
Hace unos días hablaba con una amiga, y me decía que no se sentía estimulada en su trabajo. Me sorprendió, porque realmente, lo que hace es lo que siempre quiso hacer, o por lo menos encaja con su visión. Estudió psicología y psicopedagogía, porque quería intervenir en los centros educativos, cambiar la visión de la educación tradicional, ver a los alumnos como persona en proceso de desarrollo,… Y tras mucho esfuerzo logró su puesto deseado. Seguimos hablando sobre ello, y finalmente concluyó que más que su trabajo, lo que no le estimulaba era el ambiente de su trabajo. En su día a día con los chavales estaba feliz, pero no así con sus compañeros. No todo con el que trabaja entiende la tarea de la misma manera, ni las relaciones de la misma manera, ni se compromete de la misma manera, … y según ella eso le resulta frustrante. El equipo de trabajo no consta solo del equipo de educadores, sino todo agente implicado en el centro.
A raíz de esa conversación me puse a reflexionar y entiendo que en el trabajo no tenemos porqué ser amigos pero si es verdad que es importante sentir que tienes algo en común con la gente que te rodea (no solo en la manera de ver el tema en cuestión, sino como personas), que todo el mundo sabe su papel o tarea en el proyecto común que se lleva (en este caso, el objetivo último es el alumnado) y que cada tarea individual es igual de importante. Siempre encuentras a alguien con quien te llevas mejor, con el que compartes más cosas, ¿pero que pasa cuando no es así, cuándo te sientes fuera de lugar? Leer más…
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Un conocido llega a nuestra ciudad a trabajar y después de pasear el fin de semana por las calles, nos pregunta por la dirección del lugar al que tiene que ir.
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Entonces mañana, ¿cómo puedo hacer para llegar a esta dirección lo antes posible?
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Pues al salir de casa puedes ir caminando, según sales a la derecha y cuando llegues a una plaza, la segunda calle hacia arriba. Estarás allí en un momento.
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Ya pero igual me pierdo y no me gustaría llegar tarde.
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Bueno, también puedes coger el autobús enfrente de casa, pero pasa cada diez minutos.
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Hombre, si está cerca, ir en autobús… Además no sé la parada.
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Puedes preguntar.
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Si voy justo de tiempo no sé yo…
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Si es por tiempo y estás apurado, puedes coger un taxi.
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No voy a pagar un dineral para ir ahí al lado.
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Pues haz lo que quieras. Yo ya te he dicho lo que puedes hacer.
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Jolín, chico, no te enfades.
Ésta es una escena conocida que nos ha sucedido a todos de una u otra manera. Parece que por mucho que nos empeñemos en dar solución o alternativa a un problema que nos plantean, quien tenemos enfrente encuentra siempre una excusa para no tomar nuestras opciones en serio, o como la respuesta perfecta. A veces es como si nos tendieran una trampa en la que saben de antemano que no vamos a poder encontrar la solución.
Trasladado al ámbito de educación, empresa o de relaciones interpersonales en general, éste es un mecanismo que ciertas personas encuentran francamente desesperante, y genera normalmente cierto resquemor que hace que la próxima vez no tratemos siquiera de ayudar en una situación similar.
Parece como si dentro de su cabeza hubiera un filtro con la etiqueta “sí, pero…”. Este mecanismo puede tener distintas manifestaciones, que van desde el desprestigio directo como “para decirme eso no me digas nada”, a la broma, más aceptada y socialmente menos agria pero igual de desesperante a la larga “sí, hombre, como haga eso los tengo a todos colgados de una lámpara, ja, ja, ja”. Leer más…
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