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SIRIA. Annan y la vía iraní

Lleg√≥, vio y se larg√≥. Los cinco meses de Kofi Annan como enviado de las Naciones Unidas y la Liga √Ārabe constatan el fracaso de la v√≠a diplom√°tica para resolver la crisis siria. Ya no queda espacio para la paz en un clima militarizado donde todos quieren arreglar el contencioso por la fuerza. Mientras todo el mundo aplaud√≠a el plan de seis puntos presentados por el diplom√°tico africano, sobre el terreno ocurr√≠a todo lo contrario. Al Assad recib√≠a a Annan en su palacio para alabar las virtudes de su estrategia, de all√≠ viajaba a Mosc√ļ y Pek√≠n donde corroboraban el buen rollito, algo compartido en Washington y Par√≠s. Loas est√©riles que no se cre√≠a nadie. ‚ÄúEstamos en Siria porque a alguien hay que echarle la culpa del fracaso‚ÄĚ, me confesaba un funcionario de la ONU pocos d√≠as antes de la reducci√≥n a la mitad la presencia de los cascos azules y de la despedida de Annan, una gran verdad.

Un vehículo de la ONU en Siria. Foto: Mikel Ayestarán

Un vehículo de la ONU en Siria. Foto: Mikel Ayestarán

Annan habl√≥ de alto el fuego, pero cuando vio que era imposible centr√≥ sus esfuerzos en Ir√°n. La rep√ļblica isl√°mica es el √ļnico puente para llegar a los despachos de Mosc√ļ y Pek√≠n que hacen de escudo diplom√°tico al r√©gimen de Al Assad. Un escudo que tumba cualquier resoluci√≥n del Consejo de Seguridad y que obliga a sus socios permanentes a burlar los planes de paz para armar a la oposici√≥n. Porque si es cierto que Al Assad no ha retirado sus tanques y sus hombres han seguido con el uso sistem√°tico de la violencia pese al plan de Annan, tambi√©n lo es que Occidente y la Liga √Ārabe hablaban de paz con la boca peque√Īa mientras apostaban por la militarizaci√≥n de la oposici√≥n como √ļnica v√≠a para derrocar al r√©gimen. Como ocurriera en Irak tras la invasi√≥n de Estados Unidos, tambi√©n en Siria el papel de Ir√°n es fundamental, pero en este caso americanos y pa√≠ses del Golfo prefieren no invitarle a la mesa de negociaci√≥n para no correr el riesgo de obtener un resultado como el iraqu√≠, con un r√©gimen post Sadam pr√≥ximo a los ayatol√°s. Pero como entonces, aqu√≠ no hay soluci√≥n sin Teher√°n como Annan vio claramente, pero nadie le hizo caso.

En medio de esta hipocresía que algunos llaman diplomacia el Premio Nobel de la Paz 2001 ha chapoteado durante cinco meses hasta poner el punto final. Ahora la ONU busca sustituto porque a alguien hay que seguir echando la culpa de esta crisis cuyo presente es sangriento y su futuro toda una amenaza para los supervivientes sirios y toda la región. Occidente vuelve a caer en los errores del pasado y se ha metido en un fregado sin una estrategia clara para el día después, un día que cada vez parece más próximo.

La impotencia de Karzai

KABUL. Las im√°genes de los soldados orinando sobre cad√°veres, las fotograf√≠as con s√≠mbolos nazis, la quema del Cor√°n, la matanza de Kandahar‚Ķ Todo en los primeros tres meses de 2012 ¬ŅQu√© ser√° lo siguiente? Es la pregunta que se hacen los afganos de a pie que en el transcurso de los √ļltimos once a√Īos han pasado de la esperanza de la llegada de la comunidad internacional a la desesperanza por un presente gris y un futuro negro. Hamid Karzai no quiere nuevos esc√°ndalos y por eso pidi√≥ al secretario de Defensa estadounidense, Leon Panetta, la salida de las fuerzas de combate de las zonas rurales.

Hasta el ‚Äėcomunista‚Äô Najibul√° es m√°s popular que Karzai entre los suyos.

Hasta el ‚Äėcomunista‚Äô Najibul√° es m√°s popular que Karzai entre los suyos.

La petici√≥n del presidente es un mensaje a las familias de los 16 civiles asesinados el pasado domingo en un distrito de Kandahar a manos de un militar estadounidense. Est√° previsto que en las pr√≥ximas horas las v√≠ctimas lleguen a Kabul para recibir el p√©same del presidente en primera persona. Han tenido que desplazarse hasta su palacio, hasta su b√ļnker, el √ļnico lugar en el que sigue mandando un Karzai en plena cuenta atr√°s para el final del mandato y que, pese a todo el apoyo del mundo, no se ha ganado el respeto de los suyos, algo esencial en un pa√≠s como Afganist√°n.

A efectos pr√°cticos la petici√≥n de la salida de tropas de los n√ļcleos rurales no supone un gran cambio porque la segunda fase de la transferencia de seguridad est√° muy avanzada y en mayo entrar√° en vigor la tercera y definitiva. 33.000 soldados de Estados Unidos ya est√°n rumbo a casa, el resto de fuerzas de la coalici√≥n han empezado a replegarse de posiciones de combate avanzadas ‚ÄďEspa√Īa, por ejemplo, ya ha comenzado el repliegue del puesto de combate Hern√°n Cort√©s, del valle de Darrh i Bum- y sus lugares est√°n siendo ocupados por las fuerzas de seguridad locales cuyo entrenamiento se ha intensificado desde la Cumbre de Lisboa de 2010 en la que se fij√≥ 2014 como fecha para el fin de la misi√≥n.

Cadenas, pan y agua

Hay que salir de Kabul a primera hora para poder regresar antes del anochecer. El camino a Jalalabad, 150 kilómetros al sureste de la capital, es el mismo que va a Pakistán y constituye la principal ruta de abastecimiento de las fuerzas de la OTAN. Por lo tanto es objetivo de los grupos insurgentes que tienen el control de las zonas rurales de Afganistán.

El fotoperiodista Diego Ibarra (Zaragoza, 1982) prepara sus c√°maras e inicia el camino hacia el santuario Al√≠ Baba Mia, un viaje directo a un lugar donde poder retratar sin filtros algunas de las consecuencias ocultas de tres d√©cadas de conflicto en el pa√≠s asi√°tico. El lugar se encuentra m√°s all√° de Jalalabad, se trata de un peque√Īo complejo formado por el santuario donde descansan los restos del santo suf√≠, un cementerio y una decena de celdas donde enfermos mentales y drogadictos buscan la curaci√≥n.

Las familias llevan a los suyos guiados por la fe en la figura de Ali Baba Mia. El milagro de la sanación pasa por un tratamiento de choque en los que los pacientes pasan cuarenta días encadenados a la pared a base de pan y agua, una terapia que busca limpiar cuerpos y mentes de todo mal.
Mental illnes in Afghanistan: the invisible consequences of war

“Es un lugar que da miedo, miserable y donde los enfermos sobreviven en condiciones dur√≠simas“, recuerda Diego que ha visitado el santuario en dos ocasiones como parte de un amplio proyecto sobre centros psiqui√°tricos que desarrolla en Afganist√°n y Pakist√°n para mostrar las huellas menos visibles de los conflictos en la regi√≥n. “El impacto es brutal, pero la prisa apremia porque hay que trabajar con rapidez antes de que se difunda en el √°rea la noticia sobre la presencia de un extranjero, todo un caramelo para los insurgentes”, apunta el fotoperiodista aragon√©s. Esa brutalidad se plasma en las fotograf√≠as en blanco y negro de Diego donde el grito de los enfermos traspasa el papel y golpea los o√≠dos de quienes las observan. Una bofetada a los sentidos, un cubo de agua helada sobre una opini√≥n p√ļblica cansada de la guerra de Afganist√°n y que se refugia en las estad√≠sticas de ej√©rcitos y ministerios que maquillan con n√ļmeros el fracaso de la intervenci√≥n internacional.

Muertos en vida, encadenados a las paredes de sus celdas a la espera de que les llegue la hora de dejar este mundo, abandonar un Afganist√°n donde solo sobreviven los m√°s fuertes. Tres d√©cadas de conflicto han dejado en el pa√≠s asi√°tico m√°s de dos millones de enfermos mentales graves, seg√ļn la Organizaci√≥n Mundial de la Salud (OMS). El sistema de salud p√ļblico no es capaz de atender el problema y los cinco centros psiqui√°tricos que se reparten en Herat, Kabul, Mazar-e-Sharif y Jalalabad (dos) se han convertido en lugares donde los enfermos se limitan a esperar la llegada de la muerte. Sin medicinas ni tratamientos que les abran la puerta a una posible recuperaci√≥n los familiares s√≥lo conf√≠an en que un milagro salve a los suyos.

“En el vecino Pakist√°n muchos centros comparten la misma filosof√≠a y los ciudadanos piensan que los suyos sanar√°n s√≥lo cuando se rompan las cadenas que les atan a la pared“, recuerda Diego, residente en Islamabad, que espera terminar con este proyecto en los pr√≥ximos meses. Tiene que darse prisa debido a la inestabilidad creciente en la zona y a que este tipo de centros creados bajo la filosof√≠a suf√≠ no son del agrado de las autoridades. Kabul apenas dedica atenci√≥n a estos santuarios por lo que se ven obligados a sobrevivir de las discretas donaciones que pueden realizar las familias con cada ingreso. Al final de los cuarenta d√≠as el enfermo vuelve a la calle y con √©l regresan los fantasmas que dominan sus mentes y corazones a quienes la violencia ha arrancado cualquier signo de normalidad.

La conexión libia del 11-M

El culebr√≥n Belhadj, ex emir del Grupo de Combatientes Isl√°mico Libio, sigue ocupando gran parte de mi tiempo en Libia. Por un lado me da pena porque me impide centrarme en esa transformaci√≥n que vive el pa√≠s y que d√≠a a d√≠a va profundizando en el proceso de desgadafizaci√≥n. Por otro lado, es muy interesante profundizar en las cloacas de esa guerra contra el terror lanzada tras el 11-S y que en su √ļltimo cap√≠tulo ha llegado hasta los atentados de Madrid del 11-M. No es la primera vez que me siento frente a un hombre como Belhadj, en Derna (este de Libia) tambi√©n tuve la oportunidad de encontrarme con ex yihadistas en febrero, en Yemen son legi√≥n y en Irak o Pakist√°n uno puede entrevistarse tambi√©n con ellos sin excesivos problemas, pero Belhadj no es un ex yihadista man. Alcanz√≥ el grado de emir y uno siente esa mezcla de respeto y fervor de todos los que le rodean.
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Apenas puede abrir los ojos porque pas√≥ seis a√Īos en una celda de aislamiento en Abu Salim con una venda en los ojos. Denuncia torturas por parte de la CIA y el r√©gimen libio y es el l√≠der indiscutible de los rebeldes en el campo de batalla. Encabez√≥ la toma de Bab Al Aziziya y ahora es la persona clave en la b√ļsqueda y captura de Gadafi, as√≠ que no se trata de uno m√°s de los miles de yihadistas que viajaron a Afganist√°n, es una autoridad religiosa y moral entre los suyos y eso se nota.

Tras una primera entrevista el pasado viernes ayer volv√≠ a llamarle para hacerle unas preguntas sobre su presunta vinculaci√≥n con el 11-M que desvel√≥ un informe policial al que tuvo acceso El Confidencial Digital. Pese a estar en plena revoluci√≥n, con Bani Walid a punto de caer y con la pista de Gadafi cada vez m√°s clara, Belhadj quiso hacer un par√©ntesis para aclarar que no tuvo nada que ver con el 11-M y que as√≠ se los explic√≥ a los agentes de la inteligencia espa√Īola que se desplazaron a Tr√≠poli para interrogarle tras la masacre.

Belhadj habló claro, pero no quiso entrar en detalles. Esta revolución es su nueva yihad y no está dispuesto a que el pasado se mezcle con el éxito presente.

La guerra de las pickup

El Ej√©rcito rebelde se mueve gracias a las furgonetas pickup que Muamar Gadafi guardaba con celo en el puerto de Bengasi para entregarlas como regalo de cumplea√Īos a aquellos libios nacidos el 1 de septiembre, aniversario de su llegada al poder. Una excentricidad m√°s de la larga lista de caprichos de un l√≠der que intentaba ganarse el favor de los ciudadanos a base de promesas. M√°s de cuatro mil veh√≠culos de color blanco cayeron en manos de la revoluci√≥n tras el 17 de febrero y ahora forman la aut√©ntica caballer√≠a de unas fuerzas que han adaptado los coches a las necesidades de la guerra. Yaser Abdulaziz naci√≥ el 9 de septiembre de 1977, as√≠ que por ocho d√≠as no estaba entre los afortunados a los que les correspond√≠a una pickup, sin embargo la revuelta hizo que cayera en sus manos un ‚ÄėGrand Hiland Delux’, modelo de este veh√≠culo de fabricaci√≥n china cuya marca nadie conoce y que responde al nombre de Zhongxing. Desde entonces conduce “al servicio de la guerra, en cuanto todo termine lo devolver√© a las autoridades revolucionarias para que hagan lo que estimen oportuno”. Como el resto de conductores, Yaser no tiene llaves y ha puenteado el arranque, tambi√©n ha camuflado el coche echando aceite sobre la chapa para que la arena del desierto se le pegue “y as√≠ somos invisibles ante los ojos del enemigo”. El √ļltimo toque rebelde consiste en hacer pintadas a ambos lados del veh√≠culo para distinguirse como “defensores de la revoluci√≥n del 17”.

Yaser lleva la parte trasera cargada de bidones de gasolina, comida y colchones de espuma, pero su aut√©ntico objeto de deseo es una metralleta para la que ya ha preparado una estructura met√°lica que ha soldado en la batea, “en cuanto tenga la oportunidad coloco el arma y me voy a la primera l√≠nea”, asegura este miliciano al que las nuevas reglas de combate, que impiden el acceso al frente a aquellos que no dispongan de armamento de gran alcance, le obligan a permanecer en retaguardia. Antes de este intento de poner orden en las filas rebeldes s√≠ lleg√≥ a estar cara a cara con los hombres de Gadafi y pudo comprobar la potencia del motor al que puso “a 190 kil√≥metros por hora para huir de la lluvia de cohetes“.

Con la gasolina casi regalada, a nadie le preocupa el consumo. Pero los rebeldes se quejan de los problemas mec√°nicos que empiezan a sufrir los veh√≠culos chinos tras cinco semanas en el desierto. “No tienen nada que ver con las ‚ÄėFox’ (zorro, nombre que dan los libios a la m√≠tica pickup de la marca Toyota que emplearon los talibanes en la toma de Kabul en los noventa y que aqu√≠ se usa en el desierto), son mucho m√°s fr√°giles y tenemos problemas con los radiadores”, lamentan algunos rebeldes que tienen que detenerse en la cuneta cada cierto tiempo para echar jab√≥n en los radiadores y as√≠ hacer que la arena se pegue en la parte frontal.

Un argentino entre los rebeldes

23 a√Īos, gorra y camisa verde oliva y una chapa con la foto de Ernesto Guevara al cuello. Jos√© Piaggesi est√° a miles de kil√≥metros de su San Rafael natal y ha recorrido esta distancia para estar en la primera fila de la revoluci√≥n libia contra Muamar Gadafi. Tras su paso por Palestina (6 meses), decidi√≥ acudir al pa√≠s norteafricano como voluntario y vive empotrado con las unidades rebeldes ayudando a evacuar heridos y muertos de la primera l√≠nea de combate. Sobre el cuello le cuelga una acreditaci√≥n de prensa a nombre de la Universidad Nacional de C√≥rdoba (UNC), para cuyo peri√≥dico quincenal env√≠a colaboraciones. “No soy periodista, pero voy anotando todo lo que vivo en mi diario”, confiesa este profesor de secundaria al que no le ha temblado el pulso para “coger un fusil y disparar al enemigo cuando ha hecho falta”.

Lleg√≥ hace m√°s de diez d√≠as a la guerra y lo que m√°s le ha sorprendido es “la felicidad con la que afrontan la contienda y la vida los libios, pese a los 42 a√Īos de dictadura sobre sus cabezas. Esto me hace pensar que la felicidad est√° muy despegada de lo material”. En un casco que se encontr√≥ hace unos d√≠as escribi√≥ la palabra ‚Äėpress’, se entiende con sus compa√Īeros gracias al √°rabe aprendido en Palestina y tiene fuerzas para seguir en el frente.

País rico, gente pobre

“Por favor, ponga en el pie de foto: el pa√≠s m√°s rico del mundo, donde vive la gente m√°s pobre“. El vendedor ambulante de tabaco posa ante la c√°mara mientras su ayudante saca las cajetillas del cart√≥n para ponerlas a la venta. La econom√≠a de guerra ha duplicado el precio del Marlboro egipcio (ahora a 6 dinares, unos 3 euros al cambio) y muchas de las marcas locales se han agotado. Los fumadores pasan momentos dif√≠ciles ya que es en estas situaciones de nerviosismo es cuando m√°s nicotina demanda el cerebro. Menos mal que hace tiempo me quit√© del vicio.

Bengasi no recupera la normalidad. Anuncios en las vallas publicitarias piden a los comerciantes que vuelvan a la actividad habitual, pero aquí nadie se fía. El espíritu revolucionario es incapaz de hacer frente a las fuerzas terrestres de Gadafi y todos miran al cielo esperando el misil liberador que doblegue la resistencia gadafista.

El caos militar es trasladable a la nueva vida pol√≠tica -donde anuncian la formaci√≥n de un gobierno y lo desmienten en menos de cuatro horas- y a cualquier actividad cotidiana. S√≥lo los caf√©s se mantienen ajenos al desmadre general y all√≠ se sigue sirviendo con mimo cada macciato, cada capuchino. Los tel√©fonos llevan cortados desde hace una semana. La compa√Ī√≠a Al Madar del todo, y Libyana opera de forma aleatoria para desesperaci√≥n de unos usuarios que tienen que marcar y marcar a la espera de que entren sus llamadas. Imposible llamar o recibir llamadas del exterior, as√≠ que el sat√©lite es la √ļnica opci√≥n para estar en contacto con el mundo exterior.

La épica de la II Guerra Mundial contempla a los rebeldes

Datos del viaje: Coche alquilado (20 dinares día, 10 euros al cambio), Comida: Arroz con alubias y pollo (40 dinares, 4 personas 20 euros). Duración 3 horas. Hotel: Al Masira (90 dinares noche, 45 euros al cambio)

TOBRUK. Jud√≠os, musulmanes y cristianos descansan juntos en los cuatro cementerios de la II Guerra Mundial que se encuentran a las afueras de Tobruk, que dista 150 kil√≥metros de la frontera con Egipto. No hay que alejarse demasiado, basta con tomar direcci√≥n al puesto fronterizo y mirar a los lados para divisar las miles de l√°pidas perfectamente ordenadas de los cementerios de Acroma, Commonwealth, franc√©s¬† y alem√°n. “Esto lo paga la Embajada francesa y cada a√Īo muchas personas realizan una visita el d√≠a 11 de noviembre”, confiesa un ni√Īo asomado a la puerta de la casa del portero del camposanto donde descansan m√°s de 300 franceses ca√≠dos en la batalla de Bin Hakim en la primavera de 1942. Su madre quiere hablar y dar explicaciones, pero al faltar su marido no puede atender a los reci√©n llegados. Las visitas anuales rinden tributo a los miles de soldados que perdieron la vida en esta ciudad (los restos que no fueron identificados descansan bajo l√°pidas de m√°rmol en las que se lee ‚Äėconocido por Dios’), uno de los puntos estrat√©gicos por el que m√°s duro combatieron alemanes e italianos contra las fuerzas aliadas.

Aunque Libia est√° en guerra, s√≥lo la presencia de un pu√Īado de milicianos armados en los cruces de carretera recuerda que a 380 kil√≥metros las fuerzas de Gadafi bombardean Ajdabiya, la ciudad que tiene la llave de la conquista del este del pa√≠s, la conocida como ‚ÄėLibia liberada’. “No hay problema, todo est√° seguro y no se atrever√°n a acercarse, este es un lugar de luchadores y saben que les recibiremos peleando”, aseguran los guerrilleros que vigilan la estrat√©gica carretera que va al sur a trav√©s del desierto. Una recta interminable que desemboca en la actual primera l√≠nea de combate. No parecen un rival temible para los aviones del r√©gimen que en pocos minutos podr√≠an sobrevolar Tobruk. Los vigilantes del b√ļnker del general Erwin Rommel, mando supremo del Afrika Corps y el m√°s c√©lebre mariscal de campo del Fuhrer, ¬†lo saben “pero no pensamos escondernos en el refugio en caso de ataque”, aseguran con valent√≠a mientras muestran a los visitantes las once salas del b√ļnker y el puesto de control desde el que el ‚ÄėZorro del desierto’ dirig√≠a los movimientos de sus tropas. Una veintena de fotograf√≠as en blanco y negro se sujetan a duras penas en unas paredes comidas por la humedad. Maniqu√≠es uniformados tirados por el suelo, sillones rotos y mucho polvo completan la instant√°nea de un lugar que hasta el 17 de febrero era competencia del ministerio de Turismo y ahora est√° en manos del Ej√©rcito rebelde.

Subimos los diez escalones que nos devuelven a la superficie y all√≠ espera despanzurrado el esqueleto de un bombardero B-24 americano ‚ÄėLady Bijot’ que “de forma inexplicable desapareci√≥ del radar en 1942 y no fue encontrado hasta 1963 en mitad del desierto con los restos de la tripulaci√≥n esparcidos en un radio de 12 kil√≥metros”, seg√ļn destaca la gu√≠a de viaje de Libia de la editorial Lonely Planet.

Dejamos este museo de la II Guerra Mundial en horas bajas entre los saludos de los seis vigilantes que piden ser fotografiados. Uno de ellos lleva puestos unos cascos de aviador y descansa a la sombra, lejos de la furgoneta ‚Äėpick up’ que porta la ametralladora de gran calibre que le ha reventado los t√≠mpanos en el √ļltimo mes. Muy cerca, Tobruk es una ciudad de apenas 140.000 habitantes cuyo centro urbano es caminable, uno de los pocos restaurantes abiertos ofrece pollo asado, arroz, alubias y macarrones. En la televisi√≥n del local la cadena Al Jazeera informa del avance de los hombres de Gadafi que atacan con fuerza Ajdabiya. Los clientes miran con preocupaci√≥n la pantalla y comen en silencio. Tras la explosi√≥n de alegr√≠a y esperanza de los primeros d√≠as, el frente militar rebelde se ha venido abajo y ahora apelan a la √©pica para mantenerse firmes. La misma √©pica a la que apelaron las ‚Äėratas del desierto’ australianas en el cerco de Tobruk por parte de los alemanes en el a√Īo 41, la misma √©pica que se respira en los cementerios de las afueras de la ciudad. Una √©pica de hace setenta a√Īos que aun se respira en las calles de este lugar. (FOTO: LUIS DE VEGA)

Qué está pasando en Kirguizistán

Kirguizist√°n es una peque√Īa rep√ļblica centroasi√°tica en los suburbios del avispero afgano. Por eso, y por el desconocimiento occidental de una parte del planeta demasiado tiempo oculta bajo el tel√≥n de acero, es f√°cil para los medios recurrir a las tensiones inter√©tnicas para explicar la oleada de violencia y la consecuente cat√°strofe humanitaria. Ya se sabe, kirguises y uzbekos: en 1924, Lenin desterr√≥ a miles de familias uzbekas a Kirguizist√°n y los pastores n√≥madas que viv√≠an en yurtas desde tiempos inmemoriales comenzaron una dif√≠cil relaci√≥n con los reci√©n llegados, vistos como mercaderes acaudalados desde los albores de la Ruta de la Seda.

Soldados kirguizes patrullan la ciudad de Osh, junto a la frontera de Uzbekist√°n (AP Photo/Alexander Zemlianichenko).

Soldados kirguizes patrullan la ciudad de Osh, junto a la frontera de Uzbekist√°n (AP Photo/Alexander Zemlianichenko).

Sin embargo, la pol√≠tica, la influencia de las grandes potencias, la pobreza y la corrupci√≥n son factores fundamentales para entender qu√© est√° pasando realmente en Kirguizist√°n. En 2005 este peque√Īo pa√≠s fue escenario de una de esas “revoluciones de colores” a la occidental: la naranja de Ukrania, la de las rosas en Georgia… y la “revoluci√≥n de los tulipanes” de Kirguizist√°n. Esos movimientos patrocinados por la UE y los EEUU ayudaron a derrocar a los l√≠deres post-sovi√©ticos que se hab√≠an acomodado en estructuras corruptas y autoritarias. Pero Kirguizist√°n demuestra que lo que vino despu√©s no era mucho mejor. La revoluci√≥n de los tulipanes derroc√≥ al presidente Askar Akayev y dio paso a un gobierno liderado por Kurmanbek Bakiev, que r√°pidamente se desliz√≥ por el mismo derrotero que su antecesor. Coloc√≥ a toda su familia en las estructuras del poder e intent√≥ ampliar sus competencias presidenciales. Adem√°s intent√≥ cerrar la base de la OTAN sin √©xito. Los EEUU le ofrecieron m√°s dinero a cambio y Bakiev acept√≥, lo cual le vali√≥ de golpe la desconfianza de Washington y la enemistad de Mosc√ļ. Y entonces comenzaron las desapariciones de disidentes, el cierre de peri√≥dicos y el fraude electoral denunciado por organismos internacionales.

Y la gota que colm√≥ el vaso: la crisis, la subida de precios y los cortes de luz y gas. En un pa√≠s como Kirguizist√°n, entre las monta√Īas y la estepa, que te corten el gas en enero puede significar directamente la muerte. Y es lo que ha ocurrido este invierno. Las revueltas de abril en la capital Bishkek se saldaron con 85 muertos y la hu√≠da del presidente Bakiev, actualmente refugiado con su familia en Bielorrusia.

La espantada de Bakiev dejó en su lugar un gobierno provisional liderado por una mujer, Roza Otunbayeva. Pero la desconfianza, el clima de rebelión social y la división del gobierno provisional han llevado a Kirguizistán al caos y a un vacío de poder que alimenta a agitadores y oportunistas.

Las matanzas de Osh y Jalalabad comenzaron el viernes pasado, dicen, tras una bronca en un casino. Otunbayeva acusa a Bakiev de instigar al odio √©tnico, y los uzbekos de esas dos localidades aseguran que un miniej√©rcito de j√≥venes kirguises armados con armas autom√°ticas desataron la locura de violaciones de mujeres, asesinatos, saqueos e incendios de casas. No se sabe con certeza cu√°ntos han muerto, pero s√≠ se sabe que casi todos son uzbekos. Por ello, decenas de miles de refugiados, la mayor√≠a mujeres y ni√Īos, han cruzado ya la frontera de Uzbekist√°n.