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Los raros. La convivencialidad, de Iván Illich

“Debemos constituir –y gracias a los progresos científicos lo podemos hacer- una sociedad post-industrial en que el ejercicio de la creatividad de una persona no imponga jamás a otra, un trabajo, un conocimiento o un consumo obligatorio. En la era de la tecnología científica, solamente una estructura convivencial de la herramienta puede conjugar la supervivencia y la equidad. La equidad exige que, a un tiempo, se compartan el poder y el haber. Si bien la carrera por la energía conduce al holocausto, la centralización del control de la energía en manos de un leviatán burocrático sacrificaría el control igualitario de la misma a la ficción de una distribución equitativa de los productos obtenidos… Para ser posible dentro de la equidad, la supervivencia exige sacrificios y postula una elección. Exige una renuncia general a la sobrepoblación, la sobreabundancia y al superpoder, ya se trate de individuos o de grupos”.

Estos son fragmentos de La convivencialidad de Iván Illich. Ensayista austriaco establecido en México, de amplísima formación intelectual, Iván Illich ejerció como sacerdote y profesor universitario antes de secularizarse y dedicarse por completo al análisis crítico de la sociedad contemporánea. Probablemente más conocido para el gran público por La sociedad desescolarizada, el célebre ensayo que dedicó a la institución educativa, su abanico de intereses fue muy diverso, y también se extendió al estamento médico, con otro polémico libro titulado Némesis médica o a la gestión igualitaria de la energía, que abordó en Energía y equidad.

Pero sin duda, el título que hoy les proponemos, La convivencialidad, publicado en 1973, es su obra más importante, aquella en la que expone las fallas de nuestra sociedad y propone alternativas para transformarla. A su juicio, vivimos en una sociedad burocratizada en la que el saber se confunde con el currículum académico, el cuidado de la salud con la institución médica o el ejercicio del poder con la actividad política, convirtiendo a la población en inútil y dependiente en todos estos campos. Además, el objetivo de esta civilización es el crecimiento ilimitado de la producción industrial y, por lo tanto, está condenada al agotamiento energético y a la autodestrucción.

Frente a ella, Illich propone una sociedad desprofesionalizada en la que todos compartamos el poder y el saber. Y plantea alternativas para la supervivencia, que a su juicio, pasan por el control demográfico y la adopción de formas de producción alternativas a la industrial, que utilicen herramientas convivenciales: una tecnología a escala humana que, en lugar de avasallar y programar al individuo, saque el mejor partido de nuestra energía e imaginación, fomentando la autonomía y expandiendo el radio de acción personal.

Escrito por uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, este ensayo imprescindible, adelantado a los planteamientos ecologistas más consecuentes y a la teoría del decrecimiento, nos propone, en definitiva, todo un programa de acción para iniciar la transición social y energética, que nos espera en las próximas décadas, si queremos preservar la vida en el planeta en el marco de una sociedad equitativa. La convivencialidad de Iván Illich.

Javier Aspiazu

Los raros. Época de migración al norte, de Tayyeb Saleh

“Tras una larga ausencia, señores, volví junto a mi gente. Fueron exactamente siete años los que pasé estudiando en Europa. Aprendí muchas cosas y otras muchas me quedaron por aprender, pero esa es otra cuestión. Lo importante es que volví con un ardiente deseo de encontrarme con los míos en ese pueblecito de la curva del Nilo. ¡Siete años echándolos de menos y soñando con ellos y, al volver, fue maravilloso encontrarme de nuevo realmente allí! Se alegraron mucho al verme y armaron un gran alboroto a mi alrededor cuando llegué y en seguida sentí que empezaba a derretirse el hielo de mi corazón, como si hubiera pasado mucho frío y de repente el sol me calentara”.

Así comienza Época de migración al norte de Tayyeb Saleh. Publicada originalmente en 1966, la segunda novela de este escritor sudanés en lengua árabe se ha convertido en la más famosa y reconocida de su producción, y a menudo se la incluye entre las mejores novelas árabes del siglo XX. Saleh utiliza en esta, como en otras de sus obras, el recurso de un narrador innominado que, en primera persona, relata los hechos como testigo o participante en los mismos. En este caso, el narrador vuelve de Londres después de realizar su doctorado, y descubre a un nuevo y enigmático habitante instalado con su familia en el pueblo: Mustafa Saíd, una figura que irá desvelando su terrible historia, a partir de confidencias hechas al narrador y, tras su repentina desaparición, de recuerdos evocados por Said en otros personajes, o de documentos dejados en la casa que habitaba.

El autor configura, así, una aproximación en forma de prisma a un personaje tan atractivo como letal, que recuerda, salvando las distancias de tiempo y estilo, a los héroes maléficos de Lord Byron. Época de migración al norte se desarrolla en un doble plano, el del presente en ese pequeño pueblo de la curva del Nilo, en el norte del Sudán, con personajes entrañables, como el abuelo del narrador o su amigo de la infancia, Mahchub; y el del pasado, en el frío Londres, donde Saíd, poseedor de una extraordinaria inteligencia, realizó una brillante carrera universitaria, llegando a ser profesor de economía y escritor. Al mismo tiempo, se reveló como un seductor insaciable, cuya insensibilidad provoca el suicidio de tres de sus amantes y la muerte de su primera esposa.

Tayebb Saleh consigue dotar a este personaje fatídico de un enorme interés, envolviéndolo en misterio y fascinación, gracias entre otras cosas, a una prosa exquisita, rica en imágenes poéticas. La novela, a pesar de su brevedad, ofrece de pasada algunas reflexiones paradójicas sobre el colonialismo y la corrupción de las nuevas clases dirigentes, y también una rápida panorámica de la vida rural del Sudán, en la que predomina un intenso machismo, responsable en buena medida de otro de los acontecimientos trágicos de la novela, acaecido tras el matrimonio forzado de Husna, la viuda de Saíd, con el septuagenario Wad-er-Rayes.

Como si se tratara de un cuento perverso de Las mil y una noches, esta espléndida novela, publicada en castellano por la editorial Huerga y Fierro, les cautivará con la belleza de su prosa y su intrigante argumento. Época de migración al norte de Tayebb Saleh.

Javier Aspiazu

Los raros. Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday

libro-lady-sings-the-blues“Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron. El tenía dieciocho años, ella dieciséis y yo tres.

Mamá trabajaba de criada en casa de una familia blanca. Cuando descubrieron que iba a tener un bebé, la echaron. La familia de papá también estuvo a punto de tener un ataque al enterarse. Era gente de buena sociedad y nunca había oído hablar de cosas semejantes en su barrio de East Baltimore.

Pero esos dos chicos eran pobres. Y cuando eres pobre creces deprisa.

Es un milagro que mi madre no fuera a parar al correccional y yo a la inclusa. Pero Sadie Fagan me quiso desde que yo sólo era un suave puntapié en sus costillas mientras ella fregaba suelos. Se presentó en el hospital e hizo un trato con la jefa. Le dijo que fregaría los suelos y atendería a las golfas que estaban allí para tener a sus hijos, costeando así su parte y la mía. Y lo cumplió. Aquel miércoles 7 de abril de 1915, cuando yo nací en Baltimore, mamá tenía trece años”.

Así comienza Lady sings the blues, las memorias de Billie Holiday. Redactadas en colaboración con el pianista y escritor William Dufty, que recogió fielmente el modo de expresarse lacónico y rotundo de Lady Day, como se conocía también a Billie Holiday, estas memorias, publicadas en 1956, solo tres años antes de su muerte, son el testimonio brutal de una vida atormentada, a pesar del éxito y la fama que gozó la cantante más expresiva de la historia del jazz.

Siempre hay parcelas que se ocultan en las autobiografías, pero Billie Holiday, nombre artístico de Eleonora Fagan, no nos ahorra detalles escabrosos. Desde la miseria inicial que la obligó a empezar a trabajar a los diez años, pasando por un intento de violación a la misma edad, el ejercicio de la prostitución de los 13 a los 15, que le acarreó su primera estancia en la cárcel, los comienzos como cantante en pequeños clubs para evitar ser desahuciada, episodios vergonzosos de discriminación racial cuando, tras interminables giras en autobús con las bandas de Count Basie y Artie Shaw, empezaba a ser ya una de las vocalistas más prestigiosas de la época y, por supuesto, sus torturadas relaciones amorosas. Consecuencia de una de ellas fue su adicción a la heroína, por cuyo consumo, entonces considerado delito, fue detenida y recluida en varias ocasiones. Afortunadamente, no todo son desgracias, y Holiday recoge también en sus memorias la capacidad para hechizar al público con su intensidad y dramatismo, y la génesis de las célebres canciones que nos legó en su faceta de compositora.

A modo de síntesis, les diré que Lady sings the blues reviste un triple interés: es, primero, una crónica vivaz de la época dorada del jazz (por el libro desfilan genios como Louis Armstrong, Duke Ellington, Benny Goodman o Lester Young, el amigo más entrañable de Billie); es, también, un testimonio del terrible racismo que sufrían los músicos negros; y por último, un alegato conmovedor, en las páginas finales, contra el trato puramente represivo que recibían los adictos a las drogas.

Un libro durísimo y apasionante, cuya descarnada sinceridad resulta tan afilada como la hoja de afeitar que aparece en la portada de la edición de Tusquets. Así son las memorias de Billie Holiday: Lady sings the blues.

Javier Aspiazu

Los raros. El peso falso, del extraordinario Joseph Roth

libro-el-peso-falso“Había una vez en el distrito de Zlotogrod un inspector llamado Anselm Eibenstchutz. Su función consistía en verficar las pesas y medidas de los vendedores de todo el distrito. Por ello, a intervalos determinados, Eibenstchutz va de una tienda a otra para examinar las varas, las balanzas y las pesas. Lo acompaña un guardia de la gendarmería armado de punta en blanco. De esa forma hace saber el Estado que está dispuesto a castigar a los falsarios, en caso necesario por las armas, siguiendo las Sagradas Escrituras que dicen que un falsario es lo mismo que un ladrón.”

Así comienza El peso falso de Joseph Roth. De entre todos los escritores surgidos en el seno del imperio austrohúngaro, que desarrollaron su labor en el periodo de entreguerras, cuando dicho imperio ya había desaparecido, es seguramente Joseph Roth el que mayor proyección ha alcanzado debido al encanto y a la calidad de su obra. Roth viajó por todo el continente ejerciendo de corresponsal, pero se sintió siempre desterrado de la Europa de su juventud (algo que se puede apreciar especialmente en su obra más conocida: La marcha Radetzky). Como un exiliado vivió, primero en Berlín y luego en París, donde creó un universo literario de excombatientes, refugiados, desertores, contrabandistas y humildes aldeanos judíos, que no ha perdido su vigencia e interés desde su temprana muerte a causa del alcohol en 1939.

Estos datos pueden servir como pistas para explicar el sentimiento de fatalidad y el ambiente patibulario, aunque el autor lo adorne con frecuentes toques líricos en la descripción de la naturaleza, predominantes en esta sorprendente novela de madurez que hoy comentamos, El peso falso, publicada en 1937.  Como en otras de sus obras, Roth sitúa la acción en un territorio fronterizo entre el imperio austro-húngaro y el ruso, donde el personaje protagonista, Anselm Eibenstchuz, antiguo suboficial del ejército austriaco desempeña sin mucha convicción el oficio  de inspector de pesas y medidas. Ha adoptado esta nueva profesión para contentar a su esposa, a la que realmente ya no ama, pero no deja de añorar la vida de cuartel, mucho más sencilla y ordenada. El pueblo de Zlotogrod está lleno de comerciantes falsarios que desconfían y se burlan de la autoridad, lo que pone en continuos aprietos al honesto y severo Eibentschutz. Para colmo, descubre que su mujer le engaña, con lo que su universo se desmorona. Encontrará consuelo a su amargura en la Taberna de la Frontera, dudoso establecimiento al que acuden los desertores del ejército ruso introducidos clandestinamente por el contrabandista Kapturak, personaje recurrente en la obra de Roth. En la taberna trabaja la hermosa gitana Euphemia, de la que el inspector se enamora, y desde ese momento, sus valores y su vida toda sufrirán una transformación radical.

Hasta ahí el argumento, en el que todavía abundan sorpresas y personajes pintorescos. Por lo que respecta al lenguaje, Roth se muestra como un consumado estilista, utilizando en ocasiones recursos poéticos como el de repetir frases, con variaciones graduales, para dar mayor  énfasis al texto. En general, su prosa es tersa y siempre fluida, con frases cortas, gráficas y efectivas, que hacen de la lectura un verdadero placer. Ediciones Siruela publicó en 2003 esta hermosa parábola sobre el trastorno a que puede inducir la pasión amorosa, cuyo título es El peso falso, de Joseph Roth.

Javier Aspiazu

Los raros. José Emilio Pacheco, el poeta y sus novelas

“Fue el año de la plibro-las-batallas-en-el-desiertooliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha. Dicen que con la próxima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Señor presidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada…”

Este es un fragmento de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Más conocido por su extensa obra poética y periodística, que le hicieron merecedor del premio Cervantes en 2009, el mexicano José Emilio Pacheco dejó también un breve pero muy significativo conjunto de narraciones, entre ellas esta deliciosa novela corta que hoy comentamos, publicada originalmente en 1981.

Las batallas en el desierto es el recuerdo novelado del mundo de la infancia del autor en la colonia Roma, uno de los barrios más céntricos y representativos de la ciudad de México. A través de su alter ego, Carlos, un niño de nueve años en 1948, momento en que transcurre la mayor parte de la acción de la novela, Pacheco hace la crónica de un país en transición desde la revolución mexicana y la II Guerra Mundial, con todos sus traumas y decepciones todavía presentes, a la modernidad representada por la cultura pop y la avalancha de mercancías procedentes del vecino estadounidense.

El autor acumula referencias para contextualizar la época: marcas de coches, locuciones yanquis, títulos de películas o canciones, nombres de productos, alusiones a los conflictos internacionales (como esas “batallas en el desierto” entabladas entre niños de origen árabe y judío en el polvoriento patio del colegio de Carlos, emulando las que se producían en el recién creado estado de Israel); todo le sirve a Pacheco para lograr este milagro de síntesis. Para ofrecernos en menos de ochenta páginas la disolución de un mundo y la entrada en otro, tanto en el plano social como en el psicológico; porque al compás de la época también cambia la personalidad de Carlos, que a su tierna edad se enamora de Mariana, la madre de Jim, su mejor amigo, un amor de cuya imposibilidad él mismo es consciente. Vivencia intensa y amarga, con final imprevisto, que precipitará la pérdida del candor infantil de Carlos para dar paso a una dolorida pubertad.

Pacheco lo cuenta con hondura,  gracia y ligereza magistrales insertando los diálogos, coloquiales y extremadamente ágiles, en el curso de la narración. El resultado es una bellísimo evocación del primer amor y el mundo desaparecido de la infancia, de lectura absolutamente recomendable. Tusquets, en su edición de 2010, les permitirá disfrutar de esta pequeña joya titulada Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco.

Javier Aspiazu

Los raros. Luna caliente, del argentino Mempo Giardinelli

libro-luna-caliente“Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio. Hacía muchos años que no volvía al Chaco y en medio de las emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento. Tenía el pelo negro, largo, grueso y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en la que resaltaban sus ojos oscurísimos, brillantes, de mirada lánguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecía a la vez azorada y orgullosa por esos pechitos que empezaban a aflorarle bajo la blusa blanca. Ramiro la miró y supo que habría problemas: Araceli no tenía más que trece años.”

Así comienza Luna caliente de Mempo Giardinelli. Perteneciente a esa portentosa generación de escritores argentinos nacidos en la década de los 40, entre los que se cuentan  Ricardo Piglia, Rodolfo Fogwill, Osvaldo Soriano o César Aira, Mempo Giardinelli ha obtenido algunos de sus mayores logros como novelista dentro del género negro. Y ésta que hoy comentamos, Luna caliente, la más conocida de sus obras, es un perfecto ejemplo de la maestría del autor utilizando las convenciones del género, adaptadas a la realidad argentina.

A lo largo de sus poco más de cien páginas, asistimos al retorno a la septentrional provincia del Chaco de Ramiro Bernárdez, un treintañero de familia acomodada que ha estudiado en París y vuelve para hacer carrera profesional, y quizá también política, en su país. Ambiciones que se truncarán como consecuencia de su relación con Araceli, una fascinadora lolita por quien se verá obligado a matar, mentir, y escapar al cercano Paraguay, abandonándolo todo.

Poco más puedo revelarles del argumento de una novela enmarcada en un ambiente húmedo y sofocante, iluminado por una inquietante luna llena, cuya acción transcurre en muy pocos días. Giardinelli, que utiliza un lenguaje de precisión milimétrica, sorprende al lector con inesperados giros narrativos y un final imprevisto que no se deben anticipar, propiciados por ese personaje enigmático, verdadero eje de la novela, que es Araceli, una lolita fatal, insaciable e indestructible (y puede que, con estos adjetivos, ya les esté dando demasiadas pistas).

Como toda buena novela negra, esta arroja también sus descargas de profundidad contra la sociedad del momento. La obra se encuadra temporalmente a  comienzos de la dictadura militar, y las autoridades policiales, aun teniendo la convicción de que Ramiro ha sido el autor del asesinato del padre de Araceli, están dispuestas a exculparle si les sirve políticamente. Una posibilidad que el cinismo dictatorial abre al angustiado Ramiro, antes de que todo se le complique definitivamente. Pero no solo eso, en tan breve texto, hay además espacio para reflexiones sobre la guerra de sexos y una sugerente evocación del segundo círculo del Infierno, aquel al que fueron arrojados, según la Divina Comedia de Dante, los poseídos por la lujuria.

Alianza Editorial, entre otras, les proporcionará el placer de leer esta excelente novela publicada originalmente en 1983, y ya en camino de convertirse en un clásico: Luna caliente de Mempo Giardinelli.

Javier Aspiazu

Los raros. El miedo, del francés Gabriel Chevalier

libro-el-miedo“Por encima de todo reinaba un clima que tenía algo de verbena, de motín, de catástrofe y de triunfo, un gran trastorno que embriagaba. Se había cambiado el curso diario de la vida. Los hombres dejaban de ser empleados, funcionarios, asalariados, subordinados, para convertirse en exploradores y en conquistadores. Al menos eso era lo que creían. Soñaban con el norte como si fuera una especie de América, de pampa, de selva virgen, con Alemania como si fuera un banquete, y con provincias devastadas, toneles agujereados, ciudades incendiadas, con el vientre blanco de las mujeres rubias de Germania, con botines inmensos, con todo aquello de lo que la vida habitualmente les privaba. Todos ponían su confianza en su destino, no pensaban en la muerte más que para los demás. En suma, la guerra no se presentaba nada mal bajo los auspicios del desorden”.

Este es un fragmento de El miedo del francés Gabriel Chevallier. De entre la diversidad de novelas sobre la primera guerra mundial, redactadas a lo largo del siglo pasado, quizá sea ésta la que mejor exponga y describa la sensación física que le da título, ese miedo omnipresente durante el conflicto, que se vuelve abrumador ante la inminencia de un ataque a cielo abierto sorteando obuses, metralla y cuerpos desgarrados. En contraste con la otra gran novela francesa sobre la I Guerra Mundial, El fuego de Henri Barbusse, que describe la vida colectiva de una escuadra (un pequeño grupo de soldados comandado por un cabo), la visión que nos ofrece Chevallier, en primera persona, es netamente individualista.

En El miedo, publicada originalmente en 1930, el joven Jean Dartemont, alter ego del autor, parte voluntario al frente creyendo que va a vivir una gran aventura, contagiado del clima general descrito en el párrafo del comienzo. Sin embargo, sus terribles experiencias a lo largo de los casi cuatro años que permanece en activo, entre 1915 y 1918,  acaban con cualquier visión romántica de la guerra. Si en una ocasión está a punto de morir alcanzado por la metralla, en otra, asaltando una trinchera, atraviesa con su bayoneta el cuerpo de un enemigo. Sufre hambre, sed, frío y piojos en abundancia. Y por encima de todo, miedo. Como dice el autor en el prefacio a la edición de 1951, “hablar de la guerra sin hablar del miedo, sin ponerlo en primer plano, hubiera sido un camelo”.

Sin embargo, lo más valioso del testimonio de Chevallier, escrito con una soltura y un espíritu crítico encomiables, reside en comprobar que la causa de ese miedo se encontraba muy a menudo en la irresponsabilidad criminal o en la cobardía de sus propios superiores, los militares y políticos al mando, empeñados en alcanzar la gloria y en minimizar las carnicerías continuas e inútiles que produjeron sus insensatas decisiones. Este duro aprendizaje y las conversaciones con el sarcástico sargento Negre harán del joven Dartemont un incrédulo para el resto de su vida.

Ediciones Acantilado vertió al castellano en 2009 este ácido y rotundo alegato contra la guerra: El miedo de Gabriel Chevallier.

Javier Aspiazu

Los raros. El testigo ocular, del austríaco Ernst Weiss

libro-el-testigo-ocular“El destino me eligió para jugar un papel de cierta importancia en la vida de una persona poco corriente, llamada a provocar en Europa después de la Guerra Mundial, imponentes cambios e inconmensurables sufrimientos. Con posterioridad, me pregunté a menudo qué me había movido entonces, en el otoño de 1918; me pregunté si había sido la curiosidad –es decir, la principal característica del médico investigador- o una especie de endiosamiento, el deseo de confundirme con el destino, aunque sólo fuera una vez”.

Así comienza El testigo ocular de Ernst Weiss, novela publicada de forma póstuma en 1963, más de dos décadas después de la muerte del autor, quien prefirió suicidarse, como otros intelectuales y escritores judíos, antes de caer en manos de los nazis. Weiss era súbdito en el momento de su nacimiento del imperio austro-húngaro, aunque fue siempre un escritor de expresión alemana, como sus amigos Stefan Zweig o Franz Kafka. El testigo ocular es, en primer término, una novela de aprendizaje, el relato de la formación de un carácter, el del personaje narrador, austero y espartano, adjetivo este último que emplea a menudo para definir su conducta; un carácter que se refleja en la misma cadencia de la prosa, muy fluida pero muy sobria al mismo tiempo, casi sin metáforas o comparaciones poéticas, pero capaz de expresar con emoción y especial intensidad las vivencias más terribles.

Al igual que el autor, con quien comparte muchos rasgos biográficos, el personaje protagonista de El testigo ocular es un médico, en este caso alemán, que participa como voluntario en la Primera Guerra Mundial y que tras ser desmovilizado se especializa en psiquiatría. Entre sus pacientes se encuentra un individuo intolerante y manipulador, el cabo A. H., al que cura de su ceguera histérica por medio de la hipnosis. Lo que permitirá a ese mismo sujeto, sugestionar pocos años después a toda Alemania, embarcándola en su locura sangrienta. El cabo A. H., como habrán adivinado, es Adolf Hitler, cuyo desequilibrio psíquico ha sido consignado por el psiquiatra en un diario que guarda en un lugar seguro. La recuperación del diario por los nazis, le acarreará la persecución y el exilio.

Ernst Weiss confesó que escribió esta novela a toda prisa en 1938, con la esperanza de ganar un premio literario, y que no quedó del todo satisfecho del resultado. Por eso redactó una segunda versión de la misma, hoy perdida. Aun así, El testigo ocular, tal y como la conocemos, es una novela impactante, muy estimable, a la que su tono objetivo, despojado de cualquier retórica, confiere aún mayor autenticidad. Posee, además, el atractivo añadido de convertir a Hitler en un personaje literario, algo insólito, aunque su principal valor, en mi opinión, se encuentra en el doloroso testimonio que aporta de una época convulsa, la de la República de Weimar y el posterior ascenso del nazismo al poder.

Ediciones Siruela tuvo el acierto de verter al castellano en 2003 la más popular de las novelas de Ernst Weiss: El testigo ocular.

Javier Aspiazu

Los raros. El barón Bagge, de Lernet-Holenia

libro-el-baron-bagge“En efecto, cada uno de nosotros solo tiene que ver consigo mismo. Nadie puede ayudar a otro y, por lo menos así lo siento, cada uno está solo, muy solo, y hasta irremediablemente solo. En última instancia, no hay ninguna relación verdadera entre los seres humanos. Y es que tampoco puede haberla. Uno es siempre para el otro un motivo y nada más. Un motivo para odiar o un motivo para amar. Pero el amor y el odio nacen en nosotros, nos dominan y vuelven a dejarnos solos. No se teje ningún hilo verdadero que una a un ser humano con otro. Todo lo que uno puede llegar a ser para otro es tan sólo una excusa, más bella o más fea, de los propios sentimientos.”

Este es un fragmento de El barón Bagge de Alexander Lernet-Holenia, un escritor vienés, de origen aristocrático, autor de una vasta y exitosa obra de más de cien títulos, entre poesía, novela y teatro. Sin embargo, su difusión fuera del mundo germano ha sido escasa, y en castellano, hasta el momento, solo hay traducidas cinco novelas suyas, entre las que sobresale El barón Bagge publicada originalmente en 1936.

Marcado por el declive del imperio austrohúngaro y por la guerra, en el curso de su carrera literaria, prolongada hasta los años 70 del pasado siglo, Lernet-Holenia recibió la influencia de uno de los grandes autores del género fantástico, Leo Perutz, al que consideró amigo y maestro. Así, en esta novela corta que hoy comentamos, El barón Bagge, hay claras alusiones autobiográficas y citas precisas a la realidad, pero, como ocurre en muchas narraciones fantásticas, el texto poco a poco, se va escorando a un territorio nebuloso, fronterizo entre la realidad y el sueño.

El barón relata su participación como teniente de dragones del ejército austriaco en una de las múltiples escaramuzas de la batalla de los Cárpatos, una de las más largas y cruentas de la I Guerra Mundial. Su escuadrón de 120 jinetes, mandado por el colérico capitán Semler, está en misión de reconocimiento por el norte de Hungría en el invierno de 1915. El primer encontronazo con la infantería rusa se resuelve con un éxito casi milagroso. Pero a partir de entonces, el enemigo desaparece misteriosamente y los acontecimientos se precipitan de forma inexplicable. En el pueblo de Nagy-Mihaly, donde recala el escuadrón, el barón conoce a Charlotte con la que se casará en el brevísimo espacio de tres días, antes de continuar la marcha que les separará para siempre. El avance de los exhaustos jinetes entre la niebla, por interminables llanuras nevadas, buscando a un enemigo inexistente, fantasmal, está evocado con maestría, creando una sensación de alucinada incertidumbre, disuelta en el sorpresivo final, impregnado de cierto fatalismo romántico que dota aún de mayor encanto a la novela.

La depurada capacidad descriptiva del autor, su potente imaginación, y su pericia para crear un desasosegante clima de extrañamiento de la realidad, son los mayores aciertos de esta breve novela, excelente ejemplo de la mejor literatura fantástica centroeuropea. Encontrarán El barón Bagge de Alexander Lernet-Holenia, en ediciones Siruela.

Javier Aspiazu

Los raros. Wenceslao Fernánde Flórez, el raro más raro

LIBRO El bosque animado“La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que pude medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno¡ Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo de hombrecillos desriñonados…”

Así comienza El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez. Lo mejor de la producción de este maestro de la prosa, tan enraizado en las costumbres y paisaje de su Galicia natal, se inscribe dentro del género de la novela corta, cercano, por su concisión y dimensiones, al periodismo que ejerció desde la temprana edad de 15 años. Autor de unas 40 novelas, entre las que destacan Volvoreta ó El malvado Carabel, además de la que hoy comentamos, en la mayoría de ellas se aprecia el enfoque del autor: una perspectiva cargada de ternura y humor respecto a los hombres y de lirismo en su descripción de la naturaleza.

El bosque animado es la novela más conocida y representativa de este escritor coruñés; se publicó en 1943, cuando el autor tenía 62 años y enseguida fue considerada su testamento espiritual. Estamos ante una obra insólita porque es rigurosamente coral, y tal como el título indica, es todo el bosque, toda la fraga de Cecebre, con la multitud de seres que la habitan, la que se anima y cobra vida ante nuestros ojos gracias a la pluma del autor. Una fraga, para el oyente que no lo sepa, es un bosque desordenado en el que se entremezclan todo tipo de árboles. En la de Cecebre, los árboles se comunican entre sí. Y animales tan humildes como los topos, o las moscas, a cuya asamblea asistimos, pasando por el maltratado perro de los Esmorís, nos cuentan su historia y sus encontronazos con los hombres. Pero también conocemos las vicisitudes de los humanos que habitan la fraga: entre otros muchos, el cojo Gilberto, zahorí de la comarca, la hambrienta Marica y su hija Petrilla, el terrateniente d’Abondo y, por supuesto, el compasivo bandido Fendetestas, a quien todos recordarán con la cara y las trazas de Alfredo Landa, por la adaptación cinematográfica de José Luis Cuerda. Incluso los fantasmas de la Santa Compaña, que atraviesan de noche la fraga, son especialmente sociables y alguno, como el cuitado Fiz de Cotobelo, lleva siempre “mojada su sábana de tanta agua bendita como le arrojan”.

Fernández Flórez presenta la naturaleza como un universo orgánico, interdependiente, en el que vegetación, animales, hombres y hasta espíritus, tienen su sitio, y se utilizan o se ayudan entre sí para continuar el eterno ciclo de la vida. Llena de originalidad y de gracia, esta novela les sorprenderá, tanto por su enfoque panteísta, como por el dominio del lenguaje y la gran imaginación del autor. Nos referimos a El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

Javier Aspiazu