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Los deslumbrantes mundos de Bernardo Atxaga

Leer a Bernardo Atxaga es siempre un placer. Aunque algunos de sus textos sean viejos, mantienen el sabor del contador de historias que, para nuestra satisfacción, sabe que ha nacido para escribirlas. Este libro, bellamente editado por la novísima editorial catalana Hurtado&Ortega, reúne viejos textos de Atxaga (de 1997) que han sido remozados, otros que aparecieron aquí y allá, y son difíciles de encontrar, y algún texto nuevo. Es un libro mezcolanza que habla de viajes y ciudades lejanas, pero en el que también nos encontramos rememoranzas del pequeño pueblo guipuzcoano, Asteasu, donde Atxaga nació como Jose Irazu. Un libro por tanto de retazos autobiográficos y de reflexiones sobre el ser y estar, sobre el tiempo que nos ha tocado vivir, sobre el país que no todos denominan igual y sobre la identidad que nos inventamos para escribir y acaba apoderándose de uno.

En la primera parte el autor viaja por Extremadura, Tenerife, París, Palencia, Marruecos, Madrid y Asteasu. Y ve cosas que los viajeros poco atentos no ven: verdades falsas e imperecederas, turistas que despotrican de los turistas, intentos inútiles de alejar a los parias, intimidades imposibles de los pastores, la desmesura del fútbol, el retorno al pasado al volver al terruño. En la segunda parte se recobran reflexiones sobre la presencia de lo antiguo en el mundo rural, sobre la ternura de los burros, sobre la intimidad de las grandes urbes, sobre los rostros infinitos de las ciudades. Hay un momento en el que el autor vuelve a Obaba, por dos veces, y otro en el que reflexiona sobre la esencia de su país Euskadi (ahora con S y antes con Z). Y le da tiempo también hablar de la literatura y de la importancia de que un libro encuentre su caja de resonancia y para zanjar definitivamente el origen y el por qué de un seudónimo literario.

Bernardo Atxaga es un escritor de verdad, un fabulador de primer orden, un mago de la palabra, un entrañable manipulador de los sentimientos, un extraordinario pensador de la vida cotidiana. Bernardo Atxaga es un escritor que parece hablarnos a cada uno al oído, para que podamos encontrar nuestras propias respuestas a las preguntas importantes de siempre. Porque Atxaga sabe mirar a las pequeñas cosas para extraer la maravilla que habita en ellas. La gente que no le lee no sabe lo que se pierde. Leerle es volver siempre a territorio conocido, al hogar y la infancia. Nada puede haber mejor.

Enrique Martín

Yan Lianke y las corrupciones de la China escamoteada

En la década de los noventa, la desolación se extendió por la aldea Ding y por toda la provincia de Henan. La causa de la calamidad fue un plan gubernamental para la compra-venta de sangre en esa zona rural. Aunque los campesinos, la mayoría muy pobres, reciben la orden con reticencia, al final, acceden. En un principio, las donaciones están controladas, pero la codicia no tarda en aparecer, y Ding Hui, uno de los miembros de la familia que protagoniza esta novela, comienza a mercadear con la sangre: paga más que el gobierno por litro, pero hace muchas más extracciones, sin respetar edades ni reposos. Los vecinos de la aldea, la mayoría muy pobres, empiezan a vender de forma descontrolada, para comprar una gallina, para comprar champú, para comprar cualquier fruslería, mientras el negocio de compra-venta ilegal enriquece a unos pocos.

Pero sucedió  -y aquí es cuando esta historia, una historia real, por cierto, se convierte en tragedia- que Ding Hui tampoco guardó el cuidado debido con las agujas y por la aldea se extendió lo que llamaron la enfermedad de la fiebre. “Morían -leemos- como las hojas que caen de un árbol. Se extinguían como una luz que se apaga. Entonces se decía que la persona en cuestión había contraído una enfermedad del estómago, el hígado o los pulmones, cuando en realidad era la enfermedad de la fiebre. Era SIDA”.

Bien, este es solo el punto de arranque de una de las novelas que más me ha impresionado en los últimos años, y que quería reseñar porque aunque no sea una novedad estricta no ha recibido toda la atención que merece. Narrada desde el punto de vista de un niño, es una historia que nos habla de la ambición desmedida, de la corrupción, de los abusos, de la ignorancia. Pero, a pesar de lo terrible que fueron aquellos hechos, la lectura no resulta tan dura como pueda parecer. El autor, Yan Lianke, emplea un registro cercano al realismo mágico, muy lírico en ocasiones, muy hermoso cuando describe la naturaleza,  y recrea, sobre todo, una bellísima historia de amor, una historia que rebosa ternura y delicadeza, y que nos mantiene enganchados a la narración.

La novela brinda también, a través de todos sus personajes, una gran oportunidad para conocer la China rural de aquella época en la que se mantenían costumbres y creencias que resultan sorprendentes. Yan Lianke, nacido en Henan, el lugar donde sucedieron los hechos que se relatan en esta novela, es uno de los escritores contemporáneos chinos más reconocidos y polémicos. Goza de popularidad en muchos lugares del mundo, pero gran parte de su obra ha sido censurada en su país. Sin ir más lejos  El sueño de la aldea Ding, esta novela inolvidable, sigue prohibida en China.

Txani Rodríguez

De quererlo todo y no atreverse a nada (Trejo dixit)

Juan Trejo es un novelista que ganó hace tres años el premio Tusquets de Novela con La máquina del porvenir, una inquietante narración que recorría el tiempo y el espacio con situaciones cercanas a la fantasía, sin abandonar el análisis de nuestra sociedad actual. Quizá no era una novela perfecta, pero si imaginativa y satisfactoria, gracias al entusiasmo del autor. Cuenta con otra novela anterior cuyo título, El fin de la Guerra Fría, parecía emparentarla con la premiada. Y ahora nos sorprende con La otra parte de mundo donde se cuentan las andanzas de un arquitecto procastrinador, vamos que lo deja todo para otro momento, lo que le lleva, primero a una temporada de habitar en las casas de sus amigos de las que no acaba de marcharse, después a buscar el contacto y la conversación con su hijo, que, evidentemente, no acaba de producirse, y a vagar por una Barcelona fantasmal donde cree atisbar huellas del paso de su hijo en lugares especialmente traumáticos.

Nuestro protagonista fabula y se agobia con las consecuencias de sus fantasías, cree que tiene que hacer determinadas cosas, pero, en realidad, lo único que debería hacer es poner un poco de orden en su alterado cerebro que le lleva de aquí para allá de manera poco justificada. A veces la narración se estanca, pero al poco coge fuerza y emoción y parece que Trejo encarrila una historia que, en general, tiende a la dispersión. La escritura es correcta, incluso notable en la mayor parte del libro, pero la necesidad de alcanzar una duración estándar de novela convencional para lo que quizá no debería pasar de un cuento largo, acaba lastrando las posibilidades de la historia.

Me gustó mucho La máquina del porvenir y algo menos esta, quizá porque esperaba algo en la misma línea. Posiblemente el autor ha decidido abrir un nuevo frente en su obra ya que con los títulos anteriores no ha alcanzado fama y reconocimiento, o, simplemente, le parecía un buen momento para contar esta historia que, insisto, está bien, pero circula por debajo de las posibilidades de un excelente novelista que aquí, nos parece, se ha colocado una piedra en el zapato para recorrer otro camino mas difícil. Pero creo que es encomiable esta actitud, la de arriesgarse a escribir algo diferente, algo más ambicioso, más exigente, con un protagonista sobre el que pivota toda la novela cuya forma de vida es el vacío y sus hechos las consecuencias de ese vacío. Pero una cosa les digo, de aquí saldría una película fenomenal, y baratita por cierto. Ya me veo a Javier Bardem…

Bueno, perdonen la especulación y no olviden que los prejuicios siempre son malos y no debemos dejarnos guiar por ellos, así que empiecen a conocer a Juan Trejo y seguro que alguno de sus títulos les encantarán. Y presten atención porque, sin duda, nos dará grandes alegrías en el futuro.

Félix Linares

La guerra según las mujeres y Svetlana Aleksievitx

El traductor de Lazkao, Iker Sancho Insausti, recibió el pasado año la beca Jokin Zaitegi que conceden la asociación cultural Arrasate Euskaldundu Dezagun de Arrasate y la editorial Elkar. Ahora tenemos ya en las librerías la cristalización de ese proyecto: la traducción al euskara de Gerrak ez du emakume aurpegirik, de la periodista Svetlana Aleksievitx que ganó el Premio Nobel en 2015.

El título del libro nos pone ya sobre la tesis principal de la periodista: cuando se habla de la guerra, se piensa en los soldados, en hombres, pero en la II Guerra Mundial participó casi un millón de mujeres soviéticas. Y no lo hicieron solo como enfermeras, médicos, camilleras o telegrafistas, fueron también francotiradoras, conductoras de tanques u oficiales. Y Svetlana Aleksievitx habló durante los años 80 -en plena censura- con algunas de ellas. Tuvo que esperar al deshielo, a la Perestrosika de Gorbachov, para poder colar, digamos, su trabajo. A pesar de todo, la censura modificó bastantes pasajes. Vendió dos millones de copias. En 2002 lo reescribió para añadir las partes que habían sido eliminadas, y mostrar ese relato coral en toda su crudeza y en toda su grandiosidad, lleno de dolor y de pequeños milagros porque como dice una de las mujeres entrevistadas, en la guerra se suceden también los pequeños milagros.

La lectura es dura, va sin paños calientes, pero es conmovedora y reveladora. “Beti harritu izan nau xaloa eta gizartiarra den guztiareriko mesfidantza horrek; bizitzaren ordez ideal bat eta epeltasun arrutaren ordez distira hotz bat jartzeko gurari horrek”, dice Nina Javkolevna que fue sargento en una época en la que las unidades acorazadas apenas admitían mujeres. La convivencia arrojaba momentos emotivos también, como este que narra Olga Vasilievna: “Lehen lerroan zeuden gizonek emakume bat lehen lerroan ikusten bazuten, aurpegiak guztiz aldatzen zitzaizkien. Emakume-ahotsaren soinuak berak eraldatzen zituen. Gau batean zemliankaren alboan eseri eta kantuan hasi nintzen isil-isilik.” Dice después que pensaba que todos los hombres estaban dormidos y no la habían oído, pero al día siguiente el comandante le dijo que estaban despiertos, pero que no pudieron articular palabra por la nostalgia que sintieron al escuchar la voz de una mujer.

Gerrak ez du emakume aurpegirik supone, sin duda, un acercamiento vigoroso a la obra de esta periodista tenaz, que ha buscado la voz de personas comunes para explicar la historia convulsa de su país. La Academia Sueca la distinguió por “su obra polifónica, un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. Ahora tenemos la oportunidad de escuchar esa polifonía en euskara.

Txani Rodríguez

El drama de las distancia cortas y el talento de Marta Orriols

Marta Orriols (Barcelona, 1975) es una de la grandes promesas de la literatura en lengua catalana. El año pasado publicó su primer libro, Anatomia de les distanciès curtes, que ahora se edita en castellano, un volumen de cuentos que se convirtió es un fenómeno literario y social y más cuando la revista Granta escogió uno de sus cuentos para su edición en castellano. Los diecinueve relatos nos hablan de historias cotidianas y personajes reconocibles que se mueven a nuestro alrededor. Personas a las que de alguna manera se les ha torcido la vida o se les va a torcer sin que se den cuenta del desastre que se les avecina. En resumen el libro habla de la pérdida y de cómo afrontarla y de cómo recuperar la normalidad, cómo ser valiente.

Hay historias de todos los pelajes. Una mujer llora en el metro después de haber abortado a su feto con malformaciones. Un hombre comenta a su mujer que cree que su mejor amigo engaña a su esposa, sin saber que la engaña con la madre de sus hijos. Una chica que acaba de perder a su pareja siente una terrible atracción por su nueva vecina azafata. Un  joven confiesa a su mejor amiga que está enamorada de ella… días antes de que la chica se case con otro. Una mujer se debate sobre qué hacer con la casa en la que vivía con su chico que se acaba de matar en un accidente de montaña. Un oficinista pringado no sabe cómo afrontar el hecho de que su jefa esté embarazada de él, tras una noche alocada. Una treintañera vive amargada porque tiene que cuidar a su luminosa hermana que vive en una silla de ruedas por un accidente de la que la primera se siente responsable. Un estudiante de medicina no sabe cómo superar su miedo a causar dolor. Una empleada de hogar se prueba los vestidos de su jefa cuando ella no está en casa… y fantasea. Una mujer se siente incapaz de vivir con un artista con el que no consigue crear un hogar. Una pareja madura que ha perdido la pasión, pero no del todo, planea una noche de cine, cena y sexo… que no acaba de salir como pretendían. Una mujer descubre en el teatro que su marido tiene una aventura y se debate entre callar o mandar todo al garete. Momentos de ruptura de la cotidianidad y cómo afrontarlos.

Todos los cuentos son notables, pero desde mi punto de vista hay varios relatos realmente soberbios. Uno se titula Sísifo en la novena planta y cuenta como un ejecutivo se debate entre cerrar el negocio de su vida y cuidar a su madre con demencia senil. Otro es Ángeles y demonios y narra el reencuentro de dos amigos que de jóvenes se hicieron la promesa de abrir una librería, promesa que uno rompió al marchar a los Estados Unidos. El tercero lleva por título Estrategias de comunicación y se adentra en los quebraderos de cabeza de una estudiante que ultima un doctorado sobre camaleones y que recibe la visita inesperada de su madre. Y el último de los relatos sobresalientes es Kiwis en el que un fotógrafo de renombre se debate entre asistir al bautizo de su hijo, al que cuida mientras su mujer trabaja, o aceptar el encargo de su vida de pasar varios meses sacando fotos en el Kalahari.

Hay mucho amor y desamor en estos cuentos. Hay muchas relaciones familiares complicadas. Hay caminos truncados y vías por explorar. Hay reflexiones sobre la responsabilidad,  la fidelidad, los sueños por cumplir y las obligaciones, sobre la decepción, la esperanza y la felicidad. Y hay una sensación que recorre todos los relatos, es esa que nos ha golpeado a todos alguna vez y que se resume en una pregunta: ¿podríamos ser más felices en otro lugar y en otras circunstancias? Y que la mayoría de las veces se responde con lo de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Se ha comparado a Marta Orriols con Alice Munro y Margaret Atwood. No es descabellada la comparación. Un debut literario sugerente.

Enrique Martín

Los absurdos días de resort y crímenes del señor Márquez

Resort, la última novela del bilbaíno Juan Carlos Márquez, huele a cloro, salitre y aftersun. La historia recrea a la perfección esos extraños ecosistemas que son los complejos hoteleros. No faltan los pulsos velados por conseguir un buen sitio en la playa, la bronca por una mesa junto al bufet o por una hamaca junto a la piscina. En los resorts el tiempo transcurre con morosidad, aunque no faltan actividades: zumba, aquagym, espectáculos nocturnos… Al resort de esta novela -confortable, funcional, como de comodidades al por mayor- llega la familia protagonista de la novela. Se trata de “el hombre”, “la mujer” y “el niño”, y Márquez se referirá a ellos así siempre, sin conferirles un nombre propio. Todo marcha bien -de hecho resulta envidiable la buena sintonía de la pareja- hasta que desaparece un niño alemán. En ese momento, la Policía pone en marcha una investigación que debe desarrollarse con absoluta discreción para no dañar los intereses turísticos de la zona.

Las pesquisas implican que los huéspedes serán retenidos durante tres días. En ese periodo, podrán hacer vida normal, ir a la playa, volver de la playa, disfrutar de todas las actividades del resort. La investigación implica además que el hotel se llenará de parejas de policías de paisano. La estrategia queda bien explicada: “A cada pareja se le asignará una habitación, aunque no es necesario que pernocten los dos (…). Cada familia de huéspedes sabe que hay un agente infiltrado, la víspera ellos mismos se presentaron, y por extensión sospechará de la pareja del agente infiltrado, pero no conoce a los otros. Se trata de que los inocentes se sientan protegidos y el culpable de la desaparición del niño, si es que existe un culpable, disfrute de cierto margen de movimiento para que sus acciones lo delaten.”

A pesar de las circunstancias, los huéspedes siguen disfrutando de las vacaciones, y, además, los policías de paisano, esas parejas fortuitas, parecen contagiarse de la laxitud ambiental. Buen ejemplo de ello es el policía que informa a la familia protagonista de la desaparición del niño. Lo conoceremos por el sobrenombre que le ponen en la propia comisaría, Lactante. Este hombre, que acaba de ser padre, que vive en una casa con olor a leche agria y a polvos de talco, se siente sexualmente atraído por la compañera que le han adjudicado y a la que conocemos por el nombre de Darth Vader, todo un poco loco, sí. Pero lo cierto es que el policía anda, al menos a ratos, más concentrado en la anatomía de su colega que en la propia investigación.

Resort, que tiene algo de Loca Academia de Policía y algo de Vacaciones en el Mar, ofrece también una lectura más profunda sobre las relaciones de pareja, sobre la fidelidad y sobre la paternidad. Y cuando parecía que todo ese asunto del niño era algo secundario, Márquez tira de habilidad narrativa y nos congela, al menos por un instante, la sonrisa, como cuando nos damos cuenta de que hemos tomado demasiado el sol. Recomendable lectura, sin duda, la que nos trae este autor merecedor de, entre otros reconocimientos, el Premio Euskadi de Literatura.

Txani Rodríguez

Tomás Bárbulo y su “reservoir dogs” marroquí

Esta es una novela para los que buscan acción sin límites en un libro y, en consecuencia, un buen material de partida para una película sin descanso para el espectador. Cuenta un atraco a cargo de una banda un tanto heterogénea en un escenario exótico con muchas ramificaciones de la acción, saltos continuos en los escenarios, contado todo en capítulos de cinco páginas, con giros abundantes, elementos atractivos para el lector y misterios suficientes. Tomás Bárbulo, su autor, conoce perfectamente los lugares donde sitúa la acción, desde Madrid a Marrakech, porque es un periodista especializado en el norte de África, así que dota a su trabajo de una gran verosimilitud.

Los personajes también brillan por su autenticidad, esos ladrones que como los Reservoir dogs se identifican solamente por un apodo y sus señoras por la variante femenina de los mismos, cada uno con sus peculiaridades, con su carácter, con una buena caracterización y un desarrollo satisfactorio. Y los que les ayudan, y los que les emplean, y los secundarios que aparecen en momentos determinados todos con su función, todos con su importancia. Si en algún momento piensan que algún hecho o alguien parece haber quedado olvidado, no se preocupen porque aparecerá tarde o temprano para mostrar su utilidad en la historia. Y los escenarios destilan realismo, será que algo conoce el autor. Y los ladrones de guante blanco y hasta el experto en alcantarillas.

Bárbulo es un novelista muy eficaz y escribe con soltura, sorprendente para una primera novela. Es capaz de crear momentos de mucha intensidad e incluso de colocar algunas frases resonantes, de esas que marcan a un personaje o a una acción. Por buscarle un defecto se equivoca con los títulos de las diferentes partes que componen la novela. Por decir algo, para que no parezca que estamos rendidos ante una novela que ofrece muchas satisfacciones, pero ya se sabe que al cocinero no hay que ponerle nunca un diez porque el halago ablanda. A los aplausos por la trama, la ambientación y los personajes, hay que sumar la satisfacción por la narrativa y la escritura que dan la medida de alguien acostumbrado al oficio de contar. Un diez, bueno, un nueve y medio.

Félix Linares

Alaine Agirre, desnudando una vida dolorosa

Bi aldiz erditu zinen nitaz, ama es una carta de amor de la autora a su madre, pero supone también la recapitulación de la vida de Agirre y un fresco de las relaciones que mantiene con sus familiares: padres, hermana, abuelos… El libro, dividido en tres partes a las que se suma un epílogo, arranca con el nacimiento de la escritora de Bermeo, y refiere la depresión postparto que sufrió su madre, algo que hizo que durante sus seis primeros meses de vida fuese cuidada por otra mujer. Veinte años después, cuando se desencadenó la enfermedad mental que Agirre ya ha referido en anteriores trabajos, su madre tuvo, de alguna manera, que volver a parirla: “Baina bigarren aldi hartan ez zenion zeure buruari aukerarik eman depresioa bera sentitzeko. Ezereztu egin zenuen. Bigarren aldi hartan ez zeneukalako haur jaio Berri bat zeure zain, baizik eta hogei urteko zure haurra, iluntasunak janda, psikosiaren sinfonía entzuten eta antsietateak irensten zuela”.

Como decía, la novela es una carta de amor y agradecimiento a su madre por darle la vida y cuidarla, pero también funciona como un ejercicio de expiación y reconciliación. “Ulertzen dut aita, zu ulertzen zaitudan moduan, ama. Orain bai, pasatakoak pasata, ulertzen onartzen maitatzen zaituztet”, dice. “Bi aldiz erditu zinen nitaz, ama” tiene también un marcado cariz autobiográfico que nos permite ver que la narradora no expresa sus emociones cuando era una niña, que no conseguía jugar con los compañeros en el patio porque no soportaba la improvisación, que sentía ciertos celos de su hermana menor, que pensaba que los padres no la querían, que echó sobre sus espaladas la urgencia de convertirse en adulta. Sabemos también que se convirtió pronto en una lectora voraz, tanto que sus padres le prohibieron que se pasara el día en la biblioteca. “Orduan -dice- haurrak ez du beste erremediorik jolas orduetan bere istorio propioak asmatzea eta idaztea baino, patioaren izkina batean eserita (…) Ez du beste erremediorik gauetan, gurasoek argia itzaltzen diotenean, hurrengo egunean patioan idatziko duena pentsatzea eta harekin amets egitea baino”. Y así es como aquella niña se convirtió en escritora.

Además de los pasajes dedicados a su madre, encontramos también párrafos sobre otros familiares, como uno hermosa página sobre su padre que remata diciendo “Txiki-txikia nintzenetik hainbat gauza eman dizkit aita: baina batez ere, ametsak”. O este otro sobre uno de sus abuelos: “Aitonak egindako zopak maite nuen txikitan. Kokodriloaren tripak, oiloaren lumak, marrazoaren hortz bat, igelaren begi bat eta erdi, pinguinoaren mokoa, elefantearen buztana… Ez zen sekula amaitzen aitonaren irudimena. Eta nik guzti-guztia sinesten nion”. Tras atravesar una infancia obligatoria, que diría Karmelo C. Iribarren, y una adolescencia complicada, tras enfrentar la enfermedad, la narradora se muestra más serena y confiesa su deseo de ser madre, a pesar de que se lo desaconsejaron. Sin embargo, el deseo que se impone es el de su propio renacer.

En resumen, esta novela, que obtuvo la beca Joseba Jaca, recapitula una vida entera, que se vuelca con honestidad y valentía. Son páginas que cantan al amor y a la compresión, que restañen heridas y conceden un orden nuevo al entorno emocional de esta narradora que con Odol mamituak  mostró sus credenciales, y que llegó para quedarse.

Txani Rodríguez

Jugando al gato y al ratón con Ferdinand von Schirach

Me gusta mucho este prestigioso abogado y escritor alemán. Ferdinand von Schirach (Múnich, 1964) llegó a la literatura al convertir en relatos algunas de sus experiencias en los juzgados. Relatos recogidos en dos volúmenes, Crímenes y Culpa, en los que demostraba su hondo conocimiento del espíritu humano y su humanidad. Luego publicó la novela El caso Collini y un libro sobre su abuelo, un despreciable jerarca nazi, que no ha sido traducido al castellano. Y ahora llegaTabú que se publicó hace tres años en alemán y que cuenta una historia que juega con los conceptos de verdad y engaño.

La novela está centrada en la figura de Sebastian von Eschburg un famoso fotógrafo que fue un niño solitario criado en una familia aristocrática venida a menos, con un padre alcoholizado y una madre sólo interesada por las carreras de caballos. Convertido en una estrella de la fotografía por su peculiar tratamiento del color, su vida sufrirá un giro cuando una llamada anónima a la policía le convierta en el presunto asesino de una joven desaparecida.

Von Schirach divide la novela en dos partes muy diferentes. La primera parte es una clara novela de iniciación centrada en la adolescencia y juventud de Sebastian. Una época marcada por la extraña pero amorosa relación con su padre y por su complicada y difícil relación con su fría madre. Y en la que Sebastian, una persona bastante retraída, tras dar muchos tumbos encuentra su salvación tras la cámara, que le da la posibilidad de mostrar a los demás su peculiar percepción del mundo. La segunda parte es puramente judicial, cuando tras ser acusado del asesinato de una chica, cuyo cadáver no aparece por ninguna parte, se inicia un proceso que se vive en dos niveles. Por un lado el encarcelamiento, la relación con su abogado y el propio proceso. Y por otro el juicio paralelo que se establece en los medios de comunicación que condena, sin ninguna prueba, al personaje famoso que ha caído en desgracia: una auténtica bicoca para los medios de comunicación más sensacionalistas.

Ferdinand von Schirach realiza, otra vez, uno de esos portentosos retratos de personajes que se encuentran en el límite y a los que la sociedad contempla con distancia y con una cierta aprehensión. Porque todo aquel que es diferente es sospechoso y si es sospechoso es porque “algo habrá hecho”. El escritor, que conoce a la perfección el mundo judicial, vuelve a mostrar ante los ojos del lector las fallas de un sistema que se guía más por las apariencias de realidad que por la propia realidad y que cuando se fija de verdad en los hechos es para reafirmar el juicio previo que se ha hecho sobre los “culpables”. Aunque a veces, los “culpables”, los condenados sin juicio por la sociedad, se toman, en las novelas y cuentos de Schirach, su pequeña revancha y los acusadores aparecen ante nuestros ojos como verdaderos idiotas. Pero claro nos da la impresión de que esto solo pasa en las historias de este magnífico narrador alemán. La realidad es otra historia. Aún así, entretenido, sugerente, divertido y profundo libro. Otra pequeña joya en la producción literaria de Ferdinand von Schirach.

Enrique Martín

Las historias de Murray y el talento del mejicano Ortuño

La vaga ambición, del autor mejicano Antonio Ortuño, ha sido el merecedor del último Premio Ribera del Duero, así que no descubro nada si señalo que la calidad de los cuentos que contiene es asombrosa. Lo que sí quiero decir es que es uno de los libros que más me ha gustado este curso. El volumen tiene una constante, la escritura, la vaga ambición de escribir, y está protagonizado por Arturo Murray, un autor que ha cosechado algunos éxitos, que se ha bregado en festivales de tercera, en presentaciones mediocres y algo alocadas, que ha vivido horas felices y también horas bajas, y que sabe el precio de su vocación, una vocación que le asalta cuando una tarde, de puro aburrimiento, se pone a copiar El Quijote. En algún momento, harto de su labor de copista, dejó volar su imaginación: “Tomé la historia en el punto en que iba, y luego de despedirme de Cervantes con una reverencia, improvisé”. Pero un primo le descubre escribiendo, enfurece y, bueno, no podemos decir que la entrada de Arturo en el mundo de las letras fuera dulce.

Tampoco lo fue el primer encargo que le hicieron, cuando apenas era un niño, escribir una historia trágica, un episodio terrible que él mismo padeció.  Es la historia del primero de los relatos, y en él una niña le pide que escriba lo que acaban de vivir para “que lo lean, le arranquen las hojas. Y se las traguen”. Después sabremos más cosas de Murray, y no tan duras.  Está casado con Aura, una mujer inteligente, que le apoya, aunque eso no evitará que atraviesen alguna crisis: “Si pudiera explicarme, Aura debería ponerse feliz. Debería estallarle la cabeza de dicha y contento, los ojos brotarían de sus cuencas de pura euforia, y se sacudiría presa de un orgasmo indecoroso, cósmico, inabarcable, si tan solo pudiera explicarle que ella es lo único que ha hecho que no suba a una azotea, la más alta de esta ciudad de edificios enanos, camine a la cornisa y brinque”.

Pero los párrafos más emotivos son los dedicados a la madre de Murray, una madre coraje, que crio sola a Murray, ya que el padre, muy presente en el primero de los relatos, era un tarambana odioso. La madre, el amor por la madre, destaca en el cuento El príncipe con mil enemigos, que pellizca el estómago. Tiene Ortuño la rara habilidad de acongojar en una página y ponernos a reír en la siguiente, porque el humor es un elemento importante de este libro. Especialmente divertido me ha resultado Quinta temporada, que relata la etapa como guionista de Murray en una muy exitosa serie de televisión, una mezcla de Juego de Tronos y la trilogía Millenium.  En el otro extremo, colocaría el último cuento, en el que tenemos a un Murray ya maestro, que imparte un taller, y que se interroga sobre si merece o no la pena entregarse a la literatura.

En conjunto, La vaga ambición es un libro muy compacto, en el que Ortuño rinde homenaje a la literatura. Quizá chirríe un poco el relato Provocación Repugnante, protagonizado por Walter Benjamin, y no porque sea un cuento más flojo, que no lo es, sino porque en ese texto se aleja de Murray. En todo caso, estamos ante un gran libro de relatos, tocado por el genio y la emoción.

Txani Rodríguez