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Ras Ajdir, frontera de salida

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No es basura. Son las pertenencias de oleadas y oleadas de refugiados que abandonan Libia. Lo poco que han podido salvar de los controles de carretera y de las bandas de ladrones que persiguen a los refugiados se convierte en algo prescindible cuando lo único que importa es pasar al otro lado. Por eso, muchos dejan en el último momento esa maleta con la que han cargado durante cientos de kilómetros para saltar la valla. Y en ese instante lo valioso se convierte en puro deshecho.

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Durante varios días el puesto fronterizo libio ha estado abandonado. Los militares se replegaron el fin de semana pasado hasta el pueblo de Abu Kamesh, a unos 10 kilómetros hacia Trípoli. Pero Gadafi ha vuelto a tomar la frontera.

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Los seguidores de Gadafi hacen ondear la bandera verde de la Gran Jamahiriya y cantan ante el éxodo de extranjeros. Lo hacen porque saben que los medios de comunicación de medio mundo estamos aquí. Nos dicen que en Libia todo es normal, que el pueblo está con el líder. Pero a poco más de cien kilómetros, en Zawiya, la temida Brigada 32 comandada por Khamis, uno de los hijos de Gadafi, aplasta a las fuerzas rebeldes.

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Un éxodo muy particular

El éxodo de refugiados extranjeros no cesa en Ras Ajdir (foto: Mikel Reparaz).

El éxodo de refugiados extranjeros no cesa en Ras Ajdir (foto: Mikel Reparaz).

Dicen que cada día pasan 10.000 refugiados por el puesto fronterizo de Ras Ajdir. Y apenas vemos libios entre ellos. Prácticamente todos son hombres, extranjeros y trabajadores inmigrantes. No hay mujeres ni niños. Las instalaciones improvisadas por las autoridades tunecinas no cubren ni una mínima parte de las necesidades de esta gente que huye de la guerra y la violencia de Libia. Quieren volver a sus casas, y lo cierto es que algunos ya han salido en barcos y en aviones fletados por sus gobiernos. Todo depende del color de tu pasaporte y de tu profesión.

Refugiados egipcios en el lado tunecino de la frontera (foto: M. Reparaz).

Refugiados egipcios en el lado tunecino de la frontera (foto: M. Reparaz).

La gran mayoría son egipcios. Dicen que hay más de un millón de inmigrantes de ese país en Libia. Vienen con lo puesto, con mantas y las pocas pertenencias que los soldados libios les han dejado traer control tras control. Son los que van a parar a descampados y con mucha suerte a naves industriales atestadas de gente como ellos. “Sólo queremos ir a casa, hemos pasado momentos muy duros en Libia y pedimos a nuestro gobierno que nos ayude”, dice Jamal, un joven de El Cairo que trabaja en la construcción.

La cosa es bien distinta cuando se trata de trabajadores de grandes multinacionales italianas, surcoreanas o francesas que explotan la riqueza petrolífera de Libia. Son de todas las nacionalidades imaginables. Desde vietnamitas hasta samoanos, tailandeses y muchos, muchos chinos. Algunos de ellos salen vistiendo aún los buzos de trabajo, sin ninguna pertenencia, y muy ordenadamente esperan a los autobuses que sus compañías han fletado. “Nuestra compañía es italiana y ellos se encargarán de mandarnos para casa”, nos dice un capataz tailandés que lleva tres años en los pozos del desierto libio.

Todos ellos llegan a pie. No hay atascos monumentales ni miles de vehículos esperando cruzar. El puesto fronterizo libio está abandonado, y los refugiados nos cuentan que a unos diez kilómetros, en la localidad de Abu Kamesh, las fuerzas de Gaddafi han instalado una “frontera alternativa”. Un puesto de control donde les despojan de teléfonos móviles y donde tienen que dejar los vehículos.

Capataces chinos esperan a sus compatriotas que huyen de la guerra en Libia (foto: M. Reparaz).

Capataces chinos esperan a sus compatriotas que huyen de la guerra en Libia (foto: M. Reparaz).