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Un éxodo muy particular

El éxodo de refugiados extranjeros no cesa en Ras Ajdir (foto: Mikel Reparaz).

El éxodo de refugiados extranjeros no cesa en Ras Ajdir (foto: Mikel Reparaz).

Dicen que cada día pasan 10.000 refugiados por el puesto fronterizo de Ras Ajdir. Y apenas vemos libios entre ellos. Prácticamente todos son hombres, extranjeros y trabajadores inmigrantes. No hay mujeres ni niños. Las instalaciones improvisadas por las autoridades tunecinas no cubren ni una mínima parte de las necesidades de esta gente que huye de la guerra y la violencia de Libia. Quieren volver a sus casas, y lo cierto es que algunos ya han salido en barcos y en aviones fletados por sus gobiernos. Todo depende del color de tu pasaporte y de tu profesión.

Refugiados egipcios en el lado tunecino de la frontera (foto: M. Reparaz).

Refugiados egipcios en el lado tunecino de la frontera (foto: M. Reparaz).

La gran mayoría son egipcios. Dicen que hay más de un millón de inmigrantes de ese país en Libia. Vienen con lo puesto, con mantas y las pocas pertenencias que los soldados libios les han dejado traer control tras control. Son los que van a parar a descampados y con mucha suerte a naves industriales atestadas de gente como ellos. “Sólo queremos ir a casa, hemos pasado momentos muy duros en Libia y pedimos a nuestro gobierno que nos ayude”, dice Jamal, un joven de El Cairo que trabaja en la construcción.

La cosa es bien distinta cuando se trata de trabajadores de grandes multinacionales italianas, surcoreanas o francesas que explotan la riqueza petrolífera de Libia. Son de todas las nacionalidades imaginables. Desde vietnamitas hasta samoanos, tailandeses y muchos, muchos chinos. Algunos de ellos salen vistiendo aún los buzos de trabajo, sin ninguna pertenencia, y muy ordenadamente esperan a los autobuses que sus compañías han fletado. “Nuestra compañía es italiana y ellos se encargarán de mandarnos para casa”, nos dice un capataz tailandés que lleva tres años en los pozos del desierto libio.

Todos ellos llegan a pie. No hay atascos monumentales ni miles de vehículos esperando cruzar. El puesto fronterizo libio está abandonado, y los refugiados nos cuentan que a unos diez kilómetros, en la localidad de Abu Kamesh, las fuerzas de Gaddafi han instalado una “frontera alternativa”. Un puesto de control donde les despojan de teléfonos móviles y donde tienen que dejar los vehículos.

Capataces chinos esperan a sus compatriotas que huyen de la guerra en Libia (foto: M. Reparaz).

Capataces chinos esperan a sus compatriotas que huyen de la guerra en Libia (foto: M. Reparaz).

Manual iraní para revueltas

Al Jazeera y otros canales árabes emitiendo 24 horas en directo. Cientos de periodistas de todo el mundo entrando al país cada día para enviar noticias sobre las protestas. Llegas al aeropuerto de El Cairo, te estampan la visa por quince dólares y a trabajar. Ni permiso de prensa, ni traductores oficiales ni gaitas. Un cachondeo, señores. Egipto, como Túnez, no ha estado a la altura de la que se ha montado. Han perdido la guerra de la información desde el primer día y al final ya se han visto los resultados.

La república islámica se vio en apuros tras las elecciones presidenciales de 2009. Muchos enviados especiales estábamos allí cubriendo los comicios y nos encontramos con el postre de las mayores revueltas de la historia del régimen. Pero el trabajo nos duró poco. Estas fueron algunas de las pautas que empleó Irán y que cualquier régimen que se precie debe seguir para que no le pase lo de Egipto y Túnez:

1-Declarar ilegales las protestas y prohibir su cobertura.

2-Prohibir la entrada de más periodistas en el país.

3-No renovar los visados a los enviados especiales que se encuentren en el país.

4-Reducir la velocidad de Internet al máximo -o cortar el servicio directamente- y filtrar las principales redes sociales.

5-Cortar el servicio de telefonía móvil: voz y mensajes.

El problema es que esto silencia, pero no fulmina. Como volvemos a ver en Irán, aunque no se pueda trabajar sobre las ‘protestas ilegales’, el descontento sigue existiendo y con el paso del tiempo irá creciendo más y más hasta volver a explotar. El pulso de la calle está claro, es cuestión de tiempo. Pero Irán no cambiará en 18 días como Egipto.

Bendirman, terrorista musical

40.000 amigos en Facebook y un corrosivo sentido del humor fueron suficientes para que el régimen de Ben Alí decidiera censurar las canciones de Bendirman. “Me hicieron la campaña de publicidad de forma gratuita, les debo mucho en mi carrera. Ahora añoro al presidente, mi gran fuente de inspiración, sobre todo por su nariz”, bromea este cantautor de 26 años que se ha convertido en el auténtico ídolo de la juventud tunecina. Su primer disco ‘Merhaba-Welcome’ estaba hasta ahora sólo a la venta en Francia, pero llegará a las tiendas del país la próxima semana.

El bendir es un instrumento de percusión tunecino y la expresión ‘tocar el bendir’ equivale a ‘hacer la pelota’. A partir de esta idea Bendirman creó ‘Bendir-land’ (planeta bendir), todo un mundo paralelo al estado tunecino en cómic y canciones, una metáfora de la dictadura en la que a diferencia de la realidad, el protagonista es un superhéroe sin poderes.

La planta baja de una villa en una de las zonas nobles de la capital es el lugar de ensayo en el que prepara, junto a otros dos músicos, el que será su primer concierto, hoy viernes, en la Escuela de Arte de la capital. “Será una actuación para recaudar dinero para la gente de Sidi Bouzid acampada en la Kasbah. ¡Viva la revolución!”

En el último año ha actuado en Canadá, Francia y Alemania. En febrero girará por Túnez y después volará a Europa y Estados Unidos. Espera tener su segundo álbum listo en marzo, “con nuevas canciones, una de ellas será absolutamente pornográfica y se la pienso dedicar a los cantantes de este país que hasta hace dos días cantaban en honor a Ben Alí y ahora se han hecho revolucionarios. Hipócritas. Esa gente sólo merece el insulto”.

Una bandera del Ché adorna un estudio donde instrumentos tradicionales se mezclan con guitarras eléctricas y un ordenador de sobremesa. Por aquí pasa la flor y nata del artisteo local y todos son colegas más o menos cercanos de Slim Amamou, que en una semana ha pasado de ser un rebelde blogger y twittero antisistema a secretario de Estado de Juventud y Deportes. “Yo no podría ser ministro porque me gustan las dictaduras. Echo de menos a Ben Ali. Era tan guapo, y su mujer tan sexy…”, repite entre las carcajadas de los colegas que poco a poco van reuniéndose en el local de ensayo. Buena parte de ellos, al estilo Bendirman, con las cabezas cubiertas por gorras y los vaqueros rasgados.

Caída la dictadura no piensa que le falten temas para componer nuevas canciones ya que “los problemas no han desaparecido”. Con la ayuda de un guitarra comienza a improvisar. Todo lo que ha visto estos días en la calle le ha marcado ya que “nadie esperaba unas protestas tan pacíficas. No hay violencia, esta es la revolución de la paz y el amor. Hay momentos en que parece que somos protagonistas de una película de Kusturica, he visto a gente organizando protestas hasta para pedir cambios en la selección nacional de fútbol”.

Bendirman canta y todos callan. Un hilo de voz a lo Manu Chao se apodera del lugar y se escapa más allá de la sala para recorrer la avenida Burghiba y la plaza de la Kasbah. Bendirman es libre y su arte también. Nuevos peligros acechan a su planeta “como la posible llegada al poder de los islamistas, esto es Túnez y aquí cualquier persona respetable bebe alcohol. Esperemos que se sepa mantener la diferencia entra las vidas privadas y públicas”.

Revolución en las aulas

Las escuelas abren sus puertas cada día, pero los profesores se ha declarado en huelga indefinida. El sector más amplio del profesorado opta por no acudir a sus puestos de trabajo como medida de presión contra el gobierno provisional. Exigen la dimisión de todos los ex altos cargos del régimen que siguen en puestos ministeriales y la huelga es su forma de lucha.

“Agentes de paisano me detuvieron el día 12 de enero -dos días antes de la caída del tirano- y me acusaron de alentar a la revuelta en mi ciudad. Nos metieron a tres personas en una celda muy pequeña. Tras seis horas de espera me pasaron a una sala para interrogarme. Me obligaron a sentarme en una silla baja que estaba llena de sangre, como el suelo”, recuerda Ismael Garby, un profesor de matemáticas de Sidi Bouzid, la región del centro del país donde estalló la revolución. Tras 17 años como profesor de secundaria, siempre se había mantenido al margen de la vida política, el auténtico tabú en el Túnez de Ben Alí, “me obligaron a firmar una declaración en la que confesaba que estaba animando a la gente a quemar mobiliario urbano y organizar manifestaciones ilegales, pero me negué. Yo solo estaba protestando por las condiciones de trabajo y de vida en la región, no soy un activista político”.

Lo siguiente que recuerda es una multitud intentando tomar la comisaria que lograron sacarle de su celda. Todos salieron a la calle entonando el himno nacional y desde entonces no han dejado las calles, “no hemos vuelto a la escuela, esto no se termina hasta que todos los ex altos cargos de la dictadura estén fuera del nuevo Túnez”.

El espíritu del profesorado de Sidi Bouzid se instaló también en la capital el pasado lunes. El Gobierno de transición pidió el retorno a las aulas como muestra de normalización, pero los profesores dijeron no. No todos, algunos, los menos, fueron a trabajar “porque no podemos mezclar política con educación, nuestra responsabilidad es seguir adelante”, decía una maestra del colegio de primaria Bilel, en el área de Mezah VI. Un precioso centro blanco con algunos detalles azules y pupitres de madera marcados por el paso de los años. En las aulas no hay fotos de Ben Alí, nunca las ha habido, pero sí banderas nacionales. Mientras repasa ejercicios de matemáticas en la pizarra frente a un grupo de doce alumnos, esta maestra critica a algunos de sus compañeros hoy en huelga “porque antes eran los primeros que aplaudían al dictador y pedían fiesta para acudir a algún acto del RCD (partido en el poder durante 23 años). ¿Por qué no pidieron antes las mejoras salariales y más vacaciones?“.

Hamida es profesora retirada y se ha quedado en las puertas del colegio con sus nietos. No hay clase, y ya son más de dos semanas. “No hay derecho, van a perder el curso. Creo que voy a hablar con otras compañeras veteranas y vamos a reanudar el curso”, apunta mientras emprende la vuelta a casa con los pequeños.

La revolución se ha instalado en las aulas. Las reivindicaciones políticas y sociales se dan la mano en el nuevo Túnez en el que las protestas adquieren dos velocidades. Algunos como el profesor Garby anteponen el cambio político al resto de facetas de la vida, otros prefieren mirar al futuro y conformarse con lo obtenido hasta ahora. Prefieren perder el curso, que la oportunidad de un cambio radical en el país.

El censor de la red

“Nada de fotos, por favor. Hay mucha gente que se cree que soy el responsable de Internet durante los últimos años y puedo tener problemas”. Son las primeras palabras de Kamel Saadaoui, director general de la temida Agencia de Internet de Túnez (ATI, por sus siglas en francés), que está deseoso de explicar su trabajo “una labor puramente técnicas, este organismo lo formamos sesenta ingenieros e informáticos y los único que hacíamos era facilitar a las autoridades los mecanismos necesarios para controlar la red, pero no éramos nosotros los que decidíamos qué censurar. No somos policías, somos ingenieros. Además, cuando decidían censurar una página o un blog, encriptaban toda la información y nosotros sólo veíamos que estaba bloqueado, nada más”.

Saadoui repasa mentalmente las cifras de páginas bloqueadas y asegura que “empezaron con unas trescientas, pero con el inicio de las revueltas ya eran varios miles, no todas de contenido político, muchas de ellas de proxys que usaba la gente para saltarse los filtros”. ¿Por qué el Gobierno no cortó Internet o redujo la velocidad de conexión cuando empezaron las revueltas al igual que hizo Irán en 2009 tras las elecciones presidenciales? “Porque no eran conscientes del poder de convocatoria de la red, no se dieron cuenta del daño que la red les estaba haciendo, es la única respuesta posible”. Túnez sufría una fuerte censura en Internet, pero también una increíble expansión de la red de alta velocidad a la que tienen acceso en medio millón de hogares, según los datos de ATI.

Situada en una bonita villa en el número trece de la calle Pasteur y sin apenas seguridad en los accesos, los empleados de la ATI tienen ahora “tiempo para tomar café las ocho horas de trabajo cada día”. El director explica que en sólo una semana se han dado grandes pasos en la administración de Internet y que a partir de ayer, día 24, “el correo electrónico es ya libre en el país. Antes controlábamos cada email y las autoridades tenían capacidad de leer su contenido, hoy cualquiera puede tener su servicio SMTP”.

Pese a la libertad en la red y el levantamiento de la censura a las páginas de contenido político, “los filtros se mantienen sobre páginas de contenido erótico, pornográfico y pedófilo. El gran cambio es que a partir de ahora será la Justicia la que decida lo que hay que filtrar, no el partido político del poder”.

Saadoui mira con simpatía al nuevo secretario de Estado de Juventud y Deportes, Slim Amamou, @slim404, un conocido programador informático y hacker al que se le incluye en el grupo de Anonymous que logró bombardear la mismísima web personal del presidente Ben Alí. “Luchábamos cada día contra ellos, hicieron muy bien su trabajo y, de verdad, que nosotros somos los primeros en alegrarnos del triunfo de la revolución”, afirma Saadoui.

El rostro del antiguo régimen

Cada día desde hace once años Imed Barboura se pone delante de las cámaras para presentar las noticias en el canal público tunecino. La cadena ha pasado de llamarse Tunisie 7, en honor a 7 de noviembre de 1987 en el que Ben Alí llegó al poder, a National Tunisian TV y el color morado de sus caretas, el favorito del dictador,  es ahora rojo, como la bandera nacional.  Los cambios de nombre, color y contenidos, sin embargo, no han traído de momento el cambio de caras e Imed sigue al frente de los telediarios.

“Fui el primero en dar la noticia de la salida del ex presidente. Estuvimos diez horas preparando el comunicado y cuando me puso ante la cámara fue como sacar una pesadilla de mi interior”, asegura este periodista de 38 años que hasta 1995 desarrolló su trabajo en la radio. “La gente me quiere, mi rostro es popular y todos saben que no tengo vinculación política con el RCD, pero no tenía otro remedio que leer los comunicados que nos imponían. No era periodismo, sólo propaganda“, lamenta.

Imed califica la etapa anterior de “trabajo institucional” y piensa que “los medios perdimos toda la credibilidad”. Ahora en el canal estatal se viven momentos de gran tensión. La noticia de que las fuerzas del orden investigan a Abdelwahab Abdalá, responsable de la censura durante el régimen, ha sido un bálsamo para estos profesionales “que no sabemos cómo hacer nuestro trabajo, estamos aprendiendo y hay que ser exigentes para estar a la altura de lo que han logrado los ciudadanos”, afirma Imed.

Las luces que iluminan por la noches el edificio de la televisión pública siguen siendo de color morado. En lo alto de la colina de Al Manar, frente al Sheraton, el edificio se convirtió en símbolo de la propagando oficial De momento los ciudadanos siguen sin confiar en esta cadena. Sus unidades móviles no se han movido de la capital, aun no han viajado por el país para recoger testimonios ni imágenes. “Falta de medios”, argumentan los directos. “Falta de profesionalidad”, replican periodistas y técnicos, muchos de los cuales duermen incluso en la redacción para hacer posible una emisión de 24 horas.

¿Qué protesta toca hoy?

Es la pregunta con la que desayunan cada día los 10 millones de tunecinos. A las reivindicaciones políticas que exigen la dimisión del gobierno provisional por sus lazos con el antiguo régimen se le suman exigencias sociales y laborales de todo tipo. Desde policías hasta taxistas, pasando por los dueños del pequeño comercio, todos reclaman cambios en la legislación y mejoras en su calidad de vida.

El problema es que los gritos van dirigidos a unas instituciones transitorias, frágiles hasta la pérdida del conocimiento, que confiaban en que los tres días de luto por los mártires de las revueltas les dieran una tregua. No ha sido así. En el nuevo Túnez no hay tregua, no hay tiempo que perder, los ciudadanos ya han perdido 23 años de sus vidas y ahora exprimen cada minuto de vida.

Hoy domingo, las protestas incluso se adelantan. Es jornada festiva en el país, pero las manifestaciones no tienen calendario ni horario. A las siete y media de la mañana la muchedumbre ha tomado la avenida Habib Burghiba con sus gritos, carteles y eslóganes para mantener viva la llama revolucionaria.