Inteligencia emocional

¿Cuánto nos cuesta la estupidez emocional?

En general creer que lo sabemos todo, o que sabemos todo lo necesario, o incluso más que los demás es poco inteligente. Dentro de ese conjunto de prácticas podríamos incluir todas esas ocasiones en las que minusvaloramos la importancia de expresar nuestras emociones o, por contra, no saber encontrar los momentos adecuados para hacerlo. ¿Qué decir de la falta de empatía, de la falta de escucha? ¿Cuánto sufrimiento acarreamos por no gestionar bien el estrés o por querer tener siempre la razón y la última palabra en discusiones, por encontrar siempre un culpable para todo (por supuesto externo), por vivir en el papel de víctima de todo lo que ocurre, por utilizar siempre excusas para no ser responsable de lo que nos sucede, por ser excesivamente pesimista, susceptible, por ofenderse con demasiada facilidad, o por vivir sumido en la desconfianza y ver complots por todos lados?

Estúpido, según la RAE, significa necio y falto de inteligencia. Y estupidez es la torpeza notable en comprender las cosas. Por lo tanto lo contrario a ser inteligente emocionalmente podría denominarse estupidez emocional. La intención con la que me enfrento a este artículo es el de señalar lo que nos cuesta tanto a las personas, como a las organizaciones y a la sociedad en general la falta de inteligencia emocional. El hecho de que haya muchas implicaciones, daños colaterales, cotidianos hacen especialmente importante visibilizar situaciones concretas que todos vivimos y en las que la estupidez emocional nos puede salir muy cara.

ALGUNOS DATOS

23.000 millones €/año en salud.

El abordaje de los problemas emocionales ocasiona un gran impacto a nivel clínico debido a la cronicidad y comorbilidad del proceso, así como a la discapacidad asociada. También supone un alto coste económico. Recientemente se ha presentado un informe en el que se indica que la depresión, la ansiedad y las somatizaciones en España en el año 2010 alcanzaron los 23.000 millones de euros, el 2,2% de PIB, esto es, más de la mitad de los costes anuales por salud mental. Son cifras que marean pero que aportan referencias sobre la importancia de aumentar las competencias emocionales en la ciudadanía.

60 millones €/año en seguridad social.

Desde el punto de vista laboral las dolencias que acumulan más casos de bajas son las de la columna lumbar (13%), seguidas de las enfermedades psiquiátricas (11%) y las gripes, con una media de 90 días de baja laboral en el caso de las patologías psiquiátricas. Con respecto a la repercusión económica, según el IV Informe ADECCO sobre absentismo, supuso para las empresas  603.737.206 euros.

Y lo que no se puede cuantificar aun…

Me temo que siendo los datos anteriores relevantes o, al menos, dignos de hacernos reflexionar, lo peor es lo que no está cuantificado aun. No sabemos lo que nos cuesta no saber comunicarnos mejor con nuestra pareja, con nuestros hijos o con nuestros compañeros. No sabemos lo que sale vivir años encerrados en situaciones de conflicto emocional, de dependencias emocionales o de maltrato. Tampoco nos hacemos una idea de las energías desperdiciadas en las empresas, en la organizaciones o en la sociedad por los ejércitos de personas desmotivadas. De mientras, según un informe de Save the Children, el 10% de los escolares han sufrido maltrato por parte de compañeros en los últimos cuatro meses. El bulling y el ciberbulling se constata que son prácticas que cada vez se denuncian más. Y todo esto coincide en el tiempo con el último informe PISA que no evalúa los progresos de nuestros niños en cuestiones como los valores o la educación emocional. ¿Qué coste tendrá esto?

 

Es evidente que cada uno, desde el lugar en el que esté, tenemos la posibilidad de asumir nuestra parte de responsabilidad como individuos, como padres, como profesionales, como gestores de proyectos o de equipos de personas. Y la responsabilidad a la que me refiero es a la de avanzar en nuestras competencias emocionales. Solo así seremos personas más sanas, trabajando en organizaciones más humanas, tejiendo redes más solidarias y educando a las nuevas generaciones en un nuevo tipo de inteligencia que les permita ser más felices. Suena a la segunda parte de “La revolución emocional“, o no? ;))

 

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