
“Y en cada tumba había plantado un girasol, recto y firme como un soldado en un desfile.
Me quedé mirándolos hechizado. Recorrí con mi mirada a un girasol que se elevaba desde la tumba. La cabeza de la flor parecía absorber los rayos del Sol como espejos y los atraía hacia la oscuridad del suelo. Parecía emerger desde el interior de la tierra y se asomaba al exterior como si fuera un periscopio. Estaba pintado de vivos colores y a su alrededor las mariposas volaban de flor en flor ¿Llevaban mensajes de una tumba a otras? ¿Acaso susurraban a cada flor que le diera un mensaje al soldado que yacía bajo ella? Sí, eso era exactamente lo que hacían: los muertos estaban recibiendo luz y mensajes.
En ese momento envidié a los soldados muertos. Cada uno tenía un girasol que los unía al mundo exterior, y mariposas que visitaban su tumba. Para mí no habrá ningún girasol. Me enterrarán en una fosa común en la que los cuerpos se apilarán sobre mí.
Ningún girasol traerá luz a mi oscuridad ni ninguna mariposa bailará sobre mi espantosa tumba.”
Wiesenthal, Simon (2008, 1ª ed.1970): Los límites del perdón: dilemas éticos y racionales de una decisión. Barcelona: Paidós, p.23.
Las palabras que arriba reproduzco pertenecen a un clásico de la literatura sobre el holocausto nazi, Los límites del perdón, de Simon Wiesenthal. El autor las enmarca en una escena que le llamó la atención cuando volvían al campo de concentración después de un día de trabajo: un cementerio con un girasol en cada tumba. La conclusión a la que llega es que los soldados que allí yacían, incluso después de muertos, eran superiores a ellos.
En el libro Wiesenthal narra un dilema que se le presentó a él en la época de internamiento en Wilhaus. Un día, mientras estaba trabajando en un hospital, una enfermera le conduce al lecho de muerte de un joven soldado nazi que, atormentado por sus crímenes, quería confesarse y recibir la absolución por parte de un judío. Aún sabiendo que el enfermo probablemente no sobreviviría a aquel día, después de escuchar su confesión, él guardó silencio y salió de la habitación. Al día siguiente, que volvió a trabajar al mismo sitio, la enfermera le comunicó que el soldado había muerto el día anterior. Tiempo después de salir del campo de internamiento, aprovechando una visita a Munich, pasó por Stuttgart y visitó a la madre del soldado quien se había quedado viuda y guardaba una buena imagen de su hijo. En esa ocasión Wiesenthal también guardó silencio. Acabada la narración plantea al lector que se haga la pregunta: “¿Qué habría hecho yo?”. Y ese reto se lo propone a distintos personajes (profesores, rabinos, escritores, judíos, cristianos, etc.) que comparten su opinión con el lector en la segunda parte del libro (el simposio); algunas respuestas son muy diferentes entre sí, incluso opuestas. Como señala el autor: “el punto más importante es, por supuesto, la cuestión del perdón. Perdonar es algo que sólo el tiempo puede conceder, pero también el perdón es un acto de voluntad y sólo la víctima tiene autoridad para tomar la decisión” (p.80). Cada uno puede perdonar únicamente los crímenes o ultrajes que se han cometido contra su persona. Leer más…
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