Era otro de los fijos en nuestra quiniela lírica y apareció. Luis Cernuda, grande entre los grandes del 27, y probablemente uno de lo que más arañazos coleccionó en su corazón. Educado en una disciplina literalmente militar, tímido, sensible y, por si fuera poco, homosexual, llegó a adulto como un ser taciturno… y hasta misántropo. Odiaba todo lo que le rodeaba, empezando -como le confesó a Gerardo Diego- por su propia realidad.
Sólo el amor por Serafín Ferro puso un breve paréntesis a tanta infelicidad. El precio fue multiplicar el dolor con su pérdida. La guerra, el exilio sin gana de vuelta, el amor por el culturista Salvador Alighieri, las clases, las presencias en congresos… De todo eso nos habló Juan Luis Deza, al tiempo que nos fue regalando los poemas del sevillano donde quedó la huella de una vida que nunca acabó de satisfacerle. Pero la belleza es así: se empeña en nacer del sufrimiento.
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Quizás no les suene de nada este hombre, pero si les digo que fue quien reescribió El Alcade de Zalamea de Calderón de la Barca para el pueblo de Zalamea de la Serena, al que la SGAE pidió 24.000 euros por la representación que hacen de su historia, nos situaremos más fácilmente en la importancia de este hombre. Es el sillón X mayúscula en la Real Academia de la Lengua española; como él mismo dice, el linier de ella.
Nos vamos a adentrar en el trabajo de un poeta, con la simple palabra por historia: Se trata del valenciano Francisco Brines, nacido en 1932. Hace unos años, se siente muerto de corazón, pues el 40% de él le abandonó en un infarto. Pese a no disponer más que un 60%, éste se bate todos los momentos para seguir viviendo en la palabra que no es escogida…
Así comenzaba Juan Luis Deza el espacio del pasado domingo… Escucha el resto y descubrirás a alguien que merece la pena.
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Ya nos habíamos dejado acompañar por Gabriel Celaya y Blas de Otero, así que sólo era cuestión de tiempo que apareciera la tercera en concordia de la poesía social vasca escrita en castellano: Ángela Figuera Aymerich.
Lo hizo, además, por sorpresa, porque durante la semana Juan Luis Deza parecía apuntar hacia otros nombres. ¿Qué ocurrió para que el sábado por la mañana, 24 horas antes de la puesta en antena, decidiera sacarnos de la injusta segunda fila a la autora de Belleza cruel, Cuentos tontos para niños listos, o Vencida por el ángel? ¡Quién lo sabe! Tal vez fue algo tan simple como que cayó en sus manos el último ejemplar de la estupenda revista Zurgai, dedicado monográficamente a la bilbaina, cuando están a punto de cumplirse 25 años de su muerte. O quizá le dijo algo especial alguno de los poemas que cobrarían vida en su voz. Fuera lo que fuera, fue de nuevo una gran elección que nos sirvió para redescubrir a una mujer que fue siempre varios pasos por delante de su tiempo.
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Seguro que Julio Cortázar sabe perdonarnos que le hayamos robado el hermoso título de su gran carta de amor a Nicaragua para tratar de definir en dos palabras aparentemente contradictorias a Gioconda Belli. Nicaragüense hasta el último rizo de su selvática cabellera, ella es el reflejo perfecto de lo que vio el gran mirón argentino en su visita al país que acaba de derrocar al tirano Anastasio Somoza. De hecho, Gioconda tuvo bastante que ver, desde su larga militancia en el FSLN -¡24 años de exilio, incluídos!-, con lo que parecía la penúltima revolución romántica.
Sí, sólo parecía. En cuanto intuyó el nacimiento de una nueva dictadura, se retiró a denunciarla junto a Ernesto Cardenal y otros desencantados. Volvió a cobrar sentido su pregunta: ¿Qué eres, Nicaragua? ¿Qué eres, sino un triangulito de tierra perdido en la mitad del mundo? Buscando otra vez la respuesta, se preguntó también por ella misma, aunque ahí -como nos demostró el domingo Juan Luis Deza- parecía tener más certidmbres que dudas. Basta escuchar Definición, donde solventa cualquier posible debate con un Te amo; o Desafío a la vejez, que es exactamente lo que dice el título; o Todas las reglas del juego para los hombres que quieran amar a las mujeres mujeres, catálogo de consejos a prueba de machitos; o Calma en medio de la tormenta, que fue el que escogió Juan Luis para poner puntos suspensivos hasta nuestro próximo encuentro.
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La fotografía pertenece al poemario Escándalo de miel, que salió a la venta el otoño pasado en América Latina. Esperamos que la editorial Seix Barral lo publique pronto entre nosotros.
Se confesó Juan Luis Deza: en un momento oscuro de su vida se le apareció una luz llamada Juan Gelman. Hasta entonces, poco sabía de él. Apenas que era un poeta argentino con una triste historia detrás. Y quiso aprenderlo todo de él. No sólo su obra. También y especialmente las vivencias que explican cada uno de sus versos.
Único argentino de una familia emigrada desde Ucrania, Gelman creció en los convulsos treinta. Quiso ser químico, pero se le cruzó la poesía y, cómo no, el tango. También la lucha y un ansia de justicia que heredaron sus hijos Nora y Marcelo, secuestrados en 1976 por los escuadrones de la muerte del general Videla. Ella volvió. Marcelo y su compañera, que estaba embarazada, pasaron a engrosar la infame lista de treinta mil personas que el régimen sangriento hizo desaparecer. Años después Juan Gelman halló los restos de su hijo, asesinado de un tiro en la nuca en un bidón de cemento. Pudo saber también que su nuera había llegado a dar a luz. La búsqueda de ese nieto robado dio un sentido nuevo a su vida. En una carta abierta le explicaba el porqué de esa búsqueda: “Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él”. Y por fin apareció. No era nieto, sino nieta. Los padres que la usurparon la llamaron Andrea, pero cuando supo toda la verdad, ella se bautizó Macarena y recuperó sus verdaderos apellidos: Gelman García.
Mientras nos contaba esta historia y su epílogo, Juan Luis nos fue regalando versos de su protagonista. También los de un náufrago: Mario Benedetti. Y para terminar, un poema de amor.
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No, a Blas de Otero no lo hemos olvidado. Por lo menos, por estas tierras, las suyas. Treinta años después de su muerte, seguimos pidiendo con él la paz y la palabra, aún sabiendo que a lo uno y a lo otro habrá quien nos dirá que no. Pero eso no nos arredra. Igual que le ocurrió al autor de Cántico espiritual, al perder una fe, nos nació otra nueva, mucho más fuerte, esa que al bajar a la calle un buen día le hizo comprender y romper todos sus versos. Esa que le llevó a desafiar al mismo Dios en su terreno: “Si eres Dios, yo soy tan mío como tú, y a soberbio no me gana nadie“.
El poeta social, nos dicen. Y lo es, sin duda: “Digo ‘del hombre y su justicia’, ‘océano pacífico’, lo que me dejan”. Pero también el del amor, el que escribió “Besas besos de mar y a dentelladas“. Juan Luis Deza nos trajo el domingo pasado al uno, al otro y al que resulta de fundir los dos. Creo que tenía una buena razón para elegir, de entre todos los versos, los de Blas de Otero. Sin saberlo, tenía dos. Parece que sí, que nos queda la palabra. Y si nos la quitan, volveremos a pedirla. O tal vez la tomemos, sin más.
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Sí, este también venía en aquel libro de Anaya, convertido en materia para examen, junto a sus compañeros de baraja, los poetas del 27. Como a todos ellos, había que citarlo como “uno de los máximos exponentes de su generación”. Subía medio punto saber que la poesía de Gerardo Diego estaba dividida entre tradicional y vanguardista. Y otro medio relacionarlo con el chileno Vicente Huidobro y el bilbaino Juan Larrea. Decía el manual que ellos influyeron decisivamente en la obra del cántabro. Luego, cuando tocaba empollarse a cualquiera de los otros dos, era Gerardo quien había influido en ellos. Cualquiera que fuera a por nota o a hacerse el listo ante el evaluador podía mencionar que compartió el Cervantes con Borges… o que en lo político, ejem, supo nadar y guardar la ropa. Miembro de la Academia de la Lengua española desde 1947, cuando Alberti estaba en el exilio y Lorca en esa cuneta que no acaba de ser identificada.
Pero no fue ni el académico, ni el tibio político, ni el de la ficha para ser memorizada el Gerardo Diego que nos trajo Juan Luis Deza el pasado domingo. Fue el suyo, que ahora ya es de todos. Vuestro también.
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Lo escribí el día después de que me enterase por la radio de que ya no podría hacerle la entrevista que tanto ansié: me negaba a asumir que Mario Benedetti había muerto. Sigo firme en esa creencia, y el domingo pasado pude demostrar durante un cuarto de hora que tenía razón. Mario Benedetti volvió a MQP del hombro de Juan Luis Deza, que también está convencido de que sigue entre nosotros. Si tenía cinco nombres -Mario, Orlando, Hardy, Hamlet y Brenno- ¿por qué no iba a tener cinco vidas… o quinientas?
Sí, tenemos las pruebas. Benedetti vive. Es el funcionario que en lugar robarle a la administración tiempo para hacer quinielas o bonolotos, se lo hurta para declarar su Amor de tarde. Es el tipo con principios que hace inventario de sus principios en Me sirve y no me sirve. Es el enamorado que declara a quien sabe que seguramente no vendrá Te espero. Es también la persona comprometida que enseña a los asesinos su retrato en Torturador y espejo. Y, por supuesto, es alguien que, como nosotros, se aferra a un Todavía.
Hay más, muchos más seres que, siendo ellos -o nostros-, son Mario Benedetti. Volverán otros domingos a nuestro programa. De momento, nos quedamos con estos…
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Segunda entrega de la poesía de Jaime Sabines. Lo de “entrega” lo es, además, en toda la extensión de la palabra, porque ante el francotirador de las letras, Juan Luis Deza se da entero, se rinde sin condiciones. El Canon de Pachelbel en la ejecución de Michael Mawwell va haciendo que nuestro rapsoda tome temperatura, pero es el cello de Rostropovich en su magistral interpretación de la Suite número 1 de Bach la que le hace arder, mientras da vida -la suya propia- a las palabras del mejicano que aprendió a escribir sin corregir. Aunque la mayoría no la hemos visto, todos nos imaginamos a su compañera en Palabras para la danza, Natalia Mendiola, convirtiendo los versos en movimiento.
Como Sabines, no queremos convencer a nadie de nada ni salvar el mundo, que bastante tenemos con tratar de no perecer nosotros. Son apenas diecisiete minutos. La elección es vuestra.
Si queréis descargar el audio en mp3 o llevarlo a vuestra web o vuestro blog, seguid este enlace. La anterior entrega dedicada a Jaime Sabines en Virutas de vidaestá aquí.
Decid la verdad: ¿A qué os suena Garcilaso de la Vega? A clase cansina de literatura en el instituto, mide que te mide endecasílabos, controla que controla que los sonetos no fueran a tener más o menos de catorce versos y que los cuartetos fueran ABBA (nada que ver con Mamma mia o Chiquitita) y los tercetos CDE o lo que tocase. Y venga contar con los dedos: en-tan-to-que-de-ro-sa… Anda, mira: ¡una sinalefa! Y el gañán del aula hacía el chistecito de rigor. ¡Leñe, que así no había manera de pillarle el punto al increíble domador de palabras que fue el toledano de las barbas y el pelo a cepillo!
Tuvo que venir el domingo pasado Juan Luis Deza, llanero solitario que combate el mal hecho durante decenios por diseños curriculares y (algunos) profes plomazos, para descubrirnos al poeta ante el que se descubrieron Alberti o Celaya. Sí, cito adrede a dos rojazos confesos por si volvemos a tener la polémica de Bécquer del otro día…
Ahí os queda. Ojalá sepáis disfrutarlo. Y si no, tampoco es tan grave. Que nadie, ni siquiera nosotros, os marque el gusto…
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Más Que Palabras llega a su undécima temporada en Radio Euskadi con los mismos objetivos con que nació: estar a la altura de una audiencia muy exigente y demostrar que la Radio Pública puede ser seria y entretenida.
Presentado y dirigido por Javier Vizcaíno.
Forman el equipo base: Edurne Mendia, Maider Martín, Natalia Díaz y Marcos González.
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