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Los absurdos días de resort y crímenes del señor Márquez

Resort, la última novela del bilbaíno Juan Carlos Márquez, huele a cloro, salitre y aftersun. La historia recrea a la perfección esos extraños ecosistemas que son los complejos hoteleros. No faltan los pulsos velados por conseguir un buen sitio en la playa, la bronca por una mesa junto al bufet o por una hamaca junto a la piscina. En los resorts el tiempo transcurre con morosidad, aunque no faltan actividades: zumba, aquagym, espectáculos nocturnos… Al resort de esta novela -confortable, funcional, como de comodidades al por mayor- llega la familia protagonista de la novela. Se trata de “el hombre”, “la mujer” y “el niño”, y Márquez se referirá a ellos así siempre, sin conferirles un nombre propio. Todo marcha bien -de hecho resulta envidiable la buena sintonía de la pareja- hasta que desaparece un niño alemán. En ese momento, la Policía pone en marcha una investigación que debe desarrollarse con absoluta discreción para no dañar los intereses turísticos de la zona.

Las pesquisas implican que los huéspedes serán retenidos durante tres días. En ese periodo, podrán hacer vida normal, ir a la playa, volver de la playa, disfrutar de todas las actividades del resort. La investigación implica además que el hotel se llenará de parejas de policías de paisano. La estrategia queda bien explicada: “A cada pareja se le asignará una habitación, aunque no es necesario que pernocten los dos (…). Cada familia de huéspedes sabe que hay un agente infiltrado, la víspera ellos mismos se presentaron, y por extensión sospechará de la pareja del agente infiltrado, pero no conoce a los otros. Se trata de que los inocentes se sientan protegidos y el culpable de la desaparición del niño, si es que existe un culpable, disfrute de cierto margen de movimiento para que sus acciones lo delaten.”

A pesar de las circunstancias, los huéspedes siguen disfrutando de las vacaciones, y, además, los policías de paisano, esas parejas fortuitas, parecen contagiarse de la laxitud ambiental. Buen ejemplo de ello es el policía que informa a la familia protagonista de la desaparición del niño. Lo conoceremos por el sobrenombre que le ponen en la propia comisaría, Lactante. Este hombre, que acaba de ser padre, que vive en una casa con olor a leche agria y a polvos de talco, se siente sexualmente atraído por la compañera que le han adjudicado y a la que conocemos por el nombre de Darth Vader, todo un poco loco, sí. Pero lo cierto es que el policía anda, al menos a ratos, más concentrado en la anatomía de su colega que en la propia investigación.

Resort, que tiene algo de Loca Academia de Policía y algo de Vacaciones en el Mar, ofrece también una lectura más profunda sobre las relaciones de pareja, sobre la fidelidad y sobre la paternidad. Y cuando parecía que todo ese asunto del niño era algo secundario, Márquez tira de habilidad narrativa y nos congela, al menos por un instante, la sonrisa, como cuando nos damos cuenta de que hemos tomado demasiado el sol. Recomendable lectura, sin duda, la que nos trae este autor merecedor de, entre otros reconocimientos, el Premio Euskadi de Literatura.

Txani Rodríguez

El tocho. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Hrabal

“Prestad atención a lo que os voy a contar ahora. Cuando llegué al hotel Praga, el jefe me cogió de la oreja izquierda, me dio un buen tirón y dijo: “Tú aquí eres un aprendiz, así que recuerda. No has visto nada ni has oído nada. ¡Repítelo!”. Así que dije que dentro del establecimiento no he visto ni oído nada. Y el jefe me dio un nuevo tirón, esta vez de la oreja derecha y dijo: “Pero recuerda también que debes verlo todo y oírlo todo. ¡Repítelo!”. Entonces, extrañado, repetí que me iba a fijar en todo y escucharlo todo. Y así fue como empecé”.

Este es el comienzo de Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal. Hace apenas tres años se conmemoraba el cincuentenario de la publicación del primer gran éxito literario de Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, en el que el autor introducía ya las claves de su mundo literario, caracterizado por un notable sentido del humor, con cierto toque surrealista, un erotismo desenfadado y una gran imaginación, enriqueciendo la propia experiencia vital del escritor, tan dura como diversa. Recordemos que este narrador checo fue un autor tardío a causa de la invasión nazi, y después de la derrota alemana, a la que contribuyó con su participación en la resistencia, fue también purgado durante la ocupación rusa tras la “primavera” de Praga. De ahí la gran variedad de trabajos de subsistencia -ferroviario, camarero, oficinista, prensador de papel, etc.-, a los que hubo de recurrir antes, y después, de empezar a publicar con casi cincuenta años.

Yo que he servido al rey de Inglaterra apareció en 1971 y pronto se convirtió en su obra más reconocida. En esta novela, escrita en forma de monólogo, el protagonista está siempre dispuesto a que lo increíble se convierta en realidad. La más variada sucesión de experiencias que transitan de lo cotidiano a lo maravilloso, son narradas con una falsa sencillez, en una escritura que, a menudo, parece improvisada, incluso descuidada. Este es, de hecho, el aspecto más destacado en el estilo de Hrabal: la extrema oralidad de la voz narrativa, su apariencia de cuento repentizado para una audiencia atenta y cercana.

El joven aprendiz de camarero que nos habla, Ditie, sirve en diversos hoteles de Praga y alrededores donde se dan cita los clientes más insólitos. En el hotel París será alumno del maitre Skrivanek que ha servido al rey de Inglaterra y es capaz de saber, solo por su aspecto, qué va a pedir cada cliente. El avispado aprendiz llegará a servir por su parte al emperador de Abisinia, describiendo un festín que se realiza en su honor en las que probablemente sean las mejores páginas escritas por Hrabal, deslumbrantes de gracia e imaginación. Vive la ocupación nazi enamorado de Liza, ferviente germanófila con la que tendrá un hijo. Y conseguirá, incluso, hacerse millonario con su propio hotel, pero todo lo perderá bajo el nuevo régimen comunista, alcanzando una aceptación filosófica de la pobreza y la soledad en unas páginas finales de enorme belleza y hondura emocionante.

Hrabal parece sugerirnos, con ellas, que la vida es increíble en sí misma y debemos aceptar todo lo que nos ofrece. Esta es una novela asombrosa y conmovedora, que combina de forma ejemplar humor, fantasía y dramatismo. Yo que he servido al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal.

Javier Aspiazu

Tomás Bárbulo y su “reservoir dogs” marroquí

Esta es una novela para los que buscan acción sin límites en un libro y, en consecuencia, un buen material de partida para una película sin descanso para el espectador. Cuenta un atraco a cargo de una banda un tanto heterogénea en un escenario exótico con muchas ramificaciones de la acción, saltos continuos en los escenarios, contado todo en capítulos de cinco páginas, con giros abundantes, elementos atractivos para el lector y misterios suficientes. Tomás Bárbulo, su autor, conoce perfectamente los lugares donde sitúa la acción, desde Madrid a Marrakech, porque es un periodista especializado en el norte de África, así que dota a su trabajo de una gran verosimilitud.

Los personajes también brillan por su autenticidad, esos ladrones que como los Reservoir dogs se identifican solamente por un apodo y sus señoras por la variante femenina de los mismos, cada uno con sus peculiaridades, con su carácter, con una buena caracterización y un desarrollo satisfactorio. Y los que les ayudan, y los que les emplean, y los secundarios que aparecen en momentos determinados todos con su función, todos con su importancia. Si en algún momento piensan que algún hecho o alguien parece haber quedado olvidado, no se preocupen porque aparecerá tarde o temprano para mostrar su utilidad en la historia. Y los escenarios destilan realismo, será que algo conoce el autor. Y los ladrones de guante blanco y hasta el experto en alcantarillas.

Bárbulo es un novelista muy eficaz y escribe con soltura, sorprendente para una primera novela. Es capaz de crear momentos de mucha intensidad e incluso de colocar algunas frases resonantes, de esas que marcan a un personaje o a una acción. Por buscarle un defecto se equivoca con los títulos de las diferentes partes que componen la novela. Por decir algo, para que no parezca que estamos rendidos ante una novela que ofrece muchas satisfacciones, pero ya se sabe que al cocinero no hay que ponerle nunca un diez porque el halago ablanda. A los aplausos por la trama, la ambientación y los personajes, hay que sumar la satisfacción por la narrativa y la escritura que dan la medida de alguien acostumbrado al oficio de contar. Un diez, bueno, un nueve y medio.

Félix Linares

Alaine Agirre, desnudando una vida dolorosa

Bi aldiz erditu zinen nitaz, ama es una carta de amor de la autora a su madre, pero supone también la recapitulación de la vida de Agirre y un fresco de las relaciones que mantiene con sus familiares: padres, hermana, abuelos… El libro, dividido en tres partes a las que se suma un epílogo, arranca con el nacimiento de la escritora de Bermeo, y refiere la depresión postparto que sufrió su madre, algo que hizo que durante sus seis primeros meses de vida fuese cuidada por otra mujer. Veinte años después, cuando se desencadenó la enfermedad mental que Agirre ya ha referido en anteriores trabajos, su madre tuvo, de alguna manera, que volver a parirla: “Baina bigarren aldi hartan ez zenion zeure buruari aukerarik eman depresioa bera sentitzeko. Ezereztu egin zenuen. Bigarren aldi hartan ez zeneukalako haur jaio Berri bat zeure zain, baizik eta hogei urteko zure haurra, iluntasunak janda, psikosiaren sinfonía entzuten eta antsietateak irensten zuela”.

Como decía, la novela es una carta de amor y agradecimiento a su madre por darle la vida y cuidarla, pero también funciona como un ejercicio de expiación y reconciliación. “Ulertzen dut aita, zu ulertzen zaitudan moduan, ama. Orain bai, pasatakoak pasata, ulertzen onartzen maitatzen zaituztet”, dice. “Bi aldiz erditu zinen nitaz, ama” tiene también un marcado cariz autobiográfico que nos permite ver que la narradora no expresa sus emociones cuando era una niña, que no conseguía jugar con los compañeros en el patio porque no soportaba la improvisación, que sentía ciertos celos de su hermana menor, que pensaba que los padres no la querían, que echó sobre sus espaladas la urgencia de convertirse en adulta. Sabemos también que se convirtió pronto en una lectora voraz, tanto que sus padres le prohibieron que se pasara el día en la biblioteca. “Orduan -dice- haurrak ez du beste erremediorik jolas orduetan bere istorio propioak asmatzea eta idaztea baino, patioaren izkina batean eserita (…) Ez du beste erremediorik gauetan, gurasoek argia itzaltzen diotenean, hurrengo egunean patioan idatziko duena pentsatzea eta harekin amets egitea baino”. Y así es como aquella niña se convirtió en escritora.

Además de los pasajes dedicados a su madre, encontramos también párrafos sobre otros familiares, como uno hermosa página sobre su padre que remata diciendo “Txiki-txikia nintzenetik hainbat gauza eman dizkit aita: baina batez ere, ametsak”. O este otro sobre uno de sus abuelos: “Aitonak egindako zopak maite nuen txikitan. Kokodriloaren tripak, oiloaren lumak, marrazoaren hortz bat, igelaren begi bat eta erdi, pinguinoaren mokoa, elefantearen buztana… Ez zen sekula amaitzen aitonaren irudimena. Eta nik guzti-guztia sinesten nion”. Tras atravesar una infancia obligatoria, que diría Karmelo C. Iribarren, y una adolescencia complicada, tras enfrentar la enfermedad, la narradora se muestra más serena y confiesa su deseo de ser madre, a pesar de que se lo desaconsejaron. Sin embargo, el deseo que se impone es el de su propio renacer.

En resumen, esta novela, que obtuvo la beca Joseba Jaca, recapitula una vida entera, que se vuelca con honestidad y valentía. Son páginas que cantan al amor y a la compresión, que restañen heridas y conceden un orden nuevo al entorno emocional de esta narradora que con Odol mamituak  mostró sus credenciales, y que llegó para quedarse.

Txani Rodríguez

Jugando al gato y al ratón con Ferdinand von Schirach

Me gusta mucho este prestigioso abogado y escritor alemán. Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) llegó a la literatura al convertir en relatos algunas de sus experiencias en los juzgados. Relatos recogidos en dos volúmenes, Crímenes y Culpa, en los que demostraba su hondo conocimiento del espíritu humano y su humanidad. Luego publicó la novela El caso Collini y un libro sobre su abuelo, un despreciable jerarca nazi, que no ha sido traducido al castellano. Y ahora llegaTabú que se publicó hace tres años en alemán y que cuenta una historia que juega con los conceptos de verdad y engaño.

La novela está centrada en la figura de Sebastian von Eschburg un famoso fotógrafo que fue un niño solitario criado en una familia aristocrática venida a menos, con un padre alcoholizado y una madre sólo interesada por las carreras de caballos. Convertido en una estrella de la fotografía por su peculiar tratamiento del color, su vida sufrirá un giro cuando una llamada anónima a la policía le convierta en el presunto asesino de una joven desaparecida.

Von Schirach divide la novela en dos partes muy diferentes. La primera parte es una clara novela de iniciación centrada en la adolescencia y juventud de Sebastian. Una época marcada por la extraña pero amorosa relación con su padre y por su complicada y difícil relación con su fría madre. Y en la que Sebastian, una persona bastante retraída, tras dar muchos tumbos encuentra su salvación tras la cámara, que le da la posibilidad de mostrar a los demás su peculiar percepción del mundo. La segunda parte es puramente judicial, cuando tras ser acusado del asesinato de una chica, cuyo cadáver no aparece por ninguna parte, se inicia un proceso que se vive en dos niveles. Por un lado el encarcelamiento, la relación con su abogado y el propio proceso. Y por otro el juicio paralelo que se establece en los medios de comunicación que condena, sin ninguna prueba, al personaje famoso que ha caído en desgracia: una auténtica bicoca para los medios de comunicación más sensacionalistas.

Ferdinand von Schirach realiza, otra vez, uno de esos portentosos retratos de personajes que se encuentran en el límite y a los que la sociedad contempla con distancia y con una cierta aprehensión. Porque todo aquel que es diferente es sospechoso y si es sospechoso es porque “algo habrá hecho”. El escritor, que conoce a la perfección el mundo judicial, vuelve a mostrar ante los ojos del lector las fallas de un sistema que se guía más por las apariencias de realidad que por la propia realidad y que cuando se fija de verdad en los hechos es para reafirmar el juicio previo que se ha hecho sobre los “culpables”. Aunque a veces, los “culpables”, los condenados sin juicio por la sociedad, se toman, en las novelas y cuentos de Schirach, su pequeña revancha y los acusadores aparecen ante nuestros ojos como verdaderos idiotas. Pero claro nos da la impresión de que esto solo pasa en las historias de este magnífico narrador alemán. La realidad es otra historia. Aún así, entretenido, sugerente, divertido y profundo libro. Otra pequeña joya en la producción literaria de Ferdinand von Schirach.

Enrique Martín

Juan José Millás y las adolescencias terribles

El escritor español Juan José Millás (Valencia, 1946) acaba de publicar en la editorial Seix Barral la novela Mi verdadera historia. El autor de El jardín vacío, El desorden de tu nombre, La soledad era esto y Dos mujeres en Praga, está atravesando una gran etapa creativa, donde demuestra lo fértil que es su imaginación y lo versátil que es a la hora de traspasarla al papel. Aparte de sus habituales trabajos para la prensa, en la última década ha publicado el relato autobiográfica El mundo –Premio Planeta y Premio Nacional de Narrativa-, su antología periodística Vidas al límite, los volúmenes de relatos Los objetos nos llaman y Anticuentos completos y las novelas Lo que sé de los hombrecillos, La mujer loca y Desde la sombra, uno de sus últimos éxitos. En Mi verdadera historia nos traslada al mundo de la adolescencia para contarnos la historia de un chico marcado por un trágico accidente producto del azar, una relación tormentosa con su padre, un crítico literario, una historia de amor atormentada y una incipiente carrera como escritor. Con el autor hemos charlado. Pincha y escucha la conversación.

El tocho. El ruido y la furia, de William Faulkner

“Cuando la sombra del marco de la ventana se proyectó sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volvía a encontrar a compás escuchando el reloj. Era el del Abuelo, y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades del mismo modo que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.”

Con este párrafo se inicia la segunda parte de El ruido y la furia de William Faulkner. Esta novela publicada en 1929, es la cuarta del autor estadounidense y sin duda, la más experimental de toda su producción. Narra la decadencia de la antigua familia Compson, residente en Jefferson, capital del imaginario condado de Yoknapathawpha. Muy influida por el Ulises de Joyce, El ruido y la furia presenta una estructura compleja, a modo de puzzle, dividida en cuatro partes que acaecen cada una de ellas en tres días de abril de 1928 y uno de junio de 1910. Cada una de esas partes es el monólogo interior de uno de los hermanos Compson, salvo la última, narrada en tercera persona, donde la vieja criada negra Dilsey se erige en el personaje principal.

Tanto el monólogo de Benjy, el hermano menor, retrasado mental y castrado, cuya percepción no lineal de la realidad nos lleva atrás y adelante en el tiempo, como el de Quentin, el hermano intelectual favorecido por la familia para ir a Harvard en 1910, son un mosaico de voces, recuerdos y sensaciones de una audacia experimental difícilmente superable. Ambos parientes coinciden en el amor por su hermana Candance, que en el caso de Quentin, se convierte en una morbosa atracción que le lleva incluso a imaginar el incesto.

En el tercer monólogo, escrito de modo mucho más legible, el lector empieza a encajar el insólito rompecabezas que plantea Faulkner. Aquí es Jason quien nos habla, el hermano que se ha convertido en el cabeza de familia después de la debacle, provocada por el suicidio de Quentin y el repudio de Candance por su marido. La supuesta abnegación de Jason encubre una conducta codiciosa y deshonesta, y una visión racista y misógina de la vida, plasmada en su trato a los criados negros, y en el odio a su hermana Candance y a la hija ilegítima de esta.

Por último, el autor cierra el círculo en la cuarta parte, desvelando los sucios manejos de Jason y mostrándonos la ingenua religiosidad de los sirvientes negros, a través de Dilsey, el personaje más bondadoso y compasivo de esta novela feroz, en la que se aprecian ya todas las obsesiones características de Faulkner, enmarcadas en una decadente sociedad sureña ensimismada en sus prejuicios.

Una novela cuyo estilo difícil y exigente precisa de un lector tenaz, dispuesto a allanar los obstáculos puestos por el autor, en su afán innovador,  para llegar a su apasionante meollo. Encontrarán El ruido y la furia, la primera de las obras maestras de William Faulkner, en Editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

La falsa autoficción de Antonio Orejudo

Digámoslo ya: Antonio Orejudo es el mejor escritor español de las últimas décadas. Pocas personas podrán rebatir esto porque pocas personas conocen su obra, ya que Antonio Orejudo es, posiblemente, el más secreto de los mejores escritores. Tampoco es que parezca afectarle demasiado, el va a su bola, ha escrito cinco novelas en veinte años, cada una de ellas hija de su momento y radicalmente diferentes entre sí. Fabulosas narraciones por historias, su primer título resultó ser un volcado de todas las experiencias literarias que había acumulado Orejudo en los treinta años precedentes. Ventajas de viajar en tren estaría en la misma línea, pero con los materiales más controlados y el estilo más afilado. Llegaría después Reconstrucción, una novela histórica que no se parece en nada a las canónicas del género. Un momento de descanso es una comedia despiadada sobre ciertas maneras de la modernidad. Y ahora Los Cinco y yo, que podría parecer una biografía encubierta, y quizá lo es de alguna manera, es la más feroz crítica que se puede hacer sobre la manía de escribir autoficción y como hemos llegado a creer que este es el futuro de la narrativa. Tiene algún escrito mas, alguna novela corta, pero esas ya no las he leído. Y debería ponerme a ello porque como queda claro me gusta mucho el trabajo de Orejudo.

Nació en el 63 y le tocó disfrutar de las novelas de Enid Blyton en su infancia. Mala suerte, yo tuve al Guillermo de los Proscritos de Richmal Crompton y creo que salí ganando. Y eso parece que marcó su vida, aunque nunca se sabe si hay que creer lo que se cuenta aquí. Efectivamente el protagonista se llama como el autor y tiene un amigo de aventuras llamado Rafael Reig, sí, el escritor, amigo en la vida real, que suponemos ha cedido su nombre para encarnar al autor de un libro titulado After five donde, por ejemplo, se cuenta la vida real de los personajes protagonistas de la serie, algo que nunca sabremos cómo le sentaría a Enyd Blyton, pero que intuimos que está muy lejos de sus intereses. Al mismo tiempo cuenta su vida, seguramente inventándose la mayor parte, pero dando una sensación de realidad muy precisa y va haciendo análisis de las novelas de los aventureros infantiles que encajan mal con la bondad supuesta de estas lecturas para niños. El resultado es descacharrante, tremendamente divertido, malintencionado, Orejudo se ríe de los letraheridos, de los modernos por encima de todo, de los seguidores de modas contradictorias según el año y de sí mismo, depara momentos de gran intensidad y solo se permite aburrirnos un poco cuando imita a otros que nos aburren todo el tiempo.

Los Cinco y yo es una novela peculiar, crítica, contracorriente, extraordinaria. Si no la leen perderán una oportunidad. Y si la leen y no les gusta háganse la reflexión de que igual les gusta lo que aquí se denuncia. Y así sabremos todos donde estamos. Otra de las virtudes de Antonio Orejudo, la de ponernos a cada uno en nuestro sitio. Así es él. Lamentablemente publica poco y eso nunca se lo perdonaremos.

Félix Linares

Manuel Vicent, los paraísos arrasados y la corrupción

El escritor valenciano Manuel Vicent (Vilavella, 1936) acaba de publicar en la editorial Alfagura la novela La regata. Vicent es muy conocido y popular por su amplia labor como escritor que abarca novelas, libros de viajes y ensayos y también artículos en la prensa, especialmente en el diario El País, que le han convertido en un icono del progresismo y, especialmente, de la antitauromaquia. Es autor, entre otros libros de Tranvía a la Malvarrosa, Jardín de Villa Valeria, Son de Mar (Premio Alfagura 1999), Cuerpos sucesivos o Aguirre, el magnífico. En La regata vuelve a adentrarse por los caminos que la corrupción deja. La historia arranca con el idilio, ampliamente seguido por los medios de comunicación, entre Dora Mayo, aspirante a actriz, y Pepe California, exitoso empresario, en una regata que congrega en el verano de 2016 a lo mas granado de la sociedad a orillas del Mediterráneo. Todo cambia cuando el empresario es hallado muerto. Dinero fácil, corrupción, relaciones superficiales, intereses espurios… y el paraíso perdido. Con el autor hemos charlado. Pincha y escucha la conversación.

Juanjo Olasagarre y los límites del amor y la amistad

Recuerdo la frase, pero no la novela: “¿Quién podría, al mirar a su pareja mientras duerme, decir que ha sido honesto con ella?” Desde luego, la pregunta da qué pensar. Pues es precisamente la honestidad, diferenciada de la lealtad, uno de los ejes de Poz aldrebesa, la nueva novela del escritor Juanjo Olasagarre. La historia está protagonizada por Axil Iminizaldu que trabaja en la televisión y por Joseba Aldaz, traductor del Boletín Oficial. Los dos mantienen una relación amorosa desde hace dos décadas, pero están atravesando horas bajas, cierto desgaste, falta de sexo.

Poz aldrebesa reflexiona, como decía, sobre el engranaje de las parejas. Sobre la verdad, las mentiras a medias, sobre los acuerdos, sobre los engaños. Pero Olasagarre no solo habla de amor y desamor, la amistad, esa otra variante del amor que no es necesariamente pacífica, también tiene peso. Además, la política, entendida en un modo amplio y social, condiciona la vida de los personajes. Lo externo, digamos, influye en el mundo interior de los protagonistas, y ese mundo interior, sus turbulencias, se filtran en los comportamientos externos, algo, yo creo, inevitable. Pero es esa combinación de ensimismamiento y acción, de intimismo y retrato social lo que hace muy atractiva esta novela repleta de detalles, de referencias, de, en suma, verosimilitud. Olasagarre recrea muy bien la militancia gay de hace unas décadas y las diferentes posturas ante la homosexualidad: desde la reivindicación como opción política a la idea de esa opción como algo que pertenece solo a la esfera personal. “Azken finean, Lander, nobio beharra heteroak sortutako beharra da”, dice uno de los personajes, y la frase puede funcionar como un termómetro de la compleja relación de esta pareja.

El autor, aunque se alarga en algunos pasajes de corte ensayístico -especialmente reseñables son los relacionados con el duelo- no se pierde en el discurso y nos engancha con la peripecia vital de los personajes, es decir, nos cuenta una historia concreta. Y lo hace a partir de un desencadenante muy concreto también: el infarto que sufre Axi. A partir de ahí, vemos sus vidas pasar. Esta, la tercera novela de Olasagarre, es sin duda una historia que merece la pena leer, honesta y bien construida, una historia -debo decirlo- en la que aparecen citados los compañeros de este programa Félix Linares y Roberto Moso.

Txani Rodríguez