Archivo de la etiqueta: recomendaciones

Soberbio Dennis Lehane, para qué decir más

Creo que voy a repetirme, pero no hay más remedio. Me parece que Dennis Lehane es el mejor escritor actual de género negro del universo. Ese mundo desaparecido, su última novela, viene a confirmarlo, otra vez. Supongamos que usted ha leído las novelas de Kenzie y Gennaro, una pareja de detectives bastante tópica, que se elevan por encima de los convencionalismos gracias a una escritura endiablada, a diálogos eficaces, a personajes secundarios inolvidables, a intrigas muy bien trabadas. Puede que  haya visto la película de Ben Affleck que se basó en una de ellas: Adiós pequeña, adiós. Y, ya puestos seguramente han visto las adaptaciones cinematográficas de Mystic River, Shutter Island o La entrega,  y, quizá, sabe hasta que capítulos de The Wire fueron guionizados por Lehane. Hasta es posible que le haya visto jugando al póker con Michael Connelly y el protagonista de la teleserie Castle. Supongamos que conoce todo Lehane, que ha leído también Cualquier otro día y Vivir de noche (algún día tendremos que reivindicar la versión cinematográfica de Affleck de esta novela), las dos primeras partes de la trilogía que viene a cerrar Este mundo desaparecido. Bueno, pues a pesar de todo eso, cuando abran este volumen descubrirán que están ante su mejor obra.

¿Que hay aquí, pues? Pues la historia de un tipo, que viene de las dos novelas anteriores, que fue un mafioso peligroso y que ahora está retirado, casi retirado, al que le espanta la violencia desde la  muerte de su mujer, y que vuelve al campo de batalla para proteger a su pequeño hijo, por la intranquilidad que le producen las alucinaciones en las que aparece un niño al que no consigue identificar pero sobre todo, porque le llega el soplo de que alguien ha encargado su muerte. Venga, reconozcamos que tampoco es un argumento deslumbrante. Pero, empiecen a leer. Lehane traza en el primer capítulo un panorama que sirve a cualquier lector, incluso a quien no ha leído las novelas precedentes, para saber cuál es el terreno de juego. Nuestro héroe descubre al fantasma, las piezas se colocan en su lugar, los personajes secundarios ocupan su puesto. Poco después Lehane nos presenta al personaje que hará llegar al chivatazo al protagonista interesadamente. Ese capítulo debería ser incluido en las escuelas de escritura como ejemplo de cómo se presentan los personajes.

Les ahorro el resto de la historia para que no me acusen de destriparla, pero imaginen que hay algo de violencia, momentos de gran tensión, relaciones amorosas descabelladas, traiciones, giros de guión, sensación continua de peligro y los diálogos mejor construidos que recuerdo. Es cierto, son demasiado largos, pero ¿a quién le importa? Sabemos que se está pasando de metraje, pero los seguimos disfrutando, no nos importaría que siguieran incluso un poco más, y el posible guionista de una hipotética película futura ya tiene el trabajo hecho. Lehane recuerda a algunos clásicos, a Hammett, claro, por su perfecta construcción de las intrigas y a Chandler por la riqueza sus frases, pero hay algo autentico y genuino en su escritura y que solo le pertenece a él: es un autor que te mira a los ojos desde las páginas de sus libros. Y sabes que conoce como nadie el mundo que te está contando. Y que se mundo, afortunadamente, aún no ha desaparecido.

Félix Linares

La solvente y sincera voz propia de Ana Malagón

Gelditu zaitezte gurekin es la nueva colección de relatos de Ana Malagón, tras Lasai ez da ezer gertatzen, un libro con el que ya nos sorprendió. Estos nuevos cuentos, algo más extensos que los que compusieron su ópera prima, se cimientan sobre la cotidianidad, sobre las idas y venidas de personas comunes, sobre situaciones más o menos corrientes: una reunión familiar, una boda, una excursión al río. Hay también muchos viajes en el libro: viajes de trabajo, viajes con amigas, viajes en avión, viajes en coche… algo que contribuye a subrayar la sensación de inestabilidad de algunos personajes que, en ocasiones, parecen dispuestos a dejarlo todo, a dar un giro radical a sus vidas, si pudieran. En todo caso, esa aparente normalidad que domina los cuentos es muy frágil. Hay hechos ocurridos en el pasado que condicionan el presente, puntos de giro insospechados o sutiles revelaciones que hacen que las historias tomen vuelo.

En todos los relatos resuena una voz propia, que al final es lo que a mí más me interesa. Las pequeñas observaciones, las reflexiones, ciertas conclusiones, algunas reacciones van tejiendo la materia literaria: una mirada personal sobre el mundo. La vida está en marcha en estos cuentos, pero eso no implica que el tono del libro se instale en la celebración. No hay paños calientes. Sobre el amor leemos: “Familia ote duen galdetu nahi nioke. Nik bezala, duela urte batzuk maitemindu ote zen. Bere bikotea maitatzen jarraitzen ote zuen baina, aldi berean, ez ote lukeen berriz berarentzat arrotz izan nahi. Berriz ezezagun. Ez lukeen nahi, kalean gurutzatuz gero, gelditzeko beharrik ez izatea.” Sobre la enfermedad: “Aita sufritzen ikusteak ez zion ezer onik ekarri gutako inori. Ez zen ikasketarik egon. Familia bezala ez gintuen gehiegi batu eta ez gintuen indartsuago egin.” Sobre la vejez: “Adin batetik aurrera,ez digulako inork inon argitaraturik ikusi nahiko genukeen argazkirik ateratzen. Adin batetik Aurrera,  nahiz eta bizirik egon, iraganeko oroitzapen bat garen ideiarekin erosoahgo bizi gara denak”.

Estos cuentos, en los que lo que no se dice y no se hace, pesa tanto como lo que sí se dice o hace, están ordenados con un criterio cronológico, podríamos decir: desde la juventud hasta la vejez.  En todos los estadios, la felicidad se muestra como algo escurridizo. Secretos, amores prohibidos, silencios,  relaciones familiares o laborales viciadas, dan forma a esta fotografía de nuestra contemporaneidad en la que se aborda también el mercado inmobiliario, gran metáfora de nuestros días. El relato Egunen batean, uno de mis preferidos, nos plantea la posibilidad de comprar una casa a muy buen precio, pero con el dueño enfermo dentro, a la espera de su desenlace último.

Gelditu zaitezte gurekin es un libro solvente en la forma y sincero en su contenido, que expone lo difícil que resulta moverse por la vida cuando aún no hemos encontrado nuestro sitio ni sabemos si lo encontraremos jamás.

Txani Rodríguez

Andrea Camilleri, deconstruyendo a la mujer ausente

Al escritor italiano Andrea Camilleri le ha marcado su vida literaria la creación en 1994 del personaje del comisario Montalbano que ha protagonizado ya 32 libros, entre novelas y volúmenes de relatos. Unas historias policiacas muy costumbristas que relatan la vida diaria en una pequeña localidad siciliana.  Unas novelas que son un auténtico retrato de la sociedad italiana de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Pero Camilleri, que tiene ya 91 años y que se curtió como guionista de televisión, de ahí sus magníficos diálogos, ha escrito otro tipo de novelas que indagan mucho más en la personalidad de sus protagonistas, aunque mantengan el aire de novela negra o criminal. Es lo que sucede con su última novela traducida y que no pertenece a la saga Montalbano, No me toques.

El argumento parece sacado directamente de una de esas novelas de suspense actuales de tanto éxito: una mujer de 35 años, Laura Garaudo, ha desaparecido. Su marido Mattia Todinir, un escritor afamado de 69 años, lo denuncia a la policía. La mujer fue a pasar unos días a la casa de campo, para tomar aire tras una crisis nerviosa, pero al parecer nunca llegó a ella. El caso se pone en manos del comisario Luca Maurizi que, como es preceptivo, comienza a indagar en el entorno de la desaparecida, interrogando a amigos, familiares y ex amantes de la desaparecida. Y aquí cambia todo. Porque a través de esos interrogatorios o de las cartas y escritos de la propia Laura, se nos va proporcionando una radiografía de la desaparecida a lo largo del tiempo y del momento presente. Cada interrogado por Maurizi nos da una visión de la personalidad calidoscópica de una mujer que sufre episodios de lo que ella denomina “lebache”, es decir, días en los que es abatida por el aburrimiento, la decepción, el nihilismo, la depresión o una mezcla de todo ello. Así aparecen Carlo, el periodista que investiga su desaparición y que una vez se acostó con ella; Doria el abogado, una especie de amante oficial de Laura, adulterio consentido por el marido; Marco, otro amante de antes de la boda de Laura; Giulia Maltese, la amiga más íntima que sin embargo parece desconocer algunos aspectos capitales de su biografía; Filippa, su omnipresente asistenta personal; Aldo, el viejo profesor en la universidad en la que Laura se licenció en historia del arte; Ernesto, el militar por el que Laura abandonó una carrera universitaria prometedora antes de casarse; Franco, el psicoanalista amigo que nunca la psicoanalizó; y Wilson Peixoto, el extraño gurú brasileño que aparece el personaje clave en toda esta trama.

La novela se asemeja a aquellos relatos de entreguerras, que influenciados por las muy de moda, en aquellos tiempos, teorías psicoanalíticas de Freud y Jung, estaban más interesados en el aspecto psicológico de los personajes que en la trama que protagonizaban. Hasta tal punto es así que Camilleri resuelve el enigma de la novela de manera un poco caprichosa (y predecible). Porque como indica en el epílogo el propio autor ”esta breve novela no pretende ser un relato policíaco sobre la desaparición de una joven, sino el intento de dibujar, con medios sencillos, un retrato femenino complejo, sí, pero no tan infrecuente como pueda parecer a primera vista”. Sea. Yo me quedo con el estilo limpio de Camilleri, con esa forma de dialogar que quita el hipo y con sus personajes tan bien construidos.

Enrique Martín

Por los pasajes de Barcelona con Jordi Carrión

Jordi Carrión se ha recorrido palmo a palmo los más de cuatrocientos pasajes que hay en Barcelona. Inspirado por Italo Calvino y, especialmente, por Walter Benjamin y su Proyecto de los Pasajes, Carrión ha confeccionado, a base de estudio, observación y amor a su ciudad, un mapa alternativo. “Los pasajes (…) son grietas en el modelo de Barcelona. Son ranuras que -unidas-configuran otro mapa de esta ciudad, un mapa que se expande en el espacio hasta los confines que nadie incluye y en el tiempo hasta los orígenes que nadie evoca, para recordarnos la historia, las historias, que ha desechado el relato institucional”, dice. Lo cierto es que, a través de sus paseos, aprendemos mucho de la Barcelona medieval, de su ensanche, de los cambios que se dieron tras las Exposiciones Universales de 1888 y la de 1929 -esta última se notó especialmente en Montjuic-, de la Barcelona de los Juegos Olímpicos y del Forum de las Culturas, de Gaudí, por supuesto, del modernismo. Todo sin perder de vista los pasajes porque asegura Carrión que en ellos está la afirmación y la negación de la ciudad entera: “Si la metrópolis se define por los peatones y los vehículos, la velocidad o el tráfico, el pasaje los ignora, los pone en jaque o, al menos, entre paréntesis”.

Pero los pasajes son también pasajes de libros. Por ello, en este trabajo, entre los capítulos dedicados al urbanismo, digamos, se intercalan fragmentos de otras lecturas que guardan siempre relación con la narración troncal. En conjunto, estamos ante un recorrido por la Barcelona de todas las épocas que revela datos sorprendentes. Me ha resultado curioso, por ejemplo, tener noticia del siguiente trampantojo: para que el Barrio Gótico, tras siglos de hacinamiento y construcciones y epidemias, volviera a parecer auténtico y medieval se fue adornado de forma artificiosa: “Así, la calle del Bisbe, con sus gárgolas de serpientes y centauros y con su majestuoso puente o arco o balcón pasadizo, es un invento de 1929, en plena dictadura de Primo de Rivera.” En los pasajes se encuentra lo inesperado. Por ejemplo, en el Martras, en pasaje en el que vivió durante años, Ouka Lele, fue una especie de embajada de la movida madrileña.  Pero hay más. En el pasaje Robacols se aloja una embajada andaluza, “siempre con flores en la fachada, un auténtico patico cordobés trasplantado”. Los pasajes, en su quietud, ajenos a la aceleración de la calle, guardan también la épica silenciosa de quienes hicieron historia sin escribirla: “Atravesar el barrio del Carmel es subir y bajar una montaña (…) Cuenta el cronista Josep María Huertas Clavería que los vecinos de sus Casas Baratas discutieron durante los durísimos inviernos de 1937 y 1938, en lo más crudo de la cruda guerra civil, si cortaban árboles para convertirlos en leña o pasaban frío pero preservaban el patrimonio: los pinos siguen ahí.”

Los pasajes son callejones entre chabolas, o galerías burguesas, o caminos amurallados que discurren por los huertos, o huecos en zonas industriales. Los pasajes nos hablan de pintores como Miró, que nació en el Pasaje de Crédito, de las lavanderas de Horta, de la burguesía barcelonesa, de anarquistas y republicanos, de escritores, de libreros, de todo un enjambre de hombres y mujeres, dejando paso a otros hombres y mujeres en esos corredores estrechos, que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños, como escribiera el ya mencionado Walter Benjamin. En euskera la palabra pasadizo tiene una segunda acepción, un segundo uso, que va más allá del pasaje y que podemos traducir como suceso, o acontecimiento, incidente o anécdota. De todos esos significados se nutren también los pasajes de este libro hermoso que nos ofrece, desde las entrañas mismas de la ciudad, una perspectiva distinta, totalmente al margen de las tiendas de souvenirs.

Txani Rodríguez

Rivera Letelier, del costumbrismo social a la novela negra

Asegura Rivera Letelier que él no lee novela negra, que no le interesa, que eso de los detectives y sus investigaciones no tienen ningún atractivo para él. Pero ¿acaso no ha escrito una novela negra en La muerte es una vieja historia? Pues sí, evidentemente esta es una novela casi canónica con detective que tiene ayudante y al que le encargan trabajos más o menos sucios y que tiene que investigar sin demasiado entusiasmo porque vive de esto. ¿Dónde está el truco? Pues vamos a interpretar que en su afición a las novelas de Raymond Chandler que, ya se sabe, era un tipo poco interesado en la intriga y en el desarrollo estrictamente detectivesco de sus novelas, pero que se moría por las atmósferas turbias y por las frases contundentes.

Tiene gracia todo eso y ayuda al malditismo del autor, que tiene una biografía tormentosa, y al éxito de sus novelas, pero para conseguir esto no hacía falta arrimarse a un género que se desprecia. Y me parece que ambos, Chandler y Rivera Letelier lo hacen. Pero no estamos aquí para discutir estas cosas, sino para juzgar la novela. El veredicto es rápido: La muerte es una vieja historia es un magnífico texto desde todos los puntos de vista. Es un hermoso homenaje a Chandler y a aquellos que piensan como él, tiene unos excelentes personajes sacados a medias de las novelas de género y de los tipos locales de Antofagasta, región de Chile donde transcurren las novelas de este autor, hay mucho color genérico en las cosas que rodean al protagonista y en las aventuras que le tocan vivir y hay, naturalmente, bastantes de las frases por las que Chandler mataría y que tan bien le salen a este autor.

Como en cualquier novela negra que se precie hay encargos, vigilancias, observaciones de la realidad, algún altercado, discusiones entre el detective y su ayudante, sorpresas y giros de la acción, pero también hay una revisión irónica del género que se hace a estas alturas absolutamente imprescindible para enfocar los nuevos tiempos. Para ser un tipo que desprecia la especialidad parece que le tiene muy bien cogida la medida. Pero, sobre todo, Hernán Rivera Letelier es un magnifico escritor y proporciona, como siempre, como en sus novelas más políticas y sociales, incluso en algunas alucinadas, un ejemplo de cómo se debe escribir. Y encima es tremendamente divertido. Y aún mas, anuncia una trilogía con estos personajes, así que el entretenimiento, y todo lo demás, está asegurado. Son pues, buenas noticias, alégrense. La novela negra es un género tan fuerte que triunfa incluso cuando lo escriben aquellos que lo menosprecian.

Félix Linares

Arantxa Iturbe, del teatro a la novela

Koadernoa zuri es una historia que ha hecho un viaje desde las artes escénicas a la nouvelle. La idea nació como una obra de teatro que puso sobre las tablas Hika Teatro Taldea, y que, ahora, acaba de ser publicada por Elkar. Estamos, pues, ante una adaptación.  Pero la verdad es que yo cuento todo esto porque lo sé no porque me haya dado cuenta. Koadernoa zuri funciona perfectamente y en su brevedad como novela. Su punto de partida es el siguiente: tras veinte años fuera de casa, Begoña se reencuentra con su hermana Arrate. Después de todo ese tiempo en el que nada han sabido la una de la otra, Arrate solo es capaz de hacerle una pregunta: para qué ha regresado. El reencuentro se produce en la casa de la madre de ambas, fallecida ya, pero muy presente en la novela.

Arrate, casada, madre y médico de familia, parece llevar una vida de orden, y se siente descolocada ante la nueva situación. Sin embargo, gracias a ese giro podremos conocer en profundidad a las dos hermanas, saber qué ha sido realmente de ellas en esos veinte años, y comprender hasta qué punto la figura de una madre rígida y controladora condicionó sus vidas. Las dos hermanas son las dos únicas protagonistas que esta historia ilumina, pero hay también otros personajes en penumbra, que son importantes: la madre, por supuesto; una vecina, el marido de Arrate y algunos de sus pacientes, uno que no siente dolor, otra que cree enfermar con la jubilación de su marido…

En todo caso, Arrate y Begoña son dos personajes bien definidos, construidos con retazos elocuentes, mostrados a través de escenas, que nos ponen en contacto directo con el complejo mundo de las emociones: decepción, incomprensión, recelos, amor, empatía, tristeza y felicidad, sumisión y rebeldía… son muchos los sentimientos que se entrecruzan en Koadernoa zuri hasta llegar a situarnos en el lugar de estas dos mujeres que se irán dando a conocer a lo largo de esta lectura: cada una con sus heridas y con sus fortalezas.

Además, hasta en esa casa materna, algo oscura y poco ventilada, se cuela el humor de la autora, Arantxa Iturbe, algo que oxigena muy bien el relato. Koadernoa zuri es, por tanto, una historia que maneja pocos elementos (pocos personajes, pocos escenarios) pero que resultan suficientes y permiten que nos adentremos en el mundo de esas dos mujeres, en sus renuncias, en sus concesiones y en sus certezas.

Koadernoa zuri, que tiene toques lorquianos y que puede recordar un poco a La intrusa de Eric Fayé, es un libro absolutamente recomendable, verosímil, protagonizado por unos personajes en los que, al menos en un grado, todos, todas, nos podemos reflejar.

Txani Rodríguez

Enrique Vila-Matas, entre la vida y la literatura

Lo de Enrique Vila-Matas es único. Aparte de ser uno de los grandes escritores en castellano del estado español, y no solo porque lo digamos nosotros, sino porque el reconocimiento le ha llegado de la crítica y de los lectores de todas las partes del mundo, es un escritor que levanta filias y fobias exageradas. Si eres seguidor de Vila-Matas seguramente lo serás hasta la muerte, escriba lo que escriba. Pero si no te ha gustado uno de esos libros, ya te puedes descabalgar porque no te gustará ninguno y además es posible que le tengas algo de inquina. Cosas de la literatura y de su estilo tan peculiar que juega con la verdad hasta retorcerla y dejarla irreconocible.

Vila-Matas nació en Barcelona en 1984 y algunos de sus libros forman parte ya de la historia de la literatura española reciente como Impostura, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Historia abreviada de la literatura portátil, Bartleby y compañía, El mal de Montano, Kassel no invita a la lógica o Doctor Pasavento. Su nueva novela, Mac y su contratiempo, cuenta como un hombre que ha perdido su trabajo decide convertirse en escritor y a través de un diario nos cuenta cómo es su vida cotidiana y cómo se interesa por una obra menor de un autor consagrado para rehacerla de arriba, abajo, para rescribirla, para mejorarla de alguna manera.

La novela no es otra cosa que una reflexión sobre la creación literaria. Pero una reflexión muy peculiar porque lo que interesa aquí –lo que parece interesar al autor- es el acto de la repetición, al que de alguna manera parecen estar condenados todos los escritores. Se dice en un momento del libro “en el centro de toda creación literaria se oculta el oscuro parásito de la repetición”. Y el personaje protagonista señala “me gusta repetir, pero modificando” y “tengo vocación de modificador”. También habla la novela del pecado de vanidad que contamina la literatura actual, porque, textual, hay muchos “narradores que se creen preparados para escribir una novela; se sienten tan increíblemente preparados que en su inagotable vanidad están convencidos”. ¿Sobran libros? Parece que sí, según la tesis de la novela. ¿La literatura es una forma de perder el tiempo? Tal vez. Provocación y diversión en todo caso.

Y luego están los homenajes a otros escritores. Porque el protagonista de la novela, Mac Vives (se asemeja a Mal Vives, otro chiste), quiere reescribir un libro que en cada capítulo rinde homenaje al estilo de una serie de autores, a los que, evidentemente Vila-Matas acaba rindiendo su particular homenaje: Cheever, Djuna Barnes, Borges, Hemingway, Carver, Malamud, Marcel Schnow, Jean Rhys, Poe y Chesterton. Una especie de vademécum particular. Y, por cierto, me gusta también el cachondeo que se trae el autor con los horóscopos de los periódicos a los que utiliza para hacer que su protagonista haga una reflexión de su día a día comparándolo con lo que el horóscopo le había pronosticado. Cachondeo fino.

Soy muy “vila-matiano”. ¿Se nota? Y en líneas generales me gusta casi todo lo que escribe. Cómo no vas a querer a un tipo que escribe frases como ésta: “las novelas dramatizan a veces demasiado unos sucesos que en la vida real suelen producirse de un modo más sencillo o irrelevante”. La vida y la literatura.

Enrique Martín

El talento de Mr. Rumpole y el sarcasmo del señor Mortimer

El abogado Horace Rumpole, que confiesa encontrar “en la justicia británica una fuente inagotable de diversión inofensiva”, es un personaje literario muy conocido y querido en Inglaterra. Por estos lares, esta divertida ficción judicial, toda una saga, no había sido traducida hasta el momento. Ahora, gracias a la editorial Impedimenta y a la minuciosa labor de traducción de la alavesa Sara Lekanda Teijeiro, ya tenemos en las librerías al bueno de Rumpole, un tipo que conoció tiempos mejores (alguno de sus casos leo llevó incluso al The Times), que cita a Worswoth y Shakespeare un poco a lo loco y por todo lo alto, y que suele decantarse por los maleantes, los villanos de barrio y por el colorista paisanaje de los bajos fondos. Además de su vida laboral, sabemos que vive una casa que describe como “una superficie cavernosa”, que tiene un hijo y que está casado con la hija del dueño del bufete donde trabaja, una mujer llamada Hilda, a la que Rumpole se refiere como Ella La Que ha de ser Obedecida. Hijo de un reverendo que perdió la fe, nuestro antihéroe con toga desconfía de los sacerdotes a quienes tiene por testigos poco recomendables. “Si a la defensa se le ocurre llamar a un clérigo para que preste declaración, les garantizo que lo único que conseguirá el pobre será añadir, como mínimo, un año más a la sentencia”, asegura.

Cada uno de los seis relatos -el de Rumpole y la sociedad alternativa me ha resultado singularmente divertido- está impregnado por el indiscutible tono “british” que da al conjunto un toque clásico y conservador, pero que no escapa al sarcasmo y a la ironía con la que Mortimer describe la hierática, en ocasiones, e histriónica, en otras ocasiones, sociedad inglesa. Té y clarete a partes iguales en este libro que combina intriga y humor y que funciona, narrado en primera persona, como unas memorias. Rumpole, que de alguna manera proyecta dónde será recordado, sabe que más que en los juzgados, donde sabe que de verdad es una leyenda es en el bar Pommeroy y en las celdas de la prisión de Brixton.

Un personaje tan singular como Rumpole solo podía surgir de la mirada de un escritor sarcástico, comprometido y crítico. John Mortimer fue hijo de un abogado prestigioso y él mismo, tras cursar estudios de leyes en Oxford, se dedicó al ejercicio del Derecho y llegó a convertirse en uno de los grandes defensores de la libertad de expresión de su país. Entre sus clientes se contaban figuras tan variopintas como la actriz porno Linda Lovelace o el mítico grupo punk The Sex Pistols. Fue -parece inevitable- un infatigable enemigo de Margaret Thatcher. Además de los libros de Rumpole, un personaje inspirado en su padre (y posiblemente en sí mismo), Mortimer firmó una obra prolija y trabajó también en la televisión. “Socialista de champán”, como él mismo se definía, amante de los placeres de la vida, tuvo un turbulento matrimonio con Penelope Mortimer en el que el escritor no destacó por su fidelidad. Ella contó su historia en el libro El devorador de calabazas que fue publicado por Impedimenta también en 2014.

Txani Rodríguez

Olivier Bourdeaut y las novelas del buen rollito

La historia de la literatura está llena de escritores perseguidos por la leyenda de la derrota que, un buen día, alcanzan la fama y, quizá, la inmortalidad. Esto funciona más con los cantantes, que fueron camioneros y boxeadores y de repente deslumbraron a un productor cantando en un bar de carretera. Pero en la literatura también abundan. En la literatura francesa hay muchos escritores encantadores capaces de reunir crítica social, leve, ironía suave y extravagancia asequible en una historia bien trabajada que acaba consiguiendo el aplauso del público. Bien, en ese territorio tenemos a Olivier Bourdeaut, que ha sido fontanero y recogedor de escamas de sal, entre otros oficios que prestigian una vida aunque manchen la ropa. Y un día escuchó una canción, Mister Bojangles versión Nina Simone, y todo ese mundo que tenía dentro se volcó en el procesador de texto y el resultado lo tenemos aquí después de un triunfo desmesurado en Francia.

Aclaremos que el autor es un tipo simpático que se gana a la gente con su sonrisa y su dedicación, lo que siempre está muy bien y allana el camino para su aceptación. Y, yendo al asunto, su novela también está muy bien. La cuenta un adolescente, aunque se intercalan fragmentos de la novela que está escribiendo su padre donde se cuentan las mismas cosas, y otras diferentes, pero con variaciones componiendo un completo cuadro de la historia feliz hasta cierto punto de una familia de las que no existen. Y cuando parece que el lector puede sufrir un colapso por el exceso de azúcar sabe dar el giro correspondiente, sin perder el encanto, para introducir la tragedia. La lectura te gana, aunque no haya nada nuevo en ella, te dejas arrastrar por la narración y si no te crees a gente tan excepcional te acabas emocionado con sus andanzas y desventuras. Y solo en ciento cincuenta páginas. No te da tiempo de cambiar de humor, ni de darte cuenta que ya habías leído esto antes o lo habías visto en el cine, que, en definitiva, estamos ante una moda, pero muy bien hecha.

Con la condición de que no acumulen lecturas de este tipo, absténganse de leer a Bourdeaut después de a Foankinos, por ejemplo, les recomiendo entusiásticamente Esperando a mister Bojangles, un encanto de novela y el autor acredita un buen gusto ejemplar eligiendo la versión de Nina Simone de ese clásico. Y todo eso hace que no nos preguntemos por qué sale una grulla precisamente o de dónde saca esta buena gente el dinero cuando parece que no lo tienen. Pelillos a la mar o la suspensión de la incredulidad tan necesaria últimamente al leer un libro, o ver una película. Lean ustedes Esperando a mister Bojangles y si les gusta asúmanlo y si no, pues simplemente ustedes están a otra cosa. Como con cualquier otro libro.

Félix Linares

Jose Inazio Basterretxea Polo y la búsqueda de la verdad

Begoñaren itzalpean se abre con una escena de amor y sexo entre un hombre y una mujer, una breve escena bien resuelta, en la que se rebela el nombre de ella, Eugenia, y se oculta el de él. Y tanto la revelación como la omisión tienen su por qué dentro de la trama que ha urdido con habilidad Jose Inazio Basterretxea Polo. Tras esa escena, llega otra que arranca el motor de la novela: una mujer muy hermosa llega al despacho de un detective que parece estar de vuelta de todo y que arrastra un pasado turbulento. La mujer, Kelem, quiere localizar a sus padres: Eugenia García (el nombre nos lleva por tanto al capítulo anterior) y Mauro Valle, a quienes no conoció. La Guerra Civil lo impidió. A partir de aquí, se alternarán dos planos temporales y dos subtramas: la de Kelem y el investigador, que se atraen desde el primer momento en el que se ven, y que se desarrolla en 1986; y otra que transcurre entre 1936 y 1942 protagonizada por un grupo de falangistas, entre los que se encuentran Eugenia y Mauro, las personas que Kelem ha señalado como sus padres.

Estamos, por tanto, ante una nueva novela sobre la Guerra Civil. Sin embargo, el punto de vista de Basterretxea no es el arquetípico. El periodista y profesor de la UPV-EHU desempolva la historia de un grupo de falangistas de Bilbao que pretenden actuar contra Franco con la ayuda de los nazis porque, atención, consideraban al dictador como un tipo blando. Begoñaren itzalpean, que tiene un título muy vinculado a distintas partes de esta historia y que resulta muy gráfico, además, huye, por tanto, de lecturas reduccionistas sobre aquellos años terribles. Las cosas no fueron blancas y negras solamente y los bandos no eran monolíticos: “Esate baterako, Garellanoko tropek, Guardia Zibilak, karabineroek, Asaltoko Indarrek eta Miñonek Bilboko Gran Vian desfilatu zuten, Errepublikaren alde, adierazteko legea bizirik zegoela Bilbon. Militar haiekin batera, errepublikaren alde lerrokatu ziren Frente popularreko zaleak, anarkistak eta nazionalistak: ANVkoak nahiz EAJkoak”.

Son, por tanto, numerosos los puntos de interés de esta novela que atiende a los claroscuros, que combina ficción e historia, y por tanto, personajes ficticios con otros históricos, como Alonso Vega, por citar alguno. Además, hay que resaltar la verosimilitud de los personajes, la alternancia de puntos de vista y la habilidad de este autor de Galdakao para la componer de escenas y articular diálogos y, sobre todo, para mantenernos pegados a esta historia con un final que quizás algunos lectores puedan vislumbrar.

Txani Rodríguez