca a la inversa. Esto es, podría ocurrir que la abundancia de patógenos provocase una mayor especiación (debida a fenómenos de coevolución o carreras armamentísticas coevolutivas entre patógenos y huespedes) o incluso, una menor competencia entre especies huespedes, si esa menor competencia da lugar a una menor extinción de algunas de ellas[1].

En otro orden de cosas, y refiriéndome ahora a la prevalencia de los patógenos, ésta está relacionada con la riqueza de especies de patógenos. Sin embargo, es el esfuerzo que hacen los países en controlar las enfermedades infecciosas la variable que más incide en la prevalencia.

Chinche besucona, el insecto que transmite el mal de Chagas

Chinche besucona, el insecto que transmite el mal de Chagas

Todo esto tiene evidentes consecuencias prácticas de cara a la formulación de políticas públicas en materia de salud. Por un lado, hay que asumir que la diversidad de los patógenos seguramente no es una variable en la que se pueda incidir de manera muy efectiva, por lo que hay que partir de la base de que siempre se va a producir un cierto nivel de incidencia de enfermedades infecciosas. Sin embargo, los esfuerzos, económicos y de otro tipo, por controlar la extensión de las enfermedades sí son efectivos, pero lo son para hacer disminuir la prevalencia de las enfermedades infecciosas, y no tanto para eliminarlas completamente. Por esa razón, intensificar esos esfuerzos tendría consecuencias muy positivas en términos de salud pública. Además, desde el punto de vista de los organismos y organizaciones internacionales dedicadas a combatir las enfermedades, esta información es útil, pues seguramente es mucho más efectivo dirigir los recursos hacia el control de las enfermedades, desestimando quizás la pretensión de la total erradicación de algunas.

Esta historia me ha traido a la cabeza algo que escribí aquí hace ya tiempo. Existe una relación entre la diversidad de enfermedades y la de religiones en una determinada área geográfica. Según los autores que describieron esa relación, ello podría deberse, quizás, a que las religiones surgen como mecanismos de aislamiento grupal y evitar así los contagios de patógenos para los que se carece de inmunidad. Y también he recordado otra historia de hace tiempo, según la cual, existe una relación negativa entre la incidencia de enfermedades infecciosas en un área geográfica y la inteligencia media de la población de esa área, relación que se debería a la competencia por los recursos entre el sistema inmune y el cerebro. El caso es que estas tres historias, tomadas en conjunto, dan para una curiosa reflexión.

Fuente: Robert R. Dunn, T. Jonathan Davies, Nyeema C. Harris & Michael C. Gavin (2010): “Global drivers of human pathogen richness and prevalence” Proc. R. Soc. B 2010 277, 2587-2595 (publicado online el 14 de abril de 2010; doi: 10.1098/rspb.2010.0340)


[1] A mí esta posibilidad me parece poco verosómil, porque de hecho, pienso que un patógeno puede facilitar la extinción de una especie al debilitarla y reducir las posibilidades de supervivencia y de reproducción de sus miembros.

Los hombres que gustan a las mujeres

Martes, 27 de Abril de 2010 Juan Ignacio Pérez Iglesias Sin comentarios

En un trabajo reciente se ha estudiado cómo varía entre paises la preferencia femenina por rasgos faciales más o menos masculinos en los varones. Se sabe que esa preferencia es un rasgo muy variable entre las mujeres y de acuerdo con las últimas formulaciones de la teoría de selección sexual, debiera ser el resultado de una elección en la que se valoran los costes y los beneficios asociados a unos rasgos u otros.

Esto no sólo parece un tanto abstruso. De hecho lo es, pero al parecer, rasgos faciales muy masculinos en los varones son síntoma de “buenos genes”; esto es, indican que el individuo en cuestión es un individuo sano y fuerte, y es, por lo tanto, muy probable que su descendencia también lo sea. Pero ocurre que estos individuos tienden a ser más promiscuos, a buscar más parejas y a no asumir compromisos duraderos. En todo esto intervienen las hormonas sexuales, pero del aspecto endocrino de la cuestión me ocuparé en otra ocasión.

El caso es que faz masculina de rasgos muy varoniles indica buenos genes, pero escaso compromiso con la pareja y la prole. Y faz masculina de rasgos feminizados indica lo contrario. Pues bien, al estudiar cómo variaba el gusto femenino por países se observó que estaba relacionado con el bienestar de esos países y, más en concreto, con el nivel de bienestar sanitario. Y lo estaba de manera que en los países más pobres, y con mayor incidencia de enfermedades contagiosas, las mujeres tienden a escoger parejas con caras más masculinas y prefieren rasgos más femeninos en los países con mayor nivel de vida y menos incidencia de esas enfermedades. La variable predictora que utilizaron fue un índice que combinaba tasa de mortalidad, esperanza de vida y el impacto de enfermedades contagiosas, a partir de datos proporcionados por la OMS. Los resultados resultaron ser independientes del nivel social o cultural de las mujeres encuestadas.

La conclusión que las autoras obtienen de este estudio es que cuando la salud es o, con alta probabilidad, puede ser determinante de la supervivencia, las mujeres prefieren varones que provean buenos genes a su progenie, aunque ello comporte mayores costes para ella a la hora de criarla. Por el contrario, cuando no es probable que la salud vaya a constituir un problema grave para la progenie, prefieren varones que inviertan en la familia o, expresado en otros términos, “buenos padres” porque los “buenos genes” no son tan necesarios en esas sociedades.

Nota técnica: el trabajo se realizó encuestando a 4.794 mujeres heterosexuales caucásicas de 30 paises, a las que se les mostraron dos versiones de 20 fotos de hombres, una con rasgos masculinizados y otra con rasgos feminizados, obtenidas mediante un programa ad hoc.

Las autoras del trabajo han sido L. M. DeBruine, B. C. Jones, J. R. Crawford, L. L. M. Welling y A. C. Little, de las universidades de Aberdeen y de Stirling, en Escocia y ha sido publicado en marzo en la edición digital (previa a la de papel) de la revista Proceedings of the Royal Society B

La religión protege de la enfermedad

Lunes, 22 de Junio de 2009 Juan Ignacio Pérez Iglesias 4 comentarios

Corey L. Fincher y Randy Thornhill publicaron hace casi un año un artículo que lleva un título tan extraño como “Assortative sociality, limited dispersal, infectious disease and the genesis of global pattern of religion diversity” (Proceedings of the Royal Society B, 2008, vol. 275: 2587-2594). Pues bien, a pesar de tener un título tan extraño, es un artículo estupendo; tiene un planteamiento claro, una metodología estadística rigurosa y una discusión de los resultados concisa y clara.

Los autores plantean la hipótesis de que la diversidad religiosa está directamente relacionada con el grado de estrés que las enfermedades infecciosas ejercen sobre las sociedades humanas. De acuerdo con esa hipótesis, los países con mayor variedad de enfermedades infecciosas deben presentar una mayor diversidad religiosa. La base argumental de la relación causa-efecto subyacente es la siguiente:

(1)  Un grupo humano tiene inicialmente una distribución geográfica y un repertorio cultural y distribución de inmunidad uniformes.

(2)  Con el tiempo, se produce una variación espacial en la inmunidad, debido a la emergencia localizada de nuevos patógenos y a la evolución, también localizada, de inmunidad adaptativa.

(3)  Bajo esas condiciones se seleccionan comportamientos que tratan de evitar el contacto con personas infectadas o potencialmente infectadas con los patógenos peligrosos. Estos comportamientos son los de “dispersión limitada”, reduciendo la interacción con personas de otros grupos, y de “socialidad restringida” (traducción muy libre de la expresión “assortive sociality”) a los miembros del grupo (y por lo tanto, adaptados inmunológicamente). Esta “socialidad restringida” se produce mediante el contacto (servicio religioso, reciprocidad, caza cooperativa, reproducción cooperativa, etc.) y emparejamiento con individuos similares.

(4)  Ese contacto selectivo promueve la divergencia cultural, al limitarse el flujo de valores e ideas, y ello genera diversidad religiosa.

(5)  La carrera “parásito-huesped” que se establece entre el patógeno y la persona infectada constituye un poderoso mecanismo evolutivo que puede incrementar la divergencia cultural dentro del rango cultural original del huesped.

(6)  Cuanto mayor es la riqueza de patógenos en un área, mayor es la oportunidad para que se produzca variación espacial en las correspondientes carreras evolutivas “parásito-huesped”. La frecuencia, variación e intensidad de (2) (3) (4) y (5) covariarán de forma positiva con la diversidad de enfermedades infecciosas. Esto es, la diversidad de enfermedades dará lugar a una mayor diversidad cultural y religiosa.

La metodología es sencilla y, a mi modesto entender, rigurosa. Los autores hacen un trabajo exhaustivo de cuantificación de las variables relevantes y, lógicamente, valoran, ponderan o descartan la posible incidencia de factores que covarían con la diversidad de enfermedades y que pudieran ser los factores relevantes o enmascarar los efectos reales existentes.

Los resultados que obtienen son espectaculares. Precisiones estadísticas al margen, el resultado sintético que mejor refleja la conclusión obtenida es la extraordinaria correlación observada entre diversidad de religiones y diversidad de enfermedades: para 214 países estudiados, la correlación entre las dos variables es de 0’75, valor extraordinariamente alto para variables de esta naturaleza.

En definitiva, sin excluir la incidencia de otros factores, los resultados de este estudio sugieren que la génesis de religiones cumple la función de aislar a grupos humanos que se encuentran geográficamente próximos para así protegerlos de las infecciones para las que no están inmunológicamente protegidos. Esta conclusión no coincide con la idea de David Sloan Wilson (The Darwin’s Cathedral) de que las religiones cumplen la función de cohesionar las sociedades y de facilitar la cooperación gracias a unas normas y valores compartidos, aunque tampoco son incompatibles.

Lo más importante de todo esto no es que una hipótesis sea más válida que la otra, sino el hecho, al que aludí en la entrada anterior, de que fenómenos hasta hace poco tiempo refractarios a ese tipo de análisis, están siendo examinados hoy bajo premisas naturalistas, a la luz de lo que nos ha enseñado el evolucionismo darwinista. Otros ejemplos de esta forma de abordar asuntos relativos a la religión son los presentados en Configurados para creer y El sufrimiento avala las creencias.