Archivo por meses: marzo 2011

País rico, gente pobre

“Por favor, ponga en el pie de foto: el pa√≠s m√°s rico del mundo, donde vive la gente m√°s pobre“. El vendedor ambulante de tabaco posa ante la c√°mara mientras su ayudante saca las cajetillas del cart√≥n para ponerlas a la venta. La econom√≠a de guerra ha duplicado el precio del Marlboro egipcio (ahora a 6 dinares, unos 3 euros al cambio) y muchas de las marcas locales se han agotado. Los fumadores pasan momentos dif√≠ciles ya que es en estas situaciones de nerviosismo es cuando m√°s nicotina demanda el cerebro. Menos mal que hace tiempo me quit√© del vicio.

Bengasi no recupera la normalidad. Anuncios en las vallas publicitarias piden a los comerciantes que vuelvan a la actividad habitual, pero aquí nadie se fía. El espíritu revolucionario es incapaz de hacer frente a las fuerzas terrestres de Gadafi y todos miran al cielo esperando el misil liberador que doblegue la resistencia gadafista.

El caos militar es trasladable a la nueva vida pol√≠tica -donde anuncian la formaci√≥n de un gobierno y lo desmienten en menos de cuatro horas- y a cualquier actividad cotidiana. S√≥lo los caf√©s se mantienen ajenos al desmadre general y all√≠ se sigue sirviendo con mimo cada macciato, cada capuchino. Los tel√©fonos llevan cortados desde hace una semana. La compa√Ī√≠a Al Madar del todo, y Libyana opera de forma aleatoria para desesperaci√≥n de unos usuarios que tienen que marcar y marcar a la espera de que entren sus llamadas. Imposible llamar o recibir llamadas del exterior, as√≠ que el sat√©lite es la √ļnica opci√≥n para estar en contacto con el mundo exterior.

Japón, normalidad en el desastre

Hace ya tres d√≠as que hemos vuelto de Jap√≥n pero la noticia sigue all√≠. Los reactores de Fukushima contin√ļan representando un pel√≠gro, el nivel de contaminaci√≥n al sur de la central sigue siendo una inc√≥gnita, en Tokio se habla ya de alimentos con radiaci√≥n…. y, no lo olvidemos, ah√≠ siguen estando los miles de muertos, heridos y desplazados por el tsunami. A√ļn as√≠ decidimos regresar.


Por eso, antes que nada quiero mostrar mi agradecimiento a esta casa. Uno porque cuando las cosas se puesieron feas hizo todo lo posible porque sali√©semos del aeropuerto de Haneda cuanto antes. Y dos, porque en ning√ļn momento presion√≥, cuestion√≥ o trat√≥ de interferir en la decisi√≥n que el equipo que cubr√≠amos la informaci√≥n desde Jap√≥n hab√≠amos tomado. Y repito, pod√≠a tener motivos para ello porque la informaci√≥n segu√≠a, sigue, estando all√≠. Adem√°s, ya de vuelta en Pek√≠n he podido comprobar que esa actitud no se ha dado en otros casos. No todos los medios han tratado con tanto respeto a sus corresponsales. As√≠ que lo dicho, agradecieminto por partida doble.

Directo desde Tokio

Y segundo me gustaría contar aquí algo que no contamos ni en los directos ni en los reportajes que grabamos en Japón y que tiene que ver con la segunda foto. Está tomada en el metro de Tokio el día 15 de marzo. Unos minutos antes nos había llegado la noticia de que la radiactividad de Fukushima podía alcanzar la capital en cuestión de horas se dijo primero (una de tantas informaciones contradictorias, luego se habló de días).

Metro de Tokio, 15 de Marzo 2011

Sabiendo esto ¬Ņa vosotros qu√© os sugiere la foto?

La épica de la II Guerra Mundial contempla a los rebeldes

Datos del viaje: Coche alquilado (20 dinares día, 10 euros al cambio), Comida: Arroz con alubias y pollo (40 dinares, 4 personas 20 euros). Duración 3 horas. Hotel: Al Masira (90 dinares noche, 45 euros al cambio)

TOBRUK. Jud√≠os, musulmanes y cristianos descansan juntos en los cuatro cementerios de la II Guerra Mundial que se encuentran a las afueras de Tobruk, que dista 150 kil√≥metros de la frontera con Egipto. No hay que alejarse demasiado, basta con tomar direcci√≥n al puesto fronterizo y mirar a los lados para divisar las miles de l√°pidas perfectamente ordenadas de los cementerios de Acroma, Commonwealth, franc√©s¬† y alem√°n. “Esto lo paga la Embajada francesa y cada a√Īo muchas personas realizan una visita el d√≠a 11 de noviembre”, confiesa un ni√Īo asomado a la puerta de la casa del portero del camposanto donde descansan m√°s de 300 franceses ca√≠dos en la batalla de Bin Hakim en la primavera de 1942. Su madre quiere hablar y dar explicaciones, pero al faltar su marido no puede atender a los reci√©n llegados. Las visitas anuales rinden tributo a los miles de soldados que perdieron la vida en esta ciudad (los restos que no fueron identificados descansan bajo l√°pidas de m√°rmol en las que se lee ‚Äėconocido por Dios’), uno de los puntos estrat√©gicos por el que m√°s duro combatieron alemanes e italianos contra las fuerzas aliadas.

Aunque Libia est√° en guerra, s√≥lo la presencia de un pu√Īado de milicianos armados en los cruces de carretera recuerda que a 380 kil√≥metros las fuerzas de Gadafi bombardean Ajdabiya, la ciudad que tiene la llave de la conquista del este del pa√≠s, la conocida como ‚ÄėLibia liberada’. “No hay problema, todo est√° seguro y no se atrever√°n a acercarse, este es un lugar de luchadores y saben que les recibiremos peleando”, aseguran los guerrilleros que vigilan la estrat√©gica carretera que va al sur a trav√©s del desierto. Una recta interminable que desemboca en la actual primera l√≠nea de combate. No parecen un rival temible para los aviones del r√©gimen que en pocos minutos podr√≠an sobrevolar Tobruk. Los vigilantes del b√ļnker del general Erwin Rommel, mando supremo del Afrika Corps y el m√°s c√©lebre mariscal de campo del Fuhrer, ¬†lo saben “pero no pensamos escondernos en el refugio en caso de ataque”, aseguran con valent√≠a mientras muestran a los visitantes las once salas del b√ļnker y el puesto de control desde el que el ‚ÄėZorro del desierto’ dirig√≠a los movimientos de sus tropas. Una veintena de fotograf√≠as en blanco y negro se sujetan a duras penas en unas paredes comidas por la humedad. Maniqu√≠es uniformados tirados por el suelo, sillones rotos y mucho polvo completan la instant√°nea de un lugar que hasta el 17 de febrero era competencia del ministerio de Turismo y ahora est√° en manos del Ej√©rcito rebelde.

Subimos los diez escalones que nos devuelven a la superficie y all√≠ espera despanzurrado el esqueleto de un bombardero B-24 americano ‚ÄėLady Bijot’ que “de forma inexplicable desapareci√≥ del radar en 1942 y no fue encontrado hasta 1963 en mitad del desierto con los restos de la tripulaci√≥n esparcidos en un radio de 12 kil√≥metros”, seg√ļn destaca la gu√≠a de viaje de Libia de la editorial Lonely Planet.

Dejamos este museo de la II Guerra Mundial en horas bajas entre los saludos de los seis vigilantes que piden ser fotografiados. Uno de ellos lleva puestos unos cascos de aviador y descansa a la sombra, lejos de la furgoneta ‚Äėpick up’ que porta la ametralladora de gran calibre que le ha reventado los t√≠mpanos en el √ļltimo mes. Muy cerca, Tobruk es una ciudad de apenas 140.000 habitantes cuyo centro urbano es caminable, uno de los pocos restaurantes abiertos ofrece pollo asado, arroz, alubias y macarrones. En la televisi√≥n del local la cadena Al Jazeera informa del avance de los hombres de Gadafi que atacan con fuerza Ajdabiya. Los clientes miran con preocupaci√≥n la pantalla y comen en silencio. Tras la explosi√≥n de alegr√≠a y esperanza de los primeros d√≠as, el frente militar rebelde se ha venido abajo y ahora apelan a la √©pica para mantenerse firmes. La misma √©pica a la que apelaron las ‚Äėratas del desierto’ australianas en el cerco de Tobruk por parte de los alemanes en el a√Īo 41, la misma √©pica que se respira en los cementerios de las afueras de la ciudad. Una √©pica de hace setenta a√Īos que aun se respira en las calles de este lugar. (FOTO: LUIS DE VEGA)

Bengasi: huída de presos, éxodo de periodistas

Coches y furgonetas entran hasta la cocina. Vecinos de Bengasi peregrinan hasta la prisi√≥n central de la ciudad para llevarse todo lo que pueda tener alguna utilidad. Poca cosa queda despu√©s de dos semanas de revoluci√≥n y el incendio de rigor. Como todos los edificios del antiguo r√©gimen, la prisi√≥n fue pasto de las llamas y los calabozos est√°n calcinados. Una cabeza de camello en avanzado estado de putrefacci√≥n preside el campo de f√ļtbol de los reclusos. Abdul Hafiz pas√≥ “varios a√Īos” entre estos muros y ahora est√° de visita con su familia. Le encerraron “por tr√°fico de drogas, la √ļnica soluci√≥n que encontr√© para salir de la miseria absoluta y alimentar a los m√≠os”, se justifica mientras recuerda su salida del penal. “Fue incre√≠ble, la revoluci√≥n en las calles se contagi√≥ al interior de las celdas y toda la prisi√≥n se alz√≥ contra los guardias. En apenas 48 horas nos abrieron las puertas y todos quedamos libres despu√©s de una batalla campal en la que destrozamos el lugar”, relata antes de subirse a su furgoneta y poner rumbo a casa.

La huida de los presos en 48 horas recuerda a la espantada de la prensa internacional de Bengasi. Hay varios factores que explican este adiós. Primero el tsunami de Japón que ha relegado a Libia a un segundo plano informativo; segundo el estancamiento de la situación en el plano militar, aunque el avance militar de Gadafi hacia Bengasi parece imparable y, tercero, precisamente este avance que puede provocar la toma de Ajdabiya, la antesala a Bengasi y una ciudad desde la que en tres horas -por una carretera directa-  los fieles a Gadafi se pueden plantar en Tobruk y cerrar el paso hacia la frontera.

Rep√ļblica Democr√°tica del Congo, ¬Ņcaos controlado?

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Aqu√≠ a Bukavu no llegan m√°s que rumores del supuesto golpe de estado del pasado domingo. Porque a la versi√≥n oficial, despu√©s de tantos a√Īos de guerra, nadie le hace ni caso. De hecho es dudoso que ni siquiera los kinois presten atenci√≥n a las explicaciones que se publican en los peri√≥dicos y en la televisi√≥n, y la verdad, tienen motivos de sobra para estar hartos de las intrigas de estado; muchos acaban pensando si acaso no tratan de distraerles, o peor, de aterrorizarles con golpes de efecto militares.

Al otro lado de la frontera, en Kigali, alguien lanza espor√°dicamente granadas contra los taxis matando gente inocente. La √ļltima vez fue ocurri√≥ el pasado s√°bado en Nyamirambo. La versi√≥n del gobierno ruand√©s es que el responsable de los ataques es el FDLR e incluso han mostrado en la televisi√≥n √ļnica a una serie de individuos que confiesan haber perpetrado los ataques y que dicen ser del FDLR, pero entre tanto circulan otros rumores sobre la corrupci√≥n que hay en la base de esas declaraciones, y rumores que apuntan como responsable de los ataques a la propia autoridad militar de la Rep√ļblica de Ruanda.

La riqueza mineral

Uno de los rumores que escuché ayer en Nyamirambo sobre lo que hay detrás del supuesto golpe de estado contra Joseph Kabila es que el aparato político ruandés no está de acuerdo con la voluntad expresada por el gobierno de Joseph Kabila de racionalizar la extracción, el comercio y la exportación de los minerales de Kivu y que por esa razón han tratado de eliminarlo. Lo que hace más dudosa está versión es el hecho de que el gobierno ruandés pueda no estar contento con el modo en que se adjudican las licencias o se sacan los minerales de Kivu.

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Viendo el lujo aislado de las mansiones de la frontera ruando-congolesa es bastante evidente que hay gente que en todo este caos organizado contin√ļa haci√©ndose rica, y no s√≥lo ruandeses, pensemos por ejemplo en Banro, una multinacional implicada en el pasado en la guerra contra Laurent Desir√© Kabila, que ahora est√° siendo indemnizada y recompensada con licencias de extracci√≥n y exportaci√≥n de oro. Hoy me dec√≠a un sacerdote de Bukavu que han desplazado poblados enteros en el territorio de Mwenga para que Banro tenga acceso libre al oro del subterritorio. Ah y se me olvida otro rumor seg√ļn el cual en este mismo momento hay un avi√≥n nigeriano en el aeropuerto de Goma con 18 millones de d√≥lares para comprar oro con la autorizaci√≥n del general Bosco Ntaganda, jefe del CNDP. ¬ŅHabladur√≠as? Un agente de OFIDA me ha confesado que el gobierno de Kinshasa acaba de levantar la suspensi√≥n de las actividades mineras de Kivu, una suspensi√≥n que durante 3 meses habr√≠a mantenido parados los caudales de los hombres de negocio y oficiales militares que se han apropiado de las colinas mineras o que controlan o tasan el comercio de los minerales. En realidad el CNDP ya no existe, los milicianos se “mezclaron” en el ej√©rcito regular de la RDC a trav√©s de los acuerdos acelerados entre John Numbi y James Kabarebe (a la vez que apartaron al general Laurent Nkunda del teatro de operaciones). Los militares del CNDP se integraron en las FARDC conservando los grados y la misma mentalidad que ten√≠an antes. La cadena de mando del CNDP se ha transformado en un partido pol√≠tico que acaba de coligarse con la Alianza para la Mayor√≠a Presidencial de Joseph Kabila (despu√©s de todos los muertos que se provocaron para deshacerse de √©l supuestamente).

De todas formas, si miramos a la base de la poblaci√≥n y no a las estructuras militares como el CNDP que sirven no a la poblaci√≥n sino a un pu√Īado de intereses que tratan de imponer as√≠ sus pol√≠ticas de gesti√≥n de recursos y manejo de la poblaci√≥n, al servicio de formas de documentaci√≥n y poder al servicio de los grandes poderes de occidente, observamos que la Alianza por la Mayor√≠a Presidencial se enfrenta a grandes problemas este a√Īo de elecciones (en teor√≠a en noviembre), porque Vital Karmerhe y Etiene Tshisekedi contin√ļan manteniendo reuniones para ver si consiguen ponerse de acuerdo en sacar una candidatura unitaria como alternativa a los que hoy tienen el poder, y porque lo que venimos viendo en los √ļltimos meses es que el Kivu, que vot√≥ en masa por Joseph Kabila en el 2006, ya no le apoya como antes. Presumiendo la buena fe del todav√≠a joven presidente, sin hacer caso de las narrativas locales que le vinculan con el poder exterior, esto es, en el mejor de las casos, el sistema que constantemente reproduce el conflicto en el este, mantiene a Kabila reh√©n de una pol√≠tica permisiva, para conservar su poder y guardar el equilibrio de una paz injusta, frente a unos se√Īores de la guerra que amenazan con llevar al este del Congo, otra vez, el caos. ¬†Le ha pasado al pueblo un poco lo que a Vital Kamerhe que de escribir un libro sobre por qu√© eligi√≥ a Joseph Kabila ha pasado a explicar por qu√© ahora aspira a alcanzar el poder (tras ser forzado a abandonar su puesto de presidente de la Asamblea Nacional). La gente de Kivu ya no apoya en masa a Joseph Kabila porque la situaci√≥n en que viven no ha mejorado pese a las promesas. Siguen sin construirse las infraestructuras econ√≥micas, las necesidades b√°sicas siguen sin estar cubiertas y lo peor de todo, la inseguridad, contin√ļan produci√©ndose desplazamientos pendulares de la poblaci√≥n y el puro terror psico-social. Las ofensivas militares de las FARDC (Ex-CNDP) contra las supuestas fuerzas negativas no han dado otro fruto que el de dispersarlas, desmovilizarlas y removilizarlas otra vez, y convertirlas en m√°s negativas todav√≠a, porque viven de lo que saquean a la poblaci√≥n.

Violaciones sexuales

Quienes m√°s sufren todo este desastre son las mujeres porque son tratadas como ciudadanas de segunda categor√≠a, no s√≥lo por las costumbres locales y los hombres (militares o ex-militares) producto de la guerra, sino tambi√©n, me dice una congolesa de la Marcha Mundial, por las agencias humanitarias internacionales, que parecen competir con las organizaciones de mujeres locales y con las propias mujeres y que en sus modos de saber convierten a las mujeres en beneficiarias de grandes proyectos, seleccionando y creando estructuras “operacionales” que compiten con las organizaciones de base (tratando de apoderarse de su lenguaje y ocultando las verdaderas razones de los proyectos gestionados con los fondos internacionales: conservar puestos de trabajo, gesti√≥n de capital etc).

Un dato que me ha dado Madame Adele, de la Marcha Mundial de las Mujeres: el a√Īo 2010 hubo 5.283 violaciones sexuales registradas en los distintos territorios de Kivu Sur. Habr√≠a que sumar todas las que no han sido registradas, y las sufridas por los hombres tambi√©n (como durante la llamada operaci√≥n jab√≥n de un grupo armado burund√©s en Fizzi). Las mujeres que han sido violadas muchas veces prefieren guardar silencio, primero porque la mayor√≠a de las veces no conocen a sus violadores y segundo porque las malas costumbres imponen a la mujer violada la obligaci√≥n de sufrir en silencio, y por el estigma, el miedo al repudio o porque son tan pobres y tienen tan pocos recursos que no tienen esperanza de conseguir una respuesta que les proteja por parte del “sistema pol√≠tico-judicial”. Un puro dato: de esas 5.283 violaciones sexuales que se registraron en el 2010 en la provincia de Sur Kivu, s√≥lo 10 casos llegaron a o√≠dos del sistema judicial. Pero las cosas se est√°n moviendo, las organizaciones locales de mujeres, pese a que son ignoradas por las grandes organizaciones internacionales, se est√°n organizando en las colinas, no para mostrarse como v√≠ctimas, para seguir siendo estigmatizadas, marginadas y convertidas en grupos de √ļltimas beneficiarias, sino para ayudarse entre ellas y reivindicar sus derechos pol√≠ticos; para ser productoras, de dentro a fuera, de los modos de hacer de la realidad actual.


Ras Ajdir, frontera de salida

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No es basura. Son las pertenencias de oleadas y oleadas de refugiados que abandonan Libia. Lo poco que han podido salvar de los controles de carretera y de las bandas de ladrones que persiguen a los refugiados se convierte en algo prescindible cuando lo √ļnico que importa es pasar al otro lado. Por eso, muchos dejan en el √ļltimo momento esa maleta con la que han cargado durante cientos de kil√≥metros para saltar la valla. Y en ese instante lo valioso se convierte en puro deshecho.

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Durante varios días el puesto fronterizo libio ha estado abandonado. Los militares se replegaron el fin de semana pasado hasta el pueblo de Abu Kamesh, a unos 10 kilómetros hacia Trípoli. Pero Gadafi ha vuelto a tomar la frontera.

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Los seguidores de Gadafi hacen ondear la bandera verde de la Gran Jamahiriya y cantan ante el éxodo de extranjeros. Lo hacen porque saben que los medios de comunicación de medio mundo estamos aquí. Nos dicen que en Libia todo es normal, que el pueblo está con el líder. Pero a poco más de cien kilómetros, en Zawiya, la temida Brigada 32 comandada por Khamis, uno de los hijos de Gadafi, aplasta a las fuerzas rebeldes.

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Triple revolución

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Informando en directo sobre la situaci√≥n en Libia desde la frontera tunecina rodeado de egipcios. Tres revoluciones concentradas en una sola imagen. T√ļnez, Egipto y Libia. Tres revoluciones con un mismo argumento, aunque con un final diferente. Y el de Libia est√° a√ļn por escribir.

La bandera egipcia ondea entre los refugiados confinados en Ras Ajdir. Ellos no pudieron estar en la plaza Tahrir de El Cairo porque estaban trabajando en Libia, pero ahora cantan consignas contra los dictadores y a favor de la libertad. Gritan ‚Äúviva T√ļnez‚ÄĚ y ‚Äúviva la revoluci√≥n‚ÄĚ, como si Ben Al√≠ y Mubarak siguieran en el poder. Pero huyen de Gadafi, y su revoluci√≥n se ha convertido en cuesti√≥n de supervivencia. Quieren volver a Egipto, un pa√≠s diferente al que dejaron cuando decidieron emigrar. La causa de los libios se ha convertido en la suya, y todos desean el fin de Gadafi. Pero ese final sin escribir, el de la dictadura en Libia, podr√≠a ser inesperado.

Ben Al√≠ huy√≥ a Arabia Saud√≠ y Mubarak se recluy√≥ en Sharm el Sheik. T√ļnez se ha librado ya del √ļltimo resquicio de la dictadura con la dimisi√≥n del primer ministro Mohamed Ganuchi, y Egipto vive bajo un gobierno militar, presuntamente de transici√≥n. Todos se preguntan ahora c√≥mo terminar√° la revuelta contra Gadafi. Y todos coinciden en que el l√≠der de la Gran Jamahiriya es diferente. ‚Äú√Čl no huir√° como un cobarde, como huyeron sus amigos Ben Al√≠ y Mubarak‚ÄĚ, nos dice un egipcio que lleva m√°s de diez a√Īos en Libia. ‚ÄúGadafi morir√° en Tr√≠poli‚ÄĚ. Pero ellos no estar√°n all√° para verlo.

Gadafi, un líder de chiste

BENGASI. Se acab√≥. El respeto hacia la figura del l√≠der libio asentado sobre el terror y el miedo ha desaparecido para siempre en las calles de Bengasi. Gadafi es ahora objeto de mofa por parte de sus paisanos que le han dedicado incluso una caseta especial frente a la Corte Suprema de la ciudad absolutamente forrada de caricaturas, dibujos infantiles y fotograf√≠as manipuladas en Photoshop. Acompa√Īado de Mubarak y Ben Ali, los dos √ļltimos dictadores derrocados Egipto y T√ļnez, de su hijo¬† Saif El Islam o de su enfermera ucraniana los libios prefieren bromear sobre la fortuna del coronel, su supuesta alianza con Israel o sus sue√Īos de grandeza. “Mejor esto que llorar, ha hecho tanto da√Īo que es imposible de recogerlo en un trozo de papel”, asegura uno de los j√≥venes que se encarga de colgar estos dibujos absolutamente prohibidos antes del estallido de la revoluci√≥n. Vale todo, desde los trabajos m√°s art√≠sticos hasta los primeros monigotes de los m√°s peque√Īos.

Muy cerca, un joven con peluca y vestido con una de las tradicionales t√ļnicas de Gadafi saluda a la muchedumbre desde una pick-up imitando los gestos del dictador. La gente le aplaude y tira fotos del coronel bajo las ruedas del veh√≠culo para que este las pise al circular.

El puerto de Bengasi se ha convertido en el epicentro de la protesta, el coraz√≥n de una nueva Libia liberada que ha cruzado la l√≠nea roja y habla de Gadafi en pasado. “No hay marcha atr√°s“, repiten todos los entrevistados. “Tampoco podr√≠amos porque nunca perdonar√≠an estas afrentas”, bromea un joven que acaba de colgar una foto de Gadafi con los pelos electrizados y la cara pintada como un payaso.

El hospital de los m√°rtires

Nasser Al Ajmed nunca pens√≥ que fuera a vivir algo parecido. Como otro d√≠a cualquiera acudi√≥ a su puesto de trabajo como m√©dico en pr√°cticas del hospital Jalaa, pero no fue un d√≠a m√°s, fue el inicio de la revoluci√≥n y de cinco d√≠as de actividad sin descanso. “Yo cont√© 27 muertos el primer d√≠a, 21 el segundo, 18 el tercero y despu√©s dej√© de contar. Despu√©s estaba el gran n√ļmero de heridos de bala de todas las edades, fue una masacre”, recuerda mientras participa en una protesta frente a la Corte Suprema, al lado del puerto de Bengasi, el equivalente a la plaza Tahrir egipcia en esta ciudad libia. Desde entonces el hospital ya es conocido como “hospital de los m√°rtires”.

La revoluci√≥n ha triunfado en esta parte del pa√≠s, pero el d√≠a a d√≠a no es sencillo. Hoy es el d√≠a marcado para recibir el suelo mensual y Nasser se encuentra, como el resto de funcionarios, a la espera de saber si Tr√≠poli abonar√° o no sus n√≥minas. “No creo que nos paguen, por eso ya hay bancos como el Wahda que est√° concediendo cr√©ditos a cada familia, sab√≠amos que no ser√≠a cosa f√°cil, pero no es hora de pensar en dinero“, sentencia animado por los gritos de la multitud que vitorean a un joven que se abre paso con su coche saludando desde la apertura del techo al estilo Gadafi.

Cientos de heridos se recuperan en los dos hospitales de Bengasi. Decenas de cuerpos in identificar esperan que los forenses les pongan nombre y apellido apilados en bolsas verdes. Los familiares pegan las fotos de sus seres queridos desaparecidos en las paredes y cada d√≠a se juntan a las puertas de las morgues a la espera de noticias. Filas de ata√ļdes esperan inquilino. La represi√≥n fue brutal en esta ciudad que ahora celebra el fin de cuatro d√©cadas de tiran√≠a. “Yo no hab√≠a conocido otra cosa que Gadafi, todo es nuevo para nosotros, no podemos perder un solo minuto”, advierte Nasser antes de perderse entre una multitud que, como cada tarde, colapsa la calle del puerto.