Inteligencia emocional

Conversaciones sabatinas

He de reconocer que el fútbol no se encuentra entre mis pasiones. Sin embargo, me proporciona algunas de las conversaciones más interesantes que he vivido. Muchas, además, divertidas. Desde que los chavales comenzaron a jugar en benjamines, muchos sábados por la mañana -casi todos de octubre a junio-, tras una sesión vespertina de deporte escolar -ahora federado, que los años no pasan en balde- una especie de ágora ateniense despierta en la 28 del Ortzi. Independientemente del resultado de la contienda (me temo que en el deporte cada vez se impone más el uso de términos relativos a “pelea, riña …”).

Esta tradición dialógica continúa y apuesto por que lo hará mucho tiempo. Crea adicción. Con y sin fútbol.

No es un banquete platónico. Sócrates no está ni se le espera. Lo admito, no tenemos su talento. Pero mostramos -imagino- su misma intensidad en la conversación, similar pasión por debatir, parecido calor al argumentar. También compartimos el “solo sé que nada sé” y algunos productos de la tierra. No hay temas no conversables. Tampoco un “hablar por hablar”.

Vamos abriendo melones, de uno en uno, de muchos en demasiados. Generalmente, inabarcables en el estrecho margen del aperitivo. A veces, promiscuos, otras lenguaraces. Las más, locuaces.

Durante una temporada nos dio por Gracián y sus aforismos sobre la prudencia (aunque hay materia para muchas más). Y supuso un triple disfrute. Como cuando juegas un partido, entre el imaginado, el practicado y el recordado, media un abismo. Pero -de los tres partidos- el tercero siempre es el más jugoso.

Tras un descanso, hace unos días aterrizó en la mesa 28 el tan manido -desde la física y la tª de la información al mundo de la empresa- segundo principio de la termodinámica. Si todo lo que vemos en el mundo es una combinación de protones, neutrones y electrones. Si, como decía Severo Ochoa, hasta el amor es pura física y química… También todo lo demás. ¿Por qué no termodinámica?

Haciendo gala de la paciencia del Santo Job, Luis -mi contertulio- me explicó en qué consistía, pero -sobre todo- consiguió que entendiera su “por qué”, donde reside la clave.

Recurro a Wikipedia “La entropía figura dentro de la termodinámica como una especie de desorden de todo aquello que es sistematizado, es decir, como la referencia o la demostración de que cuando algo no es controlado puede transformarse y desordenarse. La entropía, además, supone que de ese caos o desorden existente en un sistema surja una situación de equilibrio u homogeneidad que, a pesar de ser diferente a la condición inicial, suponga que las partes se hallan ahora igualadas o equilibradas”

“La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse con el tiempo”.

En definitiva, todos los sistemas tienden al desorden. ¿Por qué? ¿Se aburren los sistemas de tanto orden? ¿Es el aburrimiento, el hartazgo, una tendencia innata a la disrupción la causante del caos?

Al parecer, no. No se trata de aburrimiento sino de “energía mínima”: porque con parámetros externos constantes y entropía, la energía interna disminuirá y se acercará a un valor mínimo en el equilibrio. Vamos, que requiere un menor consumo de energía. Parece sensato.

Ocurre en los equipos -qué decir del fútbol cuando los resultados no acompañan-, que fluctúan entre la disciplina más rígida y la anarquía. Y en las empresas que haciendo gala de un modelo pendular pasean entre las 5S, las ISOs y el caos. En las personas y en las organizaciones. En la comunicación y en este blog y sus posts. Y cómo no, también en nuestras interminables conversaciones sabatinas.

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