Inteligencia emocional

¡Que vergüenza, esto lo va a ver mucha gente!

14072012205Si yo hubiera tenido este pensamiento, posiblemente no hubiera publicado este post. Me hubiera detenido la vergüenza. Porque sí, ella me miró. Pero fue divertido.

Esta foto la tomé en el servicio de hombres de una estación de servicio de una autopista. Así está decorada la pared, con varias chicas mirando. Lo primero que pensé es que es un buen sistema para empezar a desinhibirse y liberarse la vergüenza, que en realidad es de lo que hoy quiero hablar.

Una interesante emoción que aunque ya nos ha visitado en varias ocasiones, no es muy conocida por la dificultad que presenta para estudiarla y conocerla, ya que en muchas ocasiones no se declara.

En primer lugar, podemos decir de ella que se trata de una una emoción social porque se hace pública, pero sobre todo desde una perspectiva sociológica de las emociones , es una emoción que tiene un potente influjo cultural desde la infancia, a través de los procesos de socialización que transmiten los valores, las normas culturales y sociales y por tanto, morales.

Es decir, cumple la función de orientarnos ante lo correcto o lo rechazable. Es una emoción inhibidora de muchas conductas que consideramos inmorales. Conlleva un interesante aspecto de control social.

En las teorías emocionales de Thomas Scheff, la vergüenza es la emoción social más significativa ,  y tiene estrecha relación con las posiciones de poder y estatus.

Ejerce un papel importante en la vida íntima y social de la persona, en la interacción entre el ámbito individual y social.

Es provocada por la idea, creencia, pensamiento o percepción de fallar ante los demás, o de transgredir alguna norma moral, aunque esto también sea consustancial de la culpa.

Pero la vergüenza también presenta un aspecto negativo que puede perjudicarnos gravemente si no somos capaces de gestionarla adecuadamente.

La vergüenza pone el foco en la persona, no en la conducta como ocurre con la culpa, porque se fundamenta en la autovaloración de uno mismo y de no alcanzar ciertos estándares y de creencia de la de desaprobación por parte de los demás, bien sea en presencia real o imaginada de los otros.

Aparece al exponernos ante el juicio de los demás. Algo así ocurre a no pocas personas cuando les toca hablar en público, por poner un ejemplo, por el convencimiento de hacer el ridículo.

,No en vano, se da la paradoja de que en estos años de crisis, numerosas personas y familias, que se consideraban clase media, se ve en serias dificultades y sin embargo, no reciben ayuda porque no la piden por vergüenza.

En el último de los talleres que imparto dirigidos a personas y familias en vulnerabilidad social terminado recientemente, una de las emociones que más aparece en las vidas de estas personas es la vergüenza.

Pudimos trabajar con varios casos en los que esta emoción limitaba sustancialmente la autoeficacia de estas personas ante la vida.

Eran plenamente conscientes de que a la hora de hablar en público, ante otras personas, incluso para tratar de conseguir un trabajo, presentarse en el inicio de las clases en diversos tipos de formación, o cuando tienen que hablar de lo que les está pasando, comienzan a sentir vergüenza que no saben como manejar, lo cual les lleva a abandonar estos intentos.

Sus experiencias emocionales nos sirven, además de ver lo dañina que puede resultar la vergüenza, exponer y repasar cómo se muestra, se expresa y se siente la vergüenza (pudor, rubor, timidez, embarazo, -en otra ocasión hablaremos de esta concepción de la vergüenza relacionada con la desigualdad de género – ).

Estas personas explicaban que sienten que se ruborizan, al notar el calor en sus mejillas comienzan a pensar ¡qué vergüenza!, ello les produce tartamudeo, pierden la concentración, se queda la mente en blanco y comienzan a experimentar el deseo de alejarse, de huir, de desaparecer. Como vemos, la vergüenza produce una repentina interrupción de la actividad que se está haciendo. Encoge el cuerpo.

Pero lo más dañino de la vergüenza es que provoca la idea de abandonar cualquier nuevo intento para evitar el sufrimiento ante el convencimiento de volver a fallar.

Aleja nuevas oportunidades de desarrollo personal, puesto que la vergüenza afecta y debilita seriamente a la autoestima. La vergüenza nos habla de las inseguridades y contradicciones personales.

Se comienza a poner excusas para no volver, y aparece el miedo, la rabia, hacia uno mismo y hacia los demás, la tristeza,  y la frustración.

A este respecto recordemos a Antonio Damasio y su marcador somático y su influencia en la toma de decisiones como un potente anclaje emocional negativo.

Pero ¿cómo podemos manejar la vergüenza?.

En este punto, me gustaría contaros, sin caer en la pedantería, que al final del taller al que he hecho referencia, algunas de la personas se habían atrevido a poner en acción algunas de las recomendaciones aquí expuestas y que habíamos trabajado mediante ejercicios sobre sus propias experiencias personales, experimentando una notable mejoría y satisfacción al afrontar algunas situaciones que les producían vergüenza. ¡Podemos gestionar adecuadamente la vergüenza!.

Ante todo, tenemos que apoyarnos en nuestra autoestima, en la autoconfianza y en sentirse orgulloso u orgullosa como persona. Cambiando la propia conversación interna, el lenguaje, el pensamiento y las creencias.

Puede resultar de gran ayuda reconocer y comentar, con humor, que se está sintiendo vergüenza y aprovechar para pedir ayuda a la otra persona, ésta seguramente le quitará importancia a la cuestión, lo cual nos generará confianza y seguridad.

El humor es una herramienta fundamental para lograr la desinhibición ante múltiples circunstancias y situaciones a las que nos enfrentamos en nuestra vida cotidiana, ayudándonos a gestionar adecuadamente nuestras vergüenzas, dejémonos que nos miren los demás como en la foto de cabecera.

¿Y tú cómo manejas tu vergüenza?

Un pensamiento sobre “¡Que vergüenza, esto lo va a ver mucha gente!

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