¿Respeto mis emociones?

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Por Olatz Elizondo Cuñado

Las capacidades sociales y emocionales del ser humano pueden ser tanto o más importantes para el éxito en los distintos aspectos de la vida que las capacidades intelectuales a las que tradicionalmente concedemos el sitio de honor. La armonía entre esas dos formas de pensar y/o actuar es lo que suele llamarse Inteligencia Emocional.

En lo referente a las relaciones con los demás, los sentimientos y las emociones son más importantes que los raciocinios. De ahí que aquellas personas que se destacan por su inteligencia racional no siempre son las de mejor desenvolvimiento social.

Las emociones son impulsoras del acto. En los primeros tiempos de la humanidad, así como en los primeros días de nuestras vidas, las emociones garantizaban la supervivencia. Hoy son un elemento constitutivo de nuestras vidas pero se pueden convertir en un obstáculo cuando se imponen y controlan las actuaciones.

  

La inteligencia emocional es algo susceptible de ser desarrollado y mejorado. Hay personas que tienen muy poco desarrolladas las competencias de la inteligencia emocional, por ejemplo son poco empáticas, no tienen ninguna automotivación…, esperan a que todo venga de afuera. Son personas con escaso autocontrol, y muchas veces suelen tener tendencia a la negatividad, al pesimismo. Cuando alguien es así no resulta fácil cambiar, pero si posible. Cuando una organización es así porque está compuesta por una mayoría de individuos así o que se han transformado así porque la propia organización tiene una energía negativa, eso es difícil de cambiar, pero posible. En contraposición están las personas creativas, positivas, con autocontrol… y las empresas con cultura corporativa creativa, empresas que han demostrado que actúan como asociaciones creativas.

Hay personas que se prohíben tanto las explosiones de cólera como las crisis de llanto, persuadidos de que su “deber” es aparentar una “fachada” fuerte e imperturbable. Escapan de sus emociones. Algunas descubren que para renacer a la vida, primero tienen que abrir las compuertas de su corazón. Otras comprenden que será imposible superar el dolor y conseguir ser más felices mientras sigan aprisionando sus emociones.

Nuestras emociones constituyen la propia esencia de nuestra vida y, por esta razón, ejercen unas repercusiones concretas, palpables, en nuestra salud física y moral.

Muchos de nosotros descuidamos nuestras emociones, nuestro cerebro “sensible”, en beneficio de nuestro cerebro “pensante”.

Es conveniente que tratemos nuestras emociones con el mismo respeto con que tratamos nuestros pensamientos. Cada vez que negamos o minimizamos el papel de lo “sentido”, desvalorizamos completamente a nuestro yo emocional, y le enviamos el siguiente mensaje: ¡Lo que sientes no me parece importante! Nuestro nivel de confianza interior depende directamente del respeto otorgado a nuestro yo emocional, y rebajarlo es repudiar nuestra identidad profunda.

Y recordemos que las emociones provocan secreción hormonal en el organismo, es decir, las glándulas responden en el acto a cada una de nuestras emociones. Todas esas emociones “prohibidas” en nuestro inconsciente se hacen oír por otra vía: “hablan” poniéndonos enfermos, se somatizan en nuestro sistema nervioso, en el estómago, en la piel, en el corazón…

Todas las emociones que se sienten son importantes: sólo hay que saber escucharlas, interpretarlas y vivirlas.

¿Respetas tus emociones?

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