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El Tocho. Historias de San Petersburgo, de Nikolái Gógol

“En el departamento ministerial de… pero será preferible que no concretemos… Para evitarnos incidentes desagradables, designaremos el departamento en cuestión, como un departamento.

As√≠, pues, en un departamento hab√≠a un funcionario. Un funcionario del que no pod√≠a decirse que tuviera nada de particular: era m√°s bien bajo, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista algo cegato, algo calvo, las mejillas cubiertas de arrugas y la cara de ese color que suelen presentar las personas que padecen almorranas. ¬°Qu√© se le va a hacer! La culpa era del clima de San Petersburgo‚ÄĚ.

As√≠ comienza El capote, el m√°s conocido de los cuentos que integran las Historias de San Petersburgo, de Nikolai Gogol. Este es el t√≠tulo global bajo el que se recogen cinco de los relatos m√°s c√©lebres de este escritor, ligados por el lazo com√ļn de tener como escenario a la antigua capital de la Rusia imperial. Publicados entre 1835 y 1842, varios de estos relatos son cl√°sicos de la literatura rusa y han ejercido una¬† influencia continuada en posteriores generaciones de escritores.

Empezando por el m√°s admirado, El capote refleja mejor que ning√ļn otro relato de G√≥gol esa visi√≥n melanc√≥lica y compasiva de la condici√≥n humana, aun en su versi√≥n m√°s grotesca, que se convirti√≥ en caracter√≠stica com√ļn en el acercamiento a sus personajes. La conmovedora historia de Akaki Akakievich, el modesto funcionario que muere de un enfriamiento cuando le sustraen su abrigo nuevo, comprado tras muchas privaciones, encierra una dura cr√≠tica a una sociedad fundada en la apariencia de status, y acaba mezclando el escenario realista con elementos sobrenaturales. Una mixtura entre verismo y fantas√≠a, cotidianeidad y sue√Īo, habitual en el estilo adelantado a su tiempo de Gogol, que se hace todav√≠a m√°s evidente en La nariz, el otro gran relato de esta selecci√≥n.

La fant√°stica historia del alto funcionario Kovaliov, quien descubre al despertarse por la ma√Īana que ha perdido su nariz, ofrece otra de las facetas m√°s destacadas del estilo de G√≥gol: su vena sat√≠rica, con la que se mofa de las pomposas pretensiones de sus contempor√°neos. Las atropelladas pesquisas de Kovaliov en busca de su nariz, y la aparici√≥n singular de √©sta, destilan una comicidad absurda, muy cercana a la de la literatura kafkiana y surrealista.

El Diario de un loco, es un ejemplo supremo de la capacidad de auto-observaci√≥n del autor, quien no necesit√≥ leer informes m√©dicos, y se bas√≥ √ļnicamente en sus propios s√≠ntomas para narrarnos la inquietante historia de un personaje que en su progresivo desequilibrio llega a creerse rey de Espa√Īa.

Los dos relatos restantes tienen en com√ļn ser protagonizados por pintores. El retrato, de atm√≥sfera alucinante, combina de nuevo, con sorprendente modernidad, ambientaci√≥n realista e ingredientes sobrenaturales. Y por √ļltimo, La avenida Nevski comienza siendo un homenaje a la arteria principal de la capital rusa para convertirse en la narraci√≥n de dos malsanas obsesiones er√≥ticas.

En definitiva, cinco piezas maestras que re√ļnen en un soberbio c√≥ctel todos los rasgos de estilo del autor: s√°tira, compasi√≥n, fantas√≠a y sus obsesiones recurrentes. Son las Historias de San Petersburgo de Nikol√°i G√≥gol. No se las pierdan.

Javier Aspiazu

El Tocho. El mundo ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría

“¡Desgracia!

Una culebra √°gil y oscura cruz√≥ el camino, dejando en el fino polvo removido por los viandantes la canaleta leve de su huella. Pas√≥ muy r√°pidamente, como una flecha disparada por la fatalidad, sin dar tiempo para que el indio Rosendo Maqui empleara su machete. Cuando la hoja de acero fulgur√≥ en el aire, ya el largo y bru√Īido cuerpo de la serpiente ondulaba perdi√©ndose entre los arbustos de la vera.

¬°Desgracia!

Rosendo guard√≥ el machete en la vaina de cuero sujeta a un delgado cincho que coloreaba sobre la delgada faja de lana y se qued√≥, de pronto, sin saber qu√© hacer. Quiso al fin proseguir su camino pero los pies le pesaban. Se hab√≠a asustado‚Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegr√≠a. Editado en 1941, cuando su autor contaba apenas 32 a√Īos, este gran cl√°sico de la literatura peruana fue la obra maestra de Ciro Alegr√≠a, que salvo un libro de cuentos, no volvi√≥ a publicar m√°s el resto de su vida. Un cuarto de siglo en el que trabaj√≥ en diversos pa√≠ses como profesor y conferenciante, y que, de alguna manera, estuvo absorbido por las repercusiones de esta novela que hoy comentamos, cumbre del llamado ‚Äúmovimiento indigenista‚ÄĚ.

Ciro Alegr√≠a era hijo de terratenientes y, por tanto, conoc√≠a de primera mano el tema que abordaba. El mundo es ancho y ajeno describe la vida cotidiana de los indios de la comunidad de Rumi, peque√Īa localidad enclavada en los Andes peruanos, dedicada al trabajo de la tierra. Son muchos los retratos memorables que nos ofrece esta gran novela coral, pero sin duda el m√°s destacado y entra√Īable es el de Rosendo Maqui el anciano alcalde de la comunidad, al que sus paisanos han reelegido durante d√©cadas por su honradez y buen sentido. √Čl y sus convecinos de Rumi ver√°n trastocada su existencia cuando el terrateniente Don Alvaro Amen√°bar decida arrebatarles sus tierras. A partir de ah√≠ la odisea de los comuneros de Rumi se convierte en el arquetipo de la resistencia ind√≠gena frente a los hacendados blancos.

La ambici√≥n narrativa de Ciro Alegr√≠a es inmensa, pues no solo relata el expolio al que son sometidos los ind√≠genas, que al fin pierden el tramposo litigio entablado por el terrateniente, sino que, adem√°s, muestra su terrible consecuencia: la disgregaci√≥n de la comunidad. Algunos indios m√°s j√≥venes y animosos buscar√°n nuevas formas de vida y acabar√°n esclavizados en las explotaciones del caucho, otros enfermar√°n trabajando en las plantaciones de coca y solo los m√°s afortunados, como Benito Castro, podr√°n volver a la comunidad, tras un sinf√≠n de penalidades, para liderar el √ļltimo intento de resistencia.

Por la presencia de un narrador en tercera persona que, de vez en cuando, interviene en el relato, estamos ante una novela de hechura clásica, pero dicho en el mejor de los sentidos, porque esta es una obra magnífica, poderosa, apasionante, de las que suspenden el ánimo y crean adicción. La destrucción de las comunidades indígenas, que sigue produciéndose casi de la misma forma en la actualidad, nunca fue mejor contada que en El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría, disponible en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm

‚ÄúLe√≠ lo que me propongo referir sentado junto a un sill√≥n, en casa de mi abuela, la esposa del senador Feddersen, en un librito ilustrado, encuadernado en cart√≥n azul, y no puedo recordar ahora si era el Leipziger o el Papes Hamburguer Lesefruechten. A√ļn siento una sensaci√≥n semejante a un escalofr√≠o cuando recuerdo la hermosa mano de la octogenaria acariciando mi cabeza. Tanto ella como su tiempo est√°n sepultados ya en el olvido.¬† En vano he buscado de nuevo aquellas hojas y, por consiguiente, no puedo asegurar la verdad de los hechos. Si alguien los negase no tendr√≠a pruebas de convicci√≥n, pero s√≠ que puedo asegurar que, sin que nadie me los haya recordado, jam√°s se han apartado de mi memoria.‚ÄĚ

Así comienza El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm. La vida de este poeta y narrador alemán discurrió a lo largo del siglo XIX y su obra evolucionó al ritmo de los gustos literarios de la época, desde un lirismo nostálgico, donde cantaba la naturaleza del norte de Alemania, y en especial, de su Schleswig natal, a un realismo más interesado por temas sociales.

La novela corta que hoy comentamos, publicada en 1888, a√Īo de la muerte del autor, participa de ambos aspectos. Bajo la apariencia de un relato fant√°stico, la g√©nesis de una leyenda popular, El jinete del caballo blanco es una poderosa evocaci√≥n de la naturaleza, con una presencia constante del mar del Norte, y de los hombres que intentan dome√Īarlo ganando metros a las aguas por medio de la construcci√≥n de diques. Y al mismo tiempo, ofrece una interesante cr√≥nica de las tensiones sociales que se derivan de este empe√Īo.

El autor nos cuenta la historia de Hauke Haien, el hijo de un modesto campesino de la costa frisona, que gracias a su inteligencia y aplomo se convierte en ayudante del Deichgraft, nombre con el que se conoc√≠a al encargado oficial de la construcci√≥n y conservaci√≥n de diques. Una funci√≥n importante en la comunidad, que Hauke ejerce en la sombra, supliendo la incapacidad y la pereza de su patr√≥n. Cuando √©ste muere, Hauke se casar√° con su hija, la fiel y valerosa Elke, ser√° nombrado nuevo Deichgraft y tras m√ļltiples reformas, iniciar√° la gran obra de su vida: el dique indestructible. La resistencia a los cambios, favorecida por una religi√≥n oscurantista, y las envidias de otros campesinos, como su eterno rival Ole Peters, son los obst√°culos a los que debe enfrentarse el testarudo Hauke, antes de que su destino tr√°gico le convierta en leyenda.

Theodor Storm consiguió con esta novela su obra más lograda. A su inspirado retrato de la naturaleza, con la descripción del mar helado y fantasmal en invierno, o de las olas embravecidas y amenazantes del estío, hay que sumar el amplio cuadro de costumbres que nos ofrece, representado por las fiestas populares o el ciclo de las tareas comunales.

Por √ļltimo, El jinete del caballo blanco es un excelente ejemplo del argumento literario primigenio, la eterna lucha entre la realidad y el deseo: en este caso, entre un entorno natural poco propicio y el esfuerzo humano por transformarlo. Encontrar√°n El jinete del caballo blanco de Theodor Storm, en Valdemar ediciones.

Javier Aspiazu

El tocho. En la Patagonia, del brit√°nico Bruce Chatwin

‚ÄúEn el comedor de la casa de mi abuela hab√≠a una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo peque√Īo, pero grueso y correoso, con mechones de pelo √°spero y rojizo. Estaba sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso. Sobre la tarjeta hab√≠a algo escrito con tinta negra desva√≠da, pero entonces yo era muy peque√Īo y no sab√≠a leer.

– ¬ŅQu√© es eso?

– Un fragmento de brontosauro.

Mi madre conocía los nombres de dos animales prehistóricos. El brontosauro y el mamut. Sabía que aquel no era un mamut. Los mamuts provenían de Siberia.

El brontosauro era un animal que se hab√≠a ahogado durante el diluvio, porque No√© no lo hab√≠a podido embarcar en el arca a causa de su gran tama√Īo‚ÄĚ.

As√≠ comienza En la Patagonia de Bruce Chatwin. Experto en arte y arqueolog√≠a, periodista brillante y gran seductor, el autor ingl√©s de quien les hablo hoy, muri√≥ prematuramente a causa del sida con apenas 48 a√Īos, en 1989,¬† y por desgracia, despu√©s de un periodo de amplia difusi√≥n de su obra, empieza en la actualidad a caer en el olvido. Chatwin narra en este libro, el primero de su producci√≥n, publicado en 1977, el viaje de seis meses que realiz√≥ a trav√©s de la Patagonia y la Tierra del Fuego argentina y chilena, aplicando a su escritura los preceptos del nuevo periodismo: ese acercamiento a la realidad en primera persona, tras una amplia labor de investigaci√≥n, con una mirada intensa y atenta, que dota de una dimensi√≥n est√©tica al objeto de su reportaje.

El resultado es de una riqueza sorprendente. Chatwin consigue ofrecernos en menos de 250 p√°ginas un panorama variad√≠simo de la Patagonia. Los f√≥siles de gigantescos animales prehist√≥ricos que habitaron la regi√≥n son el primer motivo del viaje del autor, pero a partir de ah√≠ conocemos el diverso paisaje natural y humano, en el que destaca la amplia colonia galesa de la Patagonia dedicada a la ganader√≠a, muchos de ellos descendientes de independentistas huidos de Gran Breta√Īa; descubrimos el verdadero final de forajidos gringos como Buth Cassidy y Sundance Kid; asistimos a las revoluciones anarquistas que tuvieron lugar en los a√Īos 20; comprobamos que una vez m√°s las relaciones con los nativos fueron traum√°ticas, incluso desde el viaje de Darwin en el Beagle, uno de cuyos puntos de atraque fue Tierra del Fuego; nos asombramos con la riqueza metaf√≥rica de la lengua de los indios yaghanes o con la mitolog√≠a de los nativos de la isla Chilo√©. Y todo ello intercalando encuentros con personajes pintorescos, solitarios y algo salvajes, pobladores ideales de esta remota regi√≥n, en la que discurri√≥ buena parte de la vida y aventuras de Charly Milward, el c√≥nsul brit√°nico m√°s austral del imperio, cuyo rastro, seguido por el autor, constituye el hilo conductor de todo el relato.

Dicen que Chatwin revolucionó con este libro la literatura de viajes, también que se inventó parte de lo narrado. Puede que ambas cosas sean ciertas. Que no se trate de una crónica verídica y tampoco de una novela. Pero en cualquier caso, es un bello artefacto literario, escrito con una prosa concisa y sensible, llena de encanto, y resulta enormemente sugestivo e interesante. Una lectura ideal para el verano que iniciamos. En la Patagonia de Bruce Chatwin.

Javier Aspiazu

El tocho. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Hrabal

‚ÄúPrestad atenci√≥n a lo que os voy a contar ahora. Cuando llegu√© al hotel Praga, el jefe me cogi√≥ de la oreja izquierda, me dio un buen tir√≥n y dijo: ‚ÄúT√ļ aqu√≠ eres un aprendiz, as√≠ que recuerda. No has visto nada ni has o√≠do nada. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. As√≠ que dije que dentro del establecimiento no he visto ni o√≠do nada. Y el jefe me dio un nuevo tir√≥n, esta vez de la oreja derecha y dijo: ‚ÄúPero recuerda tambi√©n que debes verlo todo y o√≠rlo todo. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. Entonces, extra√Īado, repet√≠ que me iba a fijar en todo y escucharlo todo. Y as√≠ fue como empec√©‚ÄĚ.

Este es el comienzo de Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal. Hace apenas tres a√Īos se conmemoraba el cincuentenario de la publicaci√≥n del primer gran √©xito literario de Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, en el que el autor introduc√≠a ya las claves de su mundo literario, caracterizado por un notable sentido del humor, con cierto toque surrealista, un erotismo desenfadado y una gran imaginaci√≥n, enriqueciendo la propia experiencia vital del escritor, tan dura como diversa. Recordemos que este narrador checo fue un autor tard√≠o a causa de la invasi√≥n nazi, y despu√©s de la derrota alemana, a la que contribuy√≥ con su participaci√≥n en la resistencia, fue tambi√©n purgado durante la ocupaci√≥n rusa tras la ‚Äúprimavera‚ÄĚ de Praga. De ah√≠ la gran variedad de trabajos de subsistencia -ferroviario, camarero, oficinista, prensador de papel, etc.-, a los que hubo de recurrir antes, y despu√©s, de empezar a publicar con casi cincuenta a√Īos.

Yo que he servido al rey de Inglaterra apareció en 1971 y pronto se convirtió en su obra más reconocida. En esta novela, escrita en forma de monólogo, el protagonista está siempre dispuesto a que lo increíble se convierta en realidad. La más variada sucesión de experiencias que transitan de lo cotidiano a lo maravilloso, son narradas con una falsa sencillez, en una escritura que, a menudo, parece improvisada, incluso descuidada. Este es, de hecho, el aspecto más destacado en el estilo de Hrabal: la extrema oralidad de la voz narrativa, su apariencia de cuento repentizado para una audiencia atenta y cercana.

El joven aprendiz de camarero que nos habla, Ditie, sirve en diversos hoteles de Praga y alrededores donde se dan cita los clientes más insólitos. En el hotel París será alumno del maitre Skrivanek que ha servido al rey de Inglaterra y es capaz de saber, solo por su aspecto, qué va a pedir cada cliente. El avispado aprendiz llegará a servir por su parte al emperador de Abisinia, describiendo un festín que se realiza en su honor en las que probablemente sean las mejores páginas escritas por Hrabal, deslumbrantes de gracia e imaginación. Vive la ocupación nazi enamorado de Liza, ferviente germanófila con la que tendrá un hijo. Y conseguirá, incluso, hacerse millonario con su propio hotel, pero todo lo perderá bajo el nuevo régimen comunista, alcanzando una aceptación filosófica de la pobreza y la soledad en unas páginas finales de enorme belleza y hondura emocionante.

Hrabal parece sugerirnos, con ellas, que la vida es increíble en sí misma y debemos aceptar todo lo que nos ofrece. Esta es una novela asombrosa y conmovedora, que combina de forma ejemplar humor, fantasía y dramatismo. Yo que he servido al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal.

Javier Aspiazu

El tocho. El ruido y la furia, de William Faulkner

‚ÄúCuando la sombra del marco de la ventana se proyect√≥ sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volv√≠a a encontrar a comp√°s escuchando el reloj. Era el del Abuelo, y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adapt√°ndolo a tus necesidades del mismo modo que se adapt√≥ a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperaci√≥n, y la victoria es una ilusi√≥n de fil√≥sofos e imb√©ciles.‚ÄĚ

Con este p√°rrafo se inicia la segunda parte de El ruido y la furia de William Faulkner. Esta novela publicada en 1929, es la cuarta del autor estadounidense y sin duda, la m√°s experimental de toda su producci√≥n. Narra la decadencia de la antigua familia Compson, residente en Jefferson, capital del imaginario condado de Yoknapathawpha. Muy influida por el Ulises de Joyce, El ruido y la furia presenta una estructura compleja, a modo de puzzle, dividida en cuatro partes que acaecen cada una de ellas en tres d√≠as de abril de 1928 y uno de junio de 1910. Cada una de esas partes es el mon√≥logo interior de uno de los hermanos Compson, salvo la √ļltima, narrada en tercera persona, donde la vieja criada negra Dilsey se erige en el personaje principal.

Tanto el monólogo de Benjy, el hermano menor, retrasado mental y castrado, cuya percepción no lineal de la realidad nos lleva atrás y adelante en el tiempo, como el de Quentin, el hermano intelectual favorecido por la familia para ir a Harvard en 1910, son un mosaico de voces, recuerdos y sensaciones de una audacia experimental difícilmente superable. Ambos parientes coinciden en el amor por su hermana Candance, que en el caso de Quentin, se convierte en una morbosa atracción que le lleva incluso a imaginar el incesto.

En el tercer monólogo, escrito de modo mucho más legible, el lector empieza a encajar el insólito rompecabezas que plantea Faulkner. Aquí es Jason quien nos habla, el hermano que se ha convertido en el cabeza de familia después de la debacle, provocada por el suicidio de Quentin y el repudio de Candance por su marido. La supuesta abnegación de Jason encubre una conducta codiciosa y deshonesta, y una visión racista y misógina de la vida, plasmada en su trato a los criados negros, y en el odio a su hermana Candance y a la hija ilegítima de esta.

Por √ļltimo, el autor cierra el c√≠rculo en la cuarta parte, desvelando los sucios manejos de Jason y mostr√°ndonos la ingenua religiosidad de los sirvientes negros, a trav√©s de Dilsey, el personaje m√°s bondadoso y compasivo de esta novela feroz, en la que se aprecian ya todas las obsesiones caracter√≠sticas de Faulkner, enmarcadas en una decadente sociedad sure√Īa ensimismada en sus prejuicios.

Una novela cuyo estilo difícil y exigente precisa de un lector tenaz, dispuesto a allanar los obstáculos puestos por el autor, en su afán innovador,  para llegar a su apasionante meollo. Encontrarán El ruido y la furia, la primera de las obras maestras de William Faulkner, en Editorial Cátedra.

Javier Aspiazu

El tocho. Lady Macbeth de Mtsensk del ruso Nikol√°i S. Leskov

‚ÄúA veces aparecen en nuestra tierra tales caracteres que, por muchos a√Īos que hayan transcurrido desde que los vimos por primera vez, no es posible evocar algunos de ellos sin experimentar cierto temblor en el alma. Uno de esos caracteres fue el de Katerina Lvovna Izmailova, mujer de un comerciante, la cual protagoniz√≥ en cierta ocasi√≥n un terrible drama, a ra√≠z del cual los nobles de nuestra regi√≥n dieron en llamarla, un tanto a la ligera, la lady Macbeth del distrito de Mtsensk.

Katerina Lvovna sin ser lo que se dice una belleza, era una mujer de aspecto muy agradable‚Ķ. La casaron con uno de los comerciantes de aqu√≠: Izmailov; originario de Tuskar, en la provincia de Kursk; no se cas√≥ por amor o movida por inclinaci√≥n alguna, sino sencillamente porque Izmailov la pidi√≥ en matrimonio y ella era una muchacha pobre que no estaba en condiciones de elegir novio.‚ÄĚ

As√≠ comienza Lady Macbeth de Mtsensk de Nikol√°i S. Leskov. Este cl√°sico ruso, algo olvidado en la actualidad, es reivindicado, sin embargo, por algunos de los mayores nombres de la literatura rusa, como Tolstoi o Gorki. Viajante comercial en su juventud, Leskov se preci√≥ siempre de haber recogido buena parte de sus argumentos de las tradiciones populares que conoci√≥ de primera mano. Y ese regusto de historia escuchada se aprecia tambi√©n, desde el comienzo, en esta estremecedora novela corta que hoy comentamos, la m√°s conocida de su producci√≥n. Publicada a los pocos a√Īos del inicio de su carrera literaria, en 1865, Lady Macbeth de Mtsensk cuenta una de las historias de amor m√°s tr√°gicas y violentas que se hayan narrado en cualquier √©poca.

Katerina Lvovna se aburre infinitamente con su in√ļtil vida de esposa de un pr√≥spero y nada cari√Īoso comerciante que le dobla la edad. Por ello, no puede evitar enamorarse de uno de los j√≥venes caballerizos de su hacienda, el p√≠caro y apuesto Sergei. Hasta ah√≠, parecer√≠a que estamos ante una novela m√°s de ad√ļlteras, como las que abundaron en la literatura realista del siglo XIX. Sin embargo, en √©sta, el adulterio es solo el comienzo de una historia desgarrada, en la que Katerina Lvovna, se revuelve ante su suerte con una determinaci√≥n absoluta y despiadada, de ah√≠ la alusi√≥n a Lady Macbeth, y es capaz de las mayores atrocidades por conservar el amor de Sergei. Entre ellas, el asesinato de su marido y de cualquiera que se ponga en su camino.

Adaptada recientemente al cine, con bastante acierto, la versi√≥n para la pantalla, m√°s efectista, acaba convirtiendo a esta mujer en un personaje fr√≠o y ambicioso; nada que ver con la protagonista de la novela de Leskov, que, aun estando pose√≠da por una pasi√≥n desenfrenada, es incapaz de ocasionar ning√ļn mal al objeto de su amor.

A nivel estil√≠stico, el autor hace gala de una prosa fluida, y un fino o√≠do para las expresiones y las escenas costumbristas. Y dosifica con sabidur√≠a los obst√°culos a que se enfrentan los amantes, en una apabullante escalada de crueldades hasta el amargo y s√ļbito desenlace; clausura perfecta para un relato magistral, que les propongo leer en la cuidada traducci√≥n de la Editorial Alba. Lady Macbeth de Mtsensk, de Nikol√°i S. Leskov.

Javier Aspiazu

El tocho. La se√Īorita Else, del austr√≠aco Arthur Schnitzler

‚ÄúSe acab√≥ el resplandor en los Alpes. La tarde no es ya maravillosa. El paisaje es triste. No, el paisaje no, pero la vida es triste. Y yo sigo sentada tranquilamente en el alf√©izar. Y van a encarcelar a pap√°. No. Nunca jam√°s. No puede ser. Yo lo salvar√©. S√≠, pap√°, te salvar√©. Unas palabras dichas con mucha desenvoltura. Al fin y al cabo, yo soy as√≠, ‚Äúanimosa‚ÄĚ. Ja. Ja, tratar√© al se√Īor Dorsday como si fuera para √©l un honor prestarnos dinero. Y la verdad es que lo es. Se√Īor Von Dorsday, ¬Ņtendr√≠a un momento para m√≠? Acabo de recibir una carta de mam√°, est√° en un aprieto moment√°neo, o m√°s bien pap√°. ‚ÄúPero naturalmente, se√Īorita, con el mayor placer. ¬ŅDe qu√© cantidad se trata?‚ÄĚ Si no me fuera tan antip√°tico. Tambi√©n su forma de mirarme. No, se√Īor Dorsday, no me creo su elegancia ni su mon√≥culo ni su nobleza. Podr√≠a comerciar igual con ropa vieja que con cuadros antiguos‚ÄĚ.

Este es un fragmento de La se√Īorita Else de Arthur Schnitzler. Surgido de la burgues√≠a jud√≠a que hizo de Viena el principal centro cultural europeo a fines del siglo XIX, Schnitzler ejerci√≥ como m√©dico antes de dedicarse por completo al teatro convirti√©ndose en el m√°s prestigioso dramaturgo austriaco (con obras como La ronda, que escandaliz√≥ por su cruda descripci√≥n del comercio sexual). Iniciado el siglo XX, Schnitzler se volc√≥ tambi√©n en la narrativa dejando algo m√°s de cincuenta obras, casi todas ellas breves.

La se√Īorita Else se public√≥ en 1923, en plena madurez del autor. Como ya hizo en otra de sus novelas m√°s conocidas, El teniente Gustl, Schnitzler se sirve aqu√≠ otra vez de un continuado mon√≥logo interior, solo interrumpido por di√°logos¬† ocasionales, para reflejar la subjetividad de la joven Else y contar su historia. Hija de un conocido abogado vien√©s, muy aficionado al juego, Else pasa una temporada en un hotel cercano a los Alpes, junto a su t√≠a, cuando un telegrama repentino de su padre le ruega encarecidamente que pida prestados treinta mil florines al vizconde Dorsday, residente en el mismo hotel. A pesar de la repugnancia que siente, accede a ayudar a su padre, pero el arist√≥crata, admirador de la belleza de Else, pone como condici√≥n verla desnuda.

A partir de ah√≠ el mon√≥logo, se convierte en una especie de delirio l√ļcido, que nos reservar√° alguna que otra sorpresa, hasta llegar a un desenlace en exceso melodram√°tico, producto de una intriga algo forzada en su √ļltimo transcurso. Pero m√°s que la trama lo importante en esta novela es el estilo, el logrado experimento formal que culmina el autor con ese mon√≥logo interior mantenido con admirable coherencia a lo largo de todo el relato.

Como sus contempor√°neos, Virginia Woolf o James Joyce, Schnitzler intenta mostrar con la mayor verosimilitud la psicolog√≠a de su personaje, a trav√©s de los vaivenes continuos, en forma de pensamientos fugaces o recurrentes, que caracterizan la corriente de conciencia de la valiente se√Īorita Else. Conocemos as√≠ la intimidad, los deseos y contradicciones de esta hermosa joven, y a trav√©s de ella, nos hacemos una idea de la morbosa y opresiva sensualidad de la √©poca. El resultado es un relato de ritmo febril y lectura absorbente que encontrar√°n en las editoriales Sirmio y Acantilado. La se√Īorita Else de Arthur Schnitzler.

Javier Aspiazu

El tocho. El inmoralista, del francés André Gide

‚ÄúQueridos amigos, os sab√≠a fieles. Hab√©is acudido a mi llamada tal como lo hubiera hecho yo a la vuestra. Y sin embargo, llevabais tres a√Īos sin verme. Que vuestra amistad, que tan bien resiste a la ausencia, pueda tambi√©n resistir al relato que voy a haceros. Pues si os llam√© bruscamente, si os hice viajar hasta mi residencia lejana, es √ļnicamente para veros, y para que pod√°is escucharme. No quiero otro socorro que ese: hablaros, pues me encuentro en un punto tal de mi vida que no puedo ir ya m√°s all√°. Y sin embargo, no es por lasitud. Pero ya no comprendo. Necesito‚Ķ Necesito hablar, os digo. Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre‚Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza El inmoralista de Andr√© Gide. Considerado en la primera mitad del siglo XX un maestro de la prosa francesa y merecedor en 1947 del premio Nobel, da la impresi√≥n de que la posteridad no est√° sentando demasiado bien a la prol√≠fica obra de Andr√© Gide, de la que hoy solo se siguen leyendo con cierta regularidad novelas como Los monederos falsos y Los s√≥tanos del Vaticano y alguno de sus libros de memorias o viajes, como el controvertido Viaje al Congo. Entre las que ha resistido los embates del tiempo se encuentra tambi√©n esta breve novela que hoy comentamos, El inmoralista, publicada en 1902. En ella expresa Gide, mejor que en ning√ļn otro de sus textos a mi juicio, el conflicto que marc√≥ su propia vida, en cuyo transcurso debi√≥ desprenderse de la opresiva moral protestante en la que fue educado, para llegar a admitir su homosexualidad.

El inmoralista cuenta en primera persona la historia de Michel, un joven investigador que cae gravemente enfermo en el curso de su viaje de novios por √Āfrica. Mientras se restablece, concibe un gusto cada vez m√°s acentuado por la vida y por los placeres que puede ofrecer a quien se acerca a ella libre de prejuicios. Tras un periodo de exitosa carrera profesional en Europa, vuelve con su esposa Marceline a tierras africanas, donde aprovecha cualquier oportunidad para liberarse de todo conformismo, llegando incluso a alentar la propensi√≥n al hurto de su joven protegido Mokir, en quien advierte la carencia de cualquier sentido moral. Es esta tendencia a disfrutar la vida, por encima de cualquier moralidad, en la l√≠nea de la discutible filosof√≠a de Nietzsche, la que lleva a Michel a comportarse, en definitiva, de forma criminal, pues aunque se da cuenta de que el clima africano es perjudicial para la salud de su esposa, no hace nada para salvarla.

Por si este fragmento de la trama no bastara para incitarles a la lectura de El inmoralista, les dir√© que el autor luce su talento en las descripciones de la naturaleza africana, henchidas de aliento l√≠rico, y muestra un gran pulso narrativo contando la progresiva conversi√≥n psicol√≥gica del personaje protagonista, a la que el lector asiste sobrecogido y expectante. Una medida del √©xito de la obra en su √©poca la da el periodista y pol√≠tico L√©on Blum quien afirm√≥ que El inmoralista es ‚Äúel libro m√°s directo, el mejor construido, m√°s limpio y sencillo de trama‚ÄĚ de Gide. La editorial C√°tedra puede ofrecerles la versi√≥n m√°s reciente de esta turbadora par√°bola sobre el antagonismo entre la naturaleza y la moral. Nos referimos a El inmoralista de Andr√© Gide.

 Javier Aspiazu

El tocho. El proceso, de Franz Kafka

‚ÄúAlguien deb√≠a haber calumniado a Joseph K., porque sin haber hecho nada malo fue detenido una ma√Īana. La cocinera de la se√Īora Grubach, su patrona, que todos los d√≠as le llevaba el desayuno hacia las ocho, no vino aquella vez. Eso no hab√≠a ocurrido nunca. K. aguard√≥ todav√≠a un rato, mirando desde la almohada a la anciana que viv√≠a enfrente y que lo observaba con una curiosidad totalmente inusitada en ella, pero luego, extra√Īado y hambriento a un tiempo toc√≥ la campanilla. Inmediatamente llamaron a la puerta y entr√≥ un hombre que nunca hab√≠a visto en aquella casa‚ÄĚ.

As√≠ comienza El proceso de Franz Kafka. Quien al finalizar el siglo XX ser√≠a el autor m√°s influyente de la centuria, junto a Joyce, Faulkner y Proust, muri√≥ en 1924, con apenas 41 a√Īos, sin haber visto publicada m√°s que una peque√Īa parte de su obra, conservada casi √≠ntegra gracias a la admiraci√≥n de su amigo y albacea testamentario, Max Brod, que contravino los deseos de Kafka de destruir todos sus manuscritos inacabados, entre los que se encuentra El proceso.

Probablemente conozcan esta historia, pero quiz√° no sepan que a la hora de escribir esta novela y otros relatos, Kafka se bas√≥ libremente en Crimen y castigo de Dostoievski, hasta el punto de que algunos pasajes de El proceso solo se entienden a la luz de la lectura previa de la obra de Dostoievski. Eso ha demostrado, tras veinte a√Īos de investigaci√≥n y cuatro libros sobre el tema, el profesor colombiano Guillermo S√°nchez Trujillo, quien afirma que ‚ÄúKafka no plagi√≥ sino que encarn√≥ la literatura de Dostoievski a trav√©s de sus vivencias personales para luego reescribirlas como enigma‚ÄĚ.

Uno de los aspectos m√°s enigm√°ticos de este autor checo de expresi√≥n alemana, es el evidente sentimiento de culpa que se revela en su universo literario, donde abundan castigos, condenas y juicios, y que tambi√©n est√° presente en El proceso como una posibilidad incierta y lejana. Se han esgrimido diversas razones para explicarlo: las traum√°ticas relaciones que mantuvo con su padre, o su oscura vida de oficinista en una compa√Ī√≠a de seguros en Praga, lo que le imped√≠a una dedicaci√≥n plena a la literatura.

Sea cual sea la causa, lo cierto es que Kafka se adelantó, con su torturada psicología, a la sensación de absoluta vulnerabilidad e impotencia que se apoderaría de incontables ciudadanos en la Europa de los totalitarismos; ciudadanos sometidos a procesos tanto o más inexplicables que el narrado en esta novela, en la que Josef K. nunca llega a saber el delito que ha cometido, ni quiénes son los remotos jueces que han incoado la causa contra él, ni siquiera si dispone de medios efectivos para defenderse.

Lo √ļnico que diferencia el proceso de Josef K. de los que vivieron realmente tantas v√≠ctimas del despotismo estatal, es el estilo literario de Kafka, lo espec√≠ficamente kafkiano: su desconcertante alternancia de una descripci√≥n realista de algunos acontecimientos con una visi√≥n grotesca, absurda, casi c√≥mica de otros. Fue precisamente esa utilizaci√≥n de la l√≥gica maleable y ambigua de los sue√Īos lo que llam√≥ la atenci√≥n de los surrealistas franceses, primeros divulgadores de la obra de Kafka.

No me queda sino recordarles que El proceso es, quiz√°, la obra m√°s imitada del siglo XX, y una de las m√°s angustiosas y fascinantes. No se la pierdan.

Javier Aspiazu