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EGIPTO. Acampados en Tahrir

VIDEOBLOG. La protesta en Tahrir vive su tercer día y los manifestantes ya han empezado a colocar tiendas de campaña, así que el tema puede ir para largo. La mayoría son seguidores de los Hermanos Musulmanes que alzan su voz ante el riesgo de pucherazo en el recuento electoral. La Comisión Electoral no dará los resuktados definitivos hasta el sábado.

Las madres de los mártires

Mubarak no se va. Las que ya no están son las al menos trescientas personas que han perdido la vida desde el inicio de la revolución. Hoy es su día, la jornada en la que millones de egipcios rezan por los mártires de la protesta. Newell acudió a Tahrir anoche junto a sus cuatro hijas para registrar a su pequeño Ahmed en la lista de fallecidos. “La Policía lo mató de un disparo el pasado día 28. Le pedí que no saliera a la calle, pero no me hizo caso. Voló escaleras abajo con sus amigos. Fue la última vez que le vimos con vida”.

Ahmed tenía 23 años y trabajaba como  profesor ayudante en la universidad. Nunca había tenido especial inquietud política, pero no dudó a la hora de echarse a las calles de su barrio, Maadi, donde las fuerzas del orden emplearon fuego real. “Vengo aquí a pedir justicia, a pedir la cabeza del ministro de Interior que dio la orden de asesinar a civiles. Vengo aquí a pedir justicia porque el hospital más próximo se negó a atender a los heridos esa mañana”, reclama esta madre a gritos entre la multitud que colapsa Tahrir. Lleva la foto de su hijo en la mano, pronto será uno más de la larga lista de imágenes que presiden el epicentro de la protesta desde hace varias jornadas.

Mubarak tuvo unas palabras para ellos. Aseguró que “su sangre no ha corrido en vano”, pero no es consuelo para unas familias que exigen su dimisión porque le ven como el principal causante de la represión. “Lo sabe todo, es quien manda y toma decisiones, por tanto es el responsable último de todo lo que hemos sufrido en las últimas semanas”, opina Naweel antes de perderse entre una masa dolida y enfadada por la cerrazón del octogenario presidente.

¿Sucesor de Mubarak?

Se quita las gafas para poder ver el vídeo que un hombre le quiere mostrar en su teléfono móvil. Se trata de un parlamentario egipcio pagando a un sicario para que vaya a Tahrir a causar problemas a los manifestantes. Se seca el sudor de la frente y pide al ciudadano que le envíe el documento. Los días no tienen suficientes horas para Ayman Nour (Mansoura, 1964), trata de recuperar cada segundo que pasó en la cárcel y dedica toda su energía a “pedir al pueblo resistencia. Cada día que permanecemos en Tahrir es una batalla ganada en esta guerra por la democracia”.

Este abogado formaba parte del Parlamento como diputado independiente hasta que en 2004 decidió crear el partido político El Ghad (mañana, en árabe) para ganarse el voto liberal de la población. El partido recibió el visto bueno de las autoridades después de tres intentos y despertó expectación entre los opositores al régimen. Fue la antesala de su salto a la arena presidencial, un salto que le costó la cárcel por la acusación de haber falsificado firmas para obtener la licencia de la formación, algo que él califica de una invención del régimen para quitarle del medio. La presión internacional permitió retrasar el juicio hasta después de las elecciones presidenciales de 2005 en las que obtuvo el siete por ciento de los votos, muy lejos del 89 por ciento de Mubarak, según unos datos oficiales que nadie terminó de creerse por la falta de observadores independientes. Tras los comicios fue juzgado y llevado a prisión. Quedó en libertad en 2009.

“Nosotros rechazamos cualquier tipo de negociación con este régimen, como fuerza de la oposición nos oponemos a esta farsa de conversaciones que no llevan a ninguna parte”, afirma con rotundidad antes de mostrar dejar clara su intención de volver a participar en los comicios del próximo mes de septiembre. Nour repasa las últimas semanas y reflexiona en voz alta sobre “la positiva actitud de los países de la Unión Europea, frente a la nulidad de Estados Unidos”. No quiere ver una transición liderada por Mubarak, tampoco se fía del vicepresidente Suleyman y piensa que “es cuestión de días, como mucho una semana”, por lo que cada vez que puede procura acercarse a la plaza a animar a los cientos de miles de manifestantes que desde el pasado 25 de enero piden la dimisión del presidente.

Yihad revolucionaria

Sus asistentes le llevan en volandas entre la multitud. El doctor Abdelhadi va cubierto con una túnica blanca y como todos los días se ha acercado a la plaza Tahrir para transmitir al pueblo la necesidad de “seguir resistiendo. Cada día que pasa debilitamos un poco más al presidente”. Tiene ocho años menos que Mubarak, pero su rostro parece mucho mayor. La apariencia contrasta, sin embargo, con la energía de un discurso que se eleva por encima de megafonías y silencia a todos los que están cerca. “Esto es una yihad. El Profeta nos enseñó que hay que enfrentarse al tirano y aunque lo estemos haciendo de forma pacífica, por supuesto que es la obligación de todo musulmán echarse a la calle y combatir por medio de la protesta”.

Yihad “sin matar a nadie”, matiza este experto en historia islámica vinculado a la oposición al régimen y que ha pasado largos años en Arabia Saudí. Desde hace quince reside en El Cairo y forma parte de la cúpula de la universidad Al Azhar, la que está considerada más antigua universidad del mundo con funcionamiento ininterrumpido. Su mensaje de paz contrasta con el llegado desde Irak con el último comunicado del Estado Islámico, brazo de Al Qaeda en suelo iraquí, llamando a la yihad en Egipto y advirtiendo que “la puerta está abierta para los mártires”. El apoyo de este grupo radical no beneficia a los intereses de unos manifestantes que ayer volvieron a colapsar el centro de la capital. Las concesiones del régimen no contentan a nadie y pese al férreo control de los medios oficiales que hablan de acuerdos y planes para la transición, la lucha en la calle sigue viva.

Es hora de partir. El doctor Abdelhadi se pone sus gafas y deja que sus asistentes se abran paso entre la masa. La gente le reconoce al pasar y quiere tocar al sheikh, saludarle y darle las gracias por su participación en las protestas. Como el resto de religiosos de Al Azhar cada día visita esta plaza y piensa que “no hay prisa para volver a las aulas porque en estos momentos todo estudiante con dignidad debe estar en Tahrir”. Un anuncio que poco tiene que ver con las intenciones del régimen de reabrir escuelas y universidades el domingo.

“¡Egipcios, despertad!”

Primer control, militares que piden documentación y advierten por primera vez a la prensa internacional desde el inicio de las revueltas que debe pasarse por el ministerio de Información a obtener la acreditación pertinente. Segundo control, voluntarios de la oposición que amablemente vuelven a pedir pasaportes y revisan mochilas y bolsas. Tercer control, un grupo de espontáneos forma un pasillo humano para dar la bienvenida a los manifestantes al ritmo del oud, el laúd árabe, que se ha convertido en la auténtica banda sonora de esta revolución. «¡Bienvenidos revolucionarios, bienvenidos todos!», cantan y aplauden al paso de la multitud que como cada día se da cita en la plaza Tahrir.

Tras unas primeras jornadas a base de eslóganes y gritos, la canción protesta ha ido poco a poco asentándose en la revolución cairota. Mohamed Abu Eiezz y Fedi Mikhail se alejan de las tiendas de campaña en las que viven desde el inicio de la revuelta para ensayar un tema titulado «La fiesta de la libertad». Mohamed tiene 31 años y ha aparcado por unos días su consulta de Cardiología para entregarse a la revolución. Escribe poemas para que su amigo Fedi los cante y se muestra convencido de que «ya nada volverá a ser igual, el sistema va a cambiar de una vez y debemos estar muy alegres por ello».

«Egipcios, despertad. Egipcios, venid a celebrar esta fiesta. Egipcios, despertad», recita Fedi acompañado de su oud. Decenas de personas forman un círculo en torno al artista y rompen a aplaudir cuando termina. «Es el mejor público del mundo», asegura Fedi, miembro de un grupo llamado Lel Niain con el que se suele juntar por la tardes para tocar en una plaza abarrotada. Son las dos caras de la protesta. Por la mañana se puede ver el asfalto, pero con el paso de las horas y especialmente cuando la gente termina su jornada laboral, una alfombra humana cubre el lugar y no lo abandona hasta bien entrada la noche. Entonces sólo el núcleo más duro, el que vive en tiendas de campaña, permanece firme para recordar a la cúpula del régimen que la protesta no se duerme. Nada que ver con la realidad que transmiten los medios de comunicación oficiales que hablan de «una asistencia media de unos tres mil manifestantes antigubernamentales pagados por el régimen iraní».

Junto a los cantautores, algunos raperos también hacen su aparición ante un público de lo más diverso. Entre discurso y discurso político -los Hermanos Musulmanes disponen de un equipo de sonido para que los oradores pudieran dirigirse a la masa- algunos jóvenes raperos se suben a la barandilla que hace de escenario para rimar al ritmo de «Erhal, Mubarak» (fuera Mubarak, en árabe), el eslogan más popular de la revuelta, el equivalente al «RCD, degage!» tunecino (RCD, partido del ex dictador Ben Alí, fuera). Egipcios de todas las edades y condiciones sociales imaginables bailan de felicidad. No importa sin el que canta es famoso o no, importa su mensaje.

El azote del régimen

Hamdi Kandil no se calla. Nunca lo ha hecho y ahora menos. El periodista egipcio acude a la plaza de Tahrir para pedir a los manifestantes que sigan resistiendo. Sabe de lo que habla. Ha pagado un precio muy alto en su carrera y en su vida personal por luchar contra este sistema y por fin empieza a recoger sus frutos. “Estamos viviendo días históricos, esto es el fin de la dictadura“, asegura mientras se agarra con fuerza al brazo de su esposa, la conocida actriz Naghlaa Fathi. Se dirige a la masa como un gran líder. La gente le respeta, la gente le cree, algo que no ocurre con la mayor parte de periodistas del país y algunos incluso le ven como el próximo ministro de Información del Egipto democrático.

“Cristianos y musulmanes de la mano. Pobres y ricos unidos. Es impresionante, esta es la revolución de todo un pueblo y no podemos dejar que se apague”, señala el controvertido periodista al que le cuesta abrirse paso entre una multitud que le saluda y le anima a seguir con su trabajo.

Su carrera está marcada por la censura. En 2003 tuvo que hacer las maletas y emigrar a Dubai debido a sus feroces críticas contra la invasión americana de Irak. Sus análisis  sobre la situación política de Oriente Medio y los ataques a las dictaduras árabes le llevaron hasta Dubai donde permaneció cuatro años al frente de ‘Qalam Rosas’. El talk show también terminó enojando a las autoridades de Emiratos y Kandil, tras rechazar una oferta de Al Manar, propiedad de Hizbolá, se desplazó a Libia. Pero en un periodo récord las autoridades de este país decidieron suspender su programa y regresó a Egipto donde es el portavoz de la Asociación Nacional por el Cambio, partido de la oposición, y colabora con varios diarios como Al-Shuruq. Precisamente un artículo publicado en este periódico le llevó ante la Justicia ya que el ministro de Exteriores, Ahmed Aboul Gheit, le acusó de “difamación”.

Dimisión y justicia

“Dejé mi cargo en el ministerio de Comunicación en noviembre y pasé a la empresa privada. Era un opositor en la misma cúpula del aparato y no era nada fácil, pero pude salir de forma pacífica”. Hazem -nombre ficticio de este ex alto cargo del régimen que prefiere mantener el anonimato- repasa mentalmente los últimos meses y no termina de creerse que todo haya ido tan rápido. Forma parte de esa élite de funcionarios que tras toda una vida dedicada al sistema han podido romper la atadura del funcionariado y abrirse paso en otros mercados. Libre de sus compromisos oficiales y laborales debido a la huelga indefinida que vive el país lleva desde el día 25 en la plaza Tahrir y es de los que no piensa moverse hasta que dimita el presidente, “no aceptaremos otro escenario, es el momento del cambio y no hay vuelta atrás”.

Como ex responsable del ministerio de Comunicación censura la decisión de las autoridades de cortar la conexión de Internet durante varios días, “lo hicieron porque tenían miedo de mostrar al mundo lo que ocurría, pero era tarde. No se dan cuenta de que todo este tipo de órdenes repercuten negativamente sobre su propia imagen“. Al corte de Internet el régimen sumó el de los teléfonos móviles -las compañías tuvieron que acatar las órdenes del gobierno porque estaba en juego “la seguridad nacional”-  que “sólo logró enfadar aun más a los ciudadanos”. A diferencia de las protestas en otras ciudades, en El Cairo todo el mundo sabe que el pulso al régimen se juega en la plaza de Tahrir, así que no es necesario andar movilizando a nadie”, asegura antes de advertir que “por ahora pedimos la dimisión, pero más tarde exigiremos que sea llevado ante la Justicia para que pague por sus crímenes”.

Es una opinión compartida en el corazón de una protesta que ya lleva doce días desafiando a la persona que ha dirigido el país durante los últimos treinta años. Ayer sus partidarios desaparecieron de la plaza Tahrir y la movilización discurrió de forma pacífica, pero el secretario general del Partido Nacional Democrático de Mubarak, Safwat Al-Sharif, advirtió que “se trata de una anécdota si se compara con el número real de seguidores del presidente, podríamos sacar a millones de personas a la calle si quisiéramos”. Según los medios de la oposición, “fue la maquinaria del partido la que llenó las calles de matones el miércoles y el jueves”.

Hazem no se cree las promesas de Mubarak. Después de treinta años en el poder no confía en su salida en un plazo de nueve meses, un sentimiento generalizado entre los participantes en una revuelta que mantiene su pulso al poder en lo más alto.

Primer documental de la revuelta egipcia

Desde el inicio de la revuelta Ahmed Abdala no se ha movido de la plaza de Tahrir de El Cairo. Acompañado de un grupo de amigos colocó dos tiendas de campaña y aprovechando una señal de tráfico colgó un cartel que reza ‘Centro de Comunicación’. “El objetivo es reunir todo el material posible sobre esta revolución. No importa el formato, cuantas más imágenes, mejor para elaborar un buen documental sobre estos hechos históricos”, asegura este director de cine nacido en Cairo en 1978 y con más de diez años de carrera a sus espaldas pese a su juventud.

Su primer largometraje, Microphone, se estrenó en treinta teatros de todo el país el pasado día 25. “Coincidió su puesta de largo con el viernes de la ira en el que prendió definitivamente la mecha de este movimiento anti Mubarak. No me importa que nadie la fuera a ver porque lo que está ocurriendo, lo que estamos viviendo es muchísimo más importante“, piensa Ahmed. Microphone recoge la escena cultural underground de Alejandría, la segunda ciudad más importante de Egipto y la crítica especializada la define como “poco convencional” y destaca su valentía a la hora de afrontar “temas políticos y religiosos”.

Del 25 al 28 fue brutal la respuesta de la Policía contra los manifestantes que permanecemos en la plaza Tahrir. Vi morir al menos a 17 personas con mis propios ojos. La gente está colaborando con todo tipo de archivos de imágenes captadas con cámaras y teléfonos móviles y en cuanto pueda hacer una selección intentaré pasársela a los medios y colgarla en la red. Lo primero es la difusión, mostrar la verdad de lo que está ocurriendo. Después será el momento de mi documental”.

La violenta irrupción de los seguidores de Mubarak tampoco le movió de la plaza. Sigue allí, como pudimos constatar por teléfono, junto al resto de profesionales egipcios comprometidos con el éxito de este Centro de Comunicación.

Egipto: ONGs (también) en el punto de mira

Alia Mossallam sigue en primera persona los sucesos en la plaza de Tahrir de El Cairo. Junto a un grupo de amigos forma parte del núcleo duro que resiste el asedio de los seguidores de Mubarak que desde la tarde del miércoles imponen su ley en las calles de la capital con total impunidad y tratan de hacerse con el control de la plaza. Ahora está en la capital, pero su trabajo como observadora de la organización Human Rights Watch le llevó a cubrir el estallido de la revuelta en Alejandría, segunda ciudad más importante del país situada 225 kilómetros al norte de El Cairo. Allí realizó un informe sobre “la respuesta de las fuerzas de la seguridad ante las protestas”, un trabajo que no puede realizar en las últimas horas en Tahrir porque “aquí me dedico a atender a la gente herida, están llegando muchos sobre todo por culpa de piedras y navajas”.

A sus 29 años ha hecho un paréntesis en su doctorado sobre la canción protesta en Egipto en los años 50 y 60 en la London School of Economics para vivir “unos sucesos históricos” para el país. La misma decisión que han tomado miles de jóvenes egipcios en el extranjero que han volado de vuelta a sus hogares para unirse a la revuelta. “Las protestas en El Cairo y Alejandría son diferentes debido al tamaño de las ciudades, allí todo ocurre más rápido. Aquí todo el mundo tiene que llegar hasta la plaza de Tahrir, pero en Alejandría la revolución empieza en cada calle“, asegura Alia en cuyo informe recogió “los disparos de armas de fuego contra la multitud por parte de la Policía” y la “capacidad de los hospitales para convertirse inmediatamente en salas de emergencia para tratar al gran número de víctimas”.

Tras la salida de los seguidores de Mubarak a las calles la protesta pacífica de la oposición se ha convertido en una batalla campal que se ha cobrado al menos cinco muertos y miles de heridos. “Es su forma de jugar, un intento de reventar lo que estaba siendo una protesta masiva y tranquila para pedir la dimisión del presidente, pero no lo conseguirán”, augura esta joven activista que lamenta los ataques contra extranjeros -periodistas o no- y los enmarca dentro de “una política de silencio informativo” por parte de unas autoridades que “no quieren que el mundo vea lo que está pasando”.

Al igual que el trabajo de la prensa, medios nacionales de la oposición y corresponsales internacionales están en el punto de mira de los grupos pro-Mubarak, la labor de las ONG está resultando muy complicada y ayer por la mañana varios activistas de Amnistia Internacional (AI) y de la organización Hisham Mubarak Law Center (HMLC) fueron retenidos por miembros de las fuerzas de seguridad.