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Ángeles de la guarda con AK-47

Uniformados como policías y con el parche del ministerio de Interior en su brazo, las fuerzas de seguridad cristianas protegen los accesos a los más de cincuenta templos de Bagdad. Ocurre lo mismo en las mezquitas, donde suníes y chiíes presentan cada año al ministerio una lista con sus candidatos a ‘ángeles de la guarda’ que se situarán en las puertas como último filtro antes de entrar en la casa de Dios. Al final cada uno se fía de los suyos.

En la principal iglesia caldea de la capital, San José, cinco jóvenes reconvertidos en policías protegen a los fieles. Desde los primeros ataques a la comunidad se decidió cerrar la carretera que discurre frente a esta gran iglesia de piedra amarillenta. No hay grandes muros de hormigón, ni puestos de control militares. El padre Saad Sirop Hana piensa que “los muros sólo sirven para separarnos de los demás y esta es la casa de todos, así que debe estar abierta”. A sus 38 años conoció de primera mano el terror cuando fue secuestrado durante un mes en el año 2006. Entonces estaba en una iglesia del barrio de Al Dora, zona en la que no queda hoy un solo templo abierto. Los guardas de San José miran al padre Sirop con respeto y cuando se les pregunta sobre quién dan las órdenes no tienen duda: el cura. Armados con Ak-47 y con radios a la cintura hacen turnos de 24 horas si es necesario.

Los uniformes no han llegado a todas las iglesias y en algunas los guardas van equipados con las camisetas del Barcelona o Real Madrid, una nueva religión para los más jóvenes. Es el caso de San Jorge, cerca de la zona de Nuevo Bagdad en la que el fin de semana fue asesinado un matrimonio cristiano que había regresado a la capital para vender sus posesiones y emigrar de forma definitiva. Fueron apuñalados hasta la muerte. ¿Delincuencia común o una acción más de Al Qaeda? Es la pregunta que se formulan muchos cristianos que desde la operación yihadista contra la iglesia de Sayid An Naya (Nuestra Señora de la Salvación) del pasado 31 de octubre viven en auténtico estado de pánico.

Bagdad llora a sus mártires cristianos

Trajes negros. Luto riguroso para celebrar los cuarenta días de la muerte de 58 personas, dos de ellas sacerdotes, en la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación de Bagdad tras el asalto de un comando yihadista. Los agujeros abiertos en las paredes por los disparos y explosiones, y los regueros de sangre seca muestran la dureza de aquellas cinco horas de secuestro que marcaron un antes y un después para la comunidad cristiana del país, la minoría más importante de Irak que ahora emigra en masa de la capital. Arropados por representantes de las catorce sectas cristianas del país y con la presencia de personalidades destacadas del mundo religioso musulmán, de la esfera política y diplomática cientos de personas han desafiado la amenaza de Al Qaeda volviendo al lugar de los hechos para celebrar los cuarenta días de la matanza.

La celebración ha sido un reflejo de lo que es el actual Irak, tierra de contrastes radicales. Una mezcla de guardaespaldas con gafas de sol,  pinganillos en los oídos y pistolas en la cintura nadaban entre el mar negro formado por las mujeres de luto con las cabezas cubiertas y el arcoíris solemne de curas de las distintas sectas con trajes blancos, morados, negros, rojos o rosas. Todo ello con un intenso aroma a incienso, una sintonía que mezclaba las canciones en arameo, los sermones en árabe y el llanto de los presentes, muchos de ellos familiares directos de los nuevos mártires. En las primeras filas, delante de los retratos de los caídos y de los enormes centros de flores de plástico, religiosos como el líder chií del Consejo Supremo Islámico, Amar Al Hakim, nieto del que fuera la máxima autoridad del chiismo mundial. El encargado de presidir la ceremonia fue el patriarca de la iglesia siriaca Youssef III Younan, que se desplazó desde El Líbano y agradeció la presencia de Al Hakim por encima de la de cualquier otra personalidad y pidió “la paz entre comunidades”.

En el aire dos helicópteros no han dejado de hacer vuelos de supervisión a muy baja altura en ningún momento. A pie de tierra la seguridad privada de los diplomáticos occidentales tomaba posiciones entre los escombros del vecindario y los callejones de barro se han convertido en aparcamiento improvisado para una legión de vehículos blindados todoterreno. A las puertas del templo los miembros más jóvenes de la ONG Hammurabi Human Rights han formado una cadena humana con carteles que rezaban: “Dejad de matar cristianos” o “¿dónde está el gobierno?” El líder del grupo, Wilmar Warda se ha dirigido a los medios para pedir “el fin de las amenazas a las familias cristianas, pedimos la llegada de cascos azules de la ONU para protegernos, sólo una fuerza neutral nos puede librar de una muerte segura”.

“No quiero hacer hincapié en el hecho religioso, esto es un ataque contra todos los iraquíes y el único camino para acabar con los terroristas es la solidaridad entre todos los ciudadanos”, piensa el poeta Alfred Saman, cuya sobrina se recupera de una herida de bala sufrida en el asalto del 31 de octubre. La prensa local al completo ha seguido una ceremonia que ha durado poco más de dos horas y donde había gente venida desde Ankawa, ciudad kurda que se ha convertido en el nuevo centro cristiano del país desde la caída del antiguo regimen.

Canadá: cumbre doble, seguridad doble

Policía antidisturbios en las calles de Toronto. Foto de Chris Young, Canadian Press.

Policía antidisturbios en las calles de Toronto. Foto de Chris Young, Canadian Press.

El G8 se reúne en Huntsville, en un idílico paraje montañoso con lago incluido, en el que que el recién estrenado Primer Ministro Británico David Cameron ya se ha dado un chapuzón para regocijo del gobierno canadiense. Los canadienses no están tan contentos con que los países más poderosos del planeta, y otros 12 que aspiran a serlo, les secuestren este bello paraje durante todo el fin de semana. A 200 kilómetros de Huntsville, en Toronto, donde está concentrada la prensa que pertenece a esos 12 países que se unirán a los 8 grandes en el G20 , parte de la ciudad también está cerrada, incluida la famosa CN Tower. El perímetro de seguridad que coge buena parte del centro financiero tiene 3 kilómetros y medio y vallas de tres metros de altura. 20.000 policías con los materiales antidisturbios colgados de la cintura patrullan el perímetro y andan en metros, autobuses y calles en busca de posibles manifestantes. Las ONG se quejan que las medidas de seguridad son excesivas e intimidatorias. Además, un juzgado de Toronto le ha dado permiso a la policía para utilizar cañones sonoros contra los manifestantes, eso sí con los decibelios controlados para no dejar sordo a nadie. Mil millones de dólares estadounidenses y canadiense que al cambio es lo mismo le va a costar la seguridad del G8 y el G20 al gobierno canadiense. La oposición se ha quejado y el gobierno se defiende diciendo que doble cumbre, doble seguridad.