El susurro del gato

Errores que inventan

Parece ser que el calzado de Cenicienta era de piel. Su zapato normal se convirtió, por la magia de un error tipográfico, en un zapatito de cristal, algo peligroso además de insólito para ponerse en los pies. Este error tan fantástico en la versión de Charles Perrault provocó el gran éxito de este tradicional cuento.

El pedagogo e inventor de historias Gianni Rodari, recoge en su Gramática de la fantasía una anécdota que no está del todo corroborada. Hay quien lo pone en duda, pero si no es cierto (y es uno de tantos errores históricos que se dan por veraces) no deja de ser un magnífico ejemplo del llamado error creativo. Según Rodari, “en la Cenicienta de Perrault, el zapatito  debía ser de “vaire” (un tipo de piel o cuero de animal), por eso a ella le sentaba “como a un guante” y, por una desgracia afortunada, se convirtió en “verre” (cristal en francés)”. Sin duda, mucho más sugerente.

Los niños y niñas, al estar en proceso de aprendizaje, cometen muchos errores. Algunos, de hecho, no son errores: son creaciones propias para describir, asimilar o entender la realidad desconocida. Nos hacen sonreír y a veces, hasta reflexionar. ¿Un libbro tiene más letras y es más especial que un libro? ¿Libros o libres? ¿La pitola dispara flores? ¿La serpiente bidón es la que vive entre escombros?

Reírse (no burlarse) de los errores es darles la vuelta, desprenderse del concepto equivocación y puede ser un buen recurso para crear historias.

Hace unos años, un grupo de teatro llamado “Cracòvia” tituló uno de sus monólogos humoríticos como “El polígono”. Durante los ensayos de ese texto, al actor le costaba decir “soy polígamo”, así que todos se referían a ese monólogo como “el polígono” y el actor confesaba su “poligonía”. El título original se perdió ganando en comicidad. El sobrino que decía mal “masagueta” en lugar de “samarreta” (camiseta en catalán), hizo que se pusiera de moda esa palabra para las camisetas que eran suaves (daban masajes) y el hecho de que los italianos llamen burro a la mantequilla o que la cama sea pierna en catalán, los llamados falsos amigos, puede disparar historias muy graciosas.

Errar es humano y, a veces, en el error está la originalidad, incluso el éxito. De un lapsus, de una palabra que se pronuncia mal, de una palabra mal escrita, puede surgir un cuento, un poema, una historia. Muchos recursos retóricos o juegos de palabras se basan en presuntos errores, dobles significados o malentendidos. Es el caso de algunos poemas visuales, de los oxímorones (hemos hablado en otro post) o de algunas greguerías: “Nunca es tarde si la sopa es buena”.

CONSIGNA DE LLAMP

Inventa tus propias definiciones. Este juego es más divertido en grupo, pero una sola persona puede hacerlo. Solo se necesita un diccionario (uno bueno, de esos gordos y bien completos). Una de las personas coge el diccionario y escoge las palabras que quiera. Se da un tiempo para que las personas que juegan escriban las definiciones de esas palabras, no las que crean que son correctas (no vale consultar el diccionario), sino las que se inventen. Después se lee y se elige la definición que más gusta.

Algo muy parecido hizo César Bona, maestro  de Zaragoza. Propuso que definieran palabras, algunas poco habituales. Tenían que hacerlo sin hablar con nadie y sin consultar el diccionario. Es más, si conocían la palabra debían imaginar un significado diferente. Después tenían que escribir una frase usando esa palabra. Las definiciones de sus alumnos las sigue colgando en su página de facebook.

 

 

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