Barrer tumbas imaginarias

Escudo en la fachada de la cateldral de Nantang, Pekín | Foto: Hodei Arrausi

Escudo en la fachada de la catedral de Nantang, Pekín | Foto: Hodei Arrausi

Como un laberinto de espejos, las fachadas en China juegan a despistar. Las cosas no suelen ser lo que aparentan. Tras las puerta más carcomida puede estar la historia más brillante. El rostro más pétreo esconde la herida de un país.

REN YANLI nos está esperando en su portal. Ha accedido a darnos una entrevista para que hablemos de las difíciles relaciones China-Vaticano. Ren viste pantalón marrón de safari, chaleco y zapatillas. Mientras subimos por uno de esos bloques de triste cemento y despreocupada suciedad tan habituales en Pekín, pienso que  Ren parece un jubilado común. Un jubilado de los que ya han entendido que el misterio de una existencia feliz está en bajar al parque todas las mañanas a pasear al pájaro.

Pero resulta que Ren es una de las máximas autoridades en asuntos Vaticanos en China. Entramos a su modesto apartamento. El inofensivo jubilado me entrega su tarjeta de visita: Professore dell’ Istituto di Ricerca delle Religioni Mondiali dell’ Accademia Cinese delle Scienze Sociali – Cavaliere dell’ Ordine della Stella Solidarieta ‘italiana -Dottore di Ricerca dell’ Universita ‘Cattolica del Sacro Cuore di Milano Accademico dell’ Accademia Ambrosiana – Membro del Comitato Scientífcio della Fondazione delle Scienze Religiose Giovanni XXIII .

Al instante menguo dos palmos. Con un gesto mitad rubor mitad disculpa le entrego la mía, periodista, y maldigo por lo bajo al que impuso el protocolo de entregar tarjetas de visita en este país.

El apartamento del amable jubilado (a partir de ahora será ya el Profesor-Doctor-Cavaliere Ren) resulta ser una máquina de viajar. De Pekín a Italia en cuestión de segundos. En las estanterías hay decenas de libros sobre la iglesia católica, en las baldas fotos de él junto a prelados, políticos romanos y eruditos de la curia vaticana. Una reproducción de la Venus de Milo aquí. Una colección de cafeteras italianas allá.

El Profesor Ren fue de los primeros chinos con permiso del Gobierno para salir del país y profundizar en su estudios religiosos. Era 1980 y pasó 3 años en Milán. Después ha viajado infinidad de veces entre esas dos dimensiones paralelas: Roma y Pekín. Y así se convirtió en uno de los mejores conocedores de los entresijos Vaticanos en relación a China, al precio de desarrollar un profundo amor por Italia y una  fuerte adicción al café.

Nos sentamos. Roger pulsa el rec. Yang Hua está lista para traducir. El profesor Ren comienza a hablar. Yo hace tiempo que estoy dentro de la Fábula de Venecia.

Favola di Venezia - Hugo Pratt

Favola di Venezia - Hugo Pratt

El cavaliere Ren habla despacio; como hablan los curas, aunque él no lo es. El doctor Ren habla midiendo muy bien lo que dice y lo sobre todo lo que calla; como hablan los chinos de ciertos temas. El profesor Ren salta del chino al italiano y del italiano al chino para explicarnos sin inmutarse cosas sobre el nuevo Papa, los nuevos líderes chinos, las tensiones entre la iglesia oficial y la clandestina, los jesuitas y su arraigo histórico en China. Durante 30 minutos habla sin apenas variar el tono de frase a frase, quieto en la silla, sin gesticular, sin decir una palabras más alta que otra. Hasta que para. Yang Hua deja de traducir. Roger apaga la cámara.  Ya tenemos reportaje.

Entonces llega la pregunta. Esa que no suele tener sitio en los 90 segundos de noticia que nos dará el Teleberri. ¿Por qué alguien decide cursar estudios religiosos en la China que todavía se está sacudiendo el trauma de la Revolución Cultural? ¿Por qué dedicar una vida a estudiar el Concilio Vaticano II, algo que a priori en ese contexto histórico – estamos a finales de los 70 – reportará tan pocos galones, tan poco reconocimiento?

Y Ren, Ren a secas esta vez, contesta. Con un gesto expresivo a rabiar, casi más italiano que chino pero que le sale de las entrañas. Durante la revolución cultural me dieron una patada – y golpea al aire con su pie – para mandarme fuera de Pekín. Al campo – dice.

Esa patada, ese gesto instintivo, involuntario, es la única licencia gestual que Ren se permite. Luego, recuperada la calma, nos cuenta que en el campo le tocó trabajar, sufrir, pasar y ver pasar hambre. Y vuelve a callarse cosas que no hace falta decir. Fue en aquel destierro donde conoció a católicos perseguidos y fue ahí donde empezó a interesar por el estudio de la religión. Cuando China dijo adiós a aquel horror y el Gobierno puso en marcha la cátedra de estudios religiosos no se lo pensó. Sería su billete de regreso a la capital. Y el hasta luego a aquella herida.

Misa en la catedral de Nantang, Pekín | Foto: Hodei Arrausi

Misa en la catedral de Nantang, Pekín | Foto: Hodei Arrausi

Hoy en China se celebra el Qinming (清明节). El día de barrer tumbas. Una fiesta en la que visitar los sepulcros de los allegados y honrarlos con ofrendas. En China solo hay un cementerio dedicado a las víctimas de la revolución cultural. Está en la ciudad de Chongqing y solo lo pueden visitar los familiares de los que están allí enterrados. Esta vez corría el rumor de que las autoridades lo abrirían al público durante el Qinming. Pero parece que aún es demasiado peligroso. En China hay mucha gente que hoy habrá barrido tumbas imaginarias. Y muchos más que, igual que Ren, tan solo se permiten muy de vez en cuando un pequeño gesto, una patada al aire, que revela la herida abierta de todo un país.

2 pensamientos en “Barrer tumbas imaginarias

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