
“Nuestros miedos no detienen a la muerte, sino al amor y a la vida. El miedo con todo su poder, no puede vencer ni detener a la muerte, pero sí puede detener al flujo de la vida que nos conduce a la paz interior” Jaramillo, Jaime (2007): Te amo… pero soy feliz sin ti. Bogotá: Ediciones Versalles, p.103
Jaime Jaramillo, en su libro Te amo… pero soy feliz sin ti propone una serie de herramientas sencillas y eficientes que han sido probadas por personas de diferentes culturas, edades, religiones, etc. y que ayudan a recuperar la consciencia y a evitar sus dos grandes enemigos, los apegos y el miedo. Una idea fundamental es que la solución a estos dos últimos no está en el exterior, no depende de nada ni nadie, sino que está en el interior de cada uno. “Recuerda siempre que donde pones tu mente, allí estará tu corazón” (p.14).
El apego implica que dependemos psicológica o emocionalmente de otras personas o de ciertas cosas. Supone que depositamos en ellas nuestra felicidad y empezamos a vivir condicionados. La felicidad pasa a estar en el exterior, en manos de otras personas. “El apego se nutre del miedo y estos miedos son el origen de todo el sufrimiento humano; debido a estos miedos, desarrollamos un sistema de autodefensa o negación persistente que nos lleva al autoengaño” (p.21). Leer más…
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Últimamente estoy dando muchas vueltas al tema de las relaciones y del amor. Será por la edad, por el tiempo de matrimonio (son quince años a los que hay que sumarle más de nueve de noviazgo), porque mis hijos se van haciendo mayores, o porque estoy en un buen momento para pensar…
Acabo de leer un libro de Sergio Sinay titulado El buen amor: un camino hacia los encuentros posibles (Barcelona, RBA, 2006) que me ha resultado muy sugerente. En él presenta las que en su opinión son las condiciones del buen amor y que yo me voy a permitir leer de forma libre. Creo, además, que se pueden extender a cualquier relación personal (amorosa, de amistad, paterno o materno-filial, etc).
Primera condición: La primera persona. Cada uno de nosotros tiene que vivir consigo mismo durante toda su vida y debe ser el protagonista de la misma si no quiere que sean otros quienes llevan las riendas. Y para esto es fundamental conocerse y quererse. Si yo no me quiero nunca podré querer a otro o como me gusta decir “nadie da lo que no tiene”. “El problema con el egoísmo comienza cuando se transforma en egolatría, en una adoración excluyente de mí mismo por encima, a pesar y en contra de los demás” (p.22). Leer más…
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Hace unos meses escribí un post “Construir un hogar con ladrillos emocionales” en el que señalaba algunas conclusiones que me había suscitado la lectura del libro Brújula para navegantes emocionales de Elsa Punset (Madrid: Aguilar, 2008). Hoy quiero retomar un tema que ella desarrolla y que se basa en la teoría del Dr. Gary Chapman sobre los cinco lenguajes del amor . Elsa Punset lo aplica a la educación de los hijos pero creo que se puede extender a todas nuestras relaciones.
En primer lugar hay que diferenciar el amor condicional (el que está basado en los logros o el rendimiento) del amor incondicional (aquel que acepta al otro por lo que es, no por lo que hace). Leer más…
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Acabo de leer el libro El filósofo y el lobo de Mark Rowlands. Este libro lleva como subtítulo Lecciones sobre el amor y la felicidad y narra los aprendizajes del autor, Doctor en Filosofía y profesor en distintas universidades, tras diez años de convivencia con Brenin, un lobo, a los que más tarde se sumaron Nina (cruce de malamute y pastor alemán) y Tess (hija de Brenin y una pastor alemán).
El libro cuenta, de una forma experiencial a la vez que introduce cuestiones filosóficas, las similitudes y diferencias entre el simio y el lobo. Aquí quiero compartir dos de las cuestiones que más me han gustado: por un lado la idea del mal; y, por otro, la diferencia entre las criaturas del tiempo y las criaturas del momento.
Rowlands no está de acuerdo con la moderna noción del mal cuyos dos argumentos principales son que el mal sólo existe en lo marginal (en los desfavorecidos psicológica o socialmente) y que no es culpa de nadie (si quien realiza el mal es un enfermo mental o sus circunstancias sociales le han negado toda oportunidad, no podemos considerarle responsable de sus actos, no es moralmente malo). En su opinión “el mal es cotidiano, normal, banal“ (p.121). El mal que resulta de una intención de causar dolor y sufrimiento, y su disfrute, es la excepción y no la norma. Acciones realmente malas son fallos en el cumplimiento del deber moral (que consiste en proteger a los indefensos de aquellos que los consideran inferiores, y por tanto prescindibles) o del deber epistémico (deber de someter las propias creencias a un examen crítico). Y lo ilustra con un ejemplo en el que se ven dos actos de maldad, partiendo de que dichos actos no tienen nada que ver con el regodearse en el sufrimiento ajeno: 1) los repetidas violaciones de un padre a una hija, si éste no comprendiese que lo que hacía está mal y lo considerase natural estaría cometiendo un fallo contra el deber epistémico; y 2) la complicidad activa de la madre, que está fallando en el cumplimiento del deber moral de proteger a la hija (y es irrelevante el terror que pueda sentir hacia el padre).
“Los seres humanos no somos capaces de ver el mal en el mundo porque nos distraen de tal modo los motivos brillantes y lustrosos que no reparamos en la fealdad que encubren” (p.120)
Esta visión del mal me ha resultado enriquecedora ya que siempre tiendo a creer que debe haber razones para un actuación mala. Me cuesta creer que existe un mal que se pueda cometer bien por ignorancia o empecinamiento, bien por irresponsabilidad o insensibilidad ante quien está en una situación de inferioridad o debilidad. Leer más…
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