Para aprender, podemos empezar por escuchar

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Por Javier Riaño

El verbo aprender soporta bastante mal el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: leer, amar, soñar, imaginar, inventar, innovar…Podemos intentarlo convencidos de su necesidad. Podemos exigir “¡Aprende! ¡Sueña! ¡Imagina! ¡Lee! ¡Innova!

¿Resultado? NINGUNO.

Para aprender empezamos por el “no sé qué es lo que no sé” “no sé para qué lo necesito” para llegar al “me lo sé sin pensarlo” que dice mi hija. Rogelio Fernández, nos propuso el otro día un ejemplo muy clarificador relativo idiomas. Aprendemos idiomas comenzando de una forma un tanto “traumática”: oferta de empleo “se exige inglés fluido”; la bibliografía sobre nuestro tema favorito, en nuestro idioma materno, no existe; peor aún, conocemos a gente con la que no podemos comunicarnos por nuestra falta de recursos.

…Y, entonces, nos damos cuenta de nuestra incompetencia. En este momento decidimos tomar medidas: con algunos años más y con algunos miles de euros menos, después de muchas horas, esfuerzos, y conversación, aprendemos a perpetrar (perdón, a practicar) y luego a expresarnos en ese idioma (más o menos) con cierta corrección. Con estos rudimentos idiomáticos, mucha dedicación y la paciencia de nuestros interlocutores, alcanzamos finalmente nuestro objetivo: hablar el idioma de manera fluida y automática.

  

Pero ¿Cómo se hace eso? Es decir, ¿Cómo darnos cuenta de la necesidad? O, de otra forma, ¿Cómo se toma conciencia de la necesidad, de la incompetencia, de la falta de capacidad?

Generalmente es la realidad quien nos interpela. Como en el aprendizaje de idiomas, quieres, pero no puedes acceder a un empleo por no saber ese idioma; quieres, pero ni sabes ni puedes comunicarte con otros por no compartir un lenguaje común; ni sabes ni puedes leer los libros deseados por no entender su idioma.

Sin embargo, cuando hablamos de un aprender más íntimo, la cosa cambia. En estos casos, por ejemplo, cuando “los otros” nos interpelan señalando nuestras debilidades en nuestros comportamientos –por ejemplo- trabajo de equipo, comunicar y no sólo informar, escuchar y no sólo oír-, la cosa cambia.

Aquí, la importancia de “darse cuenta” es aún mayor; la actitud de la persona interpelada por la información (nosotras y nosotros) es CLAVE.

Incorporar esta información en nuestra mochila, asimilarla, comprenderla, “deglutirla”, “tomar conciencia de lo que nos dicen” es fundamental. Y también se trata de acciones que comparten con el verbo aprender aversión al imperativo, odio a la obligación.

Aunque quienes nos rodean nos proporcionen información sobre nuestro comportamiento, aunque nos ofrezcan feed back sobre nuestras debilidades de manera motivacional y reforzante; aunque toda esta comunicación se desarrolle cumpliendo las normas de la retroalimentación efectiva, difícilmente aprenderemos (es decir, cambiaremos) si no atribuimos credibilidad, legitimidad y pericia a quien nos da esa información. Difícilmente utilizaremos esa información para mejorar y cambiar si no adoptamos una actitud de apertura mental, una actitud de escucha.

Poca validez daremos a la prescripción farmacológica de quien –en nuestra opinión- carece de conocimientos y experiencia en el campo médico. Poca fiabilidad a quien –en nuestra opinión- consideramos “crítico por naturaleza”, “negativo” o “revirado”. Ninguna legitimidad si atribuimos al emisor de estas opiniones intereses oscuros, motivaciones malsanas, o intenciones abyectas.

La importancia que damos a las críticas (propias o ajenas) es directamente proporcional a la credibilidad (validez, fiabilidad, imparcialidad, pericia y legitimidad) que atribuimos a su autor. Sin embargo, habitualmente, otorgamos más credibilidad y pericia a quienes nos proporcionan evaluaciones y juicios más favorables. Es decir, que sólo escuchamos lo que queremos escuchar. Y esto produce un baile perverso tipo yenka: paso adelante paso hacia atrás, acabamos en el mismo sitio. En definitiva, movemos todo para que no cambie nada.

Y esta postura es muy poco inteligente ya que nuestra capacidad de aprender NACE de nuestra capacidad de asumir las críticas: propias y ajenas. Aprender a escuchar, investigar los motivos e intereses de quien nos interpela, cuestionar si lo que escuchamos es lo que nos quieren decir, legitimar al otro independientemente de que sus opiniones no gusten o no puede ser un buen principio. En definitiva, que para aprender, cambiar y mejorar, lo mejor es escuchar.

¿Vosotros qué opináis al respecto?

 

Un pensamiento en “Para aprender, podemos empezar por escuchar

  1. Gotzon

    Hola Javier,

    no ya el imperativo, sino incluso me atrevería a decir que el esfuerzo no son ritmos de moda como bien sabes.

    Y sí, para aprender, es que no hay otra que escuchar, observar. Y escucharse, claro está.

    Se puede decir que estamos programados para ello. Venimos equipados de serie con unas neuronas espejo que nos han sido muy útiles para relacionarnos con los demás y sobrevivir como especie.

    Y como bien decía el filósofo, tenemos dos orejas y una sóla boca, justamente para hablar menos y escuchar más, aunque a menudo preferimos que nos den la razón -resulta más cómodo y halagador- en lugar de escuchar razones. Otras razones

    Responder

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