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El tocho. La señorita Else, del austríaco Arthur Schnitzler

“Se acabó el resplandor en los Alpes. La tarde no es ya maravillosa. El paisaje es triste. No, el paisaje no, pero la vida es triste. Y yo sigo sentada tranquilamente en el alféizar. Y van a encarcelar a papá. No. Nunca jamás. No puede ser. Yo lo salvaré. Sí, papá, te salvaré. Unas palabras dichas con mucha desenvoltura. Al fin y al cabo, yo soy así, “animosa”. Ja. Ja, trataré al señor Dorsday como si fuera para él un honor prestarnos dinero. Y la verdad es que lo es. Señor Von Dorsday, ¿tendría un momento para mí? Acabo de recibir una carta de mamá, está en un aprieto momentáneo, o más bien papá. “Pero naturalmente, señorita, con el mayor placer. ¿De qué cantidad se trata?” Si no me fuera tan antipático. También su forma de mirarme. No, señor Dorsday, no me creo su elegancia ni su monóculo ni su nobleza. Podría comerciar igual con ropa vieja que con cuadros antiguos”.

Este es un fragmento de La señorita Else de Arthur Schnitzler. Surgido de la burguesía judía que hizo de Viena el principal centro cultural europeo a fines del siglo XIX, Schnitzler ejerció como médico antes de dedicarse por completo al teatro convirtiéndose en el más prestigioso dramaturgo austriaco (con obras como La ronda, que escandalizó por su cruda descripción del comercio sexual). Iniciado el siglo XX, Schnitzler se volcó también en la narrativa dejando algo más de cincuenta obras, casi todas ellas breves.

La señorita Else se publicó en 1923, en plena madurez del autor. Como ya hizo en otra de sus novelas más conocidas, El teniente Gustl, Schnitzler se sirve aquí otra vez de un continuado monólogo interior, solo interrumpido por diálogos  ocasionales, para reflejar la subjetividad de la joven Else y contar su historia. Hija de un conocido abogado vienés, muy aficionado al juego, Else pasa una temporada en un hotel cercano a los Alpes, junto a su tía, cuando un telegrama repentino de su padre le ruega encarecidamente que pida prestados treinta mil florines al vizconde Dorsday, residente en el mismo hotel. A pesar de la repugnancia que siente, accede a ayudar a su padre, pero el aristócrata, admirador de la belleza de Else, pone como condición verla desnuda.

A partir de ahí el monólogo, se convierte en una especie de delirio lúcido, que nos reservará alguna que otra sorpresa, hasta llegar a un desenlace en exceso melodramático, producto de una intriga algo forzada en su último transcurso. Pero más que la trama lo importante en esta novela es el estilo, el logrado experimento formal que culmina el autor con ese monólogo interior mantenido con admirable coherencia a lo largo de todo el relato.

Como sus contemporáneos, Virginia Woolf o James Joyce, Schnitzler intenta mostrar con la mayor verosimilitud la psicología de su personaje, a través de los vaivenes continuos, en forma de pensamientos fugaces o recurrentes, que caracterizan la corriente de conciencia de la valiente señorita Else. Conocemos así la intimidad, los deseos y contradicciones de esta hermosa joven, y a través de ella, nos hacemos una idea de la morbosa y opresiva sensualidad de la época. El resultado es un relato de ritmo febril y lectura absorbente que encontrarán en las editoriales Sirmio y Acantilado. La señorita Else de Arthur Schnitzler.

Javier Aspiazu

El tocho. El inmoralista, del francés André Gide

“Queridos amigos, os sabía fieles. Habéis acudido a mi llamada tal como lo hubiera hecho yo a la vuestra. Y sin embargo, llevabais tres años sin verme. Que vuestra amistad, que tan bien resiste a la ausencia, pueda también resistir al relato que voy a haceros. Pues si os llamé bruscamente, si os hice viajar hasta mi residencia lejana, es únicamente para veros, y para que podáis escucharme. No quiero otro socorro que ese: hablaros, pues me encuentro en un punto tal de mi vida que no puedo ir ya más allá. Y sin embargo, no es por lasitud. Pero ya no comprendo. Necesito… Necesito hablar, os digo. Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre…”

Así comienza El inmoralista de André Gide. Considerado en la primera mitad del siglo XX un maestro de la prosa francesa y merecedor en 1947 del premio Nobel, da la impresión de que la posteridad no está sentando demasiado bien a la prolífica obra de André Gide, de la que hoy solo se siguen leyendo con cierta regularidad novelas como Los monederos falsos y Los sótanos del Vaticano y alguno de sus libros de memorias o viajes, como el controvertido Viaje al Congo. Entre las que ha resistido los embates del tiempo se encuentra también esta breve novela que hoy comentamos, El inmoralista, publicada en 1902. En ella expresa Gide, mejor que en ningún otro de sus textos a mi juicio, el conflicto que marcó su propia vida, en cuyo transcurso debió desprenderse de la opresiva moral protestante en la que fue educado, para llegar a admitir su homosexualidad.

El inmoralista cuenta en primera persona la historia de Michel, un joven investigador que cae gravemente enfermo en el curso de su viaje de novios por África. Mientras se restablece, concibe un gusto cada vez más acentuado por la vida y por los placeres que puede ofrecer a quien se acerca a ella libre de prejuicios. Tras un periodo de exitosa carrera profesional en Europa, vuelve con su esposa Marceline a tierras africanas, donde aprovecha cualquier oportunidad para liberarse de todo conformismo, llegando incluso a alentar la propensión al hurto de su joven protegido Mokir, en quien advierte la carencia de cualquier sentido moral. Es esta tendencia a disfrutar la vida, por encima de cualquier moralidad, en la línea de la discutible filosofía de Nietzsche, la que lleva a Michel a comportarse, en definitiva, de forma criminal, pues aunque se da cuenta de que el clima africano es perjudicial para la salud de su esposa, no hace nada para salvarla.

Por si este fragmento de la trama no bastara para incitarles a la lectura de El inmoralista, les diré que el autor luce su talento en las descripciones de la naturaleza africana, henchidas de aliento lírico, y muestra un gran pulso narrativo contando la progresiva conversión psicológica del personaje protagonista, a la que el lector asiste sobrecogido y expectante. Una medida del éxito de la obra en su época la da el periodista y político Léon Blum quien afirmó que El inmoralista es “el libro más directo, el mejor construido, más limpio y sencillo de trama” de Gide. La editorial Cátedra puede ofrecerles la versión más reciente de esta turbadora parábola sobre el antagonismo entre la naturaleza y la moral. Nos referimos a El inmoralista de André Gide.

 Javier Aspiazu

El tocho. El proceso, de Franz Kafka

“Alguien debía haber calumniado a Joseph K., porque sin haber hecho nada malo fue detenido una mañana. La cocinera de la señora Grubach, su patrona, que todos los días le llevaba el desayuno hacia las ocho, no vino aquella vez. Eso no había ocurrido nunca. K. aguardó todavía un rato, mirando desde la almohada a la anciana que vivía enfrente y que lo observaba con una curiosidad totalmente inusitada en ella, pero luego, extrañado y hambriento a un tiempo tocó la campanilla. Inmediatamente llamaron a la puerta y entró un hombre que nunca había visto en aquella casa”.

Así comienza El proceso de Franz Kafka. Quien al finalizar el siglo XX sería el autor más influyente de la centuria, junto a Joyce, Faulkner y Proust, murió en 1924, con apenas 41 años, sin haber visto publicada más que una pequeña parte de su obra, conservada casi íntegra gracias a la admiración de su amigo y albacea testamentario, Max Brod, que contravino los deseos de Kafka de destruir todos sus manuscritos inacabados, entre los que se encuentra El proceso.

Probablemente conozcan esta historia, pero quizá no sepan que a la hora de escribir esta novela y otros relatos, Kafka se basó libremente en Crimen y castigo de Dostoievski, hasta el punto de que algunos pasajes de El proceso solo se entienden a la luz de la lectura previa de la obra de Dostoievski. Eso ha demostrado, tras veinte años de investigación y cuatro libros sobre el tema, el profesor colombiano Guillermo Sánchez Trujillo, quien afirma que “Kafka no plagió sino que encarnó la literatura de Dostoievski a través de sus vivencias personales para luego reescribirlas como enigma”.

Uno de los aspectos más enigmáticos de este autor checo de expresión alemana, es el evidente sentimiento de culpa que se revela en su universo literario, donde abundan castigos, condenas y juicios, y que también está presente en El proceso como una posibilidad incierta y lejana. Se han esgrimido diversas razones para explicarlo: las traumáticas relaciones que mantuvo con su padre, o su oscura vida de oficinista en una compañía de seguros en Praga, lo que le impedía una dedicación plena a la literatura.

Sea cual sea la causa, lo cierto es que Kafka se adelantó, con su torturada psicología, a la sensación de absoluta vulnerabilidad e impotencia que se apoderaría de incontables ciudadanos en la Europa de los totalitarismos; ciudadanos sometidos a procesos tanto o más inexplicables que el narrado en esta novela, en la que Josef K. nunca llega a saber el delito que ha cometido, ni quiénes son los remotos jueces que han incoado la causa contra él, ni siquiera si dispone de medios efectivos para defenderse.

Lo único que diferencia el proceso de Josef K. de los que vivieron realmente tantas víctimas del despotismo estatal, es el estilo literario de Kafka, lo específicamente kafkiano: su desconcertante alternancia de una descripción realista de algunos acontecimientos con una visión grotesca, absurda, casi cómica de otros. Fue precisamente esa utilización de la lógica maleable y ambigua de los sueños lo que llamó la atención de los surrealistas franceses, primeros divulgadores de la obra de Kafka.

No me queda sino recordarles que El proceso es, quizá, la obra más imitada del siglo XX, y una de las más angustiosas y fascinantes. No se la pierdan.

Javier Aspiazu

El tocho. Todo se desmorona, del nigeriano Chinua Achebe

“Okonkwo era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se apoyaba en sólidos triunfos personales. Cuando tenía dieciocho años había honrado a su aldea derribando a Amalinze el Gato. Amalinze fue el gran luchador que se mantuvo siete años invicto, desde Umuofia hasta Mbaino. Le llamaban el Gato porque nunca tocaba el suelo con la espalda. Okonkwo había derribado precisamente a aquel hombre en un combate que el viejo reconocía había sido uno de los más fieros desde que el fundador de su poblado había luchado con un espíritu del bosque durante siete días y siete noches.

Batían los tambores, cantaban las flautas y contenían el aliento los espectadores. Amalinze tenía astucia y oficio, pero Okonkwo era escurridizo como un pez en el agua. Se les marcaban todos los músculos y los nervios de los brazos, la espalda y los muslos, y casi los oías tensarse, a punto de romperse. Al final Okonkwo tiró al Gato”.

Así comienza Todo se desmorona de Chinua Achebe. Publicada originalmente en 1958, la primera novela de este escritor nigeriano, traducida a más de cincuenta idiomas, se ha convertido en la más leída de la literatura africana moderna. Aunque Achebe escribió siempre en inglés, sus textos describen la cultura y costumbres del pueblo igbo, la etnia más numerosa en el sur de Nigeria, y ponen el foco en el trauma que supuso la aparición del hombre blanco y la colonización.

Todo se desmorona es, probablemente, la primera novela que relata este conflicto desde el punto de vista africano. El autor cuenta en tercera persona, con un estilo extremadamente sencillo, muy cercano al de la tradición oral de su pueblo, la tragedia de Okonkwo, el poderoso guerrero que, en la última parte de la novela, se resiste a ver humillada y postergada su cultura por el hombre blanco. Hasta ese tramo final, Todo se desmorona describe la vida de este hombre enérgico y colérico, descendiente de un padre débil y perezoso al que no quiere parecerse en absoluto. Como laborioso agricultor, Okonkwo ha alcanzado una desahogada posición con tres esposas y once hijos. Su anhelo de conservar el poder y la fama de valiente le llevan, incluso, a participar en la ejecución de Ikemefuna, joven entregado por una aldea vecina, en reparación por una falta cometida, al que ha llegado a querer más que a su propio primogénito.

Junto a estas vivencias dramáticas, el relato nos permite conocer los ritos asociados a la siembra y a la cosecha del alimento básico, -el ñame-, la forma de hacer justicia, las creencias religiosas, y también la psicología del pueblo igbo, con sus proverbios tradicionales y relatos alegóricos intercalados en la narración. Como buen personaje trágico, Okonkwo no puede escapar a su destino: tras ser desterrado de su pueblo durante siete años por una muerte accidental, la vuelta le depara la presencia de los misioneros y con ellos del comisario de distrito, encargado de imponer la ley blanca. A partir de ahí los malentendidos culturales se suceden, y llevan a los nativos a la alternativa entre el sometimiento o la destrucción. El final está impregnado de una inteligente y dolorosa ironía, a la altura de esta novela excepcional, que encontrarán en la editorial Debolsillo: Todo se desmorona de Chinua Achebe.

Javier Aspiazu

El tocho. La señora Dalloway, de la inglesa Virginia Woolf

“Luego (Clarissa lo había sentido precisamente aquella mañana), estaba el terror; la abrumadora incapacidad de vivir hasta el fin esta vida puesta por los padres en nuestras manos, de andarla con serenidad: en las profundidades del corazón había un miedo terrible. Incluso ahora, muy a menudo, si Richard no hubiera estado allí leyendo el Times, de manera que ella podía recogerse sobre sí misma, como un pájaro, y revivir poco a poco, lanzando rugiente a lo alto aquel inconmensurable deleite, frotando palo con palo, una cosa con otra, Clarissa hubiera muerto sin remedio. Ella había escapado. Pero aquel joven se había matado”.

Este es un fragmento de La señora Dalloway, de Virginia Woolf. La primera de las obras maestras de esta autora inglesa se publicó en 1925, y enseguida suscitó admiración su original técnica narrativa. Utilizando de forma magistral el estilo indirecto libre, Woolf prescinde en muchos pasajes de la novela de la clásica voz del narrador en tercera persona. Buena parte de las acciones de la trama se nos cuentan a través del punto de vista de los personajes e incluso, en ocasiones, las transiciones entre ellos se dan en un plano subjetivo, pasando del pensamiento de uno a otro.

La señora Dalloway, como el Ulises de Joyce, que había aparecido solo tres años antes, transcurre en un solo día, una soleada jornada de junio en el Londres de 1923.  Un día le resulta  más que suficiente a la autora para mostrarnos el universo de Clarissa Dalloway dama de la alta sociedad londinense, casada con un diputado conservador, que prepara una fiesta para la noche de ese día. En paralelo a los preparativos, varios personajes que tienen relación con ella, aparecen en escena tras mucho tiempo sin verla, es el caso de Peter Walsh, eterno enamorado de Clarissa, que vuelve divorciado de la India después de pasar allí diez años. Y también, de su gran amiga de la adolescencia, Sally Setton, pariente pobre, original e inconformista, casada con un rico industrial de Manchester. Junto a ellos hay un variado elenco de lores y ladys, de criados e institutrices y el importante contrapunto trágico de Septimus Warren Smith, veterano de la I Guerra Mundial, trastornado por su experiencia, que se suicida ese mismo día.

El efecto del paso del tiempo sobre los personajes, con su carga de ilusiones perdidas y expectativas frustradas, empieza a ser en esta obra el gran tema de Virginia Woolf. Todo el conglomerado de pinceladas subjetivas y remembranzas de los protagonistas va configurando, además, un sutil estudio psicológico, que nos permite conocer el terror ante la vida de Clarissa (que le impulsó a aceptar como esposo a Richard, su bondadoso pero mediocre marido), su generosidad con los amigos, su total sinceridad y el esnobismo que la caracterizan. A nivel objetivo, la novela es también una descripción de la alta sociedad inglesa, con sus banalidades y convencionalismos, e incluso un ataque al poder de la naciente institución psiquiátrica, de la que es víctima el infortunado Septimus, personaje en quien la autora encarna sus propias neurosis.

Con una prosa alada y grácil y una profundidad psicológica insólita, la lectura de esta novela se convierte en una experiencia inolvidable. La señora Dalloway, de Virginia Woolf.

Javier Aspiazu

El tocho. La traición de los intelectuales, de Julien Benda

Donde todo ha sucedido“A finales del siglo XIX se produce un cambio capital: los intelectuales empiezan a hacer el juego a las pasiones políticas; aquellos que suponían un freno al realismo de los pueblos se convierten en sus estimuladores. Este trastorno en el funcionamiento moral de la humanidad se opera por varias vías. En primer lugar, los intelectuales adoptan pasiones políticas. Nadie objetará que hoy, por toda Europa, la inmensa mayoría de los hombres de letras, los artistas, un número considerable de científicos, de filósofos, de “ministros de lo divino” asumen la parte que les corresponde en el coro de los odios raciales, de las facciones políticas; aún menos se negará que adoptan pasiones nacionales”.

Este es un fragmento de La traición de los intelectuales de Julien Benda. Este ensayista francés, ejemplo de intelectual crítico e independiente, publicó la que sería su obra más célebre en 1927, en  plena época de entreguerras, provocando un considerable revuelo entre las muchas figuras de la cultura aludidas en ella. Para Benda, el intelectual es una especie de clérigo secular (de ahí el título original francés La trahison de clercs) entregado al culto del Arte y del Pensamiento puro, que encuentra su felicidad en el goce principalmente espiritual y se mantiene alejado de la vida práctica. Su terreno es el de los valores universales (como los de verdad, razón, justicia o libertad), situados por encima de cualquier particularismo y aplicables por igual a cualquier individuo en la entera superficie del planeta.

Pues bien, La traición de los intelectuales acusa el progresivo abandono que estaba experimentando este ideal de intelectual puro;  aquellos que debían ser rectores morales de la vida pública, en lugar de denunciar las arbitrariedades estatales, cedían ahora al patriotismo xenófobo, al autoritarismo o al clasismo. En palabras de Benda “estos nuevos intelectuales declaran no saber lo que son la justicia, la verdad ni otras “nebulosas metafísicas”; para ellos lo verdadero está determinado por lo útil; lo justo, por las circunstancias”.

Benda intenta explicar este fenómeno por el deseo de riqueza de los modernos intelectuales, que les lleva a identificarse con la burguesía, por su voluntad de poder político o por un sensualismo romántico que les aleja de cualquier pretensión de objetividad. Si bien afirma que Alemania inició esta religión del “alma nacional”, sus críticas se dirigen sobre todo a intelectuales franceses como el ultranacionalista Maurras, el apóstol de la violencia Georges Sorel o el filósofo irracionalista Bergson. Escrito con un estilo enérgico pero exento de vehemencia en sus apreciaciones, La traición de los intelectuales fue considerado en su momento un libro inactual.

Sin embargo, la ironía de la historia ha querido que 90 años después de su publicación surjan conceptos como el de la “posverdad”, que acaban con cualquier pretensión de universalidad de los valores, y hacen de los intelectuales meros voceros de los intereses predominantes. Por eso, hoy más que nunca, se hace necesario recuperar el espíritu crítico de Julien Benda en este valiente ensayo, que encontrarán en Galaxia Gutenberg: La traición de los intelectuales.

Javier Aspiazu

El tocho. Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

libro-los-viajes-de-gulliver“Poseía mi padre una pequeña hacienda en el condado de Nottingham. Yo era el tercero de sus cinco hijos. Cuando cumplí catorce años me envió a Cambridge, al colegio Enmanuel, en el que residí otros tres, enfrascado de lleno en mis estudios. Pero como los gastos de mi mantenimiento… resultaban excesivos para fortuna tan reducida, me vi obligado a entrar como aprendiz del señor James Bates, cirujano eminente de Londres, con quien permanecí cuatro años. Mi padre me enviaba de vez en cuando pequeñas sumas de dinero que yo empleaba en aprender técnicas de Náutica y otras ramas de las Matemáticas que resultan de utilidad para quienes tienen intención de viajar…”

Así comienza Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift. Publicada en 1726 de forma anónima, como casi todas las obras del gran satírico que fue el irlandés Swift, esta novela de viajes y aventuras fantásticas, es la crítica más mordaz al ser humano realizada hasta la fecha. En ella, el capitán Lemuel Gulliver, tras diversos naufragios, conoce diferentes países que le ofrecerán visiones distintas, nada halagüeñas, de la sociedad humana. Las dos primeras partes del texto, los viajes a Liliput y Brogdinnagh, son sin duda las más famosas, tomadas con frecuencia como base para abreviadas ediciones juveniles. Ambas parodian la sociedad inglesa de su tiempo, desde una perspectiva diminuta o agigantada, y no es difícil distinguir la burla encubierta a las opciones políticas y a personalidades significativas de la época.

A menudo se considera que Swift rompe la continuidad narrativa de la obra en su tercera parte, donde los viajes se multiplican y la imaginación del autor se dispara, volviéndose cada vez más acerba y crítica, pero a mi juicio es aquí donde se encuentran los mayores hallazgos de la obra. El momento más divertido lo procuran los habitantes de Laputa, tan abstraídos en sus especulaciones filosóficas que necesitan ir acompañados de siervos con “sacudidores” para hacerles volver a la tierra. Por el contrario, uno de los pasajes más estremecedores es aquel en que Gulliver conoce a los Strulbruggs, inmortales que viven su estado como una maldición; abrumados por el tedio, la extrema vejez y los achaques no desean otra cosa que morir. Tan solo con esta imagen el autor consigue cuestionar uno de los mayores anhelos de la humanidad.

La intensidad de la sátira alcanza el culmen en la cuarta y última parte, en la que Gulliver llega a la isla de los Huyymmmhs, caballos sabios que tienen a su servicio a unos seres salvajes y sucios, con forma humana: los Yahoos. A todos los efectos Gulliver es un yahoo, y se ve forzado a explicar a su nuevo amo equino, como es la sociedad de la que viene un ser tan diferente a otros yahoos como él. La mordacidad de su explicación llega al extremo de hacernos pensar que el hombre, como Swift escribió en alguna ocasión, es solo un ser capaz de razón, aunque no la utilice la mayor parte del tiempo.

Tan feroz como divertida, adelantada a la ciencia-ficción y las distopías del siglo XX, esta obra maestra de la literatura satírica solo puede ser apreciada en su justa medida si se lee en su integridad, dejando así un recuerdo perdurable. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

Javier Aspiazu

El tocho. La felicidad conyugal, del joven Tolstoi

libro-la-felicidad-conyugal“Estábamos de luto por mi madre que había fallecido en otoño, y pasamos todo el invierno solas en la aldea, Katia, Sonia y yo. Katia era una antigua amiga de la casa, una institutriz que nos había criado a todos, y de la que yo me acordaba y a la que quería desde que tengo memoria. Sonia era mi hermana menor. Pasamos un invierno triste y lúgubre en nuestra vieja casa de Pokrovskoe. El tiempo era frío, ventoso y los montones de nieve eran más altos aún que las ventanas; éstas casi siempre estaban congeladas y empañadas, y el invierno transcurrió sin que apenas fuéramos a ningún lado. Rara vez llegaba alguien a visitarnos, y quien llegaba no aumentaba ni la alegría ni el contento en nuestra casa.”

Así comienza La felicidad conyugal de León Tolstoi. Esta novela corta, publicada en 1859 cuando el autor iniciaba su treintena, es una de las primeras creaciones notables en su larga carrera. El joven Tolstoi nos ofrece en La felicidad conyugal una diáfana exposición de la transformación del amor, con toda la pasión y la alegría de sus inicios, en algo que podríamos llamar amistad conyugal. Para ello, y este es uno de los aspectos más destacables del libro, se mete en la piel de Masha, una adolescente de 17 años cuando comienza el relato, que acaba de quedarse huérfana. Tolstoi consigue que la expresión de sus emociones e inquietudes resulte perfectamente natural y creíble. Masha cuenta en primera persona la historia de su relación con su tutor y futuro marido, Sergei Mijailich, casi 20 años mayor que ella, reacio en un principio, por la diferencia de edad y de experiencias en la vida, a la atracción que comienza a sentir.

Como siempre, Tolstoi ofrece descripciones espléndidas de la naturaleza y las labores del campo, en este caso la siega del trigo, convertida en telón de fondo del enamoramiento. Pero sin duda, lo más sobresaliente de la novela es el profundo conocimiento de los sentimientos que demuestra el autor cuando narra el progresivo deterioro del amor: en la estrecha unión con su marido, hay un ámbito que Masha no comparte con Sergei, las labores de administración de las tierras que éste posee. Eso le hace sentirse excluida, y que su vida doméstica le parezca inútil y aburrida. La solución pasa por dejar la aldea y acudir a Petersburgo, donde Masha conocerá los salones cortesanos y las relaciones mundanas, algo que Sergei desprecia. A partir de ahí los malentendidos se suceden, los silencios entre ambos se convierten en atribuciones erróneas y en ofensas, y de la fusión amorosa inicial pasarán a una convivencia amistosa sustentada en los hijos y el recuerdo del pasado, un proceso que Tolstoi considera irreversible.

Ediciones Acantilado publicó en 2012 la traducción más reciente de este bello y amargo relato. Si quieren disfrutar con la clarividencia del joven Tolstoi, y saber por qué las relaciones amorosas se van convirtiendo en otra cosa con el tiempo, no duden en leer La felicidad conyugal.

Javier Aspiazu

El tocho. Reflexiones y máximas morales de La Rochefoucauld

libro-reflexiones-o-sentencias“A nadie le gusta alabar y nunca se alaba a nadie sin interés. La alabanza es una adulación hábil, velada y delicada, que satisface de distinta manera al que la hace y al que la recibe. El segundo la toma como una recompensa debida a sus méritos y el primero la hace para que reparen en su equidad y en su discernimiento”.

Esta es una de las máximas que integran el volumen de Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de la Rochefoucauld. El duque fue el primero y el más célebre de los moralistas franceses, grupo de pensadores y escritores interesados en reflexionar sobre las costumbres, la naturaleza y la condición humana, entre los que se encuentran Pascal, la Bruyere, Chamfort o Joseph Joubert. Para ello utilizaron como instrumento una escritura fragmentaria y breve, la sentencia o máxima, muy cercana a lo que hoy llamamos aforismo, con la que expresaron, de forma brillante y aguda, verdades universales sobre el ser humano. Este es un género de madurez, por eso La Rochefoucauld, que tuvo una juventud agitada, distinguiéndose en el campo de batalla y conspirando, dentro de la fracasada rebelión de la Fronda, contra el cardenal Mazarino, publicó sus Máximas en 1665, pasados los 50 años de edad. Su experiencia vital contribuyó a cimentar una visión pesimista del ser humano, expresada de forma contundente en el lema que encabeza las Máximas: “Nuestras virtudes no son, la mayoría de las veces, sino vicios disfrazados”.

A lo largo de las poco más de 500 máximas de que consta el texto, La Rochefoucauld analiza afectos y pasiones humanas, como el amor propio (el mayor de todos los aduladores) o la envidia (la más tímida y vergonzosa de las pasiones y, sin embargo, la más violenta) y pone de manifiesto nuestra incapacidad para liberarnos de su influjo. A su juicio “hay pocas personas lo suficientemente cuerdas para preferir la censura que puede serles útil al halago que las traiciona”. Otro de los grandes temas de las Máximas, muy habitual en las conversaciones de los salones elegantes, es la influencia de las pasiones sobre el amor. Tan evidente como para asegurar que “si existe un amor puro y sin mezcla de nuestras demás pasiones es el que se esconde en el fondo de nuestro corazón, y nosotros mismos ignoramos”.

Pero son sus agudas observaciones sobre la vanidad, la pasión que nos agita sin cesar, las que dejaron un recuerdo más profundo cuando lo leí en mi juventud. Según el duque: “El verdadero hombre noble es el que no presume de nada”. Teniendo en cuenta lo generalizada que está la presunción en nuestra sociedad, la nobleza de nuestra conducta queda muy en entredicho, ¿no les parece? Afirmaciones tan tajantes como que “la debilidad es el único defecto que no puede corregirse”, o que “las personas débiles no pueden ser sinceras” provocaron el entusiasmo de Nietzsche, el filósofo alemán, uno de los muchos admiradores confesos del autor. Quizá nunca lleguemos a poseer un espíritu fuerte como el del duque, pero al menos nos conoceremos mejor a nosotros mismos leyendo esta obra maestra de la literatura aforística, estas perspicaces, jugosas, deslumbrantes Reflexiones o sentencias y Máximas morales del Duque de La Rochefoucauld.

Javier Aspiazu

El tocho. Teoría de la clase ociosa, de Thorstein Veblen

libro-teoria-de-la-clase-ociosa“Por lo que hace a dotes naturales, el hombre adinerado puede compararse con el delincuente de modo análogo a cómo puede compararse al industrial con su subordinado bonachón. El tipo ideal de hombre adinerado se asemeja al tipo ideal de delincuente por su utilización sin escrúpulos de cosas y personas para sus propios fines y por su desprecio duro de los sentimientos y deseos de los demás y carencia de preocupaciones por los efectos remotos de sus actos; pero se diferencia de él porque posee un sentido más agudo del status y porque trabaja de un modo más consistente en persecución de un fin más remoto…”

Este es un fragmento de la Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen. Aunque se editó originalmente en 1899, hay pocos ensayos que hayan mantenido su actualidad de forma tan plena como la Teoría de la clase ociosa, el primer libro que escribiera el economista estadounidense de origen noruego Thorstein Veblen. Quizás se deba a que no es solo un ensayo económico sino también sociológico y antropológico, pues se atreve, en su ambición, a aventurar una interpretación del comportamiento social y una teoría sobre el origen de nuestra civilización.

Según Veblen, los poseedores de la riqueza económica conforman la clase ociosa, en el sentido de que no hacen ningún trabajo industrial, ninguna actividad manual que origine un nuevo producto. Esta clase ociosa surgió en una época bárbara, o “predadora” como también la llama Veblen, en que el estamento guerrero, dedicado exclusivamente a las armas, se convirtió en una clase privilegiada que consideraba deshonrosa cualquier actividad manual, reservada a las mujeres o a los siervos.

Según el autor, los actuales millonarios son los herederos de ese mismo prejuicio feudal acerca del trabajo manual o productivo. La clase ociosa afirma su “status” a través del llamado “consumo ostentoso”, una forma de gasto a menudo derrochador destinado únicamente a exhibir su poder económico, y que las demás clases intentan emular en la medida de sus posibilidades. Este mecanismo de “emulación pecuniaria”, como la llama Veblen, o dicho de forma más clara, de competencia en el gasto intentando imitar el de la clase ociosa, ha modelado la vida social, por lo que se refiere a preferencias suntuarias, artísticas o culturales, durante siglos. He aquí el origen del esnobismo y de la creencia de que solo lo costoso es bello o de que lo barato es forzosamente malo, y también de las modas, necesariamente efímeras porque solo sirven para favorecer el consumo ostensible. La Teoría de la clase ociosa se vuelve altamente provocativa en sus últimos capítulos cuando Veblen describe los rasgos de carácter más idóneos para sobrevivir en el régimen de status, que no son otros sino la ferocidad, el egoísmo, el espíritu de clan y la falta de sinceridad.

Estas son solo algunas de las penetrantes observaciones de un ensayo esclarecedor como pocos, escrito con un estilo claro y riguroso, asequible a un amplio público. Todo un clásico del pensamiento crítico cuya  edición más reciente en castellano es la de 2002 en Fondo de Cultura Económica. Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen.

Javier Aspiazu