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Ibon Sarasola y la historia del euskera batua

Dice Ibon Sarasola en el prólogo a su Bitakora kaiera que, como el euskera batua se considera establecido en 1980, muchos euskaldunes pensarán que es algo de toda la vida. Yo misma, nacida en 1977, he agradecido muchísimo el repaso histórico que este lingüista hace de la implantación del batua en la primera parte del ensayo. Sarasola habla de la reunión de Baiona, de las discusiones, de las decisiones que tomaron, de puntos de disensión como la incorporación de la letra “h”, y recuerda también la delicadísima situación en la que el idioma estuvo no hace tanto: “Begien bistakoa zen 1960ko urte inguru horretan, euskara azken hatsa ematen ari zela. Eta bazidurien euskaldunen komunitatean ez zegoela horren aurrean inolako erreakziorik.” Por fortuna, no fue así, y hubo reacción. En 1968 se celebró en Arantzazu la primera Asamblea General de Euskaltzaindia, a la que acudieron unas sesenta personas. A pesar de los desacuerdos, en 1973 el éxito del euskera batua ya se apreciaba con nitidez, si se atendía a las publicaciones de aquel año. “Bost urtean lorturiko “mirari” hori ez zen izan zerutik etorritako zerbait. Horren atzean lan asko eta diziplina handia zegoen”, destaca Sarasola. Lo que vino después quizá sí sea ya más conocido: los modelos de enseñanza, los nuevos medios de comunicación, los nuevos escritores.

La segunda parte habla de la evolución de la lengua, de los préstamos terminológicos de Iparralde a Hegoalde, de su expansión y de una nueva titularidad, por decirlo, así, compartida por muchísimos hablantes que la han ido haciendo suya. Se detiene también Sarasola en la indiscutible importancia y vigencia de los clásicos, pero reivindica la calidez y validez de los escritores modernos. Así mismo, también expresa su opinión sobre los euskalkis: “Nire ustez euskalkiek, bizpahiru belaunaldietan, euskalki izateari utzi behar diote eta euskara batuaren aldaera huts bihurtu behar dute (…). Bestela, gureak egin du. Bizkaiera eta zuberera, kasu, euskara batuaren kolore bat, doinu berezi bat bilakatu behar dira”. Añade que en tres o cuatro generaciones, uno de Bermeo y otro de Iparralde se tienen que comprender cómodamente. Asegura que eso es vital para el futuro del euskera.

El tercer capítulo parte del ensayo Back to Leizarraga, de Kepa Altonaga, con el que Sarasola se muestra en gran parte de acuerdo. El ensayo hablaba de los purismos, del purismo léxico, y lamenta que debido a ese purismo se perdieran algunas fórmulas, como el relativo anafórico. El libro se cierra con Escape from Altube. En esas páginas muestra su disconformidad con las tesis del citado lingüista. “Edozein garbizalekeria -dice Sarasolasalagarria eta arbuiagarria da, eragotzi egiten  duelako hizkuntza baten helburu nagusia, hau da, komunikagarritasuna”.

Bitakora kaiera es, en definitiva y como ya se ha señalado, un recorrido por el pasado, el presente y el futuro del euskera. También supone un ajuste de cuentas del autor consigo mismo en el que mantiene que, una vez normalizado el euskera batua, el trabajo de los filólogos y teóricos no consiste ya en dictar normas. Ha sido un largo viaje y en su transcurso la situación ha cambiado para bien. “Bidaia horren aurretik idazleak eta itzultzaileak leziatzen nituen; orain, bidaiaren arian, euskal idazle eta itzultzaile onek leziatu naute ni eta erakutsi didate zein den bidea euskaraz ongi idazteko”, concluye. Pues, sin duda, hay mucho que aprender de ese viaje y mucho que apuntar en las privilegiadas reflexiones y conclusiones de Ibon Sarasola.

Txani Rodríguez

Los raros. La convivencialidad, de Iván Illich

“Debemos constituir –y gracias a los progresos científicos lo podemos hacer- una sociedad post-industrial en que el ejercicio de la creatividad de una persona no imponga jamás a otra, un trabajo, un conocimiento o un consumo obligatorio. En la era de la tecnología científica, solamente una estructura convivencial de la herramienta puede conjugar la supervivencia y la equidad. La equidad exige que, a un tiempo, se compartan el poder y el haber. Si bien la carrera por la energía conduce al holocausto, la centralización del control de la energía en manos de un leviatán burocrático sacrificaría el control igualitario de la misma a la ficción de una distribución equitativa de los productos obtenidos… Para ser posible dentro de la equidad, la supervivencia exige sacrificios y postula una elección. Exige una renuncia general a la sobrepoblación, la sobreabundancia y al superpoder, ya se trate de individuos o de grupos”.

Estos son fragmentos de La convivencialidad de Iván Illich. Ensayista austriaco establecido en México, de amplísima formación intelectual, Iván Illich ejerció como sacerdote y profesor universitario antes de secularizarse y dedicarse por completo al análisis crítico de la sociedad contemporánea. Probablemente más conocido para el gran público por La sociedad desescolarizada, el célebre ensayo que dedicó a la institución educativa, su abanico de intereses fue muy diverso, y también se extendió al estamento médico, con otro polémico libro titulado Némesis médica o a la gestión igualitaria de la energía, que abordó en Energía y equidad.

Pero sin duda, el título que hoy les proponemos, La convivencialidad, publicado en 1973, es su obra más importante, aquella en la que expone las fallas de nuestra sociedad y propone alternativas para transformarla. A su juicio, vivimos en una sociedad burocratizada en la que el saber se confunde con el currículum académico, el cuidado de la salud con la institución médica o el ejercicio del poder con la actividad política, convirtiendo a la población en inútil y dependiente en todos estos campos. Además, el objetivo de esta civilización es el crecimiento ilimitado de la producción industrial y, por lo tanto, está condenada al agotamiento energético y a la autodestrucción.

Frente a ella, Illich propone una sociedad desprofesionalizada en la que todos compartamos el poder y el saber. Y plantea alternativas para la supervivencia, que a su juicio, pasan por el control demográfico y la adopción de formas de producción alternativas a la industrial, que utilicen herramientas convivenciales: una tecnología a escala humana que, en lugar de avasallar y programar al individuo, saque el mejor partido de nuestra energía e imaginación, fomentando la autonomía y expandiendo el radio de acción personal.

Escrito por uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, este ensayo imprescindible, adelantado a los planteamientos ecologistas más consecuentes y a la teoría del decrecimiento, nos propone, en definitiva, todo un programa de acción para iniciar la transición social y energética, que nos espera en las próximas décadas, si queremos preservar la vida en el planeta en el marco de una sociedad equitativa. La convivencialidad de Iván Illich.

Javier Aspiazu

Por los pasajes de Barcelona con Jordi Carrión

Jordi Carrión se ha recorrido palmo a palmo los más de cuatrocientos pasajes que hay en Barcelona. Inspirado por Italo Calvino y, especialmente, por Walter Benjamin y su Proyecto de los Pasajes, Carrión ha confeccionado, a base de estudio, observación y amor a su ciudad, un mapa alternativo. “Los pasajes (…) son grietas en el modelo de Barcelona. Son ranuras que -unidas-configuran otro mapa de esta ciudad, un mapa que se expande en el espacio hasta los confines que nadie incluye y en el tiempo hasta los orígenes que nadie evoca, para recordarnos la historia, las historias, que ha desechado el relato institucional”, dice. Lo cierto es que, a través de sus paseos, aprendemos mucho de la Barcelona medieval, de su ensanche, de los cambios que se dieron tras las Exposiciones Universales de 1888 y la de 1929 -esta última se notó especialmente en Montjuic-, de la Barcelona de los Juegos Olímpicos y del Forum de las Culturas, de Gaudí, por supuesto, del modernismo. Todo sin perder de vista los pasajes porque asegura Carrión que en ellos está la afirmación y la negación de la ciudad entera: “Si la metrópolis se define por los peatones y los vehículos, la velocidad o el tráfico, el pasaje los ignora, los pone en jaque o, al menos, entre paréntesis”.

Pero los pasajes son también pasajes de libros. Por ello, en este trabajo, entre los capítulos dedicados al urbanismo, digamos, se intercalan fragmentos de otras lecturas que guardan siempre relación con la narración troncal. En conjunto, estamos ante un recorrido por la Barcelona de todas las épocas que revela datos sorprendentes. Me ha resultado curioso, por ejemplo, tener noticia del siguiente trampantojo: para que el Barrio Gótico, tras siglos de hacinamiento y construcciones y epidemias, volviera a parecer auténtico y medieval se fue adornado de forma artificiosa: “Así, la calle del Bisbe, con sus gárgolas de serpientes y centauros y con su majestuoso puente o arco o balcón pasadizo, es un invento de 1929, en plena dictadura de Primo de Rivera.” En los pasajes se encuentra lo inesperado. Por ejemplo, en el Martras, en pasaje en el que vivió durante años, Ouka Lele, fue una especie de embajada de la movida madrileña.  Pero hay más. En el pasaje Robacols se aloja una embajada andaluza, “siempre con flores en la fachada, un auténtico patico cordobés trasplantado”. Los pasajes, en su quietud, ajenos a la aceleración de la calle, guardan también la épica silenciosa de quienes hicieron historia sin escribirla: “Atravesar el barrio del Carmel es subir y bajar una montaña (…) Cuenta el cronista Josep María Huertas Clavería que los vecinos de sus Casas Baratas discutieron durante los durísimos inviernos de 1937 y 1938, en lo más crudo de la cruda guerra civil, si cortaban árboles para convertirlos en leña o pasaban frío pero preservaban el patrimonio: los pinos siguen ahí.”

Los pasajes son callejones entre chabolas, o galerías burguesas, o caminos amurallados que discurren por los huertos, o huecos en zonas industriales. Los pasajes nos hablan de pintores como Miró, que nació en el Pasaje de Crédito, de las lavanderas de Horta, de la burguesía barcelonesa, de anarquistas y republicanos, de escritores, de libreros, de todo un enjambre de hombres y mujeres, dejando paso a otros hombres y mujeres en esos corredores estrechos, que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños, como escribiera el ya mencionado Walter Benjamin. En euskera la palabra pasadizo tiene una segunda acepción, un segundo uso, que va más allá del pasaje y que podemos traducir como suceso, o acontecimiento, incidente o anécdota. De todos esos significados se nutren también los pasajes de este libro hermoso que nos ofrece, desde las entrañas mismas de la ciudad, una perspectiva distinta, totalmente al margen de las tiendas de souvenirs.

Txani Rodríguez

Paco Camarasa repasa sus indispensables en la novela negra

Por una vez nos saltamos la costumbre de incluir en esta sección libros de ficción para hablar de un ensayo, llamémosle así, aunque quedamos justificados porque habla de libros de ficción, de muchos. Paco Camarasa es un aficionado a lo que él llama la literatura negrocriminal en la que pretende englobar todos los géneros conocidos como policiacos, desde la novela enigma hasta el hard boiled, e incluso disciplinas tangenciales como la novela de espías. Camarasa ha vivido una aventura librera con Negra y Criminal, una librería en el puerto de Barcelona que era refugio de cuanto letraherido especializado tenía la oportunidad de acercarse. Y ahora que ha cerrado su empresa, en parte porque le ha llegado la edad de jubilación, pero también porque el negocio, a pesar de sus fastos, no daba lo suficiente, ha encontrado tiempo para escribir un libro que reúna todos sus conocimientos sobre el tema.

Para no liarse ha decidido distribuirlo por orden alfabético lo que, aparentemente, simplifica las cosas para el autor y también para el lector, pero luego el capricho de Camarasa ha hecho que no se encuentre a determinados autores o personajes en el lugar que se espera porque los ha familiarizado con otros y se han cambiado de casilla. Entenderán que digo esto desde el rencor de quien no ha tenido la oportunidad de escribir un libro sobre uno de sus géneros favoritos y de alguna manera envidia la oportunidad del otro. Mi libro habría sido mucho mejor. O más ordenado. Es pues Sangre en los estantes más un libro de lectura que un libro de consulta, rendido a la escritura sin método del autor. Y también a ciertos despistes menos justificables. Pero, en cualquier caso, es un magnifico instrumento para aquellas personas que quieran asomarse a un género que no pierde su vigencia, que cada año tiene nuevos practicantes, que es, después de la novela romántica, el tipo de libro que más se vende, y que sigue manteniendo la idea de que es el vehículo perfecto para contar como es la sociedad de cada lugar en determinado momento.

Ahora gustan mucho por aquí las novelas nórdicas, pero en otros momentos han gustado más las estadounidenses, las mediterráneas, las francesas en concreto, ah, ese polar, y las latinoamericanas. Ya digo es un trabajo muy arbitrario, lo mismo dedica dos páginas a una obra de teatro sobre Sherlock Holmes que cinco líneas a todas las películas basadas en el personaje. Y no se libra de la pesada carga de su gusto personal que le hace destacar a determinados autores sobre otros creadores injustificadamente. Pero estoy seguro que cada lector encontrará ese punto de comunión con Paco Camarasa que le hará apreciar este libro. En mi caso la idea de que en la obra de Jim Thompson, La sangre de los King, debe figurar entre 1.280 almas y El asesino dentro de mí, nos convierte en una hermandad extraña y muy exclusiva. Cualquiera puede leer Sangre en los estantes, pero este libro será especialmente atractivo para aquellas personas que quieran iniciarse en el género negro y precisen de consejo. Pero, tengan en cuenta, que ésta es una adicción de la que no podrán escapar.

Félix Linares

Los mundos del Quijote bajo el prisma de Iñigo Astiz

En 2016 se cumplieron 400 años de la muerte de Cervantes. Con esa excusa, el periodista Iñigo Astiz se montó en su furgoneta y arrancó para Castilla La Mancha. El objetivo: tratar de rastrear la presencia de El Quijote en esas tierras. El primer resultado de su viaje fue una serie de crónicas que Astiz publicó en el periódico Berria. Ahora presenta Kixotenean, un trabajo en el que se recopilan aquellos reportajes y se añaden otros muchos elementos: una crónica final, originales fichas de varias localidades manchegas, extractos de El Quijote traducidos al euskera, y las ilustraciones de Maite Mutuberria. La tesis del trabajo podría ser la siguiente: la realidad y la ficción son indisociables y se entrecruzan. Hay, también, otra idea que se manifiesta con claridad: la vigencia de El Quijote.

El viaje de Astiz comienza en Villanueva de los Infantes, una localidad que como otras, se arroga ser aquella de cuyo nombre no quería acordarse el caballero andante. Es julio y el calor se corta. El periodista entra en una tienda de informática y ve a un hombre dando manotazos al aire. Lleva unas gafas de realidad virtual. El Quijote no las necesitó. En otro capítulo se cuenta cómo, en aquellos molinos del Campo de Criptana, que nuestro héroe confundía con gigantes, los niños cazan pokemons. Como vemos, la real y lo imaginario siguen confundiéndose en el siglo XXI, y el peso de la ficción en esos pueblos de Monlibro-kixoteneantiel es considerable: hay calles, fondas, pastelerías con el nombre de los personajes de una novela. Hay museos y rutas y merchandising sobre personajes de ficción que ofrecen sustento a personas reales. Por ejemplo, en Toboso, el pueblo de Dulcinea, encontraremos el Museo Cervantino. En 1920, quien era alcalde del pueblo comenzó a pedir a diversas personalidades que enviaran allí un ejemplar firmado de El Quijote, el segundo libro más traducido de la historia, superado solo por la Biblia. Franco, Mussolini, Reagan, Mubarak, Lula da Silva, Thatcher, Mandela y muchos más mandaron ejemplares en sus lenguas maternas. Ardanza envió uno en euskera. Solo hay tres personas que no enviaron el ejemplar: Hitler (que envió El cantar de los nibelungos), Gaddafi (que envió el Libro Verde) y Vargas Llosa (que no envió nada; hay un libro suyo, de su obra, y una foto que se sacó en el museo, porque anduvo de promoción por allí).

La procelosa traducción al euskera de El Quijote también es referida por Astiz. Los primeros capítulos se tradujeron varias veces, pero la cosa se quedaba ahí. Fue el cura Pedro Berrondo el primero en traducir las dos partes de la obra. Y no hace tanto de eso: hablamos del año 1985. Las anécdotas y los datos que comparte Astiz son numerosas, pero no olvidemos que el territorio de la ficción es fértil en conjeturas. Una de ellas es la posibilidad de que Cervantes se hubiera inspirado en Juan Pérez Lazarraga, el administrador de los señores de Guevara para crear El Quijote. Por lo visto, un mal día, Lazarraga enloqueció y se armó y se dirigió a Gasteiz a caballo al grito de “¡Santiago! ¡Santiago!”.

La lectura de Kixotenean resulta divertida e instructiva porque a través de ese viaje a través de las tierras manchegas, Astiz repasa la biografía de Cervantes y revela diversas peculiaridades de la obra y nos brinda, como hemos visto, numerosas historias interesantes. El Quijote, tan precursor e inspirador, ha llegado a nuestros días en buena forma, y entre pokemos y gafas de realidad virtual, los molinos siguen siendo gigantes porque lo real y lo ficticio se entrecruzan para ofrecer un relato de muchos relatos en el que aún podemos vernos a nosotros mismos.

Txani Rodríguez

La divertida y brutal honestidad de Iban Zaldua

El estado de la literatura, de la literatura en general, aunque el foco esté puesto sobre la literatura vasca, centra (Euskal) Literaturaren alde (eta kontra), el nuevo libro de Iban Zaldua. En este compendio de textos publicados en periódicos, en blogs, o leídos en actos públicos, el escritor donostiarra traslada con honestidad, claridad y humor, sus reflexiones, sus dudas, sus conclusiones, en relación al sistema literario y a la literatura. Estamos ante un conjunto de manifiestos, decálogos, artículos de opinión e incluso relatos que se detienen en aspectos diversos.

Encontramos, por ejemplo, divertidos y enjundiosos manifiestos contra la poesía, contra la literatura de viajes o contra la literatura juvenil, escritos en un tono que los completa más allá de su literalidad. Así mismo, en sus decálogos (no siempre lo son estrictamente) encontramos consejos con segundas y terceras intenciones para formar parte, por ejemplo, de la generación Erasmus (un decálogo este que se contestó en su momento y mucho, incluso dio pie al libro Orgasmus), para escribir un prólogo o una contraportada o para escribir crítica. libro-euskal

La verdad es que hay pasajes -los consejos que da para escribir columnas de opinión, por citar alguno- que no se pueden leer sin ceder a la sonrisa y sin comprender, al mismo tiempo, que algo de cierto hay: “Zutabegileak beti gogoratu behar du norberari gertatzen zaiona izugarri importantea dela (….).” Lo mismo sucede con el tridecálogo del escritor cascarrabias, especialmente divertido: “Euskal idazle erretxina beti izango da aurrenekoa zer edo zertan, euskal literaturaren alorrean: lehenengo -euskal-detectibe erretretadun, elbarri eta ilegorriaren sortzaile; zientzia fikzioaren eta nobela historiko-sentimentalaren -euskal-gurutzaketa gauzatzen pionero; harreman zoofiliko bat -euskal- poema liburu oso batean zehar garatzen aitzindari; “autobiogeografia kolektibo-minerala” generoaren asmatzaile-euskaraz-… Eta lorpen hori -nahikoa- aitortuko ez zaionez, are gehiago minduko da euskal idazlea, ezinbestean”. En todo caso, hay que subrayar que el autor ejerce también la autocrítica y que a veces, en algunos cierres de estos decálogos o artículos, admite que él tampoco andará lejos de algunos tics o posturas sobre las que ironiza.

En (Euskal) literaturaren alde eta kontra se reflexiona también sobre el supuesto buen estado de forma del cuento en el mercado literario vasco; sobre la rara posibilidad de que el éxito de ventas y la calidad literaria converjan, sobre el protagonismo de la autoficción, sobre el excesivo peso de la realidad (la realidad, no el realismo) en la literatura actual, sobre el canon, sobre la idoneidad de los criterios con los que se establecen las lecturas escolares, sobre el sistema educativo. Recuerda Zaldua que él creció con el convencimiento de que la literatura era algo importante y lamenta que aquella convicción compartida haya ido debilitándose con el paso del tiempo y a consecuencia de distintos factores. Ese desencanto se refleja en el libro, un desencanto que alcanza altas cotas de pesimismo en algunos textos de la parte final como el que, con gran elocuencia, titula Apocalypse Now.

El escritor Mikel Ayerbe señala en su también divertido prólogo que este libro quedará como testimonio del estado de la literatura vasca actual. Esos lectores futuros se encontrarán con escritores envidiosos, un tanto holgazanes, con columnistas egocéntricos, con discordias, pero, la verdad es que, si nada de eso se diera, si todo fuera más normal o ponderado,  tal vez la deserción en la República de las Letras de la que habla Zaldua sería masiva. A favor o en contra, este libro, sin duda, ofrece argumentos muy concretos y da que pensar.

Txani Rodríguez

Izagirre y Potosí, las historias necesarias

“Gobiernos y agentes de la bolsa especulan con las materias primas; en ese juego arruinan a países subdesarrollados; esos países aceptan las ayudas internacionales y sus condiciones para salvarse; por ejemplo, renuncian a intervenir en las relaciones entre las empresas y los trabajadores, renuncian a cualquier vigilancia, y así, al final de la cadena una niña de 12 años entra a trabajar en la mina”. Este es un párrafo que resume el contenido fundamental de Potosí, el último trabajo de Ander Izagirre, publicado por Libros del K.O., pero merece la pena ampliar el párrafo con datos concretos. Potosí habla de Bolivia, del Cerro Rico de Potosí. En el año 1900, un buscafortunas llamado Simón Patiño excavó en la zona y de un dinamitazo cambió la historia del país. La montaña contenía una fabulosa veta de estaño. Bolivia era rica, y eso la volvió miserable. Vendieron hasta el mar, a Chile, a cambio de que les dejaran construir una vía del tren para sacar el mineral por esa costa.

Lo que sigue es una historia de codicia: explotación, esquilmo, gobiernos corruptos, privatizaciones, nacionalizaciones desastrosas, el FMI deshumanizado, privatizaciones de nuevo, empresas sin escrúpulos, cooperativas que son una tapadera para el fraude. portada_finalY entre esa farfolla, consecuencias concretas: mineros que trabajan sin ninguna medida de seguridad, arriesgándose a quedar sepultados bajo un derrumbe, con la certeza de morir jóvenes. Mineros embrutecidos, bebedores, abusadores, consagrados a dioses de barro y a superchería barata y oportunista. Mineros tragando veneno y oscuridad. Todo a peor, y aún se puede enfocar mejor: en el Cerro Rico, a 4.400 metros de altitud, donde ya casi no se puede vivir porque falta hasta el aire, en una pequeña caseta, sin agua potable, cerca de una canchamina, vive Alicia con su madre y su hermana. Alicia quiere estudiar, le gustaría ser médico, pero en clase tiene sueño. Ella, a sus doce años, trabaja en la mina, como tantos otros niños. Además, trabaja sin cobrar para saldar una deuda injusta con la cooperativa. Cuando regresa a su casa va con una piedra en el bolsillo, por si acaso.

Es fácil llevarse las manos a la cabeza, pero Ander Izagirre, que escribe lejos del paternalismo, explica las razones por las que en 2014 el gobierno de Evo Morales aprobó el trabajo infantil (aunque el de la minería seguía prohibido). Los niños se agruparon, se quejaron, denunciaron que en la clandestinidad sus condiciones laborales eran aún mucho peores. Hay miles de menores trabajando en las minas. Y una frase en este libro que es un latigazo de realidad: mientras siga existiendo miseria, habrá trabajo infantil.

Es, sin duda, una historia tan dura que hace que el autor se interrogue sobre la utilidad misma de escribir un libro como Potosí. Y es normal porque suenan las campanas de la impotencia y nada parece servir para nada. Sin embargo, merece mucho la pena leer estas páginas y conocer la historia de Alicia. Izagirre la comparte a través de un documentado recorrido histórico por Bolivia, con la pericia para elegir y combinar elementos narrativos a las que ya no tiene acostumbrados este donostiarra. Ninguna historia sostiene un libro si no está bien contada, pero Izagirre ha sabido contarla y situarnos además ante nuestras propias contradicciones y ante una situación que se lleva por delante un puñado de certezas bienintencionadas. Periodismo de calidad, por tanto, a los pies de una montaña fabulosa y rica, donde se respira un polvo cuajado de plata y estaño que contamina los pulmones de Bolivia, y pesa en las conciencias.

Txani Rodríguez

El tocho. La traición de los intelectuales, de Julien Benda

Donde todo ha sucedido“A finales del siglo XIX se produce un cambio capital: los intelectuales empiezan a hacer el juego a las pasiones políticas; aquellos que suponían un freno al realismo de los pueblos se convierten en sus estimuladores. Este trastorno en el funcionamiento moral de la humanidad se opera por varias vías. En primer lugar, los intelectuales adoptan pasiones políticas. Nadie objetará que hoy, por toda Europa, la inmensa mayoría de los hombres de letras, los artistas, un número considerable de científicos, de filósofos, de “ministros de lo divino” asumen la parte que les corresponde en el coro de los odios raciales, de las facciones políticas; aún menos se negará que adoptan pasiones nacionales”.

Este es un fragmento de La traición de los intelectuales de Julien Benda. Este ensayista francés, ejemplo de intelectual crítico e independiente, publicó la que sería su obra más célebre en 1927, en  plena época de entreguerras, provocando un considerable revuelo entre las muchas figuras de la cultura aludidas en ella. Para Benda, el intelectual es una especie de clérigo secular (de ahí el título original francés La trahison de clercs) entregado al culto del Arte y del Pensamiento puro, que encuentra su felicidad en el goce principalmente espiritual y se mantiene alejado de la vida práctica. Su terreno es el de los valores universales (como los de verdad, razón, justicia o libertad), situados por encima de cualquier particularismo y aplicables por igual a cualquier individuo en la entera superficie del planeta.

Pues bien, La traición de los intelectuales acusa el progresivo abandono que estaba experimentando este ideal de intelectual puro;  aquellos que debían ser rectores morales de la vida pública, en lugar de denunciar las arbitrariedades estatales, cedían ahora al patriotismo xenófobo, al autoritarismo o al clasismo. En palabras de Benda “estos nuevos intelectuales declaran no saber lo que son la justicia, la verdad ni otras “nebulosas metafísicas”; para ellos lo verdadero está determinado por lo útil; lo justo, por las circunstancias”.

Benda intenta explicar este fenómeno por el deseo de riqueza de los modernos intelectuales, que les lleva a identificarse con la burguesía, por su voluntad de poder político o por un sensualismo romántico que les aleja de cualquier pretensión de objetividad. Si bien afirma que Alemania inició esta religión del “alma nacional”, sus críticas se dirigen sobre todo a intelectuales franceses como el ultranacionalista Maurras, el apóstol de la violencia Georges Sorel o el filósofo irracionalista Bergson. Escrito con un estilo enérgico pero exento de vehemencia en sus apreciaciones, La traición de los intelectuales fue considerado en su momento un libro inactual.

Sin embargo, la ironía de la historia ha querido que 90 años después de su publicación surjan conceptos como el de la “posverdad”, que acaban con cualquier pretensión de universalidad de los valores, y hacen de los intelectuales meros voceros de los intereses predominantes. Por eso, hoy más que nunca, se hace necesario recuperar el espíritu crítico de Julien Benda en este valiente ensayo, que encontrarán en Galaxia Gutenberg: La traición de los intelectuales.

Javier Aspiazu

Los abuelos rojo y facha de Juan Soto Ivars

foto-juan-soto-ivarsEl escritor murciano Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) acaba de publicar en la editorial Círculo de Tiza el libro Un abuelo rojo y otro abuelo facha. Soto Ivars es narrador, ensayista y columnista de prensa. Sus escritos irreverentes y graciosos se han hecho famosos en El Confidencial, El Mundo, El País y la revista Jot Down. Ha publicado dos novelas Siberia y Ajedrez para un detective novato. Un abuelo rojo y otro abuelo facha es, en su primera parte, una especie de biografía sentimental, y a la vez manifiesto político, que se nutre de las experiencias familiares y que se transforma en una gran metáfora de la forma que tienen los españoles de afrontar su pasado más cercano, sobre todo lo que hace referencia a la época de la República, la Guerra Civil y la dictadura franquista. El autor da gracias a haber tenido una infancia, adolescencia y primera juventud marcada por las dos visiones contrapuestas de sus abuelos, uno rojo declarado, otro facha redomado. La segunda parte es un compendio de artículos publicados en diarios y revistas. Pincha y disfruta de la charla.

El tocho. Reflexiones y máximas morales de La Rochefoucauld

libro-reflexiones-o-sentencias“A nadie le gusta alabar y nunca se alaba a nadie sin interés. La alabanza es una adulación hábil, velada y delicada, que satisface de distinta manera al que la hace y al que la recibe. El segundo la toma como una recompensa debida a sus méritos y el primero la hace para que reparen en su equidad y en su discernimiento”.

Esta es una de las máximas que integran el volumen de Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de la Rochefoucauld. El duque fue el primero y el más célebre de los moralistas franceses, grupo de pensadores y escritores interesados en reflexionar sobre las costumbres, la naturaleza y la condición humana, entre los que se encuentran Pascal, la Bruyere, Chamfort o Joseph Joubert. Para ello utilizaron como instrumento una escritura fragmentaria y breve, la sentencia o máxima, muy cercana a lo que hoy llamamos aforismo, con la que expresaron, de forma brillante y aguda, verdades universales sobre el ser humano. Este es un género de madurez, por eso La Rochefoucauld, que tuvo una juventud agitada, distinguiéndose en el campo de batalla y conspirando, dentro de la fracasada rebelión de la Fronda, contra el cardenal Mazarino, publicó sus Máximas en 1665, pasados los 50 años de edad. Su experiencia vital contribuyó a cimentar una visión pesimista del ser humano, expresada de forma contundente en el lema que encabeza las Máximas: “Nuestras virtudes no son, la mayoría de las veces, sino vicios disfrazados”.

A lo largo de las poco más de 500 máximas de que consta el texto, La Rochefoucauld analiza afectos y pasiones humanas, como el amor propio (el mayor de todos los aduladores) o la envidia (la más tímida y vergonzosa de las pasiones y, sin embargo, la más violenta) y pone de manifiesto nuestra incapacidad para liberarnos de su influjo. A su juicio “hay pocas personas lo suficientemente cuerdas para preferir la censura que puede serles útil al halago que las traiciona”. Otro de los grandes temas de las Máximas, muy habitual en las conversaciones de los salones elegantes, es la influencia de las pasiones sobre el amor. Tan evidente como para asegurar que “si existe un amor puro y sin mezcla de nuestras demás pasiones es el que se esconde en el fondo de nuestro corazón, y nosotros mismos ignoramos”.

Pero son sus agudas observaciones sobre la vanidad, la pasión que nos agita sin cesar, las que dejaron un recuerdo más profundo cuando lo leí en mi juventud. Según el duque: “El verdadero hombre noble es el que no presume de nada”. Teniendo en cuenta lo generalizada que está la presunción en nuestra sociedad, la nobleza de nuestra conducta queda muy en entredicho, ¿no les parece? Afirmaciones tan tajantes como que “la debilidad es el único defecto que no puede corregirse”, o que “las personas débiles no pueden ser sinceras” provocaron el entusiasmo de Nietzsche, el filósofo alemán, uno de los muchos admiradores confesos del autor. Quizá nunca lleguemos a poseer un espíritu fuerte como el del duque, pero al menos nos conoceremos mejor a nosotros mismos leyendo esta obra maestra de la literatura aforística, estas perspicaces, jugosas, deslumbrantes Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de La Rochefoucauld.

Javier Aspiazu