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El tocho. La dama de blanco, del brit√°nico Wilkie Collins

‚ÄúEra el √ļltimo d√≠a de Julio. El largo y caliente verano llegaba a su t√©rmino, y nosotros, los fatigados peregrinos de las empedradas calles de Londres, pens√°bamos en los campos de cereales sombreados por las nubes o en las brisas de oto√Īo a las orillas del mar.

En lo que a m√≠ se refiere, el agonizante verano me estaba quitando la salud, el buen humor y, si he de decir la verdad, tambi√©n dinero. Durante el √ļltimo a√Īo no administr√© mis ingresos tan bien como otras veces, y esta imprevisi√≥n me obligaba ahora a pasar el oto√Īo de la manera m√°s econ√≥mica, entre la casa de campo que pose√≠a mi madre en Hampstead y mi apartamento en la ciudad‚ÄĚ.

As√≠ se inicia La dama de blanco, de Wilkie Collins. La novela m√°s conocida de este autor brit√°nico se public√≥ por entregas en 1860, en una revista, All the year round, fundada y dirigida por Charles Dickens, de quien fue amigo y con el que lleg√≥, incluso, a colaborar en varias narraciones. Tras su muerte en 1889, Collins qued√≥ algo olvidado a causa del declive de la calidad de su obra durante las dos √ļltimas d√©cadas de su vida. Pero buena parte de su amplia producci√≥n se ha recuperado a lo largo del siglo XX, reedit√°ndose de continuo, convertida en un cl√°sico indiscutible.

La dama de blanco nos cuenta la historia de Laura Fairlie, joven heredera enamorada de su profesor de dibujo, Walter Hartridge, y correspondida por éste. Laura debe casarse, sin embargo, con sir Percyval Glyde, amigo de su difunto padre, con el que ya está comprometida. Sir Percival, en realidad, solo quiere hacerse con el dinero de Laura para evitar su ruina, e intentará conseguirlo con la ayuda de su amigo, el italiano conde Fosco, uno de los malvados más inteligentes e insidiosos de la historia de la literatura. Pero a sus maquinaciones, que incluyen el internamiento forzado de Laura en un manicomio y el asesinato de la misteriosa dama de blanco del título, se oponen  la valiente y leal Marian Halcombe, hermanastra de Laura; y su enamorado, que retorna de un largo viaje cuando más necesaria es su ayuda.

Estos son los mimbres de un argumento que acaba siendo cautivador y cuya resolución les animo a descubrir. Collins domina la técnica folletinesca consistente en dejar cada capítulo en el punto más alto de dramatismo, lo que garantiza el interés continuado del lector. Como en La piedra lunar, su otra gran novela, en ésta que hoy comentamos, la trama está contada en primera persona por los diversos actores de la narración, que aportan su punto de vista particular de los hechos. Collins utiliza cartas, diarios, relaciones de testigos, para armar, un puzle fascinante; una mezcla perfecta de relato de intriga, historia de amor y novela de aventuras, en la que, quizá por la influencia de Dickens, los personajes están más perfilados y resultan más creíbles que en otros relatos publicados por entregas.

Muy diversas editoriales les proporcionar√°n el enorme placer de leer este apasionante precedente de la literatura policiaca que es La dama de blanco, de Wilkie Collins.

Javier Aspiazu

El tocho. El puente de San Luis Rey, de Thornton Wilder

‚ÄúEl viernes 20 de Julio de 1714, a la hora del mediod√≠a, el m√°s hermoso puente de todo el Per√ļ hubo de quebrarse, precipitando al abismo a cinco transe√ļntes. Este puente se hallaba en el camino real de Lima a Cuzco y centenares de personas pasaban por √©l a diario. De f√°brica incaica, hecho de juncos entretejidos, contaba m√°s de un siglo de existencia, y no hab√≠a forastero que no fuese conducido a admirarlo como una de las curiosidades del lugar. ‚Ķ pero aunque los caballos, carruajes y literas ten√≠an que bajar por otro camino unos cuantos centenares de pies, para cruzar luego en zataras el angosto torrente, ning√ļn viajero del virrey y del mismo arzobispo de Lima para abajo, habr√≠a consentido en descender con sus bagajes antes que cruzar a pie el famoso puente de San Luis Rey.‚ÄĚ

As√≠ comienza El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder. Este escritor estadounidense fue autor de magistrales novelas hist√≥ricas, como Los idus de marzo y √©sta que hoy comentamos, adem√°s de un celebrado dramaturgo, una de cuyas obras, Nuestro pueblo, es todo un cl√°sico de la escena contempor√°nea. El puente de San Luis Rey, publicada en 1927, cuando el autor ten√≠a 30 a√Īos, fue su primer gran √©xito. El lector quedar√° sorprendido a medida que se adentre en esta breve pero sustanciosa novela, por la erudici√≥n del joven autor. Su conocimiento del Per√ļ colonial y de las tradiciones culturales y literarias que lo conformaban se aprecia desde las primeras p√°ginas. Pero todo este preciso marco no es sino el pretexto para ilustrar una aguda interrogante: ¬Ņes la divina providencia la que rige nuestros destinos o todo lo que nos acontece es puro azar? Eso es lo que se pregunta Fray Jun√≠pero despu√©s de asistir como testigo al hundimiento del puente arrastrando a cinco personas. Decidido a demostrar la intervenci√≥n divina en este accidente, investigar√° la vida de las v√≠ctimas.

Esta ingeniosa excusa le sirve al autor para narrar varias historias diferentes con ocasionales nexos de uni√≥n entre los cinco personajes cuya biograf√≠a se nos cuenta. Entre ellos destacan la Marquesa de Montemayor, una estrafalaria y borrachuza versi√≥n de la escritora francesa Madame de Sevign√©, con la que comparte su pasi√≥n por la literatura epistolar; y, sobre todo, el T√≠o P√≠o, aventurero de m√ļltiples talentos y gran promotor del teatro lime√Īo, cuya devoci√≥n incondicional por la Perrichola, actriz a la que descubre a los 12 a√Īos y convierte poco a poco en la reina indiscutible de los escenarios, es conmovedora. El T√≠o P√≠o nos revela la dolorosa paradoja de que una actriz experta, como es su protegida, sea incapaz de expresar amor porque nunca lo ha sentido verdaderamente. Ejemplo espl√©ndido, √©ste, de la sagacidad psicol√≥gica del autor.

Estamos ante una novela de original entramado, escrita con una prosa tersa, concisa y elegante; cargada de buenas intenciones, demasiado evidentes, pero con la honestidad, al menos, de dejar sin respuesta la pregunta que da origen a la trama. Aun as√≠, les aseguro que la incertidumbre acerca de nuestros destinos siempre ser√° menos angustiosa pudiendo leer peque√Īas maravillas como El puente de San Luis Rey, de Thorton Wilder, disponible en editorial Edhasa.

Javier Aspiazu

El tocho. Brujas, la muerte, la obra maestra de Rodenbach

“El día declinaba, ensombreciendo los corredores de la gran morada silenciosa, poniendo pantallas de crespón a los vidrios.

Hugues Vianes se dispuso a salir, siguiendo su hábito cotidiano al finalizar la tarde. Desocupado, solitario, pasaba todo el día en su habitación, una amplia pieza en el primer piso, cuyas ventanas  daban al muelle del Rosario, a lo largo del cual se alineaba su casa, reflejada en el agua.

Le√≠a un poco, revistas, viejos libros; fumaba mucho; so√Īaba despierto ante la ventana abierta en el tiempo gris, perdido en sus recuerdos.

Hac√≠a cinco a√Īos que viv√≠a as√≠, desde que hab√≠a venido a instalarse en Brujas, al d√≠a siguiente de la muerte de su mujer. ¬°Cinco a√Īos ya! Y se repet√≠a a s√≠ mismo: ‚ÄúViudo‚ÄĚ, ‚Äúser viudo‚ÄĚ, ‚Äúyo estoy viudo‚Ä̂Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza Brujas, la muerta de George Rodenbach. Este poeta y narrador belga, descendiente de una aristocr√°tica familia alemana, frecuent√≥ durante su estancia en Par√≠s, donde morir√≠a en 1898 a los 43 a√Īos, los c√≠rculos literarios m√°s avanzados del momento: el que se reun√≠a, por ejemplo, en torno al poeta simbolista Mallarm√©, o el que animaban los hermanos Goncourt y otros narradores naturalistas. Aunque public√≥ bastante durante su breve vida, su fama postrera ha venido asociada a esta novela corta que hoy recordamos, Brujas, la muerta, editada en 1892,¬† donde la ciudad flamenca de Brujas, su melanc√≥lico paisaje, se convierte en un personaje tanto o m√°s importante que las figuras que por √©l deambulan.

El inconsolable viudo Hugues Viane est√° convencido de que solo en una ciudad muerta como Brujas podr√° mantener imperecedero el recuerdo de su mujer desaparecida, de la que guarda muy diversos retratos e incluso una larga trenza en un cofre de cristal. La mujer muerta se corresponde as√≠ con esta ciudad ‚Äúmomificada‚ÄĚ, como alguna vez la califica el autor, poblada por el continuo sonido de campanas, ensombrecida por las altas torres de las iglesias, surcada por canales de aguas¬† estancadas; siempre cubierta por la bruma, la lluvia o la nieve.

Aun en este desolado panorama surge la esperanza cuando

Hugues descubre por la calle a una joven de asombroso parecido con¬† su mujer muerta. Resulta ser una bailarina, Jane Scott, a la que convierte en su amante con la esperanza de recobrar, de forma vicaria, a la esposa fallecida. Pero con el trato, las diferencias comienzan a apreciarse. Jane tiene el cabello te√Īido; su car√°cter es m√°s fr√≠volo e independiente. Las habladur√≠as, los an√≥nimos sobre esta relaci√≥n il√≠cita comienzan a arreciar en la peque√Īa ciudad maledicente, y toda la narraci√≥n se empapa de un h√°lito tr√°gico confirmado en el violento final.

Rodenbach atrapa al lector desde el principio con la crónica de esta relación obsesiva y enfermiza. Las metáforas sobre la decadencia, el creciente sentimiento de fatalidad, las alusiones continuas a la correspondencia entre los estados de ánimo y el lánguido escenario, son muy del gusto de la estética simbolista, de la que Brujas, la muerta es uno de los mejores exponentes.

La editorial Vaso Roto publicó en 2011 la traducción castellana más reciente de esta novela, fascinadora y mórbida, todo un homenaje a una de las ciudades más pintorescas y maltratadas por el turismo de Europa. Brujas, la muerta de George Rodenbach.

Javier Aspiazu

El tocho. El Michael Kohlhaas, del alem√°n Heinrich von Kleist

‚ÄúA mediados del siglo XVI, viv√≠a en las riberas del Havel un tratante en caballer√≠as llamado Michael Kohlhaas, hijo de maestro de escuela y uno de los hombres m√°s rectos y a la vez m√°s temibles de su tiempo. Hasta los treinta a√Īos este singular personaje hubiera podido dar el modelo de buen vecino. Pose√≠a una granja en un lugar que a√ļn lleva su nombre, en donde viv√≠a pl√°cidamente de su trabajo, educando los hijos que su esposa le hab√≠a dado en el temor de Dios y en el sentido del trabajo y la lealtad; no hab√≠a entre sus vecinos quien no se hubiera complacido en su bondad o en su rectitud; el mundo habr√≠a tenido, en suma, que celebrar su memoria, si no se hubiera √©l extraviado en el cultivo de una virtud. Mas el sentido de la justicia lo convirti√≥ en bandido y asesino‚ÄĚ.

Este el comienzo de Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist. De forma ritual, y en compa√Ī√≠a de su musa Henrietta Vogel, este dramaturgo y narrador alem√°n se suicid√≥ en 1811, con solo 34 a√Īos. Ese gesto de supremo desprecio a la vida, junto a la importancia de su obra, confirm√≥ a Kleist como uno de los principales autores rom√°nticos germanos. Comedias como El c√°ntaro roto y narraciones como La marquesa de O. y √©sta que hoy comentamos, siguen siendo le√≠das y admiradas en la actualidad.

Michael Kohlhaas se publicó dentro de un volumen de novelas cortas en 1810. Kleist se basó en una crónica de principios del siglo XVI y solo transformó algunos aspectos de la historia real. Kolhaas es un tratante de caballos que se ve detenido en su camino cuando lleva una reata a través del territorio del aristócrata sajón Wenzel Von Tronka. Este le quita abusivamente dos de sus caballos y se los arruina, maltratando incluso a su leal servidor. Kohlhaas presenta querella ante el tribunal sajón competente, pero los altos apoyos del noble, consiguen desestimarla. Su mujer, entonces, intenta llevar una petición al Príncipe elector de Brandenburgo, pero golpeada por la guardia, muere sin conseguirlo. A partir de ese momento, Kohlhaas decide tomarse la justicia por su mano y al frente de una tropa de campesinos asalta e incendia el castillo de Tronka y la ciudad de Wittenberg. Solo la mediación de Martín Lutero consigue detener su furor justiciero. Y hasta aquí les contaré el argumento de una historia, con un giro final paradójico, aportado por la imaginación genial del autor.

Kleist emplea un tono de cronista objetivo, singularmente moderno, en la narraci√≥n, y utiliza todas las posibilidades expresivas del alem√°n, un idioma que tiende a la continua subordinaci√≥n de proposiciones, dando como resultado frases interminables. Pero a√ļn as√≠, Michael Kohlhaas es un relato √©pico cuya acci√≥n avanza a galope tendido, con un ritmo enfebrecido, hasta el final. El autor consigue, adem√°s, crear uno de los arquetipos m√°s memorables del rebelde rom√°ntico, y legarnos una aleccionadora ilustraci√≥n de los peligros de la pasi√≥n fan√°tica. Razones m√°s que suficientes para revisar este cl√°sico alem√°n, que encontrar√°n, entre otras, en ediciones Destino. Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist.

Javier Aspiazu

El tocho. Tanguy, la obra maestra de Michel del Castillo

‚ÄúTodo hab√≠a comenzado con un ca√Īonazo. Era la guerra en Espa√Īa. Pero Tanguy no guardaba de aquellos a√Īos sino algunos recuerdos confusos. Recordaba haber visto largas colas inm√≥viles ante las tiendas, casas descarnadas y ennegrecidas por el humo, cad√°veres en las calles, milicianas con el fusil al hombro que deten√≠an a los transe√ļntes para pedirles la documentaci√≥n; se acordaba de haber tenido que acostarse sin haber comido nada, de haber sido despertado por el triste ulular de las sirenas, de haber llorado de miedo al o√≠r a los milicianos golpear a la puerta de madrugada‚ÄĚ.

As√≠ comienza Tanguy, de Michel del Castillo. Escritor franc√©s, nacido en Madrid en 1933, hijo de franc√©s y de espa√Īola, activista republicana, la biograf√≠a de Michel del Castillo coincide casi por completo con la historia que nos cuenta en Tanguy, su primera novela, editada en 1957, todo un best-seller de la √©poca. El autor elige sin embargo la tercera persona narrativa para poner distancia entre s√≠ mismo y el relato. Como dice el escritor, de esta manera consigue biografiar la novela, y obtener la necesaria objetividad para contar esta terrible Historia de un ni√Īo de hoy, como reza el subt√≠tulo del libro, muy popular en muchos colegios de Francia donde ya es un cl√°sico.

El calvario de Tanguy es sobrecogedor. No solo ser√° v√≠ctima inocente de la guerra de Espa√Īa, de la que su madre huir√° llev√°ndoselo a Francia, sino tambi√©n de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la madre consigue escapar del campo de internamiento en el sur de Francia en el que ha sido recluida junto a Tanguy, √©ste queda abandonado a su suerte. Con tan mala fortuna, que es capturado junto¬† a un grupo de jud√≠os y deportado a un campo nazi en Alemania. Sobrevivir√°¬† a la cruel experiencia gracias a la ayuda de Gunther, un preso alem√°n que tiene claro que ‚Äúen una guerra no hay vencedores o vencidos, solo v√≠ctimas‚ÄĚ. Tras la liberaci√≥n ser√° repatriado a Espa√Īa. Pero all√≠ su abuela acaba de morir, y sin m√°s familiares, Tanguy es internado en una l√ļgubre instituci√≥n clerical de Barcelona, el asilo Dur√°n, donde se maltrata y abusa de los menores. A los 16 a√Īos conseguir√° fugarse para intentar ser due√Īo de su destino.

El resto de esta espeluznante historia deja un atisbo de esperanza para el personaje protagonista que retorna a Francia en busca de sus padres. A pesar de la sucesión de atrocidades en que se ve envuelto Tanguy, el tono del narrador es sorprendentemente compasivo y empático, y no solo con las víctimas, sino hasta con los verdugos, llegando en alguna ocasión a afirmar que la culpa es de la guerra. Es evidente aquí la influencia de Dostoievski, autor muy admirado por el entonces joven escritor. Sin embargo, los momentos más memorables del relato, son aquellos en que Tanguy, ya adolescente, es capaz de rebelarse, y superar su constante sensación de desamparo.

A nivel estilístico, hay que destacar la economía de medios expresivos, con frases cortas, sencillas y efectivas, buscando la plasmación más directa posible de los sentimientos, antes que la brillantez formal. El resultado es una novela contundente y estremecedora, que aporta una gran lección moral y se lee con el alma en vilo.  La encontrarán en la gasteiztarra editorial Ikusager. Tanguy de Michel del Castillo.

Javier Aspiazu

El Tocho. Historias de San Petersburgo, de Nikolái Gógol

“En el departamento ministerial de… pero será preferible que no concretemos… Para evitarnos incidentes desagradables, designaremos el departamento en cuestión, como un departamento.

As√≠, pues, en un departamento hab√≠a un funcionario. Un funcionario del que no pod√≠a decirse que tuviera nada de particular: era m√°s bien bajo, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista algo cegato, algo calvo, las mejillas cubiertas de arrugas y la cara de ese color que suelen presentar las personas que padecen almorranas. ¬°Qu√© se le va a hacer! La culpa era del clima de San Petersburgo‚ÄĚ.

As√≠ comienza El capote, el m√°s conocido de los cuentos que integran las Historias de San Petersburgo, de Nikolai Gogol. Este es el t√≠tulo global bajo el que se recogen cinco de los relatos m√°s c√©lebres de este escritor, ligados por el lazo com√ļn de tener como escenario a la antigua capital de la Rusia imperial. Publicados entre 1835 y 1842, varios de estos relatos son cl√°sicos de la literatura rusa y han ejercido una¬† influencia continuada en posteriores generaciones de escritores.

Empezando por el m√°s admirado, El capote refleja mejor que ning√ļn otro relato de G√≥gol esa visi√≥n melanc√≥lica y compasiva de la condici√≥n humana, aun en su versi√≥n m√°s grotesca, que se convirti√≥ en caracter√≠stica com√ļn en el acercamiento a sus personajes. La conmovedora historia de Akaki Akakievich, el modesto funcionario que muere de un enfriamiento cuando le sustraen su abrigo nuevo, comprado tras muchas privaciones, encierra una dura cr√≠tica a una sociedad fundada en la apariencia de status, y acaba mezclando el escenario realista con elementos sobrenaturales. Una mixtura entre verismo y fantas√≠a, cotidianeidad y sue√Īo, habitual en el estilo adelantado a su tiempo de Gogol, que se hace todav√≠a m√°s evidente en La nariz, el otro gran relato de esta selecci√≥n.

La fant√°stica historia del alto funcionario Kovaliov, quien descubre al despertarse por la ma√Īana que ha perdido su nariz, ofrece otra de las facetas m√°s destacadas del estilo de G√≥gol: su vena sat√≠rica, con la que se mofa de las pomposas pretensiones de sus contempor√°neos. Las atropelladas pesquisas de Kovaliov en busca de su nariz, y la aparici√≥n singular de √©sta, destilan una comicidad absurda, muy cercana a la de la literatura kafkiana y surrealista.

El Diario de un loco, es un ejemplo supremo de la capacidad de auto-observaci√≥n del autor, quien no necesit√≥ leer informes m√©dicos, y se bas√≥ √ļnicamente en sus propios s√≠ntomas para narrarnos la inquietante historia de un personaje que en su progresivo desequilibrio llega a creerse rey de Espa√Īa.

Los dos relatos restantes tienen en com√ļn ser protagonizados por pintores. El retrato, de atm√≥sfera alucinante, combina de nuevo, con sorprendente modernidad, ambientaci√≥n realista e ingredientes sobrenaturales. Y por √ļltimo, La avenida Nevski comienza siendo un homenaje a la arteria principal de la capital rusa para convertirse en la narraci√≥n de dos malsanas obsesiones er√≥ticas.

En definitiva, cinco piezas maestras que re√ļnen en un soberbio c√≥ctel todos los rasgos de estilo del autor: s√°tira, compasi√≥n, fantas√≠a y sus obsesiones recurrentes. Son las Historias de San Petersburgo de Nikol√°i G√≥gol. No se las pierdan.

Javier Aspiazu

El Tocho. El mundo ancho y ajeno del peruano Ciro Alegría

“¡Desgracia!

Una culebra √°gil y oscura cruz√≥ el camino, dejando en el fino polvo removido por los viandantes la canaleta leve de su huella. Pas√≥ muy r√°pidamente, como una flecha disparada por la fatalidad, sin dar tiempo para que el indio Rosendo Maqui empleara su machete. Cuando la hoja de acero fulgur√≥ en el aire, ya el largo y bru√Īido cuerpo de la serpiente ondulaba perdi√©ndose entre los arbustos de la vera.

¬°Desgracia!

Rosendo guard√≥ el machete en la vaina de cuero sujeta a un delgado cincho que coloreaba sobre la delgada faja de lana y se qued√≥, de pronto, sin saber qu√© hacer. Quiso al fin proseguir su camino pero los pies le pesaban. Se hab√≠a asustado‚Ķ‚ÄĚ

As√≠ comienza El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegr√≠a. Editado en 1941, cuando su autor contaba apenas 32 a√Īos, este gran cl√°sico de la literatura peruana fue la obra maestra de Ciro Alegr√≠a, que salvo un libro de cuentos, no volvi√≥ a publicar m√°s el resto de su vida. Un cuarto de siglo en el que trabaj√≥ en diversos pa√≠ses como profesor y conferenciante, y que, de alguna manera, estuvo absorbido por las repercusiones de esta novela que hoy comentamos, cumbre del llamado ‚Äúmovimiento indigenista‚ÄĚ.

Ciro Alegr√≠a era hijo de terratenientes y, por tanto, conoc√≠a de primera mano el tema que abordaba. El mundo es ancho y ajeno describe la vida cotidiana de los indios de la comunidad de Rumi, peque√Īa localidad enclavada en los Andes peruanos, dedicada al trabajo de la tierra. Son muchos los retratos memorables que nos ofrece esta gran novela coral, pero sin duda el m√°s destacado y entra√Īable es el de Rosendo Maqui el anciano alcalde de la comunidad, al que sus paisanos han reelegido durante d√©cadas por su honradez y buen sentido. √Čl y sus convecinos de Rumi ver√°n trastocada su existencia cuando el terrateniente Don Alvaro Amen√°bar decida arrebatarles sus tierras. A partir de ah√≠ la odisea de los comuneros de Rumi se convierte en el arquetipo de la resistencia ind√≠gena frente a los hacendados blancos.

La ambici√≥n narrativa de Ciro Alegr√≠a es inmensa, pues no solo relata el expolio al que son sometidos los ind√≠genas, que al fin pierden el tramposo litigio entablado por el terrateniente, sino que, adem√°s, muestra su terrible consecuencia: la disgregaci√≥n de la comunidad. Algunos indios m√°s j√≥venes y animosos buscar√°n nuevas formas de vida y acabar√°n esclavizados en las explotaciones del caucho, otros enfermar√°n trabajando en las plantaciones de coca y solo los m√°s afortunados, como Benito Castro, podr√°n volver a la comunidad, tras un sinf√≠n de penalidades, para liderar el √ļltimo intento de resistencia.

Por la presencia de un narrador en tercera persona que, de vez en cuando, interviene en el relato, estamos ante una novela de hechura clásica, pero dicho en el mejor de los sentidos, porque esta es una obra magnífica, poderosa, apasionante, de las que suspenden el ánimo y crean adicción. La destrucción de las comunidades indígenas, que sigue produciéndose casi de la misma forma en la actualidad, nunca fue mejor contada que en El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría, disponible en Alianza Editorial.

Javier Aspiazu

El tocho. El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm

‚ÄúLe√≠ lo que me propongo referir sentado junto a un sill√≥n, en casa de mi abuela, la esposa del senador Feddersen, en un librito ilustrado, encuadernado en cart√≥n azul, y no puedo recordar ahora si era el Leipziger o el Papes Hamburguer Lesefruechten. A√ļn siento una sensaci√≥n semejante a un escalofr√≠o cuando recuerdo la hermosa mano de la octogenaria acariciando mi cabeza. Tanto ella como su tiempo est√°n sepultados ya en el olvido.¬† En vano he buscado de nuevo aquellas hojas y, por consiguiente, no puedo asegurar la verdad de los hechos. Si alguien los negase no tendr√≠a pruebas de convicci√≥n, pero s√≠ que puedo asegurar que, sin que nadie me los haya recordado, jam√°s se han apartado de mi memoria.‚ÄĚ

Así comienza El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm. La vida de este poeta y narrador alemán discurrió a lo largo del siglo XIX y su obra evolucionó al ritmo de los gustos literarios de la época, desde un lirismo nostálgico, donde cantaba la naturaleza del norte de Alemania, y en especial, de su Schleswig natal, a un realismo más interesado por temas sociales.

La novela corta que hoy comentamos, publicada en 1888, a√Īo de la muerte del autor, participa de ambos aspectos. Bajo la apariencia de un relato fant√°stico, la g√©nesis de una leyenda popular, El jinete del caballo blanco es una poderosa evocaci√≥n de la naturaleza, con una presencia constante del mar del Norte, y de los hombres que intentan dome√Īarlo ganando metros a las aguas por medio de la construcci√≥n de diques. Y al mismo tiempo, ofrece una interesante cr√≥nica de las tensiones sociales que se derivan de este empe√Īo.

El autor nos cuenta la historia de Hauke Haien, el hijo de un modesto campesino de la costa frisona, que gracias a su inteligencia y aplomo se convierte en ayudante del Deichgraft, nombre con el que se conoc√≠a al encargado oficial de la construcci√≥n y conservaci√≥n de diques. Una funci√≥n importante en la comunidad, que Hauke ejerce en la sombra, supliendo la incapacidad y la pereza de su patr√≥n. Cuando √©ste muere, Hauke se casar√° con su hija, la fiel y valerosa Elke, ser√° nombrado nuevo Deichgraft y tras m√ļltiples reformas, iniciar√° la gran obra de su vida: el dique indestructible. La resistencia a los cambios, favorecida por una religi√≥n oscurantista, y las envidias de otros campesinos, como su eterno rival Ole Peters, son los obst√°culos a los que debe enfrentarse el testarudo Hauke, antes de que su destino tr√°gico le convierta en leyenda.

Theodor Storm consiguió con esta novela su obra más lograda. A su inspirado retrato de la naturaleza, con la descripción del mar helado y fantasmal en invierno, o de las olas embravecidas y amenazantes del estío, hay que sumar el amplio cuadro de costumbres que nos ofrece, representado por las fiestas populares o el ciclo de las tareas comunales.

Por √ļltimo, El jinete del caballo blanco es un excelente ejemplo del argumento literario primigenio, la eterna lucha entre la realidad y el deseo: en este caso, entre un entorno natural poco propicio y el esfuerzo humano por transformarlo. Encontrar√°n El jinete del caballo blanco de Theodor Storm, en Valdemar ediciones.

Javier Aspiazu

El tocho. En la Patagonia, del brit√°nico Bruce Chatwin

‚ÄúEn el comedor de la casa de mi abuela hab√≠a una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo peque√Īo, pero grueso y correoso, con mechones de pelo √°spero y rojizo. Estaba sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso. Sobre la tarjeta hab√≠a algo escrito con tinta negra desva√≠da, pero entonces yo era muy peque√Īo y no sab√≠a leer.

– ¬ŅQu√© es eso?

– Un fragmento de brontosauro.

Mi madre conocía los nombres de dos animales prehistóricos. El brontosauro y el mamut. Sabía que aquel no era un mamut. Los mamuts provenían de Siberia.

El brontosauro era un animal que se hab√≠a ahogado durante el diluvio, porque No√© no lo hab√≠a podido embarcar en el arca a causa de su gran tama√Īo‚ÄĚ.

As√≠ comienza En la Patagonia de Bruce Chatwin. Experto en arte y arqueolog√≠a, periodista brillante y gran seductor, el autor ingl√©s de quien les hablo hoy, muri√≥ prematuramente a causa del sida con apenas 48 a√Īos, en 1989,¬† y por desgracia, despu√©s de un periodo de amplia difusi√≥n de su obra, empieza en la actualidad a caer en el olvido. Chatwin narra en este libro, el primero de su producci√≥n, publicado en 1977, el viaje de seis meses que realiz√≥ a trav√©s de la Patagonia y la Tierra del Fuego argentina y chilena, aplicando a su escritura los preceptos del nuevo periodismo: ese acercamiento a la realidad en primera persona, tras una amplia labor de investigaci√≥n, con una mirada intensa y atenta, que dota de una dimensi√≥n est√©tica al objeto de su reportaje.

El resultado es de una riqueza sorprendente. Chatwin consigue ofrecernos en menos de 250 p√°ginas un panorama variad√≠simo de la Patagonia. Los f√≥siles de gigantescos animales prehist√≥ricos que habitaron la regi√≥n son el primer motivo del viaje del autor, pero a partir de ah√≠ conocemos el diverso paisaje natural y humano, en el que destaca la amplia colonia galesa de la Patagonia dedicada a la ganader√≠a, muchos de ellos descendientes de independentistas huidos de Gran Breta√Īa; descubrimos el verdadero final de forajidos gringos como Buth Cassidy y Sundance Kid; asistimos a las revoluciones anarquistas que tuvieron lugar en los a√Īos 20; comprobamos que una vez m√°s las relaciones con los nativos fueron traum√°ticas, incluso desde el viaje de Darwin en el Beagle, uno de cuyos puntos de atraque fue Tierra del Fuego; nos asombramos con la riqueza metaf√≥rica de la lengua de los indios yaghanes o con la mitolog√≠a de los nativos de la isla Chilo√©. Y todo ello intercalando encuentros con personajes pintorescos, solitarios y algo salvajes, pobladores ideales de esta remota regi√≥n, en la que discurri√≥ buena parte de la vida y aventuras de Charly Milward, el c√≥nsul brit√°nico m√°s austral del imperio, cuyo rastro, seguido por el autor, constituye el hilo conductor de todo el relato.

Dicen que Chatwin revolucionó con este libro la literatura de viajes, también que se inventó parte de lo narrado. Puede que ambas cosas sean ciertas. Que no se trate de una crónica verídica y tampoco de una novela. Pero en cualquier caso, es un bello artefacto literario, escrito con una prosa concisa y sensible, llena de encanto, y resulta enormemente sugestivo e interesante. Una lectura ideal para el verano que iniciamos. En la Patagonia de Bruce Chatwin.

Javier Aspiazu

El tocho. Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Hrabal

‚ÄúPrestad atenci√≥n a lo que os voy a contar ahora. Cuando llegu√© al hotel Praga, el jefe me cogi√≥ de la oreja izquierda, me dio un buen tir√≥n y dijo: ‚ÄúT√ļ aqu√≠ eres un aprendiz, as√≠ que recuerda. No has visto nada ni has o√≠do nada. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. As√≠ que dije que dentro del establecimiento no he visto ni o√≠do nada. Y el jefe me dio un nuevo tir√≥n, esta vez de la oreja derecha y dijo: ‚ÄúPero recuerda tambi√©n que debes verlo todo y o√≠rlo todo. ¬°Rep√≠telo!‚ÄĚ. Entonces, extra√Īado, repet√≠ que me iba a fijar en todo y escucharlo todo. Y as√≠ fue como empec√©‚ÄĚ.

Este es el comienzo de Yo que he servido al rey de Inglaterra, de Bohumil Hrabal. Hace apenas tres a√Īos se conmemoraba el cincuentenario de la publicaci√≥n del primer gran √©xito literario de Hrabal, Trenes rigurosamente vigilados, en el que el autor introduc√≠a ya las claves de su mundo literario, caracterizado por un notable sentido del humor, con cierto toque surrealista, un erotismo desenfadado y una gran imaginaci√≥n, enriqueciendo la propia experiencia vital del escritor, tan dura como diversa. Recordemos que este narrador checo fue un autor tard√≠o a causa de la invasi√≥n nazi, y despu√©s de la derrota alemana, a la que contribuy√≥ con su participaci√≥n en la resistencia, fue tambi√©n purgado durante la ocupaci√≥n rusa tras la ‚Äúprimavera‚ÄĚ de Praga. De ah√≠ la gran variedad de trabajos de subsistencia -ferroviario, camarero, oficinista, prensador de papel, etc.-, a los que hubo de recurrir antes, y despu√©s, de empezar a publicar con casi cincuenta a√Īos.

Yo que he servido al rey de Inglaterra apareció en 1971 y pronto se convirtió en su obra más reconocida. En esta novela, escrita en forma de monólogo, el protagonista está siempre dispuesto a que lo increíble se convierta en realidad. La más variada sucesión de experiencias que transitan de lo cotidiano a lo maravilloso, son narradas con una falsa sencillez, en una escritura que, a menudo, parece improvisada, incluso descuidada. Este es, de hecho, el aspecto más destacado en el estilo de Hrabal: la extrema oralidad de la voz narrativa, su apariencia de cuento repentizado para una audiencia atenta y cercana.

El joven aprendiz de camarero que nos habla, Ditie, sirve en diversos hoteles de Praga y alrededores donde se dan cita los clientes más insólitos. En el hotel París será alumno del maitre Skrivanek que ha servido al rey de Inglaterra y es capaz de saber, solo por su aspecto, qué va a pedir cada cliente. El avispado aprendiz llegará a servir por su parte al emperador de Abisinia, describiendo un festín que se realiza en su honor en las que probablemente sean las mejores páginas escritas por Hrabal, deslumbrantes de gracia e imaginación. Vive la ocupación nazi enamorado de Liza, ferviente germanófila con la que tendrá un hijo. Y conseguirá, incluso, hacerse millonario con su propio hotel, pero todo lo perderá bajo el nuevo régimen comunista, alcanzando una aceptación filosófica de la pobreza y la soledad en unas páginas finales de enorme belleza y hondura emocionante.

Hrabal parece sugerirnos, con ellas, que la vida es increíble en sí misma y debemos aceptar todo lo que nos ofrece. Esta es una novela asombrosa y conmovedora, que combina de forma ejemplar humor, fantasía y dramatismo. Yo que he servido al rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal.

Javier Aspiazu