Jóvenes y la televisión
Por Olatz Elizondo
En las experiencias, contactos y trabajos que he realizado con adolescentes y niños, he observado, con mayor preocupación últimamente, los valores y creencias que tienen en tales temas como el amor, el respeto al prójimo, resolución de problemas, el modo de comunicarse, la autoridad, el modelo de persona a seguir… Hablando con ellos y analizando las situaciones, pienso que, además de otras razones, la programación televisiva tiene una gran influencia en todo esto.
El mirar la televisión es uno de los pasatiempos más importantes y de mayor influencia en la vida de niños y adolescentes. La televisión puede entretener, informar y acompañar a los niños, pero también puede influenciarlos de manera indeseable.
El tiempo que se pasa frente al televisor es tiempo que se le resta a actividades importantes, tales como la lectura, el trabajo escolar, el juego, la comunicación con la familia y las relaciones sociales. En mi opinión muchas veces los niños no saben diferenciar entre la fantasía presentada en la televisión y la realidad. Los niños también pueden aprender cosas en la televisión que son inapropiadas. Además, están bajo la influencia de miles de anuncios comerciales, muchos de los cuales son de bebidas alcohólicas, comidas de preparación rápida y juguetes.


Esta es una historia vieja como lo son las relaciones, contada, casi, desde que el ser humano decidió acercarse a otro, que lo miraba con interés. Es una historia sobre una emoción que se gestó en sociedad, que sólo vive el que mira hacia adentro, estando en presencia de otros. Estoy hablando de la 


“La única certeza que tenemos, es la que más tratamos de negar”. Y es así, de pocas cosas podemos estar tan seguros como de que, algún día, nos moriremos. Llevaba un tiempo queriendo traer la muerte a estas líneas, a pesar de que soy consciente de que no se trata de un tema agradable, atractivo, o propio de espacios como este. Ni más ni menos que por lo incómodo que es asomarnos a nuestro propio final. Las pérdidas, tanto temporales como definitivas, acarrean la reestructuración del espacio conocido, sin una pieza que solía estar ahí, sin algo o alguien que era fundamental, querido. Construimos el mundo dando por sentado que todo continuará en el lugar donde lo dejemos cuando volvamos a mirar, ya que una realidad impredecible resulta mucho más intolerable, que contemplar el incómodo tanto por ciento que hace que las cosas no nos sean favorables. Asumimos que viviremos para siempre, que quienes están a nuestro alrededor seguirán estándolo, y olvidamos, que, simplemente, eso no es cierto, no puede serlo. 
tiempo somete a presiones cada vez más insoportables. Como no podía ser de otra forma, las ruedas, cadenas y cableado de la máquina se corroían, enredaban y por último partían, haciendo el funcionamiento del resto del sistema, algo cada vez más complicado. 

