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La prensa se agolpa frente al hospital

Muchos opinan que se trata de una estrategia m√°s del Ej√©rcito para desviar la atenci√≥n sobre el golpe de Estado que est√° en marcha. Lo cierto es que medios de comunicaci√≥n de todo el mundo hacen guardia frente al hospital militar Maadi de El Cairo a la espera de noticias sobre el estado de salud de Hosni Mubarak. Ayer se difundi√≥ la noticia sobre que el ex presidente estaba ‘cl√≠nicamente muerto’; hoy, todo es muy confuso.

Egipto: la seguridad y la econom√≠a son ‘las prioridades’

Mikel Ayestaran, corresponsal de ETB, ha estado en el colegio Om Al Monimim en Giza, donde ha sido testigo de largas colas para votar en una jornada histórica. Así se vota a la sombra de las pirámides. La seguridad y la mejora en la economía son las prioridades para las mujeres con las que ha podido hablar.

Primavera √°rabe, invierno islamista

‚ÄúTengo mucho miedo. Van a ganar seguro y pronto empezar√°n los problemas‚ÄĚ, Issa es cristiano. Su taxi luce una cruz que cuelga del retrovisor desde el que mira a los ojos de su pasajero para confesar sus temores. Nos dirigimos al cuartel general de los Hermanos Musulmanes. Despu√©s de toda una vida en la clandestinidad, la hermandad ocupa ahora un edificio de seis alturas en el barrio de Al Muqatam, a las afueras de la capital. En la puerta de acceso un cartel reza ‚ÄúNosotros llevamos el bien a toda la gente‚ÄĚ, no hay seguridad ni vigilancia de ning√ļn tipo. Una vez dentro un portero regordete me estrecha la mano y me se√Īala a las fotos de los nueve l√≠deres que ha tenido el grupo en su historia que cuelgan de la pared. Desde el fundador, Has√°n Al Banna, hasta Mohamed Badia.

Hay que esperar unos minutos. Llega el obligado t√© y tomamos asiento en unos tresillos versallescos herencia del anterior inquilino, el mobiliario no pega con el car√°cter austero de la hermandad. Mahmoud Ghozlan hace acto de presencia a la hora pactada. El portavoz de los Hermanos Musulmanes y miembro del Comit√© Ejecutivo es profesor de Bioqu√≠mica en la Facultad de Agricultura de la Universidad de Zagazig. Con traje oscuro, pero sin corbata, repasa sus a√Īos en la c√°rcel durante la √©poca de Hosni Mubarak antes de abordar el futuro pr√≥ximo del pa√≠s.

Pese a los a√Īos de persecuci√≥n, el partido creado por la hermandad es el mejor organizado y el m√°ximo favorito en los comicios. Ghozlan lo sabe y pide ‚Äúrespeto a la democracia‚ÄĚ. Su propuesta para Egipto pasa por la ‚Äúaplicaci√≥n de la sharia, pero solo para la poblaci√≥n musulmana, su entrada en vigor no afectar√° a las minor√≠as a las que no solo respeteramos, sino que protegeremos con especial √©nfasis‚ÄĚ y a nivel internacional piensan ‚Äúrevisar los t√©rminos del acuerdo de paz con Israel porque es injusto. El nuevo parlamento que salga de las urnas debe revisar el texto‚ÄĚ. Dos mensajes claros que provocan desconfianza entre la poblaci√≥n no musulmana del pa√≠s y encienden todas las alarmas en el vecino estado jud√≠o.

De confirmarse la victoria de la hermandad, Egipto se sumar√≠a al camino abierto por T√ļnez y que pronto puede seguir Libia. Los tres pa√≠ses del norte de √Āfrica donde han triunfado los procesos revolucionarios est√°n ahora en pleno proceso de transformaci√≥n pol√≠tica hacia una especie de democracias isl√°micas dirigidas por la hermandad. ‚ÄúEl caso de Egipto es especial porque es aqu√≠ donde est√° la sede central, la madre de todo el movimiento. Compartimos idearios y hemos compartido durante a√Īos torturas, exilios forzados y clandestinidad. Cada pa√≠s es independiente, no se puede aplicar la misma forma de gobierno aqu√≠ o en T√ļnez, lo importante es responder a las necesidades de la poblaci√≥n‚ÄĚ, asegura Ghozlan que explica su √©xito en ‚Äúel conservadurismo de la poblaci√≥n en todo el mundo √°rabe, es muy complicado que Occidente trate de imponer su modelo porque aqu√≠ la mayor parte del pueblo vive en base a tradici√≥n y religi√≥n‚ÄĚ.

La nueva cara del mundo √°rabe ya se ha dejado notar tambi√©n en la Liga √Ārabe que despu√©s de toda una vida sin capacidad ejecutiva ha adoptado unas sanciones sin precedentes contra el r√©gimen sirio. ‚ÄúLas revoluciones han sacudido al antiguo pensamiento, ahora ya no tenemos que callarnos ante los cr√≠menes‚ÄĚ, piensa Ghozlan que muestra su solidaridad con los miembros de la hermandad activos en territorio sirio en estos momentos a los que el presidente Bashar Al Assad se√Īal√≥ como ‚Äúterroristas‚ÄĚ.

Los egipcios toman las pir√°mides

Datos del viaje: Recorrido por las pirámides de Saqqara y Giza / Duración: cuatro horas / Precio taxi: 240 libras (30 euros) / Entrada a Giza: 60 libras (7,5 euros) / Comida en barco flotante sobre el Nilo: 134 libras (16 euros)

“Est√° cerrado, no se puede pasar”. Un agente de la Polic√≠a de Turismo proh√≠be el paso a la pir√°mide escalonada de Saqqara. Abandonada y entre andamios, la soledad de esta tumba construida 3000 a√Īos antes de Cristo significa el vac√≠o absoluto en una zona pr√≥xima a El Cairo, veinte kil√≥metros, habitualmente atestada de turistas. Cafeter√≠as y tiendas de alfombras vieron a sus √ļltimos clientes el pasado 24 de enero. Con el estallido de la revoluci√≥n un mill√≥n de turistas abandonaron el pa√≠s y se llevaron con ellos las divisas que mueven gran parte de la econom√≠a egipcia. Seg√ļn los datos oficiales, el turismo emplea de forma directa a cuatro millones de egipcios y supone alrededor del diez por ciento del producto interior bruto. Cinco libras (0,60 euros) hacen cambiar de opini√≥n al agente que amablemente sube la barrera y permite el acceso hasta una posici√≥n desde la que se puede tomar una fotograf√≠a, “no siga m√°s adelante porque el Ej√©rcito est√° desplegado tras la pir√°mide”, advierte. De poco ha servido este despliegue ya que parece que los ladrones de tumbas han podido llevarse relieves de gran valor en los √ļltimos d√≠as.

Hacemos la foto de rigor y regresamos a El Cairo por una carretera estrecha paralela a un canal del Nilo repleto de basura. “Es la primera vez en mi vida que no veo un solo autob√ļs en esta ruta”, repite el taxista que conduce entre camellos, carros tirados por burros y furgonetas colectivas. Nos dirigimos a las pir√°mides de Giza, abiertas al p√ļblico esta semana. Seg√ļn nos vamos aproximando, las pir√°mides sobresalen soberbias entre los bloques de casas que llegan hasta las puertas del aut√©ntico icono del pa√≠s. El momento de placer visual dura poco porque un grupo de v√°ndalos comienza a golpear el taxi. Saber, ex combatiente de la guerra del Sina√≠ y ex boxeador, se contiene, pero les grita con furia y teme por el futuro de su Hyundai. M√°s y m√°s j√≥venes se cruzan en nuestro camino con palos y fustas, se suben al cap√≥ y gritan al conductor que pare inmediatamente. “¬°El extranjero para nosotros!”, “¬°tenemos que vivir!” gritan una y otra vez. La Polic√≠a de turismo observa el espect√°culo, pero no toma cartas en el asunto. Un ej√©rcito de camelleros en paro durante dos semanas trata ahora de recuperar el tiempo perdido.

“Sucios sicarios”, farfulla mi traductor que no olvida que fue esta misma gente la que irrumpi√≥ con sus animales en la plaza de Tahrir el pasado 4 de febrero para intentar echar a golpes a los manifestantes anti Mubarak. El parking de las pir√°mides, vac√≠o. Ni una persona en la ventanilla para comprar billetes y de los seis tornos de entrada, s√≥lo uno abierto. “S√≥lo egipcios, eres el primer extranjero del d√≠a”, dicen las se√Īoritas al control de la m√°quina de rayos que revisa las mochilas. Tampoco dura mucho la idea placentera de poder visitar las pir√°mides casi en solitario. No hay turistas, pero el n√ļmero de vendedores de recuerdos es el mismo de siempre y se abalanzan sobre la √ļnica presa del d√≠a rebajando los precios segundo a segundo. Conjunto de las tres pir√°mides y esfinge en piedra, “very fantastic mister”, por 5 libras (0,60 euros), lo mismo en pl√°stico por 2 (0,25 euros). Gatos de madera por 35 libras (4,3 euros), que en apenas cuatro pasos ya bajan a 10 (1,25 euros). Tras superar este primer filtro llega el turno de los camelleros.

Todo esto antes de poder respirar, mirar al frente y decir hola a la pir√°mide de Keops. En su base familias egipcias hacen picnic, “ahora las pir√°mides son nuestras y podemos venir toda la familia”, bromean al ver un extranjero. Me ofrecen Pepsi y me piden que me siente con ellos, a salvo de vendedores y camelleros, pero sigo hasta la pir√°mide de Kefr√©n, la que conserva algo de revestimiento original en su parte superior, mucho m√°s tranquila. Adel espera all√≠ tranquilo con su camello ‚ÄėMaradona’ a la sombra de miles de a√Īos de historia. “Me quiero hacer una foto con su camello”, le digo para romper el hielo. Suelto 10 libras (1,25 euros)¬† y el hombre pone en pie a Maradona que protesta por el esfuerzo. Nada de fotos, lo que quiero es que me cuente si fue a Tahrir a repartir palos o no. “El l√≠der del Partido Democr√°tico en Giza nos junt√≥ a todos y nos ofreci√≥ dinero y promesas de mejores condiciones de trabajo a cambio de ir a Tahrir, pero yo me negu√©”, asegura. Cuatro de sus compa√Īeros permanecen entre rejas por un ataque por el que el partido del r√©gimen pag√≥ entre 500 y 1000 libras (de 62 a 134 euros) a cada sicario. Adel dice no saber mucho m√°s as√≠ que le dejamos con su camello y ponemos rumbo a la esfinge, junto a la puerta de salida. Tan sola como el resto de monumentos.

La ma√Īana tur√≠stica concluye con una visita al Instituto de Papiros Mena y una comida sobre el Nilo en el Happy Dolphin, un restaurante flotante con capacidad para 1500 comensales en el que estamos 14. Cuatro de la tarde, hora de volver al hotel. En la recepci√≥n, restaurante y cafeter√≠a un ej√©rcito de j√≥venes me saluda y miran a la puerta como esperando ver entrar un grupo de turistas de un momento a otro. Pero no hay turistas. De momento solo los egipcios est√°n disfrutando de su nueva era.

Viaje a la cuna de la revolución egipcia

Datos: Viaje en el tren ‚Äėespa√Īol’ / Duraci√≥n: 2 horas y 20 minutos / Precio: 100 Libras Egipcias (LE) ida y vuelta en primera clase (12 euros)

Cualquier viaje en tren en Egipto empieza 24 horas antes. Hay que acercarse a la estaci√≥n Rams√©s del centro de la capital, si se usa el metro la parada se llama ‚ÄėMubarak’, y comprar los billetes con adelanto porque los trenes van llenos, especialmente ‚Äėel espa√Īol’ que cubre la l√≠nea que une El Cairo y Alejandr√≠a. Caminamos sobre tablas de madera y rodeados de andamios para acercarnos al vag√≥n n√ļmero uno en medio de una estaci√≥n que tras m√°s de cien a√Īos de servicio se encuentra en pleno proceso de reformas. El asiento es el 38, ventana. La imagen interior no tiene nada que ver con el coche azul marino mugriento, sucio y dejado que se ve desde fuera. Decorados en tonos azules y con el logotipo de la compa√Ī√≠a nacional de ferrocarriles en las cortinas de las ventanas, los asientos son los de un avi√≥n en busines class de los a√Īos setenta.

“Le llaman ‚Äėel espa√Īol’ por el dise√Īo interior, nada m√°s. Hay otro que es el franc√©s porque sigue m√°s la l√≠nea de los trenes de ese pa√≠s”, responde el revisor que pasa pidiendo billetes a los pocos minutos de partir. Salimos puntuales, las nueve de la ma√Īana. Un tren largu√≠simo se despereza entre casas de adobe y ladrillo rojo que amenazan con caer sobre las v√≠as. Tambi√©n se ven algunos ‚Äėbloques’, esos rect√°ngulos de cemento horribles de cuatro alturas con peque√Īas ventanas en los que miles de personas viven como abejas. Tras veinte minutos a marcha reducida abandonamos la capital para adentrarnos en zona agr√≠cola. Amr y Mohamed, como el resto de pasajeros, devoran peri√≥dicos. Apenas se ven ejemplares de la antigua cabecera oficial del r√©gimen, ‚ÄėAhram’, la gente lee ahora ‚ÄėShrouk’ y ‚ÄėAl Masry Al Youm’, los dos altavoces de la oposici√≥n durante los √ļltimos a√Īos que desde el primer d√≠a informaron al detalle sobre las revueltas en Tahrir y el resto del pa√≠s. “La noticia del d√≠a son los esc√°ndalos econ√≥micos de la gente del partido (en relaci√≥n al Partido Nacional Democr√°tico dirigido por Mubarak), creo que muchos van a pasar por la Justicia. El patrimonio de los dirigentes era tab√ļ hasta ahora”, piensa Amr, fiscal del estado que viaja a Alejandr√≠a a pasar el d√≠a y visitar el lugar donde empez√≥ todo.

A las 9 horas y 42 minutos llega el servicio de t√©, caf√© y refrescos. Un camarero impecable pasea su carrito por el pasillo y sirve las bebidas. A diferencia de las compa√Ī√≠as a√©reas de bajo coste europeas en las que casi te obligan a pagar antes de pedir, aqu√≠ primero se consume y despu√©s de un buen rato el hombre pasa de nuevo a cobrar. El tren camina con suavidad sobre los ra√≠les a una velocidad que permite admirar el paisaje. Mujeres y ni√Īos limpian cacharros de cocina en el Nilo y las madres, de paso, dan un buen remojo a los peque√Īos. El agua parece fr√≠a, pero los ni√Īos no rechistan. Al pasajero de la fila 36 no le interesa porque va enfrascado en su iPad leyendo una columna de opini√≥n cuya tesis es “como los musulmanes vamos a la Meca para el hajj, a partir de ahora iremos a Tahrir cuando queramos libertad”.

A las 11.24 el tren llega a su destino. Llegamos a la ciudad en la que los taxis son de la marca rusa Lada y est√°n pintados de negro y amarillo. El primero nos lleva hasta el barrio Cleopatra, en pleno malec√≥n. El conductor asegura que se trata de un Lada 2107 comprado hace cuatro a√Īos, pero parece que tiene cuarenta y es que los rusos no han variado apenas el dise√Īo en d√©cadas. Diez minutos despu√©s estamos en el n√ļmero 47 de la calle Yubaset, la casa del primer m√°rtir de la revoluci√≥n, Khaled Said.

La muerte de este joven de 28 a√Īos el pasado 6 de junio a manos de la Polic√≠a fue el germen de unas protestas que explotaron finalmente el 25 de enero y acabaron con la dimisi√≥n de Mubarak 18 d√≠as despu√©s. Su madre acaba de llegar de El Cairo y no tiene fuerzas para hablar. Vamos hasta el cibercaf√© SpaceNet en el que estaba Khaled cuando los agentes le detuvieron. Hasan Mesbah, due√Īo del local y padre del yudoca del mismo nombre que gan√≥ la medalla de bronce en los juegos de Pek√≠n, le recuerda como “un buen chico, introvertido y apasionado de los chats y la m√ļsica. √öltimamente ven√≠a menos por aqu√≠ porque hab√≠a puesto internet en casa, pero de vez en cuando segu√≠a visit√°ndonos”.

Narra con detalle cómo a pocos metros de donde estamos sentados los dos agentes golpearon varias veces su cabeza contra la pared. Luego lo llevaron al portal de al lado, junto a la peluquería, y lo remataron. Minutos después arrojaron su cuerpo muerto a la calle. Su muerte fue llevada inmediatamente a Internet a través del grupo de Facebook Kullum Khaled Said, Todos somos Khaled Said, y despertó el sentimiento de los egipcios de la necesidad de luchar contra la impunidad y la injusticia.

Con el relato del asesinato de Khaled -mejor no consultar las im√°genes de su cuerpo muerto tras el linchamiento colgadas en la red- en nuestras mentes cogemos un nuevo Lada hasta la mezquita de Khad Ibrahim (10 libras, incluida una breve parada en la biblioteca que est√° de camino, 1,2 euros). La plaza frente al templo fue el equivalente a Tahrir en la segunda ciudad del pa√≠s. Vendedores de banderas nacionales estrat√©gicamente situados comparten acera con grupos de j√≥venes voluntarios que, como en El Cairo, limpian la calle, pintan bordillos y plantan √°rboles para devolver al lugar su aspecto original. “Hemos ganado y ya podemos decir que la revoluci√≥n ha terminado, es hora de trabajar a favor de la nueva era”, se√Īala en un perfecto ingl√©s Mohamed, estudiante de ingenier√≠a de 21 a√Īos. Como en la capital, la uni√≥n entre estos j√≥venes preparados y unidos por Facebook y Twitter con las clases m√°s desfavorecidas ha formado una mezcla letal para el r√©gimen en Alejandr√≠a.

√öltimo Lada para llegar al restaurante de pescado Shaban. Vac√≠o. Gunim nos sirve ‚Äėburi’ a la parrilla (40 libras el kilo, 5 euros) y ‚Äėdenis’ frito (40 libras el kilo) acompa√Īados de gambas (90 libras el kilo, 11 euros). Todo regado con Seven Up y t√©. Comemos en total por 60 libras cada uno (7,5 euros al cambio) y en el cuarto Lada del d√≠a volamos hacia la estaci√≥n para regresar a El Cairo. ‚ÄėEl espa√Īol’ espera en la v√≠a a los pasajeros. A las cinco en punto suena la campana del and√©n e iniciamos el camino de vuelta. Adi√≥s Khaled Said, adi√≥s Alejandr√≠a. El nuevo Egipto os debe mucho.

Manual iraní para revueltas

Al Jazeera y otros canales √°rabes emitiendo 24 horas en directo. Cientos de periodistas de todo el mundo entrando al pa√≠s cada d√≠a para enviar noticias sobre las protestas. Llegas al aeropuerto de El Cairo, te estampan la visa por quince d√≥lares y a trabajar. Ni permiso de prensa, ni traductores oficiales ni gaitas. Un cachondeo, se√Īores. Egipto, como T√ļnez, no ha estado a la altura de la que se ha montado. Han perdido la guerra de la informaci√≥n desde el primer d√≠a y al final ya se han visto los resultados.

La rep√ļblica isl√°mica se vio en apuros tras las elecciones presidenciales de 2009. Muchos enviados especiales est√°bamos all√≠ cubriendo los comicios y nos encontramos con el postre de las mayores revueltas de la historia del r√©gimen. Pero el trabajo nos dur√≥ poco. Estas fueron algunas de las pautas que emple√≥ Ir√°n y que cualquier r√©gimen que se precie debe seguir para que no le pase lo de Egipto y T√ļnez:

1-Declarar ilegales las protestas y prohibir su cobertura.

2-Prohibir la entrada de más periodistas en el país.

3-No renovar los visados a los enviados especiales que se encuentren en el país.

4-Reducir la velocidad de Internet al m√°ximo -o cortar el servicio directamente- y filtrar las principales redes sociales.

5-Cortar el servicio de telefonía móvil: voz y mensajes.

El problema es que esto silencia, pero no fulmina. Como volvemos a ver en Ir√°n, aunque no se pueda trabajar sobre las ‚Äėprotestas ilegales’, el descontento sigue existiendo y con el paso del tiempo ir√° creciendo m√°s y m√°s hasta volver a explotar. El pulso de la calle est√° claro, es cuesti√≥n de tiempo. Pero Ir√°n no cambiar√° en 18 d√≠as como Egipto.

En casa de Mubarak

Datos del viaje: dos horas y media en taxi desde El Cairo / Precio: 280 libras egipcias (35 euros al cambio)

La provincia de Minufiya es patria de presidentes. All√≠ nacieron Anuar El Sadat y Hosni Mubarak. Salimos de El Cairo en direcci√≥n a Kfar-El Meselha para visitar el pueblo del √ļltimo rais. Enfilamos por la carretera nacional y tras salir de la capital comienza el rosario de peque√Īos pueblos agr√≠colas del Delta del Nilo. Una carretera infernal que se abre paso entre casas de ladrillo y adobe. A derecha e izquierda campos de trigo y patata. Siguiendo en paralelo el curso del Nilo entramos en Bagur bajo un gran arco con la foto del ex presidente Mubarak d√°ndonos la bienvenida. A su lado el cacique local, Kamal Al Shazli, mano derecha del rais y dirigente destacado del partido del r√©gimen fallecido en noviembre del pasado a√Īo. En cada rotonda el rostro de Mubarak sigue presidiendo el tr√°fico rodado. Aqu√≠ nada parece haber cambiado.

A la salida de Bagur recogemos a un vecino que espera el autob√ļs hacia Kfar-El Meselha. Se llama Abda Raboli y trabaja en el campo, como la mayor parte de hombres y mujeres en la provincia de Minufiya. “Desde que empez√≥ la revoluci√≥n la gente se ha vuelto loca y aprovecha el caos administrativo para construir sin permisos, nos vamos a quedar sin superficie de cultivo”, lamenta antes de asegurar que “no soy un seguidor de Mubarak, pero me da pena la forma que han tenido de echarle. Se merec√≠a una salida m√°s digna”.

Tras cruzar el Nilo entramos en las calles sin asfaltar de la aldea natal del rais. Abda nos acompa√Īa hasta la escuela de educaci√≥n primaria donde curs√≥ sus primeros estudios. El centro parece parado en los a√Īos treinta y los pupitres son los mismos que ocup√≥ el entonces joven Hosni. “Tenemos 250 alumnos, pero desde hace dos semanas no hay clase, esperamos empezar la pr√≥xima semana”, confiesa la directora mientras nos sirve t√© y discute con otras profesoras la salida del poder de Mubarak. Una foto del ex presidente con 52 a√Īos preside el aula. “No la vamos a quitar hasta que lo ordene el ministro de Educaci√≥n”, responden al un√≠sono las maestras que tienen sensaciones contradictorias. “Era la √ļnica soluci√≥n posible porque si hubiera seguido algo terrible les pod√≠a haber pasado a los miles de j√≥venes de Tahrir”, piensa una de ellas. “Pero no son formas, este hombre ha dado los √ļltimos sesenta a√Īos de su vida al pa√≠s¬∑, reflexiona otra compa√Īera.

Sin acabar el t√© suena el tel√©fono y la directora anuncia que en breve llegar√° alguien de seguridad y que le han advertido por tel√©fono que no podemos tomar fotos ni grabar im√°genes. El agente se persona inmediatamente y tras pedir las acreditaciones nos informa que necesitamos una serie interminable de permisos para seguir con la entrevista. “No han cambiado el chip, es la misma forma de pensar que durante el r√©gimen y la gente sigue llamando a la Polic√≠a si ve un extranjero, piensan que todos sois esp√≠as de Israel”, lamenta mi traductor.

Dejamos la escuela y en apenas dos minutos caminando entre el polvo llegamos al n√ļmero tres de la calle Abdulaziz Basha Fahmi, la casa de los abuelos del rais. “El naci√≥ en un establo que estaba frente a la casa. Ten√≠a una dependencia para animales y otra para la familia”, asegura un anciano mientras se√Īala a un edificio de tres plantas que ocupa el lugar del antiguo establo. En la casa de la familia Mubarak vive desde hace dos d√©cadas la familia Bekir, que paga un alquiler de quinientas libras al mes, 62 euros al cambio. Tienen miedo de hablar con la prensa. Hussein Omar, residente en el n√ļmero cuatro de la misma calle, s√≠ quiere contar que “nac√≠ aqu√≠ hace 45 a√Īos y juro que desde el a√Īo 1973 Mubarak nunca ha vuelto a pisar este pueblo. No disfrutamos de un trato especial porque hubiera nacido aqu√≠, todo lo contrario porque aqu√≠ nos faltan los servicios m√≠nimos”, se queja amargamente.

La multitud se agolpa a las puertas de la casa de Hussein. Aquí no es habitual ver extranjeros. En Kfar-El Meselha no sienten una especial atracción por su ilustre vecino, pero tampoco echaron cohetes con su salida. Es el sentir general en el gran Egipto rural y conservador, otro mundo paralelo al caos urbanita.

La caída de mi Mubarak

Fue lo primero que hice cuando volví al hotel. Me acerqué a la recepción y miré a la parte izquierda del mostrador. Allí estaba. Con su media sonrisa, el pelo impecable y con esa luz en la parte superior que le daba un aire barroco. Habían pasado cinco horas del anuncio de su dimisión, pero Hosni permanecía en las paredes. Daba la impresión que la gente no terminaba de creerse lo que había pasado, que aun había miedo a que todo fuera un bulo más de los que habitualmente retransmitía la televisión egipcia, un montaje de ida y vuelta para probar la lealtad del pueblo.

Por la ma√Īana no he tardado un minuto en rendirle visita. Ya no estaba. Lo √ļnico que queda de Hosni es la diferencia de tonos en la pared. Se dibuja perfectamente el contorno del enorme rect√°ngulo que ocupaba la foto del rais, ahora blanco inmaculado frente al tono amarillento del resto de la pared.

No viv√≠ la ca√≠da de Sad√°m. Mientras su estatua ca√≠a yo hac√≠a diagramaci√≥n en mi mesa de El Diario Vasco y me mor√≠a de envidia. Pude informar de la ca√≠da de Musharraf en primera persona, llegu√© a T√ļnez dos d√≠as despu√©s de la salida de Ben Ali y estos d√≠as he llorado de emoci√≥n junto a mi traductor y gu√≠a espiritual, Mustaf√°, la ca√≠da de Mubarak. Me he dado cuenta de que no hay formato period√≠stico que pueda de verdad reflejar lo que esto supone. O quiz√°s me falte arte. O quiz√°s es que estas cosas es mejor qued√°rselas para uno mismo. Estaba a punto de empezar a comer el jueves en un callej√≥n pr√≥ximo a Tahrir cuando el vicepresidente Suleyman apareci√≥ en pantalla y anunci√≥ la ca√≠da del r√©gimen. El grito de Al√° Akbar que sali√≥ de la boca, los ojos y el est√≥mago de Mustaf√° es irrepetible. Jam√°s mis o√≠dos hab√≠an percibido este tipo de alarido, un grito de dolor y placer, un impacto directo en mi cara de ‚Äėperiodista de conflictos’ que paga su hipoteca gracias a las desgracias de esta gente que ha sufrido la mitad de su vida.

Entr√© en radios, hice directos para televisi√≥n, grab√© el momento para hacer un v√≠deo -y ¬†mi c√°mara sali√≥ seriamente da√Īada, quiz√°s m√°s acostumbrada a las desgracias que a las alegr√≠as-, escrib√≠ una cr√≥nica para el peri√≥dico desde la mism√≠sima plaza a la luz de una farola… ahora lo repaso todo y me doy cuenta de que el trabajo no refleja ni una m√≠nima parte de todo lo que me pas√≥ por el coraz√≥n en esos momentos.

“¬ŅD√≥nde hab√©is dejado el retrato?” He preguntado al tipo de la recepci√≥n. “No lo s√©, cuando he llegado ya no estaba”, me ha respondido antes de perderse en el fondo del mostrador. Ma√Īana voy a ver si alguien me explica el paradero de esos ojos que durante treinta a√Īos han sido una especie de Gran Hermano que todo lo controlaba en esta recepci√≥n.