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El cigarro de la paz

“¿Y tú por qué no hablas pastún?”. Es la pregunta que los mayores de
Jalawar hacen a los soldados americanos antes de pedirles un cigarro.
Estos sonríen, sacan un Marlboro, y después de darle fuego le tocan la
barba. “Cool, man, very cool!” (guay, hombre, my guay), el viejillo,
antiguo muyahidín como el de la foto, aspira el humo y sonríe. Ha
visto caer a los rusos y no creo que tenga mucha confianza en estos
soldados veinteañeros que patrullan a pie bajo el zumbido de los
helicópteros que les dan cobertura aérea.

afg-cigarro

En Arghandab se está poniendo toda la carne en el asador. Este es el
lugar de pruebas de la nueva estrategia McChrystal
, el Dorado al que
Obama sueña traer la seguridad en un plazo de 18 meses, pero a pie de
calle se percibe que pese a los esfuerzos por parte americana y a los
progresos en la integración con las fuerzas afganas, el camino por
recorrer es enorme
.

Los rusos -las comparaciones son inevitables- intentaron tomar
Arghandab en 1982 y 1987 y, según los mandos americanos, perdieron
“decenas de miles de soldados”. Ni los muyahidines, ni los talibanes,
ni las tropas de la coalición han hecho mucho por estas aldeas desde
entonces
.  Los talibanes del siglo XXI no son los muyahidines del XX,
pero tienen algo muy importante a su favor que le falta a Occidente:
tiempo. Los vecinos lo tienen claro y por eso no tienen prisa a la
hora de responder a los extranjeros, ellos usan el mismo reloj que los
talibanes.

Los niños miran a los soldados y les piden bolígrafos, caramelos y
botellines de agua como en todo el mundo, pero cuando se sientan a
descansar un rato, se acercan y les piden también que se conviertan al
Islam
. Las mujeres no existen.  Los talibanes llevaron a Kabul la vida
en esta parte del país y por eso se dio a conocer en todo el mundo,
pero aquí siguen viviendo como entonces y las normas que rigen son las
que marcan la mezcla entre religión y tradición que obedecen las
tribus pastunas. El gobierno de Kabul es una anécdota que se olvida en
el mismo momento que el Marlboro se consume en los labios del
viejecillo de barba blanca.

TELEGRAMA DESDE ARGHANDAB. He dejado Tanys y he vuelto a la base de
Terranova. STOP. Mi teléfono ha muerto tras tener que cruzar el canal
para evitar un puente de madera, lo llevaba en el bolsillo y me cubría
hasta la cintura. STOP. Jamás había visto tanto tatuaje junto. STOP.
Soy el padre de todos los soldados. STOP. No hay mujeres soldado en la
línea del frente. STOP. Mi casco blanco lo he tenido que pintar de
verde
por seguridad de la patrulla.

Telegrama desde Arghandab

Algunos soldados desayunan Gatorade y
hamburguesas congeladas que calientan en un microondas. STOP. Duermo
‘protegido’ por tres granadas, una recortada y un M16 que cuelgan de
la pared y pertenecen al inquilino habitual de mi hamaca, ahora de
permiso. STOP. La cobertura de GSM aguanta hasta las siete de la
tarde, después se corta porque los talibanes atacan las nuevas torres
de comunicaciones que las compañías quieren instalar. STOP. Me quedan
menos de cien páginas para terminar el libro de Jagielski ‘Una oración
por la lluvia’
(gracias Roberto ‘Carlos’), lo mejor que he leído sobre
Afganistán y de consulta obligatoria para los periodistas que trabajen
en el país. STOP. Mañana me voy al campo de tiro a ver cómo funcionan
las armas OTAN en manos afganas. STOP. Apenas escucho música, sigo son
BSO para esta cobertura. STOP. Me he enterado del empate de la Real en
Irun, nervios hasta el final. Esperemos que Carlos Bueno llegue a
tiempo.

A la caza del talibán

Ocho de la mañana. Los hombres de la base Tynes vuelven al lugar de
los hechos, a la zona donde ayer les colocaron un IED (artefacto
explosivo improvisado)
para investigar el suceso. En lugar de ir por la
misma ruta, inician un recorrido alternativo por los huertos y canales
que rodean a la base, un terreno menos favorable para la colocación de
artefactos. El objetivo es hablar con el mulá local y preguntarle si
sabe algo ya que la bomba se colocó en la misma puerta de su mezquita.
Después de una hora de caminata –para cubrir un recorrido de no más de
quince minutos en línea recta- los soldados llegan a la puerta del
mulá, pero la encuentran cerrada con un candado
. Piensan echarla
abajo, pero esperan y a los pocos minutos aparece el hombre que viene
de su huerto.

Patrulla norteamericana interrogando a un mulá en Arghandab (Mikel Ayestaran).

Patrulla norteamericana interrogando a un mulá en Arghandab (Mikel Ayestaran).

“Si me ven hablando con vosotros, si os digo algo, vendrán y me
matarán”
. El mulá tiene pocas dudas sobre quién tiene el auténtico
poder en Arghandab. Recibe a los americanos, habla con ellos, pero no
les da información que pueda llevar a ninguna detención. Confiesa, por
primera vez en los últimos seis meses, que los talibanes han impuesto
un toque de queda en la aldea
y que nadie puede estar en la calle más
tarde de las nueve. El líder de la patrulla, Christopher Farrington,
toma nota de cada palabra gracias a su traductor y se muestra
contundente. “Si venimos por tanto a partir de esa hora podemos
detener a cualquiera que no respete el toque de queda porque se
tratará de una talibán, ¿no?”
. El mulá está muerto de miedo y matiza
sus palabras, ruega a los americanos que no vengan por la noche, pero
estos lo tienen claro. La bomba de ayer tenía potencia para matar a
cuatro hombres
y no van a tolerar que vuelva a ocurrir algo así a las
puertas de la base.

Mientras el mulá lamenta la bomba colocada la víspera, un vecino que
viaja a bordo de un motocarro con sus dos mujeres y cuatro hijos es
retenido por la patrulla americana por llevar un artefacto sospechoso
en su salwar kamize. Se trata de una especie de walkie talkie que él
dice que es de su hijo y que los americanos piensan puede ser una
herramienta utilizada para activar un IED a control remoto
. La
confusión le obliga a permanecer cerca de cuarenta minutos sentado
junto a una pared y respondiendo a las preguntas de la patrulla. El
mulá asegura que está limpio y que no es más que un comerciante.
Farrington pide permiso para llevarle a la base y someterle a un
interrogatorio, pero finalmente se opta por dejarle marchar y
convocarle a una reunión por la tarde en las dependencias de la
policía afgana.

Tres horas después se inicia el regreso a Tanys por otro camino
alternativo. El objetivo es no usar nunca las rutas normales. Esta vez
caminamos por huertos de rosales, trigales y viñedos entre los que se
cuela alguna planta de opio perezosa
. Los agentes de la Policía que
acompañan a los americanos aprovechan la patrulla para cortar rosas y
decorar sus Ak-47. Vuelta a los sacos terreros, vuelta a este pequeño
pedazo de Estados Unidos en mitad de Arghandab
.

Vuelve el Capitán América

Segundo día de ‘mili’ en la base aérea de Kandahar. Me acaban de comunicar que mi Chinook sale mañana a las 4.15 de la mañana rumbo al valle de Arghandab. Cambiaré el helicóptero americano por los viejos M17 rusos en los que los pilotos estadounidenses entrenan a los afganos. Unos afganos que seguro no se paran a leer las historias del ‘nuevo’ Capitán América que se ofrecen de forma gratuíta en el interior de la base, el héroe de Marvel regresa para luchar en Afganistán… toda ayuda será poca para vencer esta guerra.

Portada del cómic del Capitán América en Afganistán (Marvel).

Hay mucho movimiento de tropas en el sur, se nota que se avecina una
fuerte ofensiva
y tanto el Ejército Nacional Afgano como la OTAN
mueven sus comodines por las provincias de Helmand y Kandahar, lugar
en el que se desarrollará la próxima gran ofensiva según desveló hace
meses el general McChrystal. Los primeros pasos ya se están llevando a
cabo y precisamente por eso vamos a Arghandab, la auténtica puerta a
la capital kandaharí. “Quien toma Arghandab, toma Kandahar”, se puede
leer en diferentes libros de historia. La OTAN parece tomarse en serio
esta máxima y por eso ha reforzado este valle con una decena de bases.

captamerica2He volado de Kandahar a Lashkar Gah. Pilotos afganos y americanos mano
a mano llevando las cafeteras rusas repletas de soldados con cara de
miedo. En Helmand saben lo que les espera y no les hace mucha gracia.
“La gran mayoría son del norte, apenas tenemos reclutas pastunes”,
apunta uno de los oficiales cuando se le pregunta por el origen de la
tropa. En menos de una hora se cubre este recorrido entre dos de los
puntos más calientes del país, cincuenta minutos de vuelo a baja
altura y con la única protección de dos metralletas PK rusas
. “Esto es
un vuelo afgano y nosotros usamos el material que ellos usan”, asegura
un capitán americano que indica que su máxima aportación al aparato es
el GPS. Un auténtico ‘embed’ a la afgana en el que los estadounidenses tratan de reciclar a decenas de pilotos afganos que llevaban años retirados de la profesión.