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El tocho. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Hrabal

‚ÄúPrestad atenci√≥n a lo que os voy a contar ahora. Cuando llegu√© al hotel Praga, el jefe me cogi√≥ de la oreja izquierda, me dio un buen tir√≥n y dijo: ‚ÄúT√ļ aqu√≠ eres un aprendiz, as√≠ que recuerda. No has visto nada ni has o√≠do nada. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. As√≠ que dije que dentro del establecimiento no he visto ni o√≠do nada. Y el jefe me dio un nuevo tir√≥n, esta vez de la oreja derecha y dijo: ‚ÄúPero recuerda tambi√©n que debes verlo todo y o√≠rlo todo. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. Entonces, extra√Īado, repet√≠ que me iba a fijar en todo y escucharlo todo. Y as√≠ fue como empec√©‚ÄĚ.

Este es el comienzo de Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal. Hace apenas tres a√Īos se conmemoraba el cincuentenario de la publicaci√≥n del primer gran √©xito literario de Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, en el que el autor introduc√≠a ya las claves de su mundo literario, caracterizado por un notable sentido del humor, con cierto toque surrealista, un erotismo desenfadado y una gran imaginaci√≥n, enriqueciendo la propia experiencia vital del escritor, tan dura como diversa. Recordemos que este narrador checo fue un autor tard√≠o a causa de la invasi√≥n nazi, y despu√©s de la derrota alemana, a la que contribuy√≥ con su participaci√≥n en la resistencia, fue tambi√©n purgado durante la ocupaci√≥n rusa tras la ‚Äúprimavera‚ÄĚ de Praga. De ah√≠ la gran variedad de trabajos de subsistencia -ferroviario, camarero, oficinista, prensador de papel, etc.-, a los que hubo de recurrir antes, y despu√©s, de empezar a publicar con casi cincuenta a√Īos.

Yo que he servido al rey de Inglaterra apareció en 1971 y pronto se convirtió en su obra más reconocida. En esta novela, escrita en forma de monólogo, el protagonista está siempre dispuesto a que lo increíble se convierta en realidad. La más variada sucesión de experiencias que transitan de lo cotidiano a lo maravilloso, son narradas con una falsa sencillez, en una escritura que, a menudo, parece improvisada, incluso descuidada. Este es, de hecho, el aspecto más destacado en el estilo de Hrabal: la extrema oralidad de la voz narrativa, su apariencia de cuento repentizado para una audiencia atenta y cercana.

El joven aprendiz de camarero que nos habla, Ditie, sirve en diversos hoteles de Praga y alrededores donde se dan cita los clientes más insólitos. En el hotel París será alumno del maitre Skrivanek que ha servido al rey de Inglaterra y es capaz de saber, solo por su aspecto, qué va a pedir cada cliente. El avispado aprendiz llegará a servir por su parte al emperador de Abisinia, describiendo un festín que se realiza en su honor en las que probablemente sean las mejores páginas escritas por Hrabal, deslumbrantes de gracia e imaginación. Vive la ocupación nazi enamorado de Liza, ferviente germanófila con la que tendrá un hijo. Y conseguirá, incluso, hacerse millonario con su propio hotel, pero todo lo perderá bajo el nuevo régimen comunista, alcanzando una aceptación filosófica de la pobreza y la soledad en unas páginas finales de enorme belleza y hondura emocionante.

Hrabal parece sugerirnos, con ellas, que la vida es increíble en sí misma y debemos aceptar todo lo que nos ofrece. Esta es una novela asombrosa y conmovedora, que combina de forma ejemplar humor, fantasía y dramatismo. Yo que he servido al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal.

Javier Aspiazu

El tocho. El ruido y la furia, de William Faulkner

‚ÄúCuando la sombra del marco de la ventana se proyect√≥ sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volv√≠a a encontrar a comp√°s escuchando el reloj. Era el del Abuelo, y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adapt√°ndolo a tus necesidades del mismo modo que se adapt√≥ a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperaci√≥n, y la victoria es una ilusi√≥n de fil√≥sofos e imb√©ciles.‚ÄĚ

Con este p√°rrafo se inicia la segunda parte de El ruido y la furia de William Faulkner. Esta novela publicada en 1929, es la cuarta del autor estadounidense y sin duda, la m√°s experimental de toda su producci√≥n. Narra la decadencia de la antigua familia Compson, residente en Jefferson, capital del imaginario condado de Yoknapathawpha. Muy influida por el Ulises de Joyce, El ruido y la furia presenta una estructura compleja, a modo de puzzle, dividida en cuatro partes que acaecen cada una de ellas en tres d√≠as de abril de 1928 y uno de junio de 1910. Cada una de esas partes es el mon√≥logo interior de uno de los hermanos Compson, salvo la √ļltima, narrada en tercera persona, donde la vieja criada negra Dilsey se erige en el personaje principal.

Tanto el monólogo de Benjy, el hermano menor, retrasado mental y castrado, cuya percepción no lineal de la realidad nos lleva atrás y adelante en el tiempo, como el de Quentin, el hermano intelectual favorecido por la familia para ir a Harvard en 1910, son un mosaico de voces, recuerdos y sensaciones de una audacia experimental difícilmente superable. Ambos parientes coinciden en el amor por su hermana Candance, que en el caso de Quentin, se convierte en una morbosa atracción que le lleva incluso a imaginar el incesto.

En el tercer monólogo, escrito de modo mucho más legible, el lector empieza a encajar el insólito rompecabezas que plantea Faulkner. Aquí es Jason quien nos habla, el hermano que se ha convertido en el cabeza de familia después de la debacle, provocada por el suicidio de Quentin y el repudio de Candance por su marido. La supuesta abnegación de Jason encubre una conducta codiciosa y deshonesta, y una visión racista y misógina de la vida, plasmada en su trato a los criados negros, y en el odio a su hermana Candance y a la hija ilegítima de esta.

Por √ļltimo, el autor cierra el c√≠rculo en la cuarta parte, desvelando los sucios manejos de Jason y mostr√°ndonos la ingenua religiosidad de los sirvientes negros, a trav√©s de Dilsey, el personaje m√°s bondadoso y compasivo de esta novela feroz, en la que se aprecian ya todas las obsesiones caracter√≠sticas de Faulkner, enmarcadas en una decadente sociedad sure√Īa ensimismada en sus prejuicios.

Una novela cuyo estilo difícil y exigente precisa de un lector tenaz, dispuesto a allanar los obstáculos puestos por el autor, en su afán innovador,  para llegar a su apasionante meollo. Encontrarán El ruido y la furia, la primera de las obras maestras de William Faulkner, en Editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

El tocho. Lady Macbeth de Mtsensk del ruso Nikol√°i S. Leskov

‚ÄúA veces aparecen en nuestra tierra tales caracteres que, por muchos a√Īos que hayan transcurrido desde que los vimos por primera vez, no es posible evocar algunos de ellos sin experimentar cierto temblor en el alma. Uno de esos caracteres fue el de Katerina Lvovna Izmailova, mujer de un comerciante, la cual protagoniz√≥ en cierta ocasi√≥n un terrible drama, a ra√≠z del cual los nobles de nuestra regi√≥n dieron en llamarla, un tanto a la ligera, la lady Macbeth del distrito de Mtsensk.

Katerina Lvovna sin ser lo que se dice una belleza, era una mujer de aspecto muy agradable‚Ķ. La casaron con uno de los comerciantes de aqu√≠: Izmailov; originario de Tuskar, en la provincia de Kursk; no se cas√≥ por amor o movida por inclinaci√≥n alguna, sino sencillamente porque Izmailov la pidi√≥ en matrimonio y ella era una muchacha pobre que no estaba en condiciones de elegir novio.‚ÄĚ

As√≠ comienza Lady Macbeth de Mtsensk de Nikol√°i S. Leskov. Este cl√°sico ruso, algo olvidado en la actualidad, es reivindicado, sin embargo, por algunos de los mayores nombres de la literatura rusa, como Tolstoi o Gorki. Viajante comercial en su juventud, Leskov se preci√≥ siempre de haber recogido buena parte de sus argumentos de las tradiciones populares que conoci√≥ de primera mano. Y ese regusto de historia escuchada se aprecia tambi√©n, desde el comienzo, en esta estremecedora novela corta que hoy comentamos, la m√°s conocida de su producci√≥n. Publicada a los pocos a√Īos del inicio de su carrera literaria, en 1865, Lady Macbeth de Mtsensk cuenta una de las historias de amor m√°s tr√°gicas y violentas que se hayan narrado en cualquier √©poca.

Katerina Lvovna se aburre infinitamente con su in√ļtil vida de esposa de un pr√≥spero y nada cari√Īoso comerciante que le dobla la edad. Por ello, no puede evitar enamorarse de uno de los j√≥venes caballerizos de su hacienda, el p√≠caro y apuesto Sergei. Hasta ah√≠, parecer√≠a que estamos ante una novela m√°s de ad√ļlteras, como las que abundaron en la literatura realista del siglo XIX. Sin embargo, en √©sta, el adulterio es solo el comienzo de una historia desgarrada, en la que Katerina Lvovna, se revuelve ante su suerte con una determinaci√≥n absoluta y despiadada, de ah√≠ la alusi√≥n a Lady Macbeth, y es capaz de las mayores atrocidades por conservar el amor de Sergei. Entre ellas, el asesinato de su marido y de cualquiera que se ponga en su camino.

Adaptada recientemente al cine, con bastante acierto, la versi√≥n para la pantalla, m√°s efectista, acaba convirtiendo a esta mujer en un personaje fr√≠o y ambicioso; nada que ver con la protagonista de la novela de Leskov, que, aun estando pose√≠da por una pasi√≥n desenfrenada, es incapaz de ocasionar ning√ļn mal al objeto de su amor.

A nivel estil√≠stico, el autor hace gala de una prosa fluida, y un fino o√≠do para las expresiones y las escenas costumbristas. Y dosifica con sabidur√≠a los obst√°culos a que se enfrentan los amantes, en una apabullante escalada de crueldades hasta el amargo y s√ļbito desenlace; clausura perfecta para un relato magistral, que les propongo leer en la cuidada traducci√≥n de la Editorial Alba. Lady Macbeth de Mtsensk, de Nikol√°i S. Leskov.

Javier Aspiazu

El tocho. La se√Īorita Else, del austr√≠aco Arthur Schnitzler

‚ÄúSe acab√≥ el resplandor en los Alpes. La tarde no es ya maravillosa. El paisaje es triste. No, el paisaje no, pero la vida es triste. Y yo sigo sentada tranquilamente en el alf√©izar. Y van a encarcelar a pap√°. No. Nunca jam√°s. No puede ser. Yo lo salvar√©. S√≠, pap√°, te salvar√©. Unas palabras dichas con mucha desenvoltura. Al fin y al cabo, yo soy as√≠, ‚Äúanimosa‚ÄĚ. Ja. Ja, tratar√© al se√Īor Dorsday como si fuera para √©l un honor prestarnos dinero. Y la verdad es que lo es. Se√Īor Von Dorsday, ¬Ņtendr√≠a un momento para m√≠? Acabo de recibir una carta de mam√°, est√° en un aprieto moment√°neo, o m√°s bien pap√°. ‚ÄúPero naturalmente, se√Īorita, con el mayor placer. ¬ŅDe qu√© cantidad se trata?‚ÄĚ Si no me fuera tan antip√°tico. Tambi√©n su forma de mirarme. No, se√Īor Dorsday, no me creo su elegancia ni su mon√≥culo ni su nobleza. Podr√≠a comerciar igual con ropa vieja que con cuadros antiguos‚ÄĚ.

Este es un fragmento de La se√Īorita Else de Arthur Schnitzler. Surgido de la burgues√≠a jud√≠a que hizo de Viena el principal centro cultural europeo a fines del siglo XIX, Schnitzler ejerci√≥ como m√©dico antes de dedicarse por completo al teatro convirti√©ndose en el m√°s prestigioso dramaturgo austriaco (con obras como La ronda, que escandaliz√≥ por su cruda descripci√≥n del comercio sexual). Iniciado el siglo XX, Schnitzler se volc√≥ tambi√©n en la narrativa dejando algo m√°s de cincuenta obras, casi todas ellas breves.

La se√Īorita Else se public√≥ en 1923, en plena madurez del autor. Como ya hizo en otra de sus novelas m√°s conocidas, El teniente Gustl, Schnitzler se sirve aqu√≠ otra vez de un continuado mon√≥logo interior, solo interrumpido por di√°logos¬† ocasionales, para reflejar la subjetividad de la joven Else y contar su historia. Hija de un conocido abogado vien√©s, muy aficionado al juego, Else pasa una temporada en un hotel cercano a los Alpes, junto a su t√≠a, cuando un telegrama repentino de su padre le ruega encarecidamente que pida prestados treinta mil florines al vizconde Dorsday, residente en el mismo hotel. A pesar de la repugnancia que siente, accede a ayudar a su padre, pero el arist√≥crata, admirador de la belleza de Else, pone como condici√≥n verla desnuda.

A partir de ah√≠ el mon√≥logo, se convierte en una especie de delirio l√ļcido, que nos reservar√° alguna que otra sorpresa, hasta llegar a un desenlace en exceso melodram√°tico, producto de una intriga algo forzada en su √ļltimo transcurso. Pero m√°s que la trama lo importante en esta novela es el estilo, el logrado experimento formal que culmina el autor con ese mon√≥logo interior mantenido con admirable coherencia a lo largo de todo el relato.

Como sus contempor√°neos, Virginia Woolf o James Joyce, Schnitzler intenta mostrar con la mayor verosimilitud la psicolog√≠a de su personaje, a trav√©s de los vaivenes continuos, en forma de pensamientos fugaces o recurrentes, que caracterizan la corriente de conciencia de la valiente se√Īorita Else. Conocemos as√≠ la intimidad, los deseos y contradicciones de esta hermosa joven, y a trav√©s de ella, nos hacemos una idea de la morbosa y opresiva sensualidad de la √©poca. El resultado es un relato de ritmo febril y lectura absorbente que encontrar√°n en las editoriales Sirmio y Acantilado. La se√Īorita Else de Arthur Schnitzler.

Javier Aspiazu

El tocho. El inmoralista, del francés André Gide

‚ÄúQueridos amigos, os sab√≠a fieles. Hab√©is acudido a mi llamada tal como lo hubiera hecho yo a la vuestra. Y sin embargo, llevabais tres a√Īos sin verme. Que vuestra amistad, que tan bien resiste a la ausencia, pueda tambi√©n resistir al relato que voy a haceros. Pues si os llam√© bruscamente, si os hice viajar hasta mi residencia lejana, es √ļnicamente para veros, y para que pod√°is escucharme. No quiero otro socorro que ese: hablaros, pues me encuentro en un punto tal de mi vida que no puedo ir ya m√°s all√°. Y sin embargo, no es por lasitud. Pero ya no comprendo. Necesito‚Ķ Necesito hablar, os digo. Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre‚Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza El inmoralista de Andr√© Gide. Considerado en la primera mitad del siglo XX un maestro de la prosa francesa y merecedor en 1947 del premio Nobel, da la impresi√≥n de que la posteridad no est√° sentando demasiado bien a la prol√≠fica obra de Andr√© Gide, de la que hoy solo se siguen leyendo con cierta regularidad novelas como Los monederos falsos y Los s√≥tanos del Vaticano y alguno de sus libros de memorias o viajes, como el controvertido Viaje al Congo. Entre las que ha resistido los embates del tiempo se encuentra tambi√©n esta breve novela que hoy comentamos, El inmoralista, publicada en 1902. En ella expresa Gide, mejor que en ning√ļn otro de sus textos a mi juicio, el conflicto que marc√≥ su propia vida, en cuyo transcurso debi√≥ desprenderse de la opresiva moral protestante en la que fue educado, para llegar a admitir su homosexualidad.

El inmoralista cuenta en primera persona la historia de Michel, un joven investigador que cae gravemente enfermo en el curso de su viaje de novios por √Āfrica. Mientras se restablece, concibe un gusto cada vez m√°s acentuado por la vida y por los placeres que puede ofrecer a quien se acerca a ella libre de prejuicios. Tras un periodo de exitosa carrera profesional en Europa, vuelve con su esposa Marceline a tierras africanas, donde aprovecha cualquier oportunidad para liberarse de todo conformismo, llegando incluso a alentar la propensi√≥n al hurto de su joven protegido Mokir, en quien advierte la carencia de cualquier sentido moral. Es esta tendencia a disfrutar la vida, por encima de cualquier moralidad, en la l√≠nea de la discutible filosof√≠a de Nietzsche, la que lleva a Michel a comportarse, en definitiva, de forma criminal, pues aunque se da cuenta de que el clima africano es perjudicial para la salud de su esposa, no hace nada para salvarla.

Por si este fragmento de la trama no bastara para incitarles a la lectura de El inmoralista, les dir√© que el autor luce su talento en las descripciones de la naturaleza africana, henchidas de aliento l√≠rico, y muestra un gran pulso narrativo contando la progresiva conversi√≥n psicol√≥gica del personaje protagonista, a la que el lector asiste sobrecogido y expectante. Una medida del √©xito de la obra en su √©poca la da el periodista y pol√≠tico L√©on Blum quien afirm√≥ que El inmoralista es ‚Äúel libro m√°s directo, el mejor construido, m√°s limpio y sencillo de trama‚ÄĚ de Gide. La editorial C√°tedra puede ofrecerles la versi√≥n m√°s reciente de esta turbadora par√°bola sobre el antagonismo entre la naturaleza y la moral. Nos referimos a El inmoralista de Andr√© Gide.

 Javier Aspiazu

El tocho. El proceso, de Franz Kafka

‚ÄúAlguien deb√≠a haber calumniado a Joseph K., porque sin haber hecho nada malo fue detenido una ma√Īana. La cocinera de la se√Īora Grubach, su patrona, que todos los d√≠as le llevaba el desayuno hacia las ocho, no vino aquella vez. Eso no hab√≠a ocurrido nunca. K. aguard√≥ todav√≠a un rato, mirando desde la almohada a la anciana que viv√≠a enfrente y que lo observaba con una curiosidad totalmente inusitada en ella, pero luego, extra√Īado y hambriento a un tiempo toc√≥ la campanilla. Inmediatamente llamaron a la puerta y entr√≥ un hombre que nunca hab√≠a visto en aquella casa‚ÄĚ.

As√≠ comienza El proceso de Franz Kafka. Quien al finalizar el siglo XX ser√≠a el autor m√°s influyente de la centuria, junto a Joyce, Faulkner y Proust, muri√≥ en 1924, con apenas 41 a√Īos, sin haber visto publicada m√°s que una peque√Īa parte de su obra, conservada casi √≠ntegra gracias a la admiraci√≥n de su amigo y albacea testamentario, Max Brod, que contravino los deseos de Kafka de destruir todos sus manuscritos inacabados, entre los que se encuentra El proceso.

Probablemente conozcan esta historia, pero quiz√° no sepan que a la hora de escribir esta novela y otros relatos, Kafka se bas√≥ libremente en Crimen y castigo de Dostoievski, hasta el punto de que algunos pasajes de El proceso solo se entienden a la luz de la lectura previa de la obra de Dostoievski. Eso ha demostrado, tras veinte a√Īos de investigaci√≥n y cuatro libros sobre el tema, el profesor colombiano Guillermo S√°nchez Trujillo, quien afirma que ‚ÄúKafka no plagi√≥ sino que encarn√≥ la literatura de Dostoievski a trav√©s de sus vivencias personales para luego reescribirlas como enigma‚ÄĚ.

Uno de los aspectos m√°s enigm√°ticos de este autor checo de expresi√≥n alemana, es el evidente sentimiento de culpa que se revela en su universo literario, donde abundan castigos, condenas y juicios, y que tambi√©n est√° presente en El proceso como una posibilidad incierta y lejana. Se han esgrimido diversas razones para explicarlo: las traum√°ticas relaciones que mantuvo con su padre, o su oscura vida de oficinista en una compa√Ī√≠a de seguros en Praga, lo que le imped√≠a una dedicaci√≥n plena a la literatura.

Sea cual sea la causa, lo cierto es que Kafka se adelantó, con su torturada psicología, a la sensación de absoluta vulnerabilidad e impotencia que se apoderaría de incontables ciudadanos en la Europa de los totalitarismos; ciudadanos sometidos a procesos tanto o más inexplicables que el narrado en esta novela, en la que Josef K. nunca llega a saber el delito que ha cometido, ni quiénes son los remotos jueces que han incoado la causa contra él, ni siquiera si dispone de medios efectivos para defenderse.

Lo √ļnico que diferencia el proceso de Josef K. de los que vivieron realmente tantas v√≠ctimas del despotismo estatal, es el estilo literario de Kafka, lo espec√≠ficamente kafkiano: su desconcertante alternancia de una descripci√≥n realista de algunos acontecimientos con una visi√≥n grotesca, absurda, casi c√≥mica de otros. Fue precisamente esa utilizaci√≥n de la l√≥gica maleable y ambigua de los sue√Īos lo que llam√≥ la atenci√≥n de los surrealistas franceses, primeros divulgadores de la obra de Kafka.

No me queda sino recordarles que El proceso es, quiz√°, la obra m√°s imitada del siglo XX, y una de las m√°s angustiosas y fascinantes. No se la pierdan.

Javier Aspiazu

El tocho. Todo se desmorona, del nigeriano Chinua Achebe

‚ÄúOkonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso m√°s all√°. Su fama se apoyaba en s√≥lidos triunfos personales. Cuando ten√≠a dieciocho a√Īos hab√≠a honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue el gran luchador que se mantuvo siete a√Īos invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban el Gato porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo hab√≠a derribado precisamente a aquel hombre en un combate que el viejo reconoc√≠a hab√≠a sido uno de los m√°s fieros desde que el fundador de su poblado hab√≠a luchado con un esp√≠ritu del bosque durante siete d√≠as y siete noches.

Bat√≠an los tambores, cantaban las flautas y conten√≠an el aliento los espectadores. Amalinze ten√≠a astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se les marcaban todos los m√ļsculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los o√≠as tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo tir√≥ al Gato‚ÄĚ.

Así comienza Todo se desmorona de Chinua Achebe. Publicada originalmente en 1958, la primera novela de este escritor nigeriano, traducida a más de cincuenta idiomas, se ha convertido en la más leída de la literatura africana moderna. Aunque Achebe escribió siempre en inglés, sus textos describen la cultura y costumbres del pueblo igbo, la etnia más numerosa en el sur de Nigeria, y ponen el foco en el trauma que supuso la aparición del hombre blanco y la colonización.

Todo se desmorona es, probablemente, la primera novela que relata este conflicto desde el punto de vista africano. El autor cuenta en tercera persona, con un estilo extremadamente sencillo, muy cercano al de la tradici√≥n oral de su pueblo, la tragedia de Okonkwo, el poderoso guerrero que, en la √ļltima parte de la novela, se resiste a ver humillada y postergada su cultura por el hombre blanco. Hasta ese tramo final, Todo se desmorona describe la vida de este hombre en√©rgico y col√©rico, descendiente de un padre d√©bil y perezoso al que no quiere parecerse en absoluto. Como laborioso agricultor, Okonkwo ha alcanzado una desahogada posici√≥n con tres esposas y once hijos. Su anhelo de conservar el poder y la fama de valiente le llevan, incluso, a participar en la ejecuci√≥n de Ikemefuna, joven entregado por una aldea vecina, en reparaci√≥n por una falta cometida, al que ha llegado a querer m√°s que a su propio primog√©nito.

Junto a estas vivencias dram√°ticas, el relato nos permite conocer los ritos asociados a la siembra y a la cosecha del alimento b√°sico, -el √Īame-, la forma de hacer justicia, las creencias religiosas, y tambi√©n la psicolog√≠a del pueblo igbo, con sus proverbios tradicionales y relatos aleg√≥ricos intercalados en la narraci√≥n. Como buen personaje tr√°gico, Okonkwo no puede escapar a su destino: tras ser desterrado de su pueblo durante siete a√Īos por una muerte accidental, la vuelta le depara la presencia de los misioneros y con ellos del comisario de distrito, encargado de imponer la ley blanca. A partir de ah√≠ los malentendidos culturales se suceden, y llevan a los nativos a la alternativa entre el sometimiento o la destrucci√≥n. El final est√° impregnado de una inteligente y dolorosa iron√≠a, a la altura de esta novela excepcional, que encontrar√°n en la editorial Debolsillo: Todo se desmorona de Chinua Achebe.

Javier Aspiazu

El tocho. La se√Īora Dalloway, de la inglesa Virginia Woolf

‚ÄúLuego (Clarissa lo hab√≠a sentido precisamente aquella ma√Īana), estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad: en las profundidades del coraz√≥n hab√≠a un miedo terrible. Incluso ahora, muy a menudo, si Richard no hubiera estado all√≠ leyendo el Times, de manera que ella pod√≠a recogerse sobre s√≠ misma, como un p√°jaro, y revivir poco a poco, lanzando rugiente a lo alto aquel inconmensurable deleite, frotando palo con palo, una cosa con otra, Clarissa hubiera muerto sin remedio. Ella hab√≠a escapado. Pero aquel joven se hab√≠a matado‚ÄĚ.

Este es un fragmento de La se√Īora Dalloway, de Virginia Woolf. La primera de las obras maestras de esta autora inglesa se public√≥ en 1925, y enseguida suscit√≥ admiraci√≥n su original t√©cnica narrativa. Utilizando de forma magistral el estilo indirecto libre, Woolf prescinde en muchos pasajes de la novela de la cl√°sica voz del narrador en tercera persona. Buena parte de las acciones de la trama se nos cuentan a trav√©s del punto de vista de los personajes e incluso, en ocasiones, las transiciones entre ellos se dan en un plano subjetivo, pasando del pensamiento de uno a otro.

La se√Īora Dalloway, como el Ulises de Joyce, que hab√≠a aparecido solo tres a√Īos antes, transcurre en un solo d√≠a, una soleada jornada de junio en el Londres de 1923.¬† Un d√≠a le resulta¬† m√°s que suficiente a la autora para mostrarnos el universo de Clarissa Dalloway dama de la alta sociedad londinense, casada con un diputado conservador, que prepara una fiesta para la noche de ese d√≠a. En paralelo a los preparativos, varios personajes que tienen relaci√≥n con ella, aparecen en escena tras mucho tiempo sin verla, es el caso de Peter Walsh, eterno enamorado de Clarissa, que vuelve divorciado de la India despu√©s de pasar all√≠ diez a√Īos. Y tambi√©n, de su gran amiga de la adolescencia, Sally Setton, pariente pobre, original e inconformista, casada con un rico industrial de Manchester. Junto a ellos hay un variado elenco de lores y ladys, de criados e institutrices y el importante contrapunto tr√°gico de Septimus Warren Smith, veterano de la I Guerra Mundial, trastornado por su experiencia, que se suicida ese mismo d√≠a.

El efecto del paso del tiempo sobre los personajes, con su carga de ilusiones perdidas y expectativas frustradas, empieza a ser en esta obra el gran tema de Virginia Woolf. Todo el conglomerado de pinceladas subjetivas y remembranzas de los protagonistas va configurando, además, un sutil estudio psicológico, que nos permite conocer el terror ante la vida de Clarissa (que le impulsó a aceptar como esposo a Richard, su bondadoso pero mediocre marido), su generosidad con los amigos, su total sinceridad y el esnobismo que la caracterizan. A nivel objetivo, la novela es también una descripción de la alta sociedad inglesa, con sus banalidades y convencionalismos, e incluso un ataque al poder de la naciente institución psiquiátrica, de la que es víctima el infortunado Septimus, personaje en quien la autora encarna sus propias neurosis.

Con una prosa alada y gr√°cil y una profundidad psicol√≥gica ins√≥lita, la lectura de esta novela se convierte en una experiencia inolvidable. La se√Īora Dalloway, de Virginia Woolf.

Javier Aspiazu

El tocho. La traición de los intelectuales, de Julien Benda

Donde todo ha sucedido‚ÄúA finales del siglo XIX se produce un cambio capital: los intelectuales empiezan a hacer el juego a las pasiones pol√≠ticas; aquellos que supon√≠an un freno al realismo de los pueblos se convierten en sus estimuladores. Este trastorno en el funcionamiento moral de la humanidad se opera por varias v√≠as. En primer lugar, los intelectuales adoptan pasiones pol√≠ticas. Nadie objetar√° que hoy, por toda Europa, la inmensa mayor√≠a de los hombres de letras, los artistas, un n√ļmero considerable de cient√≠ficos, de fil√≥sofos, de ‚Äúministros de lo divino‚ÄĚ asumen la parte que les corresponde en el coro de los odios raciales, de las facciones pol√≠ticas; a√ļn menos se negar√° que adoptan pasiones nacionales‚ÄĚ.

Este es un fragmento de La traición de los intelectuales de Julien Benda. Este ensayista francés, ejemplo de intelectual crítico e independiente, publicó la que sería su obra más célebre en 1927, en  plena época de entreguerras, provocando un considerable revuelo entre las muchas figuras de la cultura aludidas en ella. Para Benda, el intelectual es una especie de clérigo secular (de ahí el título original francés La trahison de clercs) entregado al culto del Arte y del Pensamiento puro, que encuentra su felicidad en el goce principalmente espiritual y se mantiene alejado de la vida práctica. Su terreno es el de los valores universales (como los de verdad, razón, justicia o libertad), situados por encima de cualquier particularismo y aplicables por igual a cualquier individuo en la entera superficie del planeta.

Pues bien, La traici√≥n de los intelectuales acusa el progresivo abandono que estaba experimentando este ideal de intelectual puro;¬† aquellos que deb√≠an ser rectores morales de la vida p√ļblica, en lugar de denunciar las arbitrariedades estatales, ced√≠an ahora al patriotismo xen√≥fobo, al autoritarismo o al clasismo. En palabras de Benda ‚Äúestos nuevos intelectuales declaran no saber lo que son la justicia, la verdad ni otras ‚Äúnebulosas metaf√≠sicas‚ÄĚ; para ellos lo verdadero est√° determinado por lo √ļtil; lo justo, por las circunstancias‚ÄĚ.

Benda intenta explicar este fen√≥meno por el deseo de riqueza de los modernos intelectuales, que les lleva a identificarse con la burgues√≠a, por su voluntad de poder pol√≠tico o por un sensualismo rom√°ntico que les aleja de cualquier pretensi√≥n de objetividad. Si bien afirma que Alemania inici√≥ esta religi√≥n del ‚Äúalma nacional‚ÄĚ, sus cr√≠ticas se dirigen sobre todo a intelectuales franceses como el ultranacionalista Maurras, el ap√≥stol de la violencia Georges Sorel o el fil√≥sofo irracionalista Bergson. Escrito con un estilo en√©rgico pero exento de vehemencia en sus apreciaciones, La traici√≥n de los intelectuales fue considerado en su momento un libro inactual.

Sin embargo, la iron√≠a de la historia ha querido que 90 a√Īos despu√©s de su publicaci√≥n surjan conceptos como el de la ‚Äúposverdad‚ÄĚ, que acaban con cualquier pretensi√≥n de universalidad de los valores, y hacen de los intelectuales meros voceros de los intereses predominantes. Por eso, hoy m√°s que nunca, se hace necesario recuperar el esp√≠ritu cr√≠tico de Julien Benda en este valiente ensayo, que encontrar√°n en Galaxia Gutenberg: La traici√≥n de los intelectuales.

Javier Aspiazu

El tocho. Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

libro-los-viajes-de-gulliver‚ÄúPose√≠a mi padre una peque√Īa hacienda en el condado de Nottingham. Yo era el tercero de sus cinco hijos. Cuando cumpl√≠ catorce a√Īos me envi√≥ a Cambridge, al colegio Enmanuel, en el que resid√≠ otros tres, enfrascado de lleno en mis estudios. Pero como los gastos de mi mantenimiento‚Ķ resultaban excesivos para fortuna tan reducida, me vi obligado a entrar como aprendiz del se√Īor James Bates, cirujano eminente de Londres, con quien permanec√≠ cuatro a√Īos. Mi padre me enviaba de vez en cuando peque√Īas sumas de dinero que yo empleaba en aprender t√©cnicas de N√°utica y otras ramas de las Matem√°ticas que resultan de utilidad para quienes tienen intenci√≥n de viajar‚Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Publicada en 1726 de forma an√≥nima, como casi todas las obras del gran sat√≠rico que fue el irland√©s Swift, esta novela de viajes y aventuras fant√°sticas, es la cr√≠tica m√°s mordaz al ser humano realizada hasta la fecha. En ella, el capit√°n Lemuel Gulliver, tras diversos naufragios, conoce diferentes pa√≠ses que le ofrecer√°n visiones distintas, nada halag√ľe√Īas, de la sociedad humana. Las dos primeras partes del texto, los viajes a Liliput y Brogdinnagh, son sin duda las m√°s famosas, tomadas con frecuencia como base para abreviadas ediciones juveniles. Ambas parodian la sociedad inglesa de su tiempo, desde una perspectiva diminuta o agigantada, y no es dif√≠cil distinguir la burla encubierta a las opciones pol√≠ticas y a personalidades significativas de la √©poca.

A menudo se considera que Swift rompe la continuidad narrativa de la obra en su tercera parte, donde los viajes se multiplican y la imaginaci√≥n del autor se dispara, volvi√©ndose cada vez m√°s acerba y cr√≠tica, pero a mi juicio es aqu√≠ donde se encuentran los mayores hallazgos de la obra. El momento m√°s divertido lo procuran los habitantes de Laputa, tan abstra√≠dos en sus especulaciones filos√≥ficas que necesitan ir acompa√Īados de siervos con ‚Äúsacudidores‚ÄĚ para hacerles volver a la tierra. Por el contrario, uno de los pasajes m√°s estremecedores es aquel en que Gulliver conoce a los Strulbruggs, inmortales que viven su estado como una maldici√≥n; abrumados por el tedio, la extrema vejez y los achaques no desean otra cosa que morir. Tan solo con esta imagen el autor consigue cuestionar uno de los mayores anhelos de la humanidad.

La intensidad de la s√°tira alcanza el culmen en la cuarta y √ļltima parte, en la que Gulliver llega a la isla de los Huyymmmhs, caballos sabios que tienen a su servicio a unos seres salvajes y sucios, con forma humana: los Yahoos. A todos los efectos Gulliver es un yahoo, y se ve forzado a explicar a su nuevo amo equino, como es la sociedad de la que viene un ser tan diferente a otros yahoos como √©l. La mordacidad de su explicaci√≥n llega al extremo de hacernos pensar que el hombre, como Swift escribi√≥ en alguna ocasi√≥n, es solo un ser capaz de raz√≥n, aunque no la utilice la mayor parte del tiempo.

Tan feroz como divertida, adelantada a la ciencia-ficción y las distopías del siglo XX, esta obra maestra de la literatura satírica solo puede ser apreciada en su justa medida si se lee en su integridad, dejando así un recuerdo perdurable. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

Javier Aspiazu