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Los egipcios toman las pir√°mides

Datos del viaje: Recorrido por las pirámides de Saqqara y Giza / Duración: cuatro horas / Precio taxi: 240 libras (30 euros) / Entrada a Giza: 60 libras (7,5 euros) / Comida en barco flotante sobre el Nilo: 134 libras (16 euros)

“Est√° cerrado, no se puede pasar”. Un agente de la Polic√≠a de Turismo proh√≠be el paso a la pir√°mide escalonada de Saqqara. Abandonada y entre andamios, la soledad de esta tumba construida 3000 a√Īos antes de Cristo significa el vac√≠o absoluto en una zona pr√≥xima a El Cairo, veinte kil√≥metros, habitualmente atestada de turistas. Cafeter√≠as y tiendas de alfombras vieron a sus √ļltimos clientes el pasado 24 de enero. Con el estallido de la revoluci√≥n un mill√≥n de turistas abandonaron el pa√≠s y se llevaron con ellos las divisas que mueven gran parte de la econom√≠a egipcia. Seg√ļn los datos oficiales, el turismo emplea de forma directa a cuatro millones de egipcios y supone alrededor del diez por ciento del producto interior bruto. Cinco libras (0,60 euros) hacen cambiar de opini√≥n al agente que amablemente sube la barrera y permite el acceso hasta una posici√≥n desde la que se puede tomar una fotograf√≠a, “no siga m√°s adelante porque el Ej√©rcito est√° desplegado tras la pir√°mide”, advierte. De poco ha servido este despliegue ya que parece que los ladrones de tumbas han podido llevarse relieves de gran valor en los √ļltimos d√≠as.

Hacemos la foto de rigor y regresamos a El Cairo por una carretera estrecha paralela a un canal del Nilo repleto de basura. “Es la primera vez en mi vida que no veo un solo autob√ļs en esta ruta”, repite el taxista que conduce entre camellos, carros tirados por burros y furgonetas colectivas. Nos dirigimos a las pir√°mides de Giza, abiertas al p√ļblico esta semana. Seg√ļn nos vamos aproximando, las pir√°mides sobresalen soberbias entre los bloques de casas que llegan hasta las puertas del aut√©ntico icono del pa√≠s. El momento de placer visual dura poco porque un grupo de v√°ndalos comienza a golpear el taxi. Saber, ex combatiente de la guerra del Sina√≠ y ex boxeador, se contiene, pero les grita con furia y teme por el futuro de su Hyundai. M√°s y m√°s j√≥venes se cruzan en nuestro camino con palos y fustas, se suben al cap√≥ y gritan al conductor que pare inmediatamente. “¬°El extranjero para nosotros!”, “¬°tenemos que vivir!” gritan una y otra vez. La Polic√≠a de turismo observa el espect√°culo, pero no toma cartas en el asunto. Un ej√©rcito de camelleros en paro durante dos semanas trata ahora de recuperar el tiempo perdido.

“Sucios sicarios”, farfulla mi traductor que no olvida que fue esta misma gente la que irrumpi√≥ con sus animales en la plaza de Tahrir el pasado 4 de febrero para intentar echar a golpes a los manifestantes anti Mubarak. El parking de las pir√°mides, vac√≠o. Ni una persona en la ventanilla para comprar billetes y de los seis tornos de entrada, s√≥lo uno abierto. “S√≥lo egipcios, eres el primer extranjero del d√≠a”, dicen las se√Īoritas al control de la m√°quina de rayos que revisa las mochilas. Tampoco dura mucho la idea placentera de poder visitar las pir√°mides casi en solitario. No hay turistas, pero el n√ļmero de vendedores de recuerdos es el mismo de siempre y se abalanzan sobre la √ļnica presa del d√≠a rebajando los precios segundo a segundo. Conjunto de las tres pir√°mides y esfinge en piedra, “very fantastic mister”, por 5 libras (0,60 euros), lo mismo en pl√°stico por 2 (0,25 euros). Gatos de madera por 35 libras (4,3 euros), que en apenas cuatro pasos ya bajan a 10 (1,25 euros). Tras superar este primer filtro llega el turno de los camelleros.

Todo esto antes de poder respirar, mirar al frente y decir hola a la pir√°mide de Keops. En su base familias egipcias hacen picnic, “ahora las pir√°mides son nuestras y podemos venir toda la familia”, bromean al ver un extranjero. Me ofrecen Pepsi y me piden que me siente con ellos, a salvo de vendedores y camelleros, pero sigo hasta la pir√°mide de Kefr√©n, la que conserva algo de revestimiento original en su parte superior, mucho m√°s tranquila. Adel espera all√≠ tranquilo con su camello ‚ÄėMaradona’ a la sombra de miles de a√Īos de historia. “Me quiero hacer una foto con su camello”, le digo para romper el hielo. Suelto 10 libras (1,25 euros)¬† y el hombre pone en pie a Maradona que protesta por el esfuerzo. Nada de fotos, lo que quiero es que me cuente si fue a Tahrir a repartir palos o no. “El l√≠der del Partido Democr√°tico en Giza nos junt√≥ a todos y nos ofreci√≥ dinero y promesas de mejores condiciones de trabajo a cambio de ir a Tahrir, pero yo me negu√©”, asegura. Cuatro de sus compa√Īeros permanecen entre rejas por un ataque por el que el partido del r√©gimen pag√≥ entre 500 y 1000 libras (de 62 a 134 euros) a cada sicario. Adel dice no saber mucho m√°s as√≠ que le dejamos con su camello y ponemos rumbo a la esfinge, junto a la puerta de salida. Tan sola como el resto de monumentos.

La ma√Īana tur√≠stica concluye con una visita al Instituto de Papiros Mena y una comida sobre el Nilo en el Happy Dolphin, un restaurante flotante con capacidad para 1500 comensales en el que estamos 14. Cuatro de la tarde, hora de volver al hotel. En la recepci√≥n, restaurante y cafeter√≠a un ej√©rcito de j√≥venes me saluda y miran a la puerta como esperando ver entrar un grupo de turistas de un momento a otro. Pero no hay turistas. De momento solo los egipcios est√°n disfrutando de su nueva era.

Viaje a la cuna de la revolución egipcia

Datos: Viaje en el tren ‚Äėespa√Īol’ / Duraci√≥n: 2 horas y 20 minutos / Precio: 100 Libras Egipcias (LE) ida y vuelta en primera clase (12 euros)

Cualquier viaje en tren en Egipto empieza 24 horas antes. Hay que acercarse a la estaci√≥n Rams√©s del centro de la capital, si se usa el metro la parada se llama ‚ÄėMubarak’, y comprar los billetes con adelanto porque los trenes van llenos, especialmente ‚Äėel espa√Īol’ que cubre la l√≠nea que une El Cairo y Alejandr√≠a. Caminamos sobre tablas de madera y rodeados de andamios para acercarnos al vag√≥n n√ļmero uno en medio de una estaci√≥n que tras m√°s de cien a√Īos de servicio se encuentra en pleno proceso de reformas. El asiento es el 38, ventana. La imagen interior no tiene nada que ver con el coche azul marino mugriento, sucio y dejado que se ve desde fuera. Decorados en tonos azules y con el logotipo de la compa√Ī√≠a nacional de ferrocarriles en las cortinas de las ventanas, los asientos son los de un avi√≥n en busines class de los a√Īos setenta.

“Le llaman ‚Äėel espa√Īol’ por el dise√Īo interior, nada m√°s. Hay otro que es el franc√©s porque sigue m√°s la l√≠nea de los trenes de ese pa√≠s”, responde el revisor que pasa pidiendo billetes a los pocos minutos de partir. Salimos puntuales, las nueve de la ma√Īana. Un tren largu√≠simo se despereza entre casas de adobe y ladrillo rojo que amenazan con caer sobre las v√≠as. Tambi√©n se ven algunos ‚Äėbloques’, esos rect√°ngulos de cemento horribles de cuatro alturas con peque√Īas ventanas en los que miles de personas viven como abejas. Tras veinte minutos a marcha reducida abandonamos la capital para adentrarnos en zona agr√≠cola. Amr y Mohamed, como el resto de pasajeros, devoran peri√≥dicos. Apenas se ven ejemplares de la antigua cabecera oficial del r√©gimen, ‚ÄėAhram’, la gente lee ahora ‚ÄėShrouk’ y ‚ÄėAl Masry Al Youm’, los dos altavoces de la oposici√≥n durante los √ļltimos a√Īos que desde el primer d√≠a informaron al detalle sobre las revueltas en Tahrir y el resto del pa√≠s. “La noticia del d√≠a son los esc√°ndalos econ√≥micos de la gente del partido (en relaci√≥n al Partido Nacional Democr√°tico dirigido por Mubarak), creo que muchos van a pasar por la Justicia. El patrimonio de los dirigentes era tab√ļ hasta ahora”, piensa Amr, fiscal del estado que viaja a Alejandr√≠a a pasar el d√≠a y visitar el lugar donde empez√≥ todo.

A las 9 horas y 42 minutos llega el servicio de t√©, caf√© y refrescos. Un camarero impecable pasea su carrito por el pasillo y sirve las bebidas. A diferencia de las compa√Ī√≠as a√©reas de bajo coste europeas en las que casi te obligan a pagar antes de pedir, aqu√≠ primero se consume y despu√©s de un buen rato el hombre pasa de nuevo a cobrar. El tren camina con suavidad sobre los ra√≠les a una velocidad que permite admirar el paisaje. Mujeres y ni√Īos limpian cacharros de cocina en el Nilo y las madres, de paso, dan un buen remojo a los peque√Īos. El agua parece fr√≠a, pero los ni√Īos no rechistan. Al pasajero de la fila 36 no le interesa porque va enfrascado en su iPad leyendo una columna de opini√≥n cuya tesis es “como los musulmanes vamos a la Meca para el hajj, a partir de ahora iremos a Tahrir cuando queramos libertad”.

A las 11.24 el tren llega a su destino. Llegamos a la ciudad en la que los taxis son de la marca rusa Lada y est√°n pintados de negro y amarillo. El primero nos lleva hasta el barrio Cleopatra, en pleno malec√≥n. El conductor asegura que se trata de un Lada 2107 comprado hace cuatro a√Īos, pero parece que tiene cuarenta y es que los rusos no han variado apenas el dise√Īo en d√©cadas. Diez minutos despu√©s estamos en el n√ļmero 47 de la calle Yubaset, la casa del primer m√°rtir de la revoluci√≥n, Khaled Said.

La muerte de este joven de 28 a√Īos el pasado 6 de junio a manos de la Polic√≠a fue el germen de unas protestas que explotaron finalmente el 25 de enero y acabaron con la dimisi√≥n de Mubarak 18 d√≠as despu√©s. Su madre acaba de llegar de El Cairo y no tiene fuerzas para hablar. Vamos hasta el cibercaf√© SpaceNet en el que estaba Khaled cuando los agentes le detuvieron. Hasan Mesbah, due√Īo del local y padre del yudoca del mismo nombre que gan√≥ la medalla de bronce en los juegos de Pek√≠n, le recuerda como “un buen chico, introvertido y apasionado de los chats y la m√ļsica. √öltimamente ven√≠a menos por aqu√≠ porque hab√≠a puesto internet en casa, pero de vez en cuando segu√≠a visit√°ndonos”.

Narra con detalle cómo a pocos metros de donde estamos sentados los dos agentes golpearon varias veces su cabeza contra la pared. Luego lo llevaron al portal de al lado, junto a la peluquería, y lo remataron. Minutos después arrojaron su cuerpo muerto a la calle. Su muerte fue llevada inmediatamente a Internet a través del grupo de Facebook Kullum Khaled Said, Todos somos Khaled Said, y despertó el sentimiento de los egipcios de la necesidad de luchar contra la impunidad y la injusticia.

Con el relato del asesinato de Khaled -mejor no consultar las im√°genes de su cuerpo muerto tras el linchamiento colgadas en la red- en nuestras mentes cogemos un nuevo Lada hasta la mezquita de Khad Ibrahim (10 libras, incluida una breve parada en la biblioteca que est√° de camino, 1,2 euros). La plaza frente al templo fue el equivalente a Tahrir en la segunda ciudad del pa√≠s. Vendedores de banderas nacionales estrat√©gicamente situados comparten acera con grupos de j√≥venes voluntarios que, como en El Cairo, limpian la calle, pintan bordillos y plantan √°rboles para devolver al lugar su aspecto original. “Hemos ganado y ya podemos decir que la revoluci√≥n ha terminado, es hora de trabajar a favor de la nueva era”, se√Īala en un perfecto ingl√©s Mohamed, estudiante de ingenier√≠a de 21 a√Īos. Como en la capital, la uni√≥n entre estos j√≥venes preparados y unidos por Facebook y Twitter con las clases m√°s desfavorecidas ha formado una mezcla letal para el r√©gimen en Alejandr√≠a.

√öltimo Lada para llegar al restaurante de pescado Shaban. Vac√≠o. Gunim nos sirve ‚Äėburi’ a la parrilla (40 libras el kilo, 5 euros) y ‚Äėdenis’ frito (40 libras el kilo) acompa√Īados de gambas (90 libras el kilo, 11 euros). Todo regado con Seven Up y t√©. Comemos en total por 60 libras cada uno (7,5 euros al cambio) y en el cuarto Lada del d√≠a volamos hacia la estaci√≥n para regresar a El Cairo. ‚ÄėEl espa√Īol’ espera en la v√≠a a los pasajeros. A las cinco en punto suena la campana del and√©n e iniciamos el camino de vuelta. Adi√≥s Khaled Said, adi√≥s Alejandr√≠a. El nuevo Egipto os debe mucho.

En casa de Mubarak

Datos del viaje: dos horas y media en taxi desde El Cairo / Precio: 280 libras egipcias (35 euros al cambio)

La provincia de Minufiya es patria de presidentes. All√≠ nacieron Anuar El Sadat y Hosni Mubarak. Salimos de El Cairo en direcci√≥n a Kfar-El Meselha para visitar el pueblo del √ļltimo rais. Enfilamos por la carretera nacional y tras salir de la capital comienza el rosario de peque√Īos pueblos agr√≠colas del Delta del Nilo. Una carretera infernal que se abre paso entre casas de ladrillo y adobe. A derecha e izquierda campos de trigo y patata. Siguiendo en paralelo el curso del Nilo entramos en Bagur bajo un gran arco con la foto del ex presidente Mubarak d√°ndonos la bienvenida. A su lado el cacique local, Kamal Al Shazli, mano derecha del rais y dirigente destacado del partido del r√©gimen fallecido en noviembre del pasado a√Īo. En cada rotonda el rostro de Mubarak sigue presidiendo el tr√°fico rodado. Aqu√≠ nada parece haber cambiado.

A la salida de Bagur recogemos a un vecino que espera el autob√ļs hacia Kfar-El Meselha. Se llama Abda Raboli y trabaja en el campo, como la mayor parte de hombres y mujeres en la provincia de Minufiya. “Desde que empez√≥ la revoluci√≥n la gente se ha vuelto loca y aprovecha el caos administrativo para construir sin permisos, nos vamos a quedar sin superficie de cultivo”, lamenta antes de asegurar que “no soy un seguidor de Mubarak, pero me da pena la forma que han tenido de echarle. Se merec√≠a una salida m√°s digna”.

Tras cruzar el Nilo entramos en las calles sin asfaltar de la aldea natal del rais. Abda nos acompa√Īa hasta la escuela de educaci√≥n primaria donde curs√≥ sus primeros estudios. El centro parece parado en los a√Īos treinta y los pupitres son los mismos que ocup√≥ el entonces joven Hosni. “Tenemos 250 alumnos, pero desde hace dos semanas no hay clase, esperamos empezar la pr√≥xima semana”, confiesa la directora mientras nos sirve t√© y discute con otras profesoras la salida del poder de Mubarak. Una foto del ex presidente con 52 a√Īos preside el aula. “No la vamos a quitar hasta que lo ordene el ministro de Educaci√≥n”, responden al un√≠sono las maestras que tienen sensaciones contradictorias. “Era la √ļnica soluci√≥n posible porque si hubiera seguido algo terrible les pod√≠a haber pasado a los miles de j√≥venes de Tahrir”, piensa una de ellas. “Pero no son formas, este hombre ha dado los √ļltimos sesenta a√Īos de su vida al pa√≠s¬∑, reflexiona otra compa√Īera.

Sin acabar el t√© suena el tel√©fono y la directora anuncia que en breve llegar√° alguien de seguridad y que le han advertido por tel√©fono que no podemos tomar fotos ni grabar im√°genes. El agente se persona inmediatamente y tras pedir las acreditaciones nos informa que necesitamos una serie interminable de permisos para seguir con la entrevista. “No han cambiado el chip, es la misma forma de pensar que durante el r√©gimen y la gente sigue llamando a la Polic√≠a si ve un extranjero, piensan que todos sois esp√≠as de Israel”, lamenta mi traductor.

Dejamos la escuela y en apenas dos minutos caminando entre el polvo llegamos al n√ļmero tres de la calle Abdulaziz Basha Fahmi, la casa de los abuelos del rais. “El naci√≥ en un establo que estaba frente a la casa. Ten√≠a una dependencia para animales y otra para la familia”, asegura un anciano mientras se√Īala a un edificio de tres plantas que ocupa el lugar del antiguo establo. En la casa de la familia Mubarak vive desde hace dos d√©cadas la familia Bekir, que paga un alquiler de quinientas libras al mes, 62 euros al cambio. Tienen miedo de hablar con la prensa. Hussein Omar, residente en el n√ļmero cuatro de la misma calle, s√≠ quiere contar que “nac√≠ aqu√≠ hace 45 a√Īos y juro que desde el a√Īo 1973 Mubarak nunca ha vuelto a pisar este pueblo. No disfrutamos de un trato especial porque hubiera nacido aqu√≠, todo lo contrario porque aqu√≠ nos faltan los servicios m√≠nimos”, se queja amargamente.

La multitud se agolpa a las puertas de la casa de Hussein. Aquí no es habitual ver extranjeros. En Kfar-El Meselha no sienten una especial atracción por su ilustre vecino, pero tampoco echaron cohetes con su salida. Es el sentir general en el gran Egipto rural y conservador, otro mundo paralelo al caos urbanita.

La caída de mi Mubarak

Fue lo primero que hice cuando volví al hotel. Me acerqué a la recepción y miré a la parte izquierda del mostrador. Allí estaba. Con su media sonrisa, el pelo impecable y con esa luz en la parte superior que le daba un aire barroco. Habían pasado cinco horas del anuncio de su dimisión, pero Hosni permanecía en las paredes. Daba la impresión que la gente no terminaba de creerse lo que había pasado, que aun había miedo a que todo fuera un bulo más de los que habitualmente retransmitía la televisión egipcia, un montaje de ida y vuelta para probar la lealtad del pueblo.

Por la ma√Īana no he tardado un minuto en rendirle visita. Ya no estaba. Lo √ļnico que queda de Hosni es la diferencia de tonos en la pared. Se dibuja perfectamente el contorno del enorme rect√°ngulo que ocupaba la foto del rais, ahora blanco inmaculado frente al tono amarillento del resto de la pared.

No viv√≠ la ca√≠da de Sad√°m. Mientras su estatua ca√≠a yo hac√≠a diagramaci√≥n en mi mesa de El Diario Vasco y me mor√≠a de envidia. Pude informar de la ca√≠da de Musharraf en primera persona, llegu√© a T√ļnez dos d√≠as despu√©s de la salida de Ben Ali y estos d√≠as he llorado de emoci√≥n junto a mi traductor y gu√≠a espiritual, Mustaf√°, la ca√≠da de Mubarak. Me he dado cuenta de que no hay formato period√≠stico que pueda de verdad reflejar lo que esto supone. O quiz√°s me falte arte. O quiz√°s es que estas cosas es mejor qued√°rselas para uno mismo. Estaba a punto de empezar a comer el jueves en un callej√≥n pr√≥ximo a Tahrir cuando el vicepresidente Suleyman apareci√≥ en pantalla y anunci√≥ la ca√≠da del r√©gimen. El grito de Al√° Akbar que sali√≥ de la boca, los ojos y el est√≥mago de Mustaf√° es irrepetible. Jam√°s mis o√≠dos hab√≠an percibido este tipo de alarido, un grito de dolor y placer, un impacto directo en mi cara de ‚Äėperiodista de conflictos’ que paga su hipoteca gracias a las desgracias de esta gente que ha sufrido la mitad de su vida.

Entr√© en radios, hice directos para televisi√≥n, grab√© el momento para hacer un v√≠deo -y ¬†mi c√°mara sali√≥ seriamente da√Īada, quiz√°s m√°s acostumbrada a las desgracias que a las alegr√≠as-, escrib√≠ una cr√≥nica para el peri√≥dico desde la mism√≠sima plaza a la luz de una farola… ahora lo repaso todo y me doy cuenta de que el trabajo no refleja ni una m√≠nima parte de todo lo que me pas√≥ por el coraz√≥n en esos momentos.

“¬ŅD√≥nde hab√©is dejado el retrato?” He preguntado al tipo de la recepci√≥n. “No lo s√©, cuando he llegado ya no estaba”, me ha respondido antes de perderse en el fondo del mostrador. Ma√Īana voy a ver si alguien me explica el paradero de esos ojos que durante treinta a√Īos han sido una especie de Gran Hermano que todo lo controlaba en esta recepci√≥n.

Las madres de los m√°rtires

Mubarak no se va. Las que ya no est√°n son las al menos trescientas personas que han perdido la vida desde el inicio de la revoluci√≥n. Hoy es su d√≠a, la jornada en la que millones de egipcios rezan por los m√°rtires de la protesta. Newell acudi√≥ a Tahrir anoche junto a sus cuatro hijas para registrar a su peque√Īo Ahmed en la lista de fallecidos. “La Polic√≠a lo mat√≥ de un disparo el pasado d√≠a 28. Le ped√≠ que no saliera a la calle, pero no me hizo caso. Vol√≥ escaleras abajo con sus amigos. Fue la √ļltima vez que le vimos con vida”.

Ahmed ten√≠a 23 a√Īos y trabajaba como¬† profesor ayudante en la universidad. Nunca hab√≠a tenido especial inquietud pol√≠tica, pero no dud√≥ a la hora de echarse a las calles de su barrio, Maadi, donde las fuerzas del orden emplearon fuego real. “Vengo aqu√≠ a pedir justicia, a pedir la cabeza del ministro de Interior que dio la orden de asesinar a civiles. Vengo aqu√≠ a pedir justicia porque el hospital m√°s pr√≥ximo se neg√≥ a atender a los heridos esa ma√Īana”, reclama esta madre a gritos entre la multitud que colapsa Tahrir. Lleva la foto de su hijo en la mano, pronto ser√° uno m√°s de la larga lista de im√°genes que presiden el epicentro de la protesta desde hace varias jornadas.

Mubarak tuvo unas palabras para ellos. Asegur√≥ que “su sangre no ha corrido en vano”, pero no es consuelo para unas familias que exigen su dimisi√≥n porque le ven como el principal causante de la represi√≥n. “Lo sabe todo, es quien manda y toma decisiones, por tanto es el responsable √ļltimo de todo lo que hemos sufrido en las √ļltimas semanas”, opina Naweel antes de perderse entre una masa dolida y enfadada por la cerraz√≥n del octogenario presidente.

¬ŅSucesor de Mubarak?

Se quita las gafas para poder ver el v√≠deo que un hombre le quiere mostrar en su tel√©fono m√≥vil. Se trata de un parlamentario egipcio pagando a un sicario para que vaya a Tahrir a causar problemas a los manifestantes. Se seca el sudor de la frente y pide al ciudadano que le env√≠e el documento. Los d√≠as no tienen suficientes horas para Ayman Nour (Mansoura, 1964), trata de recuperar cada segundo que pas√≥ en la c√°rcel y dedica toda su energ√≠a a “pedir al pueblo resistencia. Cada d√≠a que permanecemos en Tahrir es una batalla ganada en esta guerra por la democracia”.

Este abogado formaba parte del Parlamento como diputado independiente hasta que en 2004 decidi√≥ crear el partido pol√≠tico El Ghad (ma√Īana, en √°rabe) para ganarse el voto liberal de la poblaci√≥n. El partido recibi√≥ el visto bueno de las autoridades despu√©s de tres intentos y despert√≥ expectaci√≥n entre los opositores al r√©gimen. Fue la antesala de su salto a la arena presidencial, un salto que le cost√≥ la c√°rcel por la acusaci√≥n de haber falsificado firmas para obtener la licencia de la formaci√≥n, algo que √©l califica de una invenci√≥n del r√©gimen para quitarle del medio. La presi√≥n internacional permiti√≥ retrasar el juicio hasta despu√©s de las elecciones presidenciales de 2005 en las que obtuvo el siete por ciento de los votos, muy lejos del 89 por ciento de Mubarak, seg√ļn unos datos oficiales que nadie termin√≥ de creerse por la falta de observadores independientes. Tras los comicios fue juzgado y llevado a prisi√≥n. Qued√≥ en libertad en 2009.

“Nosotros rechazamos cualquier tipo de negociaci√≥n con este r√©gimen, como fuerza de la oposici√≥n nos oponemos a esta farsa de conversaciones que no llevan a ninguna parte”, afirma con rotundidad antes de mostrar dejar clara su intenci√≥n de volver a participar en los comicios del pr√≥ximo mes de septiembre. Nour repasa las √ļltimas semanas y reflexiona en voz alta sobre “la positiva actitud de los pa√≠ses de la Uni√≥n Europea, frente a la nulidad de Estados Unidos”. No quiere ver una transici√≥n liderada por Mubarak, tampoco se f√≠a del vicepresidente Suleyman y piensa que “es cuesti√≥n de d√≠as, como mucho una semana”, por lo que cada vez que puede procura acercarse a la plaza a animar a los cientos de miles de manifestantes que desde el pasado 25 de enero piden la dimisi√≥n del presidente.

“¬°Egipcios, despertad!”

Primer control, militares que piden documentaci√≥n y advierten por primera vez a la prensa internacional desde el inicio de las revueltas que debe pasarse por el ministerio de Informaci√≥n a obtener la acreditaci√≥n pertinente. Segundo control, voluntarios de la oposici√≥n que amablemente vuelven a pedir pasaportes y revisan mochilas y bolsas. Tercer control, un grupo de espont√°neos forma un pasillo humano para dar la bienvenida a los manifestantes al ritmo del oud, el la√ļd √°rabe, que se ha convertido en la aut√©ntica banda sonora de esta revoluci√≥n. ¬ę¬°Bienvenidos revolucionarios, bienvenidos todos!¬Ľ, cantan y aplauden al paso de la multitud que como cada d√≠a se da cita en la plaza Tahrir.

Tras unas primeras jornadas a base de esl√≥ganes y gritos, la canci√≥n protesta ha ido poco a poco asent√°ndose en la revoluci√≥n cairota. Mohamed Abu Eiezz y Fedi Mikhail se alejan de las tiendas de campa√Īa en las que viven desde el inicio de la revuelta para ensayar un tema titulado ¬ęLa fiesta de la libertad¬Ľ. Mohamed tiene 31 a√Īos y ha aparcado por unos d√≠as su consulta de Cardiolog√≠a para entregarse a la revoluci√≥n. Escribe poemas para que su amigo Fedi los cante y se muestra convencido de que ¬ęya nada volver√° a ser igual, el sistema va a cambiar de una vez y debemos estar muy alegres por ello¬Ľ.

¬ęEgipcios, despertad. Egipcios, venid a celebrar esta fiesta. Egipcios, despertad¬Ľ, recita Fedi acompa√Īado de su oud. Decenas de personas forman un c√≠rculo en torno al artista y rompen a aplaudir cuando termina. ¬ęEs el mejor p√ļblico del mundo¬Ľ, asegura Fedi, miembro de un grupo llamado Lel Niain con el que se suele juntar por la tardes para tocar en una plaza abarrotada. Son las dos caras de la protesta. Por la ma√Īana se puede ver el asfalto, pero con el paso de las horas y especialmente cuando la gente termina su jornada laboral, una alfombra humana cubre el lugar y no lo abandona hasta bien entrada la noche. Entonces s√≥lo el n√ļcleo m√°s duro, el que vive en tiendas de campa√Īa, permanece firme para recordar a la c√ļpula del r√©gimen que la protesta no se duerme. Nada que ver con la realidad que transmiten los medios de comunicaci√≥n oficiales que hablan de ¬ęuna asistencia media de unos tres mil manifestantes antigubernamentales pagados por el r√©gimen iran√≠¬Ľ.

Junto a los cantautores, algunos raperos tambi√©n hacen su aparici√≥n ante un p√ļblico de lo m√°s diverso. Entre discurso y discurso pol√≠tico -los Hermanos Musulmanes disponen de un equipo de sonido para que los oradores pudieran dirigirse a la masa- algunos j√≥venes raperos se suben a la barandilla que hace de escenario para rimar al ritmo de ¬ęErhal, Mubarak¬Ľ (fuera Mubarak, en √°rabe), el eslogan m√°s popular de la revuelta, el equivalente al ¬ęRCD, degage!¬Ľ tunecino (RCD, partido del ex dictador Ben Al√≠, fuera). Egipcios de todas las edades y condiciones sociales imaginables bailan de felicidad. No importa sin el que canta es famoso o no, importa su mensaje.

El azote del régimen

Hamdi Kandil no se calla. Nunca lo ha hecho y ahora menos. El periodista egipcio acude a la plaza de Tahrir para pedir a los manifestantes que sigan resistiendo. Sabe de lo que habla. Ha pagado un precio muy alto en su carrera y en su vida personal por luchar contra este sistema y por fin empieza a recoger sus frutos. “Estamos viviendo d√≠as hist√≥ricos, esto es el fin de la dictadura“, asegura mientras se agarra con fuerza al brazo de su esposa, la conocida actriz Naghlaa Fathi. Se dirige a la masa como un gran l√≠der. La gente le respeta, la gente le cree, algo que no ocurre con la mayor parte de periodistas del pa√≠s y algunos incluso le ven como el pr√≥ximo ministro de Informaci√≥n del Egipto democr√°tico.

“Cristianos y musulmanes de la mano. Pobres y ricos unidos. Es impresionante, esta es la revoluci√≥n de todo un pueblo y no podemos dejar que se apague”, se√Īala el controvertido periodista al que le cuesta abrirse paso entre una multitud que le saluda y le anima a seguir con su trabajo.

Su carrera est√° marcada por la censura. En 2003 tuvo que hacer las maletas y emigrar a Dubai debido a sus feroces cr√≠ticas contra la invasi√≥n americana de Irak. Sus an√°lisis ¬†sobre la situaci√≥n pol√≠tica de Oriente Medio y los ataques a las dictaduras √°rabes le llevaron hasta Dubai donde permaneci√≥ cuatro a√Īos al frente de ‚ÄėQalam Rosas’. El talk show tambi√©n termin√≥ enojando a las autoridades de Emiratos y Kandil, tras rechazar una oferta de Al Manar, propiedad de Hizbol√°, se desplaz√≥ a Libia. Pero en un periodo r√©cord las autoridades de este pa√≠s decidieron suspender su programa y regres√≥ a Egipto donde es el portavoz de la Asociaci√≥n Nacional por el Cambio, partido de la oposici√≥n, y colabora con varios diarios como Al-Shuruq. Precisamente un art√≠culo publicado en este peri√≥dico le llev√≥ ante la Justicia ya que el ministro de Exteriores, Ahmed Aboul Gheit, le acus√≥ de “difamaci√≥n”.

Dimisión y justicia

“Dej√© mi cargo en el ministerio de Comunicaci√≥n en noviembre y pas√© a la empresa privada. Era un opositor en la misma c√ļpula del aparato y no era nada f√°cil, pero pude salir de forma pac√≠fica”. Hazem -nombre ficticio de este ex alto cargo del r√©gimen que prefiere mantener el anonimato- repasa mentalmente los √ļltimos meses y no termina de creerse que todo haya ido tan r√°pido. Forma parte de esa √©lite de funcionarios que tras toda una vida dedicada al sistema han podido romper la atadura del funcionariado y abrirse paso en otros mercados. Libre de sus compromisos oficiales y laborales debido a la huelga indefinida que vive el pa√≠s lleva desde el d√≠a 25 en la plaza Tahrir y es de los que no piensa moverse hasta que dimita el presidente, “no aceptaremos otro escenario, es el momento del cambio y no hay vuelta atr√°s”.

Como ex responsable del ministerio de Comunicaci√≥n censura la decisi√≥n de las autoridades de cortar la conexi√≥n de Internet durante varios d√≠as, “lo hicieron porque ten√≠an miedo de mostrar al mundo lo que ocurr√≠a, pero era tarde. No se dan cuenta de que todo este tipo de √≥rdenes repercuten negativamente sobre su propia imagen“. Al corte de Internet el r√©gimen sum√≥ el de los tel√©fonos m√≥viles -las compa√Ī√≠as tuvieron que acatar las √≥rdenes del gobierno porque estaba en juego “la seguridad nacional”- ¬†que “s√≥lo logr√≥ enfadar aun m√°s a los ciudadanos”. A diferencia de las protestas en otras ciudades, en El Cairo todo el mundo sabe que el pulso al r√©gimen se juega en la plaza de Tahrir, as√≠ que no es necesario andar movilizando a nadie”, asegura antes de advertir que “por ahora pedimos la dimisi√≥n, pero m√°s tarde exigiremos que sea llevado ante la Justicia para que pague por sus cr√≠menes”.

Es una opini√≥n compartida en el coraz√≥n de una protesta que ya lleva doce d√≠as desafiando a la persona que ha dirigido el pa√≠s durante los √ļltimos treinta a√Īos. Ayer sus partidarios desaparecieron de la plaza Tahrir y la movilizaci√≥n discurri√≥ de forma pac√≠fica, pero el secretario general del Partido Nacional Democr√°tico de Mubarak, Safwat Al-Sharif, advirti√≥ que “se trata de una an√©cdota si se compara con el n√ļmero real de seguidores del presidente, podr√≠amos sacar a millones de personas a la calle si quisi√©ramos”. Seg√ļn los medios de la oposici√≥n, “fue la maquinaria del partido la que llen√≥ las calles de matones el mi√©rcoles y el jueves”.

Hazem no se cree las promesas de Mubarak. Despu√©s de treinta a√Īos en el poder no conf√≠a en su salida en un plazo de nueve meses, un sentimiento generalizado entre los participantes en una revuelta que mantiene su pulso al poder en lo m√°s alto.

Primer documental de la revuelta egipcia

Desde el inicio de la revuelta Ahmed Abdala no se ha movido de la plaza de Tahrir de El Cairo. Acompa√Īado de un grupo de amigos coloc√≥ dos tiendas de campa√Īa y aprovechando una se√Īal de tr√°fico colg√≥ un cartel que reza ‚ÄėCentro de Comunicaci√≥n’. “El objetivo es reunir todo el material posible sobre esta revoluci√≥n. No importa el formato, cuantas m√°s im√°genes, mejor para elaborar un buen documental sobre estos hechos hist√≥ricos”, asegura este director de cine nacido en Cairo en 1978 y con m√°s de diez a√Īos de carrera a sus espaldas pese a su juventud.

Su primer largometraje, Microphone, se estren√≥ en treinta teatros de todo el pa√≠s el pasado d√≠a 25. “Coincidi√≥ su puesta de largo con el viernes de la ira en el que prendi√≥ definitivamente la mecha de este movimiento anti Mubarak. No me importa que nadie la fuera a ver porque lo que est√° ocurriendo, lo que estamos viviendo es much√≠simo m√°s importante“, piensa Ahmed. Microphone recoge la escena cultural underground de Alejandr√≠a, la segunda ciudad m√°s importante de Egipto y la cr√≠tica especializada la define como “poco convencional” y destaca su valent√≠a a la hora de afrontar “temas pol√≠ticos y religiosos”.

Del 25 al 28 fue brutal la respuesta de la Polic√≠a contra los manifestantes que permanecemos en la plaza Tahrir. Vi morir al menos a 17 personas con mis propios ojos. La gente est√° colaborando con todo tipo de archivos de im√°genes captadas con c√°maras y tel√©fonos m√≥viles y en cuanto pueda hacer una selecci√≥n intentar√© pas√°rsela a los medios y colgarla en la red. Lo primero es la difusi√≥n, mostrar la verdad de lo que est√° ocurriendo. Despu√©s ser√° el momento de mi documental”.

La violenta irrupción de los seguidores de Mubarak tampoco le movió de la plaza. Sigue allí, como pudimos constatar por teléfono, junto al resto de profesionales egipcios comprometidos con el éxito de este Centro de Comunicación.