La autopista que no lo es
Ciento cinco kilómetros de asfalto han cambiado la vida de cientos de miles de dominicanos y dominicanas que, hasta hace poco tiempo, debían hacer un tortuoso recorrido para llegar a tierras de Nagua, Terrenas y Samaná, en la zona nordeste del país. Sin embargo, lo que se ha vendido como una autopista no es más que una carretera de pago, con un carril de ida y otro de vuelta. Nadie le quita su mérito, pero para usarla, hay que pagar el equivalente a unos seis euros y estar preparado para las sorpresas.
El viernes 1 de agosto salimos tarde de Santo Domingo. Mi mujer, periodista también, y yo, decidimos pasar el fin de semana en la tranquilidad de Villa Serena, un pequeño hotel ubicado en Las Galeras, propiedad de una de mis jefas en la Fundación en la que trabajo.
Tenìamos ganas de probar la nueva ruta, de la que tantas maravillas habíamos oído hablar y de la que, cuando fui directivo del diario El Caribe, en tiempos de su construcción, tantos trabajos hicimos Primera lección: por muy privada que sea y por muy protegida que dicen que está, la carretera tiene poca visibilidad nocturna.
No era cuestión de volver para atrás y, aventureros al fin, dedicimos seguir hasta su final. Casi hora y media de soledad en la que se nos cruzaron dos vacas en el camino y dimos más de un salto en los puentes que salvan los riachuelos y en zonas en las que el asfalto no está bien empatado.
Conseguimos llegar al otro lado de la mal llamada autopista y relajarnos un poquito. La lluvia y los truenos habían provisto un ambiente aún más terrorifico y tenso al trayecto, pero la civilizaciòn de nuevo se hizo presente ante nuestros ojos. Tomamos la ruta en el Mar Caribe y llegábamos al Océano Atlántico tras cruzar llanuras y buena parte del Parque Nacional de Los Haitises, que pudimos contemplar el domingo en el camino de vuelta.
Pero a lo que íbamos. Ya tienen más o menos claro el tipo de infraestructura. Tiene su mérito, sobre todo, porque en general está en buenas condiciones, presenta largos espacios para el adelantamiento y reduce el tiempo de traslado hacia una zona del país que ahora verá florecer el turismo, ausente en gran cantidad no porque Samaná y sus alrededores no tengan bellezas, que las tienen, sino por las malas comunicaciones.
Sin embargo, la nueva carretera dista mucho de ser una autopista. Primero, porque no tiene más que un carril de ida y otro de vuelta. Segundo, porque a pesar de pagar para transitar por ella, hay cruces y caminos vecinales desde los que aparecen motos, coches, camiones y hasta jinetes sobre caballos.
Creo recordar que, en la actualidad, la autopista Bilbao – Behobia cuesta algo más de siete euros. Compárenla con la idea que se hayan hecho de la narración y saquen sus conclusiones. De todas formas, como es mejor pagar por la carretera que tomar la vieja vía para llegar hasta lo que el presidente dominicano quiere convertir en el Mónaco del Caribe.
