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Familia desolada-conflicto vasco, el debut de Edurne Portela

Edurne Portela era hasta hace un año una desconocida profesora vasca que impartía clases en Estados Unidos. Nacida en Santurtzi en 1974, se doctoró en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Chapel Hill de Carolina del Norte y dio clases de literatura española y latinoamericana en ese país en la Universidad de Lehigh, en Pensilvania, hasta 2015. El año pasado dejó su trabajo en Norteamérica y decidió dedicarse a la escritura. Fruto de esa decisión, y fue aquí cuando todo cambió, llegó la publicación de El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia, un ensayo que combinaba la reflexión sobre la realidad vasca con la experiencia personal, un trabajo que tuvo un gran impacto social y mediático. Era el pistoletazo de salida para una carrera que Portela ha enfocado ya hacia la literatura y que entronca directamente con su trabajo anterior.

Porque su primera novela Mejor la ausencia es la radiografía de un mundo familiar desolado con el paisaje de fondo del “conflicto vasco”. La acción transcurre en la Margen Izquierda de la Ría de Bilbao, principalmente en la década de los ochenta. El paisaje es demoledor: desindustrialización, paro, ETA, GAL, juventud alegre y combativa, droga… Con ese ambiente en la calle la autora nos cuenta cómo es el día a día de Amaia, la hija pequeña de una familia vasca desestructurada. La primera vez que aparece tiene cinco años y la vamos a seguir hasta que cumpla los 19. Después vendrá un largo epílogo en el que la protagonista volverá a sus pueblo Santurtzi, años después, derrotada, despedida de su trabajo y sin pareja, pero dispuesta a iniciar una carrera literaria.

Aunque hay muchos personajes en la novela (la madre alcoholizada, el hermano mayor drogadicto, un hermano en la borrokada y otro que es un intelectual, que pasa de su familia), Portela se centra en la relación entre hija y padre, una relación complicada habitualmente, pero que se complica más por las peculiares relaciones del padre con la “cosa política”. Además el padre es un maltratador de libro, pero cuando el maltrato todavía se vivía como una cosa de la familia, en la que nadie de fuera tenía que inmiscuirse.

Alguno pensará que estamos ante una novela que surge a partir de la ola creada por el triunfo de Patria de Fernando Aramburu y que Portela se sube a esa ola. Pero está equivocado quien piense esto, porque Mejor la ausencia es una novela muy diferente, en la que sobresale la figura de la protagonista, Amaia, retratada admirablemente. Un retrato soberbio al que no es ajeno el punto de vista adoptado por la autora, ya que la historia está narrada en primera persona, pero siempre desde la edad que tiene en cada momento la protagonista. Un ejercicio arriesgado y que da unos resultados magníficos.

Por cierto una novela que gustará a los muy lectores por las constantes referencias literarias que hay en ella, porque Amaia es una gran lectora. Y ahí creemos que muestra la autora sus propios gustos: García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, Valle Inclán, Carpentier, Rosa Montero

El único pero, es el epílogo, de unas cincuenta páginas, en el que Amaia, tras una historia personal y profesional bastante desasosegante vuelve, con 35 años, a su casa en 2009. Una coda que no está mal, pero que se hace algo repetitiva. Más reducida habría quedado perfecta.

Una novela excelente en la que se demuestra que la literatura permite acercarse a la realidad, en este caso a la realidad de Euskadi, de maneras que no permite el ensayo académico, maneras que nos pueden hacer entender mejor lo sucedido en un tiempo de terribles canalladas.

Enrique Martín

Vicente Luis Mora, recreando la vida de un artista futuro

El punto de partida de la nueva novela de Vicente Luis Mora, merecedora del Premio Torrente Ballester, es la investigación que una profesora de arte realiza sobre la persona y obra de Fred Cabeza de Vaca, considerado “el artista español más universal desde Picasso”. Así, conocemos la infancia, juventud y madurez de un hombre de talento y pocos escrúpulos, detestable en algunos momentos. Fred Cabeza de Vaca creció en un pequeño pueblo de La Rioja y estudió Filosofía y Letras en Madrid. Medró como crítico de arte y enseguida logró abrirse paso como artista plástico. Un acontecimiento relacionado con On Kawara, en parte fortuito, lo sitúa enseguida como un referente.  Llegó a recibir el Premio Nacional y que incluso los Rolling Stone eligieran una de sus fotografías para la portada de uno de los discos de la mítica banda.

La investigación nos permite saber también que Fred Cabeza de Vaca era un machista, que en sus diarios se refería a las mujeres con las que había estado con un número, y que le encantaban los juegos de seducción y sexo. A pesar de sus múltiples conquistas, parece que sí amó a una mujer. La novela transcurre en un futuro cercano ya que Fred nació en 1980. Ese salto temporal hará que nos encontremos con muebles inteligentes o con un Ministerio de la Basura con una secretaria de Arte y Reciclaje o con “best sellers” escritos directamente por un superordenador de Amazon. La estructura de esta biografía en marcha comienza de una forma estándar, digamos, con una narración en pasado, pero pronto se fracciona y se articula en torno a extractos del diario y las memorias del artista, de entrevistas públicas, transcripciones telefónicas, testimonios y esquejes de la propia investigadora, Natalia, de cuya relación con Fred podremos saber algo más conforme avance la lectura.

El argumento, por tanto, es lo que os acabo de contar, pero a mí me ha fascinado la imaginación del escritor porque es capaz de recrear con muchísima originalidad las ideas artísticas del autor, sus originales proyectos, sus llamativas intervenciones, las discusiones con otras personas del mundillo, un sinfín de reflexiones, de textos… en definitiva, consigue dotar de una extraña y potente verosimilitud esta historia ficticia. El escritor malagueño Vicente Luis Mora consigue -salvo algunas páginas relacionadas con ciertas teorías artísticas que resultan algo más arduas- entretenernos y meternos, por completo, en la historia. Además, la novela arroja una visión irónica sobre el mundo del arte plástico, sobre sus interioridades y servidumbres y sobre sus falsedades.

Txani Rodríguez

El Tocho. El mundo ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría

“¡Desgracia!

Una culebra ágil y oscura cruzó el camino, dejando en el fino polvo removido por los viandantes la canaleta leve de su huella. Pasó muy rápidamente, como una flecha disparada por la fatalidad, sin dar tiempo para que el indio Rosendo Maqui empleara su machete. Cuando la hoja de acero fulguró en el aire, ya el largo y bruñido cuerpo de la serpiente ondulaba perdiéndose entre los arbustos de la vera.

¡Desgracia!

Rosendo guardó el machete en la vaina de cuero sujeta a un delgado cincho que coloreaba sobre la delgada faja de lana y se quedó, de pronto, sin saber qué hacer. Quiso al fin proseguir su camino pero los pies le pesaban. Se había asustado…”

Así comienza El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Editado en 1941, cuando su autor contaba apenas 32 años, este gran clásico de la literatura peruana fue la obra maestra de Ciro Alegría, que salvo un libro de cuentos, no volvió a publicar más el resto de su vida. Un cuarto de siglo en el que trabajó en diversos países como profesor y conferenciante, y que, de alguna manera, estuvo absorbido por las repercusiones de esta novela que hoy comentamos, cumbre del llamado “movimiento indigenista”.

Ciro Alegría era hijo de terratenientes y, por tanto, conocía de primera mano el tema que abordaba. El mundo es ancho y ajeno describe la vida cotidiana de los indios de la comunidad de Rumi, pequeña localidad enclavada en los Andes peruanos, dedicada al trabajo de la tierra. Son muchos los retratos memorables que nos ofrece esta gran novela coral, pero sin duda el más destacado y entrañable es el de Rosendo Maqui el anciano alcalde de la comunidad, al que sus paisanos han reelegido durante décadas por su honradez y buen sentido. Él y sus convecinos de Rumi verán trastocada su existencia cuando el terrateniente Don Alvaro Amenábar decida arrebatarles sus tierras. A partir de ahí la odisea de los comuneros de Rumi se convierte en el arquetipo de la resistencia indígena frente a los hacendados blancos.

La ambición narrativa de Ciro Alegría es inmensa, pues no solo relata el expolio al que son sometidos los indígenas, que al fin pierden el tramposo litigio entablado por el terrateniente, sino que, además, muestra su terrible consecuencia: la disgregación de la comunidad. Algunos indios más jóvenes y animosos buscarán nuevas formas de vida y acabarán esclavizados en las explotaciones del caucho, otros enfermarán trabajando en las plantaciones de coca y solo los más afortunados, como Benito Castro, podrán volver a la comunidad, tras un sinfín de penalidades, para liderar el último intento de resistencia.

Por la presencia de un narrador en tercera persona que, de vez en cuando, interviene en el relato, estamos ante una novela de hechura clásica, pero dicho en el mejor de los sentidos, porque esta es una obra magnífica, poderosa, apasionante, de las que suspenden el ánimo y crean adicción. La destrucción de las comunidades indígenas, que sigue produciéndose casi de la misma forma en la actualidad, nunca fue mejor contada que en El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría, disponible en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El colectivo Wu Ming alcanza la excelencia

Parece chino pero no lo es. Ni siquiera es un solo autor. Tras el nombre de Wu Ming se esconden varios escritores italianos que antes se hicieron llamar Luther Blisset y que adoptaron el nombre chino, que quiere decir Sin Nombre, porque les parecía muy representativo de sus intenciones. A lo largo de su carrera han escrito novelas sobre las guerras de religión europeas, la independencia de los Estados Unidos y sobre hechos ocurridos en 1.954. Aquí están de nuevo, escribiendo sobre el terror, esa etapa de la Revolución Francesa a la que tanto jugo se ha sacado en el cine y en la literatura.

Siguiendo su costumbre estos escritores han creado diferentes personajes, suponemos que lo hacen así porque cada uno de ellos se ocupa de uno o de varios dentro de la misma corriente aunque luego se vayan mezclando con otros. Tenemos al pueblo revolucionario representado por una mujer que participa en diferentes episodios históricos, junto a ella su hijo y un policía que la protege con intenciones rijosas, en un momento de la novela conoce a un actor fracasado que, tras un arrebato, se convierte en Scaramouche y pasa a ejercer de héroe popular y de vengador justiciero. Marcando otra línea narrativa tenemos a un investigador del hipnotismo que vivirá diferentes aventuras recorriendo Francia. Los nombres conocidos de la revolución, de Danton a Robespierre, Marat y su asesina y hasta Desmoulins, que tiene una mención, se pasean por estas páginas haciendo lo que hicieron en la vida real, viajar de la gloria a la muerte.

Las novelas de Wu Ming son tremendamente entretenidas, ocurren muchas cosas en ellas, entremezclan la realidad y la ficción con gran eficacia y, al fin, parece que han sido escritas por una sola mano, como si alguno de los implicados se esforzara por dar el toque final a todos los escritos. En otras circunstancias yo habría dicho que esta novela es excesiva, muy larga, muy detallada, quizá algo repetitiva, pero siempre son más numerosas las virtudes que los defectos y estos, al fin, tienen poca importancia. Tienen algo peculiar en su narración, algo adictivo, algo que nos hace pensar en que estamos leyendo un folletín decimonónico, y estoy seguro de que es algo que está en el ánimo de los escritores, y al mismo tiempo que estamos leyendo la novela del futuro en cuando a la precisión en el tratamiento de la ambientación, de los personajes, del humor que siempre asoma incluso en los momentos más terribles, en la mirada crítica sobre algunas cosas que nos hacen penar en la actualidad.

Son buenos estos chicos de Wu Ming. Creo que voy a seguir leyéndoles a pesar de que no parecen ser muy reconocidos y vender suficientemente. Lo digo porque han cambiado de editorial. Espero que la nueva, Anagrama, les trate como se merecen. De momento les ha dado un formato algo más grande de lo que es habitual en esta colección. De acuerdo a su importancia.

Félix Linares

Iván Reguera y las tribulaciones de un crítico de cine

El escritor vizcaíno Iván Reguera (Bilbao, 1973) acaba de publicar en la editorial madrileña PoeBooks la novela Liquidación. Reguera es crítico de cine, colaborador habitual de Cinemania, Cuarto Poder y Periodista digital. Ha publicado varios libros relacionados con el mundo del cine como 2001. Un largo camino hacia las estrellas, Apocalypse Now. Odisea en los territorios del horror y Carlos Pumares, un grito en la noche, dedicado al popular divulgador del mundo del cine. Interesante también su descarnada Antiguía del Cine, donde pone a caldo a las “100 películas más sobrevaloradas de la historia del cine”. En Liquidación cuenta la “formidable historia de Luis Dédalo, crítico de cine” en sus peores momentos cuando tras la crisis ve cómo va menguando su espacio cultural en el diario en el que trabaja hasta que es despedido. En una noche alocada, que parece ser su última noche, y con un discurso verborréico e imparable, hace un repaso lúcido y crudo a la realidad que le circunda. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta.

Jon Ariza de Miguel o cuando el amor imaginado es mejor

Tras Ohe hotzak, publicada en 2016, el escritor portugalujo Jon Ariza de Miguel regresa a las librerías con otra novela: Haizeari begira. El punto de partida de esta historia es el siguiente: un hombre llega a una isla europea-no sabemos cuál- y se instala en un pequeño hotel a la espera de reunirse, al día siguiente, con su hermano. El tiempo está desapacible y ya conoce la isla con lo que decide quedarse descansando en el hotel. Las horas transcurren morosas entre la habitación y el restaurante. Sin embargo, un hecho, en principio, irrelevante, va a alterar la tranquilidad del protagonista de la novela, que tiene bastante de antihéroe, de gigante de la inacción. ¿Qué es lo que sucede? Pues sucede que desde su habitación ve, en el piso de frente, a una chica, más joven que él, muy hermosa, asomada a la ventana. Él se siente tan atraído por esa mujer que cuando llegue su hermano, mucho más dinámico, se mostrará totalmente refractario a salir del hotel. No quiere perder de vista a la joven: la observa mientras lee, mientras toma el té, vigila sus entradas y salidas.

Como vemos, el argumento es sencillo y los elementos narrativos están claros: dos personajes y la sombra de un tercero; y el hotel como escenario. Sin duda, estamos ante una novela que podría adaptarse al teatro con facilidad. Pero a pesar de que la acción superficial es mínima, pasan muy pocas cosas, hay que reparar en el movimiento interior de la historia, donde encontramos varias reflexiones interesantes: una de ellas gira en torno a la idealización de la persona amada y de la relación amorosa en sí. Una de las tesis es que ese amor no va a ser más hermoso en la realidad que en la imaginación. En este sentido, Haizeari begira puede recordar vagamente a Seda, de Alesandro Baricco.

Otra de las ideas con las que juega este libro -y que se expresa con cierta ironía- es la intelectualización del ocio, algo que comprobamos a través de estos dos hermanos, lectores impenitentes, cuya relación es también objeto de análisis: “Anaia eta biok ondo geunden bakarrik, bananduta geundenean, bakoitza bere argia ematen baitzion inguruari, kandela baten moduan. Elkartzen ginenean, kandelen moduan, argi gehiago ematen genuen, baina hurbilegi jarriz gero, kandelen moduan, elkarri igorritako beroa dela-eta, arinegi erretzen ginen”. Otro de los temas de esta historia surge del contraste entre la acción y la inacción, ambas posiciones con sus pros y sus contras, sin dejar de evidenciar que la simple contemplación de la vida resulta muy inoperante.

En resumen, estamos ante una novela de poca acción y está provista de un final que puede irse vislumbrando a medida que pasemos las páginas. Para mí, y a pesar de lo dicho, lo mejor de Haizeari begira es el ritmo, un ritmo medido que hace que esta lectura tenga un no-sé-qué hipnótico.

Txani Rodríguez

El tocho. El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm

“Leí lo que me propongo referir sentado junto a un sillón, en casa de mi abuela, la esposa del senador Feddersen, en un librito ilustrado, encuadernado en cartón azul, y no puedo recordar ahora si era el Leipziger o el Papes Hamburguer Lesefruechten. Aún siento una sensación semejante a un escalofrío cuando recuerdo la hermosa mano de la octogenaria acariciando mi cabeza. Tanto ella como su tiempo están sepultados ya en el olvido.  En vano he buscado de nuevo aquellas hojas y, por consiguiente, no puedo asegurar la verdad de los hechos. Si alguien los negase no tendría pruebas de convicción, pero sí que puedo asegurar que, sin que nadie me los haya recordado, jamás se han apartado de mi memoria.”

Así comienza El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm. La vida de este poeta y narrador alemán discurrió a lo largo del siglo XIX y su obra evolucionó al ritmo de los gustos literarios de la época, desde un lirismo nostálgico, donde cantaba la naturaleza del norte de Alemania, y en especial, de su Schleswig natal, a un realismo más interesado por temas sociales.

La novela corta que hoy comentamos, publicada en 1888, año de la muerte del autor, participa de ambos aspectos. Bajo la apariencia de un relato fantástico, la génesis de una leyenda popular, El jinete del caballo blanco es una poderosa evocación de la naturaleza, con una presencia constante del mar del Norte, y de los hombres que intentan domeñarlo ganando metros a las aguas por medio de la construcción de diques. Y al mismo tiempo, ofrece una interesante crónica de las tensiones sociales que se derivan de este empeño.

El autor nos cuenta la historia de Hauke Haien, el hijo de un modesto campesino de la costa frisona, que gracias a su inteligencia y aplomo se convierte en ayudante del Deichgraft, nombre con el que se conocía al encargado oficial de la construcción y conservación de diques. Una función importante en la comunidad, que Hauke ejerce en la sombra, supliendo la incapacidad y la pereza de su patrón. Cuando éste muere, Hauke se casará con su hija, la fiel y valerosa Elke, será nombrado nuevo Deichgraft y tras múltiples reformas, iniciará la gran obra de su vida: el dique indestructible. La resistencia a los cambios, favorecida por una religión oscurantista, y las envidias de otros campesinos, como su eterno rival Ole Peters, son los obstáculos a los que debe enfrentarse el testarudo Hauke, antes de que su destino trágico le convierta en leyenda.

Theodor Storm consiguió con esta novela su obra más lograda. A su inspirado retrato de la naturaleza, con la descripción del mar helado y fantasmal en invierno, o de las olas embravecidas y amenazantes del estío, hay que sumar el amplio cuadro de costumbres que nos ofrece, representado por las fiestas populares o el ciclo de las tareas comunales.

Por último, El jinete del caballo blanco es un excelente ejemplo del argumento literario primigenio, la eterna lucha entre la realidad y el deseo: en este caso, entre un entorno natural poco propicio y el esfuerzo humano por transformarlo. Encontrarán El jinete del caballo blanco de Theodor Storm, en Valdemar ediciones.

Javier Aspiazu

Juan Bas en el territorio de la ignominia

El escritor vizcaíno Juan Bas (Bilbao, 1959) acaba de publicar en la editorial Alrevés la novela El refugio de los canallas. Guionista de cómic y de televisión y columnista en prensa, es director del festival literario Ja! Bilbao y ha publicado libros de cuentos, Páginas ocultas de la historia (con Fernando Marías) y La taberna de los 3 monos, las novelas El oro de los carlistas, Alacranes en su tinta, Voracidad (Premio Euskadi de Literatura), Ostras para Dimitri y Pájaros quemados, y varios libros difíciles de etiquetar como Tratado sobre la resaca y La resaca del amor. En El refugio de los canallas retrata la historia de ETA desde su formación hasta su abandono de las armas. La novela transcurre entre 1946 y 2015 y en ella, con un montón de personajes (se trata de una obra coral), se habla del odio, de la destrucción de la inocencia, del sinsentido del terrorismo, de la bajeza moral de algunos planteamientos, de las cloacas del estado y del patriotismo. Se trata, según Fernando Aramburu, de “una compleja polifonía de víctimas que ayer fueron verdugos, de verdugos que más tarde serán víctimas o que ya lo son aunque acaso no lo sepan”. Con el autor hemos charlado. Pincha y disfruta de la conversación.

Yan Lianke y las corrupciones de la China escamoteada

En la década de los noventa, la desolación se extendió por la aldea Ding y por toda la provincia de Henan. La causa de la calamidad fue un plan gubernamental para la compra-venta de sangre en esa zona rural. Aunque los campesinos, la mayoría muy pobres, reciben la orden con reticencia, al final, acceden. En un principio, las donaciones están controladas, pero la codicia no tarda en aparecer, y Ding Hui, uno de los miembros de la familia que protagoniza esta novela, comienza a mercadear con la sangre: paga más que el gobierno por litro, pero hace muchas más extracciones, sin respetar edades ni reposos. Los vecinos de la aldea, la mayoría muy pobres, empiezan a vender de forma descontrolada, para comprar una gallina, para comprar champú, para comprar cualquier fruslería, mientras el negocio de compra-venta ilegal enriquece a unos pocos.

Pero sucedió  -y aquí es cuando esta historia, una historia real, por cierto, se convierte en tragedia- que Ding Hui tampoco guardó el cuidado debido con las agujas y por la aldea se extendió lo que llamaron la enfermedad de la fiebre. “Morían -leemos- como las hojas que caen de un árbol. Se extinguían como una luz que se apaga. Entonces se decía que la persona en cuestión había contraído una enfermedad del estómago, el hígado o los pulmones, cuando en realidad era la enfermedad de la fiebre. Era SIDA”.

Bien, este es solo el punto de arranque de una de las novelas que más me ha impresionado en los últimos años, y que quería reseñar porque aunque no sea una novedad estricta no ha recibido toda la atención que merece. Narrada desde el punto de vista de un niño, es una historia que nos habla de la ambición desmedida, de la corrupción, de los abusos, de la ignorancia. Pero, a pesar de lo terrible que fueron aquellos hechos, la lectura no resulta tan dura como pueda parecer. El autor, Yan Lianke, emplea un registro cercano al realismo mágico, muy lírico en ocasiones, muy hermoso cuando describe la naturaleza,  y recrea, sobre todo, una bellísima historia de amor, una historia que rebosa ternura y delicadeza, y que nos mantiene enganchados a la narración.

La novela brinda también, a través de todos sus personajes, una gran oportunidad para conocer la China rural de aquella época en la que se mantenían costumbres y creencias que resultan sorprendentes. Yan Lianke, nacido en Henan, el lugar donde sucedieron los hechos que se relatan en esta novela, es uno de los escritores contemporáneos chinos más reconocidos y polémicos. Goza de popularidad en muchos lugares del mundo, pero gran parte de su obra ha sido censurada en su país. Sin ir más lejos  El sueño de la aldea Ding, esta novela inolvidable, sigue prohibida en China.

Txani Rodríguez

El tocho. En la Patagonia, del británico Bruce Chatwin

“En el comedor de la casa de mi abuela había una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo. Estaba sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso. Sobre la tarjeta había algo escrito con tinta negra desvaída, pero entonces yo era muy pequeño y no sabía leer.

– ¿Qué es eso?

– Un fragmento de brontosauro.

Mi madre conocía los nombres de dos animales prehistóricos. El brontosauro y el mamut. Sabía que aquel no era un mamut. Los mamuts provenían de Siberia.

El brontosauro era un animal que se había ahogado durante el diluvio, porque Noé no lo había podido embarcar en el arca a causa de su gran tamaño”.

Así comienza En la Patagonia de Bruce Chatwin. Experto en arte y arqueología, periodista brillante y gran seductor, el autor inglés de quien les hablo hoy, murió prematuramente a causa del sida con apenas 48 años, en 1989,  y por desgracia, después de un periodo de amplia difusión de su obra, empieza en la actualidad a caer en el olvido. Chatwin narra en este libro, el primero de su producción, publicado en 1977, el viaje de seis meses que realizó a través de la Patagonia y la Tierra del Fuego argentina y chilena, aplicando a su escritura los preceptos del nuevo periodismo: ese acercamiento a la realidad en primera persona, tras una amplia labor de investigación, con una mirada intensa y atenta, que dota de una dimensión estética al objeto de su reportaje.

El resultado es de una riqueza sorprendente. Chatwin consigue ofrecernos en menos de 250 páginas un panorama variadísimo de la Patagonia. Los fósiles de gigantescos animales prehistóricos que habitaron la región son el primer motivo del viaje del autor, pero a partir de ahí conocemos el diverso paisaje natural y humano, en el que destaca la amplia colonia galesa de la Patagonia dedicada a la ganadería, muchos de ellos descendientes de independentistas huidos de Gran Bretaña; descubrimos el verdadero final de forajidos gringos como Buth Cassidy y Sundance Kid; asistimos a las revoluciones anarquistas que tuvieron lugar en los años 20; comprobamos que una vez más las relaciones con los nativos fueron traumáticas, incluso desde el viaje de Darwin en el Beagle, uno de cuyos puntos de atraque fue Tierra del Fuego; nos asombramos con la riqueza metafórica de la lengua de los indios yaghanes o con la mitología de los nativos de la isla Chiloé. Y todo ello intercalando encuentros con personajes pintorescos, solitarios y algo salvajes, pobladores ideales de esta remota región, en la que discurrió buena parte de la vida y aventuras de Charly Milward, el cónsul británico más austral del imperio, cuyo rastro, seguido por el autor, constituye el hilo conductor de todo el relato.

Dicen que Chatwin revolucionó con este libro la literatura de viajes, también que se inventó parte de lo narrado. Puede que ambas cosas sean ciertas. Que no se trate de una crónica verídica y tampoco de una novela. Pero en cualquier caso, es un bello artefacto literario, escrito con una prosa concisa y sensible, llena de encanto, y resulta enormemente sugestivo e interesante. Una lectura ideal para el verano que iniciamos. En la Patagonia de Bruce Chatwin.

Javier Aspiazu