Archivo de la etiqueta: comentarios

Familia desolada-conflicto vasco, el debut de Edurne Portela

Edurne Portela era hasta hace un año una desconocida profesora vasca que impartía clases en Estados Unidos. Nacida en Santurtzi en 1974, se doctoró en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Chapel Hill de Carolina del Norte y dio clases de literatura española y latinoamericana en ese país en la Universidad de Lehigh, en Pensilvania, hasta 2015. El año pasado dejó su trabajo en Norteamérica y decidió dedicarse a la escritura. Fruto de esa decisión, y fue aquí cuando todo cambió, llegó la publicación de El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia, un ensayo que combinaba la reflexión sobre la realidad vasca con la experiencia personal, un trabajo que tuvo un gran impacto social y mediático. Era el pistoletazo de salida para una carrera que Portela ha enfocado ya hacia la literatura y que entronca directamente con su trabajo anterior.

Porque su primera novela Mejor la ausencia es la radiografía de un mundo familiar desolado con el paisaje de fondo del “conflicto vasco”. La acción transcurre en la Margen Izquierda de la Ría de Bilbao, principalmente en la década de los ochenta. El paisaje es demoledor: desindustrialización, paro, ETA, GAL, juventud alegre y combativa, droga… Con ese ambiente en la calle la autora nos cuenta cómo es el día a día de Amaia, la hija pequeña de una familia vasca desestructurada. La primera vez que aparece tiene cinco años y la vamos a seguir hasta que cumpla los 19. Después vendrá un largo epílogo en el que la protagonista volverá a sus pueblo Santurtzi, años después, derrotada, despedida de su trabajo y sin pareja, pero dispuesta a iniciar una carrera literaria.

Aunque hay muchos personajes en la novela (la madre alcoholizada, el hermano mayor drogadicto, un hermano en la borrokada y otro que es un intelectual, que pasa de su familia), Portela se centra en la relación entre hija y padre, una relación complicada habitualmente, pero que se complica más por las peculiares relaciones del padre con la “cosa política”. Además el padre es un maltratador de libro, pero cuando el maltrato todavía se vivía como una cosa de la familia, en la que nadie de fuera tenía que inmiscuirse.

Alguno pensará que estamos ante una novela que surge a partir de la ola creada por el triunfo de Patria de Fernando Aramburu y que Portela se sube a esa ola. Pero está equivocado quien piense esto, porque Mejor la ausencia es una novela muy diferente, en la que sobresale la figura de la protagonista, Amaia, retratada admirablemente. Un retrato soberbio al que no es ajeno el punto de vista adoptado por la autora, ya que la historia está narrada en primera persona, pero siempre desde la edad que tiene en cada momento la protagonista. Un ejercicio arriesgado y que da unos resultados magníficos.

Por cierto una novela que gustará a los muy lectores por las constantes referencias literarias que hay en ella, porque Amaia es una gran lectora. Y ahí creemos que muestra la autora sus propios gustos: García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, Valle Inclán, Carpentier, Rosa Montero

El único pero, es el epílogo, de unas cincuenta páginas, en el que Amaia, tras una historia personal y profesional bastante desasosegante vuelve, con 35 años, a su casa en 2009. Una coda que no está mal, pero que se hace algo repetitiva. Más reducida habría quedado perfecta.

Una novela excelente en la que se demuestra que la literatura permite acercarse a la realidad, en este caso a la realidad de Euskadi, de maneras que no permite el ensayo académico, maneras que nos pueden hacer entender mejor lo sucedido en un tiempo de terribles canalladas.

Enrique Martín

Vicente Luis Mora, recreando la vida de un artista futuro

El punto de partida de la nueva novela de Vicente Luis Mora, merecedora del Premio Torrente Ballester, es la investigación que una profesora de arte realiza sobre la persona y obra de Fred Cabeza de Vaca, considerado “el artista español más universal desde Picasso”. Así, conocemos la infancia, juventud y madurez de un hombre de talento y pocos escrúpulos, detestable en algunos momentos. Fred Cabeza de Vaca creció en un pequeño pueblo de La Rioja y estudió Filosofía y Letras en Madrid. Medró como crítico de arte y enseguida logró abrirse paso como artista plástico. Un acontecimiento relacionado con On Kawara, en parte fortuito, lo sitúa enseguida como un referente.  Llegó a recibir el Premio Nacional y que incluso los Rolling Stone eligieran una de sus fotografías para la portada de uno de los discos de la mítica banda.

La investigación nos permite saber también que Fred Cabeza de Vaca era un machista, que en sus diarios se refería a las mujeres con las que había estado con un número, y que le encantaban los juegos de seducción y sexo. A pesar de sus múltiples conquistas, parece que sí amó a una mujer. La novela transcurre en un futuro cercano ya que Fred nació en 1980. Ese salto temporal hará que nos encontremos con muebles inteligentes o con un Ministerio de la Basura con una secretaria de Arte y Reciclaje o con “best sellers” escritos directamente por un superordenador de Amazon. La estructura de esta biografía en marcha comienza de una forma estándar, digamos, con una narración en pasado, pero pronto se fracciona y se articula en torno a extractos del diario y las memorias del artista, de entrevistas públicas, transcripciones telefónicas, testimonios y esquejes de la propia investigadora, Natalia, de cuya relación con Fred podremos saber algo más conforme avance la lectura.

El argumento, por tanto, es lo que os acabo de contar, pero a mí me ha fascinado la imaginación del escritor porque es capaz de recrear con muchísima originalidad las ideas artísticas del autor, sus originales proyectos, sus llamativas intervenciones, las discusiones con otras personas del mundillo, un sinfín de reflexiones, de textos… en definitiva, consigue dotar de una extraña y potente verosimilitud esta historia ficticia. El escritor malagueño Vicente Luis Mora consigue -salvo algunas páginas relacionadas con ciertas teorías artísticas que resultan algo más arduas- entretenernos y meternos, por completo, en la historia. Además, la novela arroja una visión irónica sobre el mundo del arte plástico, sobre sus interioridades y servidumbres y sobre sus falsedades.

Txani Rodríguez

El colectivo Wu Ming alcanza la excelencia

Parece chino pero no lo es. Ni siquiera es un solo autor. Tras el nombre de Wu Ming se esconden varios escritores italianos que antes se hicieron llamar Luther Blisset y que adoptaron el nombre chino, que quiere decir Sin Nombre, porque les parecía muy representativo de sus intenciones. A lo largo de su carrera han escrito novelas sobre las guerras de religión europeas, la independencia de los Estados Unidos y sobre hechos ocurridos en 1.954. Aquí están de nuevo, escribiendo sobre el terror, esa etapa de la Revolución Francesa a la que tanto jugo se ha sacado en el cine y en la literatura.

Siguiendo su costumbre estos escritores han creado diferentes personajes, suponemos que lo hacen así porque cada uno de ellos se ocupa de uno o de varios dentro de la misma corriente aunque luego se vayan mezclando con otros. Tenemos al pueblo revolucionario representado por una mujer que participa en diferentes episodios históricos, junto a ella su hijo y un policía que la protege con intenciones rijosas, en un momento de la novela conoce a un actor fracasado que, tras un arrebato, se convierte en Scaramouche y pasa a ejercer de héroe popular y de vengador justiciero. Marcando otra línea narrativa tenemos a un investigador del hipnotismo que vivirá diferentes aventuras recorriendo Francia. Los nombres conocidos de la revolución, de Danton a Robespierre, Marat y su asesina y hasta Desmoulins, que tiene una mención, se pasean por estas páginas haciendo lo que hicieron en la vida real, viajar de la gloria a la muerte.

Las novelas de Wu Ming son tremendamente entretenidas, ocurren muchas cosas en ellas, entremezclan la realidad y la ficción con gran eficacia y, al fin, parece que han sido escritas por una sola mano, como si alguno de los implicados se esforzara por dar el toque final a todos los escritos. En otras circunstancias yo habría dicho que esta novela es excesiva, muy larga, muy detallada, quizá algo repetitiva, pero siempre son más numerosas las virtudes que los defectos y estos, al fin, tienen poca importancia. Tienen algo peculiar en su narración, algo adictivo, algo que nos hace pensar en que estamos leyendo un folletín decimonónico, y estoy seguro de que es algo que está en el ánimo de los escritores, y al mismo tiempo que estamos leyendo la novela del futuro en cuando a la precisión en el tratamiento de la ambientación, de los personajes, del humor que siempre asoma incluso en los momentos más terribles, en la mirada crítica sobre algunas cosas que nos hacen penar en la actualidad.

Son buenos estos chicos de Wu Ming. Creo que voy a seguir leyéndoles a pesar de que no parecen ser muy reconocidos y vender suficientemente. Lo digo porque han cambiado de editorial. Espero que la nueva, Anagrama, les trate como se merecen. De momento les ha dado un formato algo más grande de lo que es habitual en esta colección. De acuerdo a su importancia.

Félix Linares

Jon Ariza de Miguel o cuando el amor imaginado es mejor

Tras Ohe hotzak, publicada en 2016, el escritor portugalujo Jon Ariza de Miguel regresa a las librerías con otra novela: Haizeari begira. El punto de partida de esta historia es el siguiente: un hombre llega a una isla europea-no sabemos cuál- y se instala en un pequeño hotel a la espera de reunirse, al día siguiente, con su hermano. El tiempo está desapacible y ya conoce la isla con lo que decide quedarse descansando en el hotel. Las horas transcurren morosas entre la habitación y el restaurante. Sin embargo, un hecho, en principio, irrelevante, va a alterar la tranquilidad del protagonista de la novela, que tiene bastante de antihéroe, de gigante de la inacción. ¿Qué es lo que sucede? Pues sucede que desde su habitación ve, en el piso de frente, a una chica, más joven que él, muy hermosa, asomada a la ventana. Él se siente tan atraído por esa mujer que cuando llegue su hermano, mucho más dinámico, se mostrará totalmente refractario a salir del hotel. No quiere perder de vista a la joven: la observa mientras lee, mientras toma el té, vigila sus entradas y salidas.

Como vemos, el argumento es sencillo y los elementos narrativos están claros: dos personajes y la sombra de un tercero; y el hotel como escenario. Sin duda, estamos ante una novela que podría adaptarse al teatro con facilidad. Pero a pesar de que la acción superficial es mínima, pasan muy pocas cosas, hay que reparar en el movimiento interior de la historia, donde encontramos varias reflexiones interesantes: una de ellas gira en torno a la idealización de la persona amada y de la relación amorosa en sí. Una de las tesis es que ese amor no va a ser más hermoso en la realidad que en la imaginación. En este sentido, Haizeari begira puede recordar vagamente a Seda, de Alesandro Baricco.

Otra de las ideas con las que juega este libro -y que se expresa con cierta ironía- es la intelectualización del ocio, algo que comprobamos a través de estos dos hermanos, lectores impenitentes, cuya relación es también objeto de análisis: “Anaia eta biok ondo geunden bakarrik, bananduta geundenean, bakoitza bere argia ematen baitzion inguruari, kandela baten moduan. Elkartzen ginenean, kandelen moduan, argi gehiago ematen genuen, baina hurbilegi jarriz gero, kandelen moduan, elkarri igorritako beroa dela-eta, arinegi erretzen ginen”. Otro de los temas de esta historia surge del contraste entre la acción y la inacción, ambas posiciones con sus pros y sus contras, sin dejar de evidenciar que la simple contemplación de la vida resulta muy inoperante.

En resumen, estamos ante una novela de poca acción y está provista de un final que puede irse vislumbrando a medida que pasemos las páginas. Para mí, y a pesar de lo dicho, lo mejor de Haizeari begira es el ritmo, un ritmo medido que hace que esta lectura tenga un no-sé-qué hipnótico.

Txani Rodríguez

Los deslumbrantes mundos de Bernardo Atxaga

Leer a Bernardo Atxaga es siempre un placer. Aunque algunos de sus textos sean viejos, mantienen el sabor del contador de historias que, para nuestra satisfacción, sabe que ha nacido para escribirlas. Este libro, bellamente editado por la novísima editorial catalana Hurtado&Ortega, reúne viejos textos de Atxaga (de 1997) que han sido remozados, otros que aparecieron aquí y allá, y son difíciles de encontrar, y algún texto nuevo. Es un libro mezcolanza que habla de viajes y ciudades lejanas, pero en el que también nos encontramos rememoranzas del pequeño pueblo guipuzcoano, Asteasu, donde Atxaga nació como Jose Irazu. Un libro por tanto de retazos autobiográficos y de reflexiones sobre el ser y estar, sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, sobre el país que no todos denominan igual y sobre la identidad que nos inventamos para escribir y acaba apoderándose de uno.

En la primera parte el autor viaja por Extremadura, Tenerife, París, Palencia, Marruecos, Madrid y Asteasu. Y ve cosas que los viajeros poco atentos no ven: verdades falsas e imperecederas, turistas que despotrican de los turistas, intentos inútiles de alejar a los parias, intimidades imposibles de los pastores, la desmesura del fútbol, el retorno al pasado al volver al terruño. En la segunda parte se recobran reflexiones sobre la presencia de lo antiguo en el mundo rural, sobre la ternura de los burros, sobre la intimidad de las grandes urbes, sobre los rostros infinitos de las ciudades. Hay un momento en el que el autor vuelve a Obaba, por dos veces, y otro en el que reflexiona sobre la esencia de su país Euskadi (ahora con S y antes con Z). Y le da tiempo también hablar de la literatura y de la importancia de que un libro encuentre su caja de resonancia y para zanjar definitivamente el origen y el por qué de un seudónimo literario.

Bernardo Atxaga es un escritor de verdad, un fabulador de primer orden, un mago de la palabra, un entrañable manipulador de los sentimientos, un extraordinario pensador de la vida cotidiana. Bernardo Atxaga es un escritor que parece hablarnos a cada uno al oído, para que podamos encontrar nuestras propias respuestas a las preguntas importantes de siempre. Porque Atxaga sabe mirar a las pequeñas cosas para extraer la maravilla que habita en ellas. La gente que no le lee no sabe lo que se pierde. Leerle es volver siempre a territorio conocido, al hogar y la infancia. Nada puede haber mejor.

Enrique Martín

Yan Lianke y las corrupciones de la China escamoteada

En la década de los noventa, la desolación se extendió por la aldea Ding y por toda la provincia de Henan. La causa de la calamidad fue un plan gubernamental para la compra-venta de sangre en esa zona rural. Aunque los campesinos, la mayoría muy pobres, reciben la orden con reticencia, al final, acceden. En un principio, las donaciones están controladas, pero la codicia no tarda en aparecer, y Ding Hui, uno de los miembros de la familia que protagoniza esta novela, comienza a mercadear con la sangre: paga más que el gobierno por litro, pero hace muchas más extracciones, sin respetar edades ni reposos. Los vecinos de la aldea, la mayoría muy pobres, empiezan a vender de forma descontrolada, para comprar una gallina, para comprar champú, para comprar cualquier fruslería, mientras el negocio de compra-venta ilegal enriquece a unos pocos.

Pero sucedió  -y aquí es cuando esta historia, una historia real, por cierto, se convierte en tragedia- que Ding Hui tampoco guardó el cuidado debido con las agujas y por la aldea se extendió lo que llamaron la enfermedad de la fiebre. “Morían -leemos- como las hojas que caen de un árbol. Se extinguían como una luz que se apaga. Entonces se decía que la persona en cuestión había contraído una enfermedad del estómago, el hígado o los pulmones, cuando en realidad era la enfermedad de la fiebre. Era SIDA”.

Bien, este es solo el punto de arranque de una de las novelas que más me ha impresionado en los últimos años, y que quería reseñar porque aunque no sea una novedad estricta no ha recibido toda la atención que merece. Narrada desde el punto de vista de un niño, es una historia que nos habla de la ambición desmedida, de la corrupción, de los abusos, de la ignorancia. Pero, a pesar de lo terrible que fueron aquellos hechos, la lectura no resulta tan dura como pueda parecer. El autor, Yan Lianke, emplea un registro cercano al realismo mágico, muy lírico en ocasiones, muy hermoso cuando describe la naturaleza,  y recrea, sobre todo, una bellísima historia de amor, una historia que rebosa ternura y delicadeza, y que nos mantiene enganchados a la narración.

La novela brinda también, a través de todos sus personajes, una gran oportunidad para conocer la China rural de aquella época en la que se mantenían costumbres y creencias que resultan sorprendentes. Yan Lianke, nacido en Henan, el lugar donde sucedieron los hechos que se relatan en esta novela, es uno de los escritores contemporáneos chinos más reconocidos y polémicos. Goza de popularidad en muchos lugares del mundo, pero gran parte de su obra ha sido censurada en su país. Sin ir más lejos  El sueño de la aldea Ding, esta novela inolvidable, sigue prohibida en China.

Txani Rodríguez

De quererlo todo y no atreverse a nada (Trejo dixit)

Juan Trejo es un novelista que ganó hace tres años el premio Tusquets de Novela con La máquina del porvenir, una inquietante narración que recorría el tiempo y el espacio con situaciones cercanas a la fantasía, sin abandonar el análisis de nuestra sociedad actual. Quizá no era una novela perfecta, pero si imaginativa y satisfactoria, gracias al entusiasmo del autor. Cuenta con otra novela anterior cuyo título, El fin de la Guerra Fría, parecía emparentarla con la premiada. Y ahora nos sorprende con La otra parte de mundo donde se cuentan las andanzas de un arquitecto procastrinador, vamos que lo deja todo para otro momento, lo que le lleva, primero a una temporada de habitar en las casas de sus amigos de las que no acaba de marcharse, después a buscar el contacto y la conversación con su hijo, que, evidentemente, no acaba de producirse, y a vagar por una Barcelona fantasmal donde cree atisbar huellas del paso de su hijo en lugares especialmente traumáticos.

Nuestro protagonista fabula y se agobia con las consecuencias de sus fantasías, cree que tiene que hacer determinadas cosas, pero, en realidad, lo único que debería hacer es poner un poco de orden en su alterado cerebro que le lleva de aquí para allá de manera poco justificada. A veces la narración se estanca, pero al poco coge fuerza y emoción y parece que Trejo encarrila una historia que, en general, tiende a la dispersión. La escritura es correcta, incluso notable en la mayor parte del libro, pero la necesidad de alcanzar una duración estándar de novela convencional para lo que quizá no debería pasar de un cuento largo, acaba lastrando las posibilidades de la historia.

Me gustó mucho La máquina del porvenir y algo menos esta, quizá porque esperaba algo en la misma línea. Posiblemente el autor ha decidido abrir un nuevo frente en su obra ya que con los títulos anteriores no ha alcanzado fama y reconocimiento, o, simplemente, le parecía un buen momento para contar esta historia que, insisto, está bien, pero circula por debajo de las posibilidades de un excelente novelista que aquí, nos parece, se ha colocado una piedra en el zapato para recorrer otro camino mas difícil. Pero creo que es encomiable esta actitud, la de arriesgarse a escribir algo diferente, algo más ambicioso, más exigente, con un protagonista sobre el que pivota toda la novela cuya forma de vida es el vacío y sus hechos las consecuencias de ese vacío. Pero una cosa les digo, de aquí saldría una película fenomenal, y baratita por cierto. Ya me veo a Javier Bardem…

Bueno, perdonen la especulación y no olviden que los prejuicios siempre son malos y no debemos dejarnos guiar por ellos, así que empiecen a conocer a Juan Trejo y seguro que alguno de sus títulos les encantarán. Y presten atención porque, sin duda, nos dará grandes alegrías en el futuro.

Félix Linares

La guerra según las mujeres y Svetlana Aleksievitx

El traductor de Lazkao, Iker Sancho Insausti, recibió el pasado año la beca Jokin Zaitegi que conceden la asociación cultural Arrasate Euskaldundu Dezagun de Arrasate y la editorial Elkar. Ahora tenemos ya en las librerías la cristalización de ese proyecto: la traducción al euskara de Gerrak ez du emakume aurpegirik, de la periodista Svetlana Aleksievitx que ganó el Premio Nobel en 2015.

El título del libro nos pone ya sobre la tesis principal de la periodista: cuando se habla de la guerra, se piensa en los soldados, en hombres, pero en la II Guerra Mundial participó casi un millón de mujeres soviéticas. Y no lo hicieron solo como enfermeras, médicos, camilleras o telegrafistas, fueron también francotiradoras, conductoras de tanques u oficiales. Y Svetlana Aleksievitx habló durante los años 80 -en plena censura- con algunas de ellas. Tuvo que esperar al deshielo, a la Perestrosika de Gorbachov, para poder colar, digamos, su trabajo. A pesar de todo, la censura modificó bastantes pasajes. Vendió dos millones de copias. En 2002 lo reescribió para añadir las partes que habían sido eliminadas, y mostrar ese relato coral en toda su crudeza y en toda su grandiosidad, lleno de dolor y de pequeños milagros porque como dice una de las mujeres entrevistadas, en la guerra se suceden también los pequeños milagros.

La lectura es dura, va sin paños calientes, pero es conmovedora y reveladora. “Beti harritu izan nau xaloa eta gizartiarra den guztiareriko mesfidantza horrek; bizitzaren ordez ideal bat eta epeltasun arrutaren ordez distira hotz bat jartzeko gurari horrek”, dice Nina Javkolevna que fue sargento en una época en la que las unidades acorazadas apenas admitían mujeres. La convivencia arrojaba momentos emotivos también, como este que narra Olga Vasilievna: “Lehen lerroan zeuden gizonek emakume bat lehen lerroan ikusten bazuten, aurpegiak guztiz aldatzen zitzaizkien. Emakume-ahotsaren soinuak berak eraldatzen zituen. Gau batean zemliankaren alboan eseri eta kantuan hasi nintzen isil-isilik.” Dice después que pensaba que todos los hombres estaban dormidos y no la habían oído, pero al día siguiente el comandante le dijo que estaban despiertos, pero que no pudieron articular palabra por la nostalgia que sintieron al escuchar la voz de una mujer.

Gerrak ez du emakume aurpegirik supone, sin duda, un acercamiento vigoroso a la obra de esta periodista tenaz, que ha buscado la voz de personas comunes para explicar la historia convulsa de su país. La Academia Sueca la distinguió por “su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. Ahora tenemos la oportunidad de escuchar esa polifonía en euskara.

Txani Rodríguez

El drama de las distancia cortas y el talento de Marta Orriols

Marta Orriols (Barcelona, 1975) es una de la grandes promesas de la literatura en lengua catalana. El año pasado publicó su primer libro, Anatomia de les distanciès curtes, que ahora se edita en castellano, un volumen de cuentos que se convirtió es un fenómeno literario y social y más cuando la revista Granta escogió uno de sus cuentos para su edición en castellano. Los diecinueve relatos nos hablan de historias cotidianas y personajes reconocibles que se mueven a nuestro alrededor. Personas a las que de alguna manera se les ha torcido la vida o se les va a torcer sin que se den cuenta del desastre que se les avecina. En resumen el libro habla de la pérdida y de cómo afrontarla y de cómo recuperar la normalidad, cómo ser valiente.

Hay historias de todos los pelajes. Una mujer llora en el metro después de haber abortado a su feto con malformaciones. Un hombre comenta a su mujer que cree que su mejor amigo engaña a su esposa, sin saber que la engaña con la madre de sus hijos. Una chica que acaba de perder a su pareja siente una terrible atracción por su nueva vecina azafata. Un  joven confiesa a su mejor amiga que está enamorada de ella… días antes de que la chica se case con otro. Una mujer se debate sobre qué hacer con la casa en la que vivía con su chico que se acaba de matar en un accidente de montaña. Un oficinista pringado no sabe cómo afrontar el hecho de que su jefa esté embarazada de él, tras una noche alocada. Una treintañera vive amargada porque tiene que cuidar a su luminosa hermana que vive en una silla de ruedas por un accidente de la que la primera se siente responsable. Un estudiante de medicina no sabe cómo superar su miedo a causar dolor. Una empleada de hogar se prueba los vestidos de su jefa cuando ella no está en casa… y fantasea. Una mujer se siente incapaz de vivir con un artista con el que no consigue crear un hogar. Una pareja madura que ha perdido la pasión, pero no del todo, planea una noche de cine, cena y sexo… que no acaba de salir como pretendían. Una mujer descubre en el teatro que su marido tiene una aventura y se debate entre callar o mandar todo al garete. Momentos de ruptura de la cotidianidad y cómo afrontarlos.

Todos los cuentos son notables, pero desde mi punto de vista hay varios relatos realmente soberbios. Uno se titula Sísifo en la novena planta y cuenta como un ejecutivo se debate entre cerrar el negocio de su vida y cuidar a su madre con demencia senil. Otro es Ángeles y demonios y narra el reencuentro de dos amigos que de jóvenes se hicieron la promesa de abrir una librería, promesa que uno rompió al marchar a los Estados Unidos. El tercero lleva por título Estrategias de comunicación y se adentra en los quebraderos de cabeza de una estudiante que ultima un doctorado sobre camaleones y que recibe la visita inesperada de su madre. Y el último de los relatos sobresalientes es Kiwis en el que un fotógrafo de renombre se debate entre asistir al bautizo de su hijo, al que cuida mientras su mujer trabaja, o aceptar el encargo de su vida de pasar varios meses sacando fotos en el Kalahari.

Hay mucho amor y desamor en estos cuentos. Hay muchas relaciones familiares complicadas. Hay caminos truncados y vías por explorar. Hay reflexiones sobre la responsabilidad,  la fidelidad, los sueños por cumplir y las obligaciones, sobre la decepción, la esperanza y la felicidad. Y hay una sensación que recorre todos los relatos, es esa que nos ha golpeado a todos alguna vez y que se resume en una pregunta: ¿podríamos ser más felices en otro lugar y en otras circunstancias? Y que la mayoría de las veces se responde con lo de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Se ha comparado a Marta Orriols con Alice Munro y Margaret Atwood. No es descabellada la comparación. Un debut literario sugerente.

Enrique Martín

Los absurdos días de resort y crímenes del señor Márquez

Resort, la última novela del bilbaíno Juan Carlos Márquez, huele a cloro, salitre y aftersun. La historia recrea a la perfección esos extraños ecosistemas que son los complejos hoteleros. No faltan los pulsos velados por conseguir un buen sitio en la playa, la bronca por una mesa junto al bufet o por una hamaca junto a la piscina. En los resorts el tiempo transcurre con morosidad, aunque no faltan actividades: zumba, aquagym, espectáculos nocturnos… Al resort de esta novela -confortable, funcional, como de comodidades al por mayor- llega la familia protagonista de la novela. Se trata de “el hombre”, “la mujer” y “el niño”, y Márquez se referirá a ellos así siempre, sin conferirles un nombre propio. Todo marcha bien -de hecho resulta envidiable la buena sintonía de la pareja- hasta que desaparece un niño alemán. En ese momento, la Policía pone en marcha una investigación que debe desarrollarse con absoluta discreción para no dañar los intereses turísticos de la zona.

Las pesquisas implican que los huéspedes serán retenidos durante tres días. En ese periodo, podrán hacer vida normal, ir a la playa, volver de la playa, disfrutar de todas las actividades del resort. La investigación implica además que el hotel se llenará de parejas de policías de paisano. La estrategia queda bien explicada: “A cada pareja se le asignará una habitación, aunque no es necesario que pernocten los dos (…). Cada familia de huéspedes sabe que hay un agente infiltrado, la víspera ellos mismos se presentaron, y por extensión sospechará de la pareja del agente infiltrado, pero no conoce a los otros. Se trata de que los inocentes se sientan protegidos y el culpable de la desaparición del niño, si es que existe un culpable, disfrute de cierto margen de movimiento para que sus acciones lo delaten.”

A pesar de las circunstancias, los huéspedes siguen disfrutando de las vacaciones, y, además, los policías de paisano, esas parejas fortuitas, parecen contagiarse de la laxitud ambiental. Buen ejemplo de ello es el policía que informa a la familia protagonista de la desaparición del niño. Lo conoceremos por el sobrenombre que le ponen en la propia comisaría, Lactante. Este hombre, que acaba de ser padre, que vive en una casa con olor a leche agria y a polvos de talco, se siente sexualmente atraído por la compañera que le han adjudicado y a la que conocemos por el nombre de Darth Vader, todo un poco loco, sí. Pero lo cierto es que el policía anda, al menos a ratos, más concentrado en la anatomía de su colega que en la propia investigación.

Resort, que tiene algo de Loca Academia de Policía y algo de Vacaciones en el Mar, ofrece también una lectura más profunda sobre las relaciones de pareja, sobre la fidelidad y sobre la paternidad. Y cuando parecía que todo ese asunto del niño era algo secundario, Márquez tira de habilidad narrativa y nos congela, al menos por un instante, la sonrisa, como cuando nos damos cuenta de que hemos tomado demasiado el sol. Recomendable lectura, sin duda, la que nos trae este autor merecedor de, entre otros reconocimientos, el Premio Euskadi de Literatura.

Txani Rodríguez