La publicación por Salman Rushdie, en septiembre de 1988, de Los versos satánicos, provocó la inmediata airada reacción del mundo musulmán por suponer este libro, pretendidamente, una afrenta contra la figura del profeta Mahoma. En consonancia con esta percepción, durante los meses sucesivos, países como India, Pakistán, Arabia Saudí, Egipto, Somalia, Sudán, Indonesia o Qatar prohibieron la venta de la novela dentro de sus respectivos territorios nacionales. El colofón a esta ola de represalias lo puso, el 14 de febrero de 1989, una fatwa (edicto religioso en Islam) emitida por el líder y guía supremo de la revolución iraní, el Ayatolá Khomeini en persona. En esta, tras acusar a Rushdie de “blasfemo” y “apóstata”, se condenaba al escritor, así como a aquellos que hubieran participado de forma consciente en la edición del libro, a la pena capital. Teherán fue más allá y ofreció una recompensa de tres millones de dólares por la muerte del novelista británico de origen indio, quien pasó varios lustros viviendo escondido bajo protección de los servicios de seguridad del gobierno inglés.

Allah superstar, cuarta novela del escritor argelino afincado en París que escribe bajo el pseudónimo de Y.B.
En 2003, Y.B., escritor oriundo de Argel instalado en París, publicaba su cuarta obra, Allah superstar (Grasset), en la que, en tono satírico y no sin grandes dosis de ironía, aludía implícitamente a la experiencia de Rushdie. En esta “novela extrema contra los extremismos”, en palabras de la crítica gala, y “post-post-colonial”, según su propio autor, el protagonista, un joven de origen magrebí crecido en la localidad de Évry, no encuentra otra solución para medrar en la vida que ser una estrella. Para esto, a la luz de varias experiencias verídicas, entre ellas la del propio Salman Rushdie, Kamel Hassani, nuestro héroe, llega a la conclusión de que la única vía para alcanzar rápidamente la notoriedad es que se dicte una fatwa contra él. En una sucesión de críticas contra el islamismo, los saudís, el terrorismo, la falsa integración de los inmigrantes y sus descendientes en Francia, el negocio del espectáculo o la comida rápida, a partir de ahí, bajo el nombre de Kamel Léon, nuestro protagonista comienza una ascensión fulgurante ante el asombro de familia y amigos. Sin verdaderas aptitudes, el origen de su éxito no es otro que, empero, una fatwa islámica.
“Una fatwa, eso es lo que necesito para estar a la moda. Es más rápida que Star Academy, dura más tiempo, viajas por el mundo entero, das conferencias, acudes a palacios, subes a escena con U2, tomas té con el papa, una cerveza o dos con Chirac, un vodka helado con Putin, un cigarro húmedo con Clinton, una gran raya con Bush Junior, una máscara de gas con Saddam Hussein, cada vez que dices una tontería todo el mundo entero te escucha porque el pobre tiene una fatwa en el culo, mientras el mundo entero está tan en la mierda como tú porque pronto será el fin del mundo para todo el mundo” (traducción propia desde el francés de un extracto de Allah superstar)
Sin menospreciar, ni mucho menos, los méritos literarios de Salman Rushdie, pocos pueden negar que su impacto mediático se ha visto magnificado por la persecución de la que fue víctima tras el veredicto del Ayatolá Khomeini. Salvando las distancias, algo similar ocurre en Marruecos con las sentencias de los jueces, sobre todo las que se dirigen hacia los profesionales de la información o incluso de los que podríamos calificar de pseudoperiodistas. Este fue el caso de Alí Lmrabet. Una sentencia judicial que le condenó a la cárcel por un “delito de prensa”, sus huelgas de hambre en prisión y la repercusión internacional que esto tuvo, hicieron de él un mito, una suerte de “ejemplo” para los periodistas del mundo, un adalid de la libertad de expresión. Sin ánimo de cuestionar tampoco al señor Lmrabet, sus méritos periodísticos pasaron a un segundo plano una vez los jueces del Reino Alauí dictaminaron su prisión.
Tras muchas presiones y la ola de solidaridad que se generó a través de todo el mundo reclamando su liberación, una vez en la calle, Lmrabet empieza a recibir premios a diestro y siniestro, comienza a colaborar con medios de comunicación punteros en todo el mundo, le llueven los contratos para publicar libros, conferencias, encuentros… ¿Quién sabe que Lmrabet fue diplomático y trabajó para el Estado de Marruecos en su momento? ¿Quién recuerda aquello que llevó a este periodista a dar con sus huesos en prisión? ¿Les suena a algunos el Démain, semanario satírico dirigido en su momento por Lmrabet y origen buena parte de sus problemas con la justicia? ¿Sus artículos en Le Journal en la época en que esta publicación, bajo los auspicios de Aboubakr Jamai, rompía moldes en Marruecos? ¿Su entrevista histórica en un país “árabe” con el mandatario israelí Benjamin Netanyahu? ¿O el reportaje sobre la inmigración clandestina para el cual él mismo Lmrabet no dudó en embarcarse en una patera rumbo a las costas españolas? No, ¿verdad? Al igual que en el caso de la fatwa de Khomeini, Lmrabet vió su carrera relanzada mundialmente “gracias” a su rol de opositor y al sinsentido de una justicia que se empecina en enviar a prisión a los que contravienen hasta el extremo los intereses del régimen en liza.
El caso de Salman Rushdie es el de un buen escritor y el de Alí Lmrabet el de un periodista que ha hecho muestra de su arrojo. Hay casos en los que el elemento de agravio, la (in)justicia marroquí a modo de fatwa, incluso puede llegar a crear estrellas de la nada, a imagen del protagonista de la novela de Y.B. Sólo por citar el más reciente, cabe el caso de Mohamed Erraji, a quien le ha sido otorgado en Madrid hace apenas unos días el premio del Club Internacional de Prensa al bloguero de mayor impacto de 2008. Erraji, trabajador en un hammam (baño público), al igual que miles de personas de todo el planeta – al igual que yo mismo, aquí -, aprovechaba sus ratos libres para escribir sus impresiones en su Blog, El Mundo de Erraji, que con el tiempo se convertiría en una suerte de portal de informaciones en lengua árabe, Hespress.

El joven Mohamed Erraji, condenado en primera instancia a dos años de prisión por "atentas a lo sagrado"
En uno de sus post, bajo el título “el rey anima al pueblo a ser perezoso”, este joven de Agadir (sur), criticaba el sistema de privilegios vigente en Marruecos y, sobre todo, su distribución discrecional en función de la proximidad con la figura de Mohamed VI. El texto fue considerado como “atentatorio” e “irreverente” contra el monarca, siendo condenado en primera instancia a dos años de prisión por “atentar contra lo sagrado”, en alusión a la dimensión religiosa del soberano Alauí. Constatadas irregularidades de forma, habiendo Erraji demandado excusas hasta el extremo, señalando que en ningún momento había querido ofender a Mohamed VI y habiéndose desatado un movimiento por su liberación en el país magrebí, la justicia finalmente puso fin al encierro del bloguero, quien pasó varias semanas en la prisión de Inezghane.
“Lo cierto es que nunca pensé que ese artículo pudiera ocasionarme tantos problemas. Yo no suelo escribir sobre temas políticos. Sí era consciente de que la monarquía es una de las llamadas líneas rojas (los temas que se consideran intocables: la religión, la monarquía y la integridad territorial) pero nunca vi una transgresión de ellas en mi artículo” (Público, 26/11/2008)
Al igual que ocurrió con Alí Lmrabet, Erraji, alguien que en ningún momento ha demostrado aptitudes periodísticas ni la valentía suficiente para defender sus postulados – al menos en Marruecos porque en España parece que se ha soltado -, considerando el artículo de la discordia como un “accidente de ruta”, se ha erigido en una suerte de ídolo. En el Estado español, especialmente proclive a acoger con los brazos abiertos a aquellos que, lo merezcan o no, “molesten” al Majzén (nombre que recibe el régimen tradicional marroquí), parecen haberle echo ya un hueco. Este es el enésimo ejemplo de un artículo que hubiera pasado totalmente desapercibido, sin apenas repercusión, de no haber ocurrido nada. Sin embargo, a través de una actuación de oficio de la justicia marroquí, el inocente post de un Blog ha sido el detonante de que Rabat vuelva a quedar en evidencia ante el mundo y de que una nueva estrella haya nacido. ¿Es consciente Marruecos de la capacidad que tiene para crear héroes fuera de sus fronteras? ¿Acaso los poderes de este país todavía no se han percatado de la notoriedad que adquieren todos aquellos que, en uno u otro momento, han padecido la (in)justicia de sus instituciones? Que tomen nota.